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Kalashnikov y la culpa placebo

Y Mijaíl soltó su fusil.

Y Mijaíl soltó su fusil.

Un día de verano de 1865 el químico Alfred Bernhard Nobel descubrió la forma de estabilizar la nitroglicerina. De amaestrar las explosiones. Se tomó el empeño como algo personal, porque el año anterior su hermano Emil había volado por los aires experimentando con aquel líquido diabólico en la fábrica familiar. Alfred halló el modo de convertir la nitroglicerina en pasta transportable y de detonarla a voluntad. Y sobre todo, a distancia. Llamó a su creación dinamita, y la noticia de la patente –si me permiten el juego– corrió como la pólvora por toda Europa, haciendo a su creador inmensamente rico y llevándolo a fundar laboratorios de explosivos por medio mundo del mismo modo que en el siglo XVI una detonación espiritual había llevado a Santa Teresa a recorrer España fundando conventos.

Pero la dinamita no solo revolucionó la minería, sino también, como era de esperar conociendo al ser humano, la entrañable práctica de la guerra. Los ejércitos se aplicaron con lujuria al desarrollo de un nuevo armamento que permitía multiplicar exponencialmente el daño deseado al enemigo. Alfred Nobel, que era un hombre culto y un poeta frustrado, envejeció contemplando el uso letal que los hombres hacían de su invento, de manera que al sentir la ronda de la parca agarró un pedazo de papel, redactó su testamento y en él consignó su arrepentimiento como deben hacerlo los multimillonarios: destinando el grueso de su colosal fortuna al mecenazgo a través de unos premios que cada año distinguieran a los mejores exponentes humanos de la ciencia, la literatura y la diplomacia. Si su talento apadrinó la destrucción, su apellido patrocinaría la excelencia.

Medio siglo después, Julius Robert Oppenheimer dirigió con tanta brillantez el proyecto Manhattan que acabó ofreciendo al hombre la realización de un viejo sueño: el poder absoluto que da la aniquilación garantizada. Oppenheimer no era tonto y sabía lo que hacía: lo que aparecería sobre su mesa de operaciones si continuaba esforzándose en el parto. Pero se consolaba pensando que, conociendo al hombre, el engendro frankensteiniano –o einsteiniano a secas, en este caso– vería la luz de todos modos, y que lo mejor para la humanidad era que al incorporarse en la camilla la criatura llamara papá a los buenos y no a los nazis. Los buenos, sin embargo, acabaron subiendo a Frankenstein a un avión y soltándolo sobre Hiroshima y Nagasaki.

Al comprobar lo que pasó después, la piel de 140.000 humanos a un millón de grados centígrados, algunos de los participantes de la misión invocaron la razón patriótica o el deber marcial y nunca declararon problemas para dormir. Así Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, considerado un héroe nacional a todo lo largo de su tranquila vida posterior; o el tripulante Theodore van Kirk, quien sigue vivo y orgulloso. La dermatología es disciplina procelosa y hay pieles más duras que otras, ya se sabe. Otros, sin embargo, consagraron el resto de su existencia a concienciar al mundo contra la proliferación nuclear, como el propio Oppenheimer, que le dijo a la cara al presidente Truman que sus manos estaban manchadas de sangre. Claude Robert Eateherly, otro de los pilotos de la flota atómica, perdió el juicio y acabó recluido en un manicomio. Y el sacerdote que bendijo las bombas, George Zabelka, decidió partir de misionero a Japón tras la guerra y en 1984 peregrinó desde Tokio a Hiroshima para pedir perdón a los hibakushas, los supervivientes japoneses de las bombas.

Por los años en que Oppenheimer se afanaba en fisionar el núcleo de un átomo, un soldado ruso con talento para la ingeniería fue herido en el frente y destinado al taller con el encargo de diseñar un fusil de asalto de fuego rápido, material resistente, funcionalidad todoterreno, manejo sencillo y mecánica a prueba de atascos. En 1947 lo tenía terminado. Aquel soldado se llamaba Mijaíl Kalashnikov y decidió llamar a su criatura AK-47, acrónimo de Avtomat Kaláshnikov, modelo 1947. Acababa de nacer la herramienta favorita del ideal revolucionario, ese que llama lucha al ajuste de cuentas y emancipación al revanchismo. Son incontables las personas que en el siglo XX y lo que llevamos de XXI han caído bajo las balas escupidas con inmaculada eficiencia por el AK-47. Con 100 millones de ejemplares vendidos es el arma más utilizada del mundo, de África a Oriente Medio, de la selva tropical a las malas calles del este de Europa, y ha matado a bastante más gente que el invento de Oppenheimer, el cual a cambio las mata sin dolor: por evaporación instantánea.

