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Ante la duda, echar al entrenador

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«Pregúntame. A ver de qué eres capaz»

El día después de las elecciones estaba uno invitado a la copa de prensa en el Bernabéu. Supongo que la convocaron para ese día en la esperanza de que los periodistas -deportivos, pero periodistas al cabo- se olvidaran un poco de Benítez y se distrajeran algo con la resaca electoral. Y al principio funcionó, pues creo que no fui yo el único que se acercó a Florentino para preguntarle por la tabla del bipartidismo y la quiniela de los pactos.

-Yo sobre todo sé de política.

-Lo sé, presidente. Por eso.

Su teoría sobre quién debe y quién va a gobernar España -la distinción es solo aparente, o no- no es materia de esta columna, así que procederemos a consignar las opiniones de Florentino Pérez en materia de fútbol, que tan escaso interés revisten para él y para mí. Confieso que logré retenerlo en una esquina solitaria durante unos minutos, pero enseguida empezaron a sumarse compañeros y ya hubo que hablar de fútbol y del Real Madrid, como en un bar cualquiera. Lo cierto es que en los corrillos con reporteros el presidente apuntaló al entrenador como solo hace cuando tiene decidido echarle. Con mucha mayor convicción defendió el legado de Mourinho -«intensidad, intensidad»- y lamentó el annus horribilis que acaba con 2015. También habló de los árbitros y aún más de la prensa, que son dos famosas obsesiones florentinianas. Y madridistas en general, a qué engañarse. Yo le dije lealmente que el presidente del Real Madrid no debería bajar al barro a forcejear con los plumillas en esas ruedas suyas que hacen llorar al gatito de Gento, pero creo que no le convencí.

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2 enero, 2016 · 11:39

¿Existe Benítez?

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«¿Llegaré al turrón?»

A un 2014 fastuoso le sucedió un 2015 olvidable siguiendo los cánones pendulares de la ciclotimia madridista. Ahora toca marejada y los medios hacen quinielas desahogadísimas sobre si volverá antes Ancelotti o Mourinho. Lo extraño es que no incluyan a Susana Díaz, que es la que tiene más papeletas. Desde el rutinario ojo del huracán, Florentino ha tirado de sabio marianismo y ha enunciado una verdad indiscutible:

-Mourinho ahora mismo no, porque tenemos a Benítez.

Pero basta pronunciar el nombre azufroso de Mourinho para que el contador de visitas online comience a echar humo. Y los comentaristas ya hacen cábalas sobre la salida de Cristiano y Ramos y la karankización del mismísimo Arbeloa. En todo caso, para que vuelva Mourinho al Madrid lo primero que hay que gestionar es el retorno de Guardiola al Barça. Sin némesis la tragedia no funciona, y corremos todos el riesgo de que aquella bonita historia se termine repitiendo como farsa. En Barcelona están acostumbrados, e incluso han habilitado a esos efectos un teatro en el mismo Parlament; pero la modestia mesetaria solo alcanza para programar vodeviles y astracanes.

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19 diciembre, 2015 · 11:31

Charlando sobre fútbol y letras con Hughes

El vídeo completo de nuestra charla, cortesía de la Fundación Manuel Alcántara y moderada por Rafa Porras, en el marco incomparable de Málaga:

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2 octubre, 2015 · 10:42

Benítez o la llegada del Mesías

De la ley a la ley.

De la ley a la ley.

Según el chiste judío, el oficio más seguro del mundo es el de vigilante de la llegada del Mesías. Pues bien: el oficio más inseguro del mundo es el de entrenador del Real Madrid, cuya duración es tan quimérica como la conquista de todas las ediciones de Champions que resten hasta el fin de los tiempos. Y aún ganándolas todas, seguramente el equipo lo haría con un míster diferente cada dos años, como máximo. ¿Por qué es así el Madrid?

En realidad no es una característica privativa del Madrid. Si nos pusiéramos filosóficos, actitud temeraria cuando se mete uno en un bar (que eso es hablar del Madrid), diríamos que la sociedad del espectáculo es una superestructura del consumismo que acelera el deterioro de la imagen pública, y hay pocas imágenes en Occidente más expuestas al fuego devorador de la opinión pública que la del entrenador de turno del Real Madrid Club de Fútbol. El circo mediático se alimenta de la novedad con bulimia destructiva y trata a profesionales como estrictos fusibles: solo sirven mientras dan luz. Lo intentó explicar Casillas: «Hay gente que sencillamente se cansa de tu cara». No es tan sencillo en tu caso, Iker, pero algo de eso hay, más allá de que a los 34 se pierden los reflejos y, definitivamente, la esperanza de aprender a salir por alto. Sobre el modo en que una leyenda devino un quiste, el santo un traidor, el Jekyll de la campechanía un Hyde de la delación podríamos escribir un libro, pero ese descenso a las sentinas del cainismo merengue y la venalidad periodística no está pagado.

