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La homérica decisión de ser Mourinho

La leyenda en marcha.

La leyenda en marcha.

Una tarde de 1926 o 1927 el joven Ruano recibió del escritor Vargas Vila –“un D’Annunzio para negros”– la lección inaugural de la vida del artista. El escritor veterano le preguntó al aspirante si ya tenía una leyenda:

«Yo casi me tanteé los bolsillos. Lo preguntaba como si eso de tener una leyenda fuera como tener cerillas o llevar pañuelo.

–Pues, yo… no… Creo que no. Es decir, se han dicho cosas malas de mí, claro está, pero tanto como tener una leyenda….

–Pues cuide mucho de tener una leyenda. Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!»

José Mário dos Santos Mourinho Félix escuchó en algún momento el mismo consejo, o bien arribó por sí mismo a su mefistofélica verdad. Un hombre sin enemigos es un hombre sin carácter, sentenció también Paul Newman, que probablemente se lo habría oído balbucear borracho a Marlon Brando. Y desde entonces Mourinho no tuvo tiempo, cámara, micrófono ni rueda de prensa que perder hasta convertirse en uno de los contadísimos hombres con leyenda a la altura de la gran iconografía pop del siglo XX, de Jim Morrison a Steve McQueen, de Céline a Andy Warhol. Cuando Mou se vaya del Madrid, una oleada terminal de nuevos EREs acabará de cebarse con las redacciones de los periódicos deportivos. A ver cómo venden luego, vaticina Ruiz Quintano, este titular: “Toril: No hay enemigo pequeño”.

Las leyendas se hacen, pero primero nacen. La leyenda de Napoleón se sostiene no sobre los famosos caprichos de su temperamento sino sobre una treintena de batallas ganadas en todos los campos de Europa con la aplastante superioridad que le allegaba una visión superdotada para la estrategia. A Mourinho no le aplaudiríamos algunos mourinhistas ciertos excesos sanguíneos de su talante si fueran los pretextos más o menos enfáticos de un perdedor recurrente o un preparador mediocre. Pero le admiramos porque gana; porque lo gana todo y se sirve de todo para ganar, y las escasísimas veces que pierde siempre logra presentar con verosimilitud la derrota como la injusticia arbitrada por un enemigo terrible. Mourinho depara así al XXI la actualización de los arquetipos narrativos descritos por Vladimir Propp a propósito del cuento de hadas, con sus héroes y sus villanos, sus ayudantes y sus oponentes, sus objetivos y sus trampas. Solo que Mou, moderno al fin, es capaz de encarnar varias funciones sucesivas en el relato de una misma Liga o copa de Europa –¡incluso de un mismo partido!–, mutando de una a otra a conveniencia de su fin, y si hay un solo ámbito en el que el fin justifica los medios, ese es el fútbol. Para escandalizarse con gravedad farisea ya tenemos a Renault en el bar de Rick’s: “¡Qué escándalo, aquí se juega!” Pues sí: Mourinho juega. Y gana.

–No me llamen arrogante, pero soy campeón de Europa y pienso que soy un tipo especial –declaró al fichar por el Chelsea tras ganar un inusitada Champions con el inusitado Oporto, granjeándose ante la prensa inglesa un título para los restos: The Special One.

No es Mourinho el primer entrenador que dice lo que de verdad siente en una rueda de prensa, ni el primero en usar la ironía con dosis ciertas de creatividad: ahí está Bill Shankly, el mítico técnico del Liverpool, capaz de sentenciar: «El Everton juega tan mal que si jugasen en el jardín de mi casa correría las cortinas para no verles». Habría plumillas que al oír aquello se entregarían al escándalo beato y a reivindicaciones febriles de señorío, pero hoy Shankly es memoria venerada del fútbol mundial y no se precisa la imaginación de Julio Verne para proyectar con exactitud el tamaño gigante que la sombra de Mourinho arrojará sobre la historia de los entrenadores de fútbol. Que arroja ya.

Lo original del desafío que José Mourinho tiene lanzado a la hipocresía, la cual constituye la primera norma de la civilización, es la exigencia homérica que conlleva su sostenimiento sobre el único crédito de la victoria permanente en los terrenos de juego. Es un hombre sometido a la presión no compartida que reclama sobre sí su propia leyenda, acechada por una hegemonía de servidores del revanchismo (también entre los organismos que regulan el fútbol) que esperan su fracaso en lo profesional para descalificarle en lo personal. Sobradas muestras de bilis –incluyendo la intromisión en la vida de su madre o de su hijo pequeño– ha dado la prensa deportiva española, singularmente aquella que se tenía por madridista y que dejó de serlo en coherente reacción al poder perdido a manos de un entrenador que solo se concibe plenipotenciario. Pero siempre con garantías: en números redondos, José Mourinho ha batido todos los récords de los equipos por los que ha pasado, incluyendo el Real Madrid, que no es un club de pocas ni rasas marcas.