Mijaíl Kalashnikov murió el pasado 23 de diciembre. Esta semana la BBC informó en exclusiva de la carta que la vieja gloria soviética, que había declarado su orgullo ante el hecho de que el AK-47 llegara a ser identificado con la causa abstracta de la libertad, envió a la Iglesia Ortodoxa Rusa para manifestar un íntimo sufrimiento moral: “Mi dolor espiritual es insoportable. Sigo haciéndome la misma pregunta sin resolución: si mirifle le quitó la vida a personas, ¿podría ser que yo sea culpable de esas muertes, aun cuandofueran enemigos?». Llevaba la misiva una temblorosa firma manuscrita. Un portavoz del patriarca Cirilo I ha tratado de calmar póstumamente la desazón de Kalashnikov enfatizando que cuando las armas sirven para defender la patria, la Iglesia Ortodoxa apoya a quienes las crearon. Para esa respuesta, que ya le había dado el Partido en forma de consecutivas condecoraciones, un hombre atormentado por el remordimiento no toma la pluma.

En su momento, el escritor Ian McEwan, autor de Expiación, no quiso alinearse con la crítica estándar al belicismo de la era Bush. Cuando un periodista le preguntó escandalizado que dónde estaba su pacifismo, ese que todo intelectual digno de tal nombre debe promover, el novelista británico contestó: “Yo sería pacifista si todo el mundo fuera pacifista”. Todo inventor de armas se consuela pensando que las hace para defender la civilización, para combatir la barbarie, para repeler el ataque y no para iniciarlo. Y lo cierto es que tiene razón, porque la libertad no es una realidad hegemónica sobre la tierra emergida, por desgracia. Con cualquier catecismo en la mano, ni a Nobel, ni a Oppenheimer, ni a Kalashnikov pueden imputárseles los crímenes perpetrados con sus inventos porque el pecado no está en el objeto sino en su uso. ¿Acaso no hizo progresar a la industria la dinamita, no llevó luz a los pueblos la energía nuclear, no disuadió al asesino el soldado de un país democrático bien equipado con su fusil?

Y sin embargo, en la contrición final de los tres inventores no hay nada superfluo. La facilidad con la que el intelectual, el hombre teórico, ha justificado la violencia por causas políticas se estrella contra el desasosiego irreductible del hombre práctico que diseñó las armas empleadas en el nombre de heroicas empresas. Nobel buscó la redención en el fomento del conocimiento y el arte; Oppenheimer se refugió en el activismo pacifista para calmar su conciencia; Kalashnikov pidió amparo a la religión.

Yo observo en estos tres remordimientos una expiación manifiesta a una acusación no formulada. Como se siente culpable el padre al que le sale un hijo traficante. Y puede que sea la peor de las culpas, la culpa placebo, porque todos te dicen que no eres responsable y te hurtan así el primer paso en el camino de tu curación.

(Publicado en Suma Cultural, 18 de enero de 2014)

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El repóquer de ases del periodismo español

Se trata de un juicio muy personal, pero yo creo que el periodismo español tuvo en la primera mitad del siglo XX cinco grandes nombres. Tuvo más, claro, y podemos discutir la inclusión en ese canon decantadísimo de otros nombres (Gaziel, Foxá, Corpus Barga) que estos: Julio Camba, Josep Pla, Manuel Chaves Nogales, César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. Dos gallegos, un catalán, un madrileño y un andaluz. Si hay que quedarse con cinco, yo no creo que quepan otros nombres que estos, reservando a Azorín para la estricta literatura. Creo también que ningún articulista español de la segunda mitad del siglo XX se les equipara, aunque se acerquen (cada uno a su distancia) Alcántara, Umbral, Vázquez Montalbán, Campmany, Ullán, quizá Vicent y algún otro.

Camba desde su suite del Palace.

Camba desde su suite del Palace.