Iker no es ni mucho menos el mayor culpable del año en blanco, y cada minuto que pase fuera del Madrid -si toma este verano la decisión correcta- contribuirá a restituirle la devoción que merece su mito erguido en Glasgow y Suráfrica. Que es uno de los grandes lo prueba el hecho de que se va a ir mal, lo mismo que Di Stéfano o Raúl. Dejando de lado su (no) concurso, el Madrid de Ancelotti funcionó tan solo a ráfagas, algunas épicas, pero el problema del huracán cuando amaina es que deja una calma insoportable. El bar sí la soporta, incluso la ama, y por eso se evacuan estos días en las barras de la capital comentarios como el que oí esta mañana: «Yo no lo habría echao, era formal y educado como el que más». A este respecto evoca Hughes el consejo sabio de su preparador: «Si por las mañanas, camino del despacho, el personal es simpático y te da los buenos días, es que lo estás haciendo mal». Y si te aplaude la prensa especializada, ya no digamos. Ahí está el caso de Luis Enrique, desahuciado por la prensa culé y hoy el español con más capacidad de ajustar cuentas pendientes desde Fernando VII.

Cómo no iba a caernos bien Carletto, por favor. Qué hombre tan admirable y qué entrenador tan guadianesco, capaz de la gesta de Múnich y de las capitulaciones ante Barça o Atleti. La pura verdad -y uno, sin ser periodista deportivo, alguna fuente tiene en ese club- es que Ancelotti perdió la confianza de la directiva cuando dejó ir la Liga de 2014 que redondeaba un triplete para la historia: el primero del Real Madrid. El cabezazo de Ramos (y sobre todo el siguiente de Bale, del que se habla menos) amarró al buen Carlo al banquillo, y el vistoso juego de la primera vuelta de esta Liga parecía que lo atornillaba. Pero un odioso axioma del fútbol determina que esto es como acaba, nunca como empieza. Y la temporada la acabaron los jugadores en el pasillo que va del diván del psicólogo a la enfermería del fisio. Nada nuevo en la esquizoide historia blanca, porque el mandato fijo de la excelencia no puede arrojar mentes equilibradas. Ancelotti la tiene, y esa ha sido su tumba en un club que vive del vértigo perpetuo; Mourinho no la tenía, y ha sido el más longevo en el puesto en lo que va de siglo.

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El austericidio de Mayweather

No es tirar, sino dar.

No es tirar, sino dar.

Yo no sé qué esperaba la gente. Seguramente un tabique roto, una ceja partida, qué menos que salpicar un poco el escote de Beyoncé. El tacticismo extremo de la pelea deja un rastro de decepción, cuando no un manifiesto enojo con los jueces, y sin embargo ocurrió lo que el aficionado medio sabía que ocurriría. Si algo ha demostrado el Mayweather-Pacquiao es que el boxeo no es la salvajada que, inconfesablemente, cierto espectador desea de dos hombres semidesnudos desafiándose sobre un ring. Confío en que esta victoria de la prudencia sobre la testosterona contribuya a mejorar la imagen del boxeo en los medios.

Fue, sí, un combate cicatero en que ninguno de los dos púgiles se entregó a fondo ni frisó siquiera la altura de su nombre. También lo sabíamos, pues ambos superaron hace años la edad romántica del suicidio. Más abnegación vimos en el Pizjuán, con esos cabezazos tercos de Cristiano que sujetan la esperanza de la Liga. Sabíamos que en Floyd Mayweather cabe toda modalidad de lo hortera pero ninguna expectativa de brutalidad. El campeón es un boxeador maquiavélico, glacial, austericida incluso: no derrocha muchos más golpes de los que ingresa. Y por eso venció. Las tarjetas no mienten: Pacquiao conectó 81 de 429 golpes, mientras que Money el Invencible acertó 148 de 435 intentos. Superioridad negra en números redondos.