A su erosivo, consciente propósito de ser leyenda y cimentarla día a día, país a país, siendo el mejor en su oficio, se añade en Mourinho otro pábulo de rendida fascinación. Y es la distancia desorbitada que media entre los caudalosos amazonas de tinta generados por su figura –cruzados de afluentes, arroyuelos y regatos contradictorios, en donde resulta descabellado el intento de cribar la pepita de la certeza contrastada– y los escuálidos hilillos de genuino conocimiento que afluyen a los medios acerca de su personalidad real. Lo que sabemos de José fuera de Mourinho lo han ido contando mayormente sus futbolistas, y la versión no puede diferir más de la promesa de azufre que formula su mera presencia, según nos tienen avisados. Él mismo se ha cuidado de que así sea, porque no intima jamás con periodistas –tampoco con los partidarios–, sabiendo el precio que se sigue de ello. Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo se va de sus equipos. Mourinho es el único que controla tanto su verdad como su leyenda, y por eso entendemos tan bien el odio sincero que le profesa el periodismo, condenado a especular sobre un personaje irrepetible, mediático como ninguno en el mundo, que paradójicamente se le escapa entre las manos.

Aquel consejo que Vargas Vila le dio a Ruano se completaba así:

–Hágase usted fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. Es el modo de triunfar. ¿A que nadie le recomienda a usted esto? Porque el deseo de todo el mundo es debilitar a quien pueda hacer algo. Así le dirán que sea bondadoso, para vivir a costa de su bondad; que sea modesto, para que no les haga sombra; que cultive sus virtudes, por miedo a que pueda cultivar sus vicios. Sea usted orgullosos, y, sobre todo, oiga bien lo que le dice un viejo: siembre odios. El odio da vida al que es odiado.

(Publicado en Suma Cultural, 26 de abril de 2013)

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El hombre y la tierra, el hincha y la pipa

Estuve en el zoo el sábado y llegué tan exhausto a casa que me dormí la goleada del Madrid. Lástima, porque las analogías zoológicas habrían brotado luego con alguna exuberancia. Las camaleónicas córneas de Özil, la estampida bisonte de Cristiano, las correrías como de suricato motown de Marcelo, las espaldas plateadas de Khedira, los coletazos reptilianos de Higuaín, el pelaje antropológico de Alonso, el zigzagueo ungulado de Di María y así. Con la enorme diferencia de que el Madrid no es un zoo, como lo ven los periodistas acreditados a la entrada del recinto, sino una reserva donde la pulsión silvestre se trata de preservar con entrenos a puerta cerrada, como lo ve Mou.

Inside of Santiago Bernabeu Stadium.

El Bernabéu: zoológico invertido. (Wikipedia)

El zoo, por lo demás, ofrece una serie de antítesis aparejadas entre conservación y languidez, entre el recreo del visitante y el tedio del visitado, entre los helados que toma el homo sapiens y los cacahuetes o pipas que reserva a los bichejos. Sucede que esta dialéctica fundamental entre animales superiores e inferiores -ley de la selva la llaman- a menudo se invierte en el Bernabéu, que adopta así la fisonomía de un zoológico asténico en donde las estrellas doctamente asilvestradas de Mourinho, en movimiento pirandelliano, se vuelven atónitas a su público para verle rumiar frutos secos con los músculos desangelados de la cautividad. La bestia compadeciendo a su dueño.

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Entrevista a Jorge Bustos (y II): «En el fútbol, el fin justifica los medios»

Lo que para un madridista como tú debe ser un trabajo gustoso es poder charlar de madridismo desde las tripas con periodistas declarados de la causa como Juanma Rodríguez.
El verano pasado me llamó Jesús Alcaide, consiguió mi teléfono llamando al periódico. Al principio estaba un poco nervioso, ya había ido a tertulias de Intereconomía pero al ser mi empresa me imponía menos respeto. Luego también está el recelo del nuevo que llega siendo además un periodista generalista como yo… Pero encontré enseguida una facilidad, una familiaridad en la que me encuentro comodísimo. Es un descanso, un gusto y encima me pagan ¡así que no puedo pedir más! Sí que me gustaría aprender más de fútbol porque leo a gente que tiene auténticas tesis sobre el 4-4-2. Yo a veces veo el fútbol y me fijo en instantes individuales de habilidad o de fuerza. Estoy aprendiendo poco a poco y no descarto algún día hablar de fútbol sabiendo algo.

Hay una frase que creo que le gusta mucho a Ruiz Quintano, o que al menos utiliza, de Ruano: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”. Habla del prestigio nacional, un prestigio que ahora la España plural solo concede al fútbol del Barcelona…
Eso es muy interesante. Ruano es quizá, con Camba, el mayor columnista de la historia del siglo XX, Umbral no sería nada sin él, un tipo que acudía al estadio y no sabía nada de fútbol, pero en ese momento la gran figura social de la época era Santiago Bernabéu. Él escribió esa frase con el matiz nacionalista que tiene y que alude también a esa universalidad o cosmopolitismo de la camiseta blanca. La descubrí y le pasé la cita a Iñaki [Ignacio Ruiz Quintano]. Iñaki ha leído todo Ruano y todo Camba, que ahora está de moda pero fue él quien lo empezó a reivindicar y es un honor que aún no se le ha reconocido. Él me descubrió a Ruano. En cuanto al sentido de la cita, visto desde ahora a mí no me gusta eso de unir una camiseta a unos valores, a una dimensión trascendente o política…El Madrid solo tiene que ser una cosa: el mejor equipo del mundo y el que más títulos gane. Pero nada más que un club, allá cada cual con sus peligrosas amalgamas.

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3 abril, 2013 · 11:05