Es una bendición que tres de esos cinco grandes se hayan puesto de moda. Nunca es tarde si la dicha es buena, y no va uno a incurrir en ese papanatismo invertido de los adolescentes que dejan de escuchar a su grupo indie favorito en cuanto empieza a llenar estadios: nosotros no renunciaremos a seguir devorando reediciones de Camba solo porque ahora, gozosa y paradójicamente para autor tan sibarita, su articulismo se haya vuelto mainstream. Hace una década nadie leía a Camba en este país, nadie lo reeditaba, nadie lo compraba y solo lo citaba en sus artículos de ABC Ignacio Ruiz Quintano, que se pasó un tiempo quemándose las pestañas en hemerotecas de tinta muy previas a lo digital para espigar antologías de artículos en la editorial Luca de Tena, libros magníficamente editados en tapa dura –y prologados por la gran cambóloga Almudena Revilla Guijarro– que han tenido una venta miserable. Por aquellos artículos de Ruiz Quintano llegué yo, adolescente, a pedir a los Reyes Magos lo que encontraran de Camba, que para eso eran magos, aunque no lo suficiente para traerme otra cosa que la vetusta antología de Austral, la cual devoré alucinado. Luego he seguido comprando todo título cambiano que hallaba en librerías de viejo y hoy, por fin, ya no hace ninguna falta dejarse 40 euros en polvorientos colmados librescos porque todos publican a Camba, y todos lo celebramos. En estos momentos, de hecho, estoy leyendo Alemania, la selección de crónicas berlinesas y muniquesas que publicó Julio Camba en 1916, y como si fueran de ayer mismo. El volumen lo edita la editorial sevillana Renacimiento con primoroso acabado, a tono con la prosa del interior.

La crónica periodística, el artículo literario, el reportaje narrativo a lo Chaves Nogales se han convertido en un género editorial de masas (las masas magras que queden por ahí comprando libros), tras décadas durmiendo un sueño de desprestigio del que solo despertaba editorialmente algún apellido de exotismo eslavo como Kapuscinski. La broma macabra es que a medida que los jóvenes estudiantes de periodismo descubren la sedosa textura de la ironía cambiana, el sistema educativo se obstina en inculcarles “aptitudes y destrezas” más robóticas que humanísticas. La buena noticia es que esto ya pasaba en 1932, año en que el maestro de Vilanova de Arousa publicó La ciudad automática, donde se recoge su crítica del igualitarismo educativo en ciernes:

“Lo probable es que salga usted de la escuela con el cerebro tan atrofiado como si lo hubiese tenido en la propia prensa de los incas; pero si la escuela no ha conseguido idiotizarle a usted del todo, la Universidad se encargará del resto. Luego vendrán los periódicos, las conferencias y los clubes de lectura, y a los veinticuatro o veinticinco años no tan sólo estará usted incapacitado para pensar de un modo distinto al de los demás, sino que hasta su misma cabeza, al adaptarse a las tres o cuatro ideas generales que el Estado metió dentro de ella, habrá tomado la forma y el aspecto de todas las otras”.

Todavía si esa formación jíbara sirviera para encontrar trabajo en un mercado congruentemente jibarizante, nos resultaría más difícil criticarla. Hoy que ni siquiera el talento asegura un puesto en el oficio, se puede llorar a gusto y sin consuelo, que es el llanto zarzuelero y fetén. De todos modos escribir es llorar en España de toda la vida, como acuñara Larra y desarrollara Agustí Calvet, alias Gaziel, que retrata así a la clase periodística española: “Eran, por lo general, una especie de anfibios: menestralía de la pluma, bohemia de la baja intelectualidad, bachilleres frustrados, licenciados sin reválida, estudiantes pobres, fracasados de innumerables oficios; gentes, en fin, sin alas todavía para volar más alto, o que, al fallarles las que tenían ya crecidas, se refugiaban, como en una sala de espera o en un asilo, bajo el sórdido cobertizo del periodismo, alzado en plena intemperie y abierto a todo el mundo”. Y concluía: “La dificultad básica seguía siendo la misma: la carrera del periodismo estaba desprestigiada porque no daba para vivir”. La cita es de principios del siglo XX, y aunque a principios del XXI el oficio se ha refinado hasta dar nombre a una carrera y a varios máster, el resultado vital para la mayoría es de una sordidez perfectamente homologable.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Chaves mirando a la Tercera España, a ver si aparecía.