¿Por qué entonces invadió Twitter un clamor de tongo al conocerse el veredicto? Hay un pipero del boxeo que valora ante todo la modestia y la actitud, como aplaudía las carreritas en la presión de un Raúl decadente, y no se puede negar que la iniciativa la llevó Pacman, cuyo combo enloquecido del cuarto asalto actualizó aquel título de demonio tagalo. Floyd lo encajó en las cuerdas, recurrió al paso lateral y siguió a lo suyo, consciente de que cuenta el impacto y no la vistosidad. Incluso arriesgó demasiado a fuerza de no arriesgar, escatimando contras para fastidio del YouTube, y tuvo que aplicarse a partir del séptimo asalto para restablecer la jerarquía. Su estilo arroja así una lección ética de autodominio, una estética de sencillez y hasta una económica de control del déficit. «El plan de todos es venir hacia mí y tirar muchos golpes. No ha funcionado en 19 años», había declarado la víspera. Ahora puede repetirlo con el cinturón de esmeraldas ciñendo su intacta cintura. Una vez más.

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Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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Chat del clásico con Sostres

Sostres / Bustos.

Sostres / Bustos.

¿Qué les parece que el partido se juegue un domingo a las nueve de la noche?
-JB: Si de mí dependiera no habría avisado al Barça de la hora del partido, como diría Shankly.
-Salvador: Me parece estupendo porque cuando el Barça juega el sábado, el domingo es aburridísimo.

Buenos días, Salvador y Jorge, ¿estáis de acuerdo, como se está comentando por ahí, que el Barca con el mejor Messi desde hace mucho tiempo, le va a dar un repaso a un Madrid en horas bajas? Jorge, ¿será el domingo uno de esos días que te gustaría que Cataluña fuera un país independiente y, consecuentemente, este partido no tendría lugar? Muchas gracias a los dos.
-JB: A mí no me gustaría que Cataluña fuera independiente ni aunque encadenáramos manitas una década. Bueno, entonces puede. Pero quizá no hemos reparado en que la rivalidad del clásico nos une en un odio redentor muy español. Mientras juguemos clásicos, el Estado está a salvo. Y el folclore.
-Salvador: El Barça es Messi, sin duda. Sin Messi, el Barça es un equipo caótico y desfigurado. Hasta irrelevante. Pero hacer pronósticos sobre los clásicos es aventurado. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Dar al Madrid por muerto es de cateto provinciano. Y te lo digo yo, que estoy rodeado.

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‘Modridismo’

Luka o la visión.

Luka o la visión.

Cuando a Bernabéu le preguntaron por qué no había fichado a Cruyff, el gran visionario zanjó cualquier suspicacia: «No me gustaba su jeta». Se ha criticado a Florentino por empeñarse en fichar caras bonitas que principalmente vendiesen y camisetas y que luego, a poder ser, tocaran con algún criterio la pelota. Pero hay un poderoso argumento que refuta esta acusación: se llama Luka Modric, es hoy el mejor jugador libra por libra del Real Madrid -Real Modrid– y uno no juraría que los One Direction le admitieran en el grupo ni que su rostro forre carpetas adolescentes, si eso aún se hace. Y sin embargo Modric se parece a Cruyff no solo curiosamente en su jeta sino también en su capacidad de despliegue de un fútbol total, que defiende atacando y penetra combinando y controla arriesgando.

La cinética tiene pendiente explicar el modo en que un centrocampista tan pequeño logra ocupar tanto espacio; la lingüística, cómo un croata puede entenderse tan bien con acentos de Francia, Portugal, Gales o Málaga; y la historia, por qué un balcánico teje alianzas de civilizaciones hasta hace poco tan separadas como la delantera y la defensa del Madrid. Con su retorno ha confirmado lo que todos sospechábamos: que el bajón de juego del equipo no se debía al 4-3-3, ni a la diadema de Bale, ni siquiera al Instagram de Irina; sino sencillamente a la lesión de Modric. Suya es la claridad del último pase a Benzema que culmina en la chilena fallida de Cristiano y el primer gol de Bale; suya es la presteza con que saca la falta para Carvajal y concluye en el segundo de Bale a tiro de CR; suyo es el péndulo del mediocampo con el que hipnotiza a sus marcadores cambiando de ritmo o encuentra agua para llevarla al molino de la BBC, zahorí profundo en la zona de tres cuartos.

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