Pero mientras lloramos leemos a los cinco grandes, que sí disfrutaron de la cotización de su pluma (llegarían todos a estar entre los mejor pagados de su tiempo), cada uno de ellos con su estilo propio aunque amparados en una misma concepción resueltamente personalista del periodismo, que practicaron como una disciplina fáctica de la literatura. La obra de los cinco grandes reivindica la necesidad del estilo y la originalidad de la mirada, que son el haz expresivo y el envés imaginativo de una misma hoja, la hoja de la personalidad del hombre que enfrenta el mundo. Esto no quiere decir que mintieran, ni siquiera que adornaran sin necesidad, porque cuando se posee la sabiduría del adjetivo lo sustantivo no solo no queda opacado sino que brilla con más fuerza. Eran periodistas porque se ocupaban de la actualidad y eran escritores porque poseían la competencia intelectual y artesanal del escritor. Hoy urgiría recomendar el olvido de tanta directriz académica, de tanto dicterio purista a cargo del sanedrín de la objetividad –esa fábrica de teletipistas sin alma ni lecturas–, para prescribir en su lugar el retorno a ese viejo nuevo periodismo nuestro si hubiera mercado para el producto de semejante simbiosis. Ideológicamente, además, los cinco militaron en un republicanismo burgués cuya causa, por la vía de los hechos, no tardó mucho en traer el desencanto primero y el horror después a sus almas insobornablemente liberales, inevitablemente civilizadas. Yo pienso que, más allá de tareas de supervivencia coyuntural como el espionaje profranquista de Pla en Marsella o de poses dandis como el monarquismo estético de Ruano, todos se reconocerían hondamente en las primeras líneas del luminoso prólogo de A sangre y fuego en las que Chaves fijó el programa de esa anhelada Tercera España que solo el advenimiento de las clases medias permitiría instaurar:

“Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeñoburgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio –como dicen los marxistas–, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionado periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. (…) Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo”.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Pla ante su destino: la escritura perpetua.

Aparte de esto, que tanto nos suena a la letal “fachendería” denunciada por Pla en tantas de sus páginas, cada uno es de su padre y de su madre. En esta misma revista ya traté del singular arte de Camba, su inconfundible método inductivo que parte de la observación paradójica y se desliza siempre con humor finísimo hasta la conclusión sorpresiva, brillando especialmente en la estampa sociológica, artículos pulidos como diamantes de inteligencia. También glosamos aquí el individualismo irreductible y la preceptiva de la inteligibilidad de Josep Pla, un estilo menos intelectual y más pictórico, más mediterráneo, más sensorial, pero que como el de Camba solo a fuerza de disciplinada depuración alcanzó esa engañosa naturalidad que vibra y nos cautiva (el barroquismo es la primera tentación en la que cae el que rompe a escribir).

Manuel Chaves Nogales es el tercero de los cinco que tampoco está ya necesitado de reivindicación –sí lo estaba cuando Andrés Trapiello lo rescató como modelo de lucidez contra el sectarismo en Las armas y las letras–, y hoy la industria reedita sus libros y agavilla sus reportajes a tal ritmo que amenaza con no dejar nada por descubrir a los filólogos del futuro, y ustedes disculpen el ejercicio de historia-ficción. Dos muchachos rendidos a la creciente aureola de Chaves andan pidiendo aportaciones financieras por internet para poder estrenar un devoto documental sobre el reportero sevillano que ya ha ganado algún premio en festivales de provincias y que a buen seguro nos encantará. La fascinación por Chaves se explica no solo por razones políticas, con todo el morbo que tiene entre nosotros el descubrimiento de un Abel entre tantos Caínes, sino también periodísticas: resulta que a la chavalería se le ha estado dando la tabarra con el New Journalism y aquí teníamos a un tipo que lo hacía antes y mejor, aunque fuera sobre toros. ¿A qué género pertenece Juan Belmonte, matador de toros, la obra maestra de Chaves Nogales? Unos dicen que es una biografía novelada; otros se fijan en el método y concluyen que se trata de una larga entrevista reportajeada; hay también quien señala el título como precursor de la non-fiction novel, el género campanudamente formulado por Truman Capote y Tom Wolfe. La respuesta correcta es: ¿qué demonios importa? El libro trata solo de hechos reales, pero tamizados por la capacidad literaria de un superdotado del idioma que ejecuta una recreación vívida y magistral. Lo importante es que ese libro nos habla de la edad de oro del toreo y de la vida de un matador legendario con una carga de verosimilitud y hondura humana profundamente emocionante. Otro tanto logró Pla con Vida de Manolo, sobre el pícaro escultor catalán Manuel Hugué. Un gran periodista es aquel que es capaz de comunicar esta sensación al lector con la materia y el protagonista adecuados.

Pero en el repóquer de ases del periodismo español aún hay dos que están pendientes de documentales, reediciones y pertinentes alabanzas: César González-Ruano y Wenceslao Fernández Flórez. De ambos se encuentran obras en librerías especializadas y en anaqueles de viejo, pero no es ni mucho menos suficiente. No hay proporción aún entre la contribución periodística de estos dos genios y su reconocimiento editorial y mediático. Las razones para el silencio las adivinamos, claro: ambos fueron firmas triunfantes bajo el franquismo, y aquí y ahora ese es triunfo difícil de perdonar, por exclusivamente literario que sea. Pla tuvo la fortuna de topar con la idolatría de Vergés, que redimió su nombre en Destino, y el pasado anarquista de Camba contrapesa su deriva conservadora y queda muy atractivo en la solapa. Chaves, ya hemos visto, tuvo la clarividencia de instalarse en una tercera vía hoy mayoritaria. Pero Ruano y Wenceslao no cuentan con abogados solícitos, y eso que ambos rechazaron los cariños o cargos del organigrama franquista, algo que no puede decir el fundador y director del periódico que más credenciales de democracia y de periodismo ha repartido en la historia reciente de España.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wences según Mingote junto al león parlamentario que tan bien domó.

Wenceslao Fernández Flórez es el maestro imbatible en la crónica parlamentaria de raíz satírica: incisivo hasta la temeridad en tiempos de caciques, con esa distancia justa para garantizarse la independencia pero sin alejarse tanto que parezca desentenderse de lo que sucede en las Cortes, conjura la facilona tentación de la enmienda a la totalidad de la “casta política” que hoy se practica con cobarde fruición para sustraerse a etiquetas de bando y atraerse un aplauso demagógico. En Impresiones de un hombre de buena fe o en Acotaciones de un oyente está la mejor crónica política –brillante, sintética, corrosiva, descacharrante– que se puede hacer del sistema parlamentario, el de Romanones y el de ahora, porque los resortes atávicos del poder y sus pretextos no han progresado desde Tucídides o Tácito. Semejante exposición al calor político, si ahora da pena, entonces daba miedo, y al cabo una guerra de cazurros fanatizados pilló a nuestro gallego en pie de culpable burguesía: será el socialista moderado Julián Zugazagoitia, ministro de Negrín, quien le facilite en 1937 la salida del Madrid rojo y con ello su salvación. Cuando al término de la guerra la Gestapo detiene en París a Zugazagoitia y lo entrega a la justicia militar de Franco, Fernández Flórez da la cara testificando a favor del reo, pero su intercesión choca con la mezquindad irredimible de un régimen victorioso en plena represión y Zugazagoitia es fusilado, hecho que marchita para siempre cualquier fe en la política del antiguo cronista parlamentario.

En un movimiento común a los cinco ases aquí reunidos a excepción de Chaves –que moriría enseguida en el exilio londinense de Fleet Street–, al inaugurarse la posguerra Fernández Flórez prefirió no escribir más de política. Fruto de esa decisión son sus deliciosas crónicas futbolísticas (De portería a portería) y taurinas (El toro, el torero y el gato) entre otras, y eso sin saber ni de toros ni de fútbol. Con el tiempo, el quejido de la morriña se le hizo insoportable y se acabó enclaustrando en su fraga coruñesa de Cecebre como Pla en su masía de Llofriu, entregado a la escritura de comedias, guiones y novelas entre la mágica animación del bosque gallego, tan receloso de los honores literarios del régimen como de los afanes clandestinos de la intelectualidad subversiva. Y así como Pujol visitó a Pla en su masía, también Fraga acudiría a la fraga de Cecebre ávido de esa propaganda de honorabilidad que la política ha buscado siempre en la cultura para blanquear sus manchas. Al menos Pujol y Fraga creían en el poder blanqueador de la literatura; los políticos de ahora prefieren fotos con deportistas.

Miguel Pardeza es director deportivo del Real Madrid y experto ruanólogo, y yo creo que debería aprovechar el cargo para promocionar a Ruano, que declaró en un artículo sobre Bernabéu: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”.

Según Manuel Alcántara –cuyo prólogo a la reedición de las memorias de Ruano, me dijo una vez Garci, era el mejor que había leído en su vida, y yo coincidí con él–, este Lope de Vega de la columna publicó a lo largo de los años más de 30.000 artículos a una media de tres por día en los veladores del Café Gijón o del Teide; artículos siempre perfectos, por lo demás. Eso aparte de los 80 libros de todo género. Esa producción descomunal que hoy solo está disponible en las beneméritas antologías de la Fundación Mapfre debiera ser la Biblia del articulista español. Umbral hizo lo que pudo por transparentar su magisterio en columnas que, leído Ruano, aclaran mucho ese misterio umbraliano del dandismo y de ese famoso costumbrismo lírico, entre el humorismo y la melancolía. El propio Francisco Umbral, en ese revelador memorial de vida y formación que es Trilogía de Madrid (1984), se hacía ya la misma pregunta que nosotros ahora, sin explicarse el ostracismo tenaz que pesa sobre el genio: «Vuelven todos, vuelve Ramón incluso, pero no vuelve César». Campmany escribió a su muerte el mejor obituario del siglo XX español, celebrando el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Eso pudo decirlo Campmany, que ganó buen dinero con la pluma, porque ha habido añadas buenas donde el periodismo, ejercido con talento descollante, granjeaba una posición desahogada y un alto respeto. Esos tiempos acabaron, y a la ruina hemos de añadir la cerrilidad del objetivismo dogmático o bien la mesocracia del periodismo placentario, esos gregarios correveidiles de teletipo o del total que camuflan su incultura de objetividad y su servidumbre política de exactitud declarativa. Ya dirigían el cotarro cuando negaron a Ruano el carné de prensa. La respuesta del periodista madrileño, olímpico talento refractario a capillas, llena de consuelo a insumisos:

“Ya es cómico que se discuta si uno es o no un profesional. Cuarenta años de no vivir más que de escribir y para escribir ¿admiten dudas? Pues parece que sí, cuando nadie le discute su profesionalidad a un desdichado que infla telegramas o a un fotógrafo. Me piden que pruebe no sé qué cosas. No estoy dispuesto a probar nada. Si tienen redaños para negarme la condición de profesional, para ellos la perra gorda. No daré un paso. Les emplazo a todos esos robaperas para dentro de unos años. A ver si se habla de ellos o de mí. Periodistas mediocres, matalones, caciques de vía estrecha, cortan el bacalao. ¡Que lo corten! Uno no come bacalao, sino salmón”.

Pardeza con Ruano, en un montaje que debería repetirse más a menudo.

Montaje de Pardeza con Ruano, una afición que debería ponerse de moda ya.

Ruano tenía el don de la frase perfecta, como lo tenía Fitzgerald, pero además sabía dónde mirar y lo había leído todo, y lo había vivido todo. El articulista madrileño instituyó un periodismo lírico (mas siempre claro) y resueltamente autobiográfico que no se nos ocurre reclamar como norma, pero sí al menos como excepción, credencial que hoy se le niega por culpa de un deslinde antinatural y ruinoso entre literatura y periodismo. En los tiempos en que uno manufacturaba informaciones efímeras en un periódico me animó mucho encontrar esta cita de las memorias de Ruano, evocando su época de reportero puro e izquierdoso en El Heraldo –¡Chaves era su redactor jefe!– bajo la amenazante censura de Miguel Primo de Rivera: “Por aquella temporada [1927] yo hice uno de mis mayores esfuerzos periodísticos. Interviuvaba a todo el mundo, escribía artículos, firmaba largos reportajes… ¡Y qué poco en realidad me interesaba todo aquello! Pero era el momento del esfuerzo. Había que situarse, que ganar un nombre que ya aplicaría después a otras cosas más de mi gusto, y había también que ganar dinero, puesto que vivía a cuerpo limpio sólo de mi pluma”. Más tarde se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín –¡y corría el 1940!– porque debía despachar a diario por telégrafo “aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada”.

La personalidad es el gran valor, es la filigrana que confiere al naipe del as su supremacía en un juego en que también debe haber sotas, reyes y cuatros de bastos. No se trata por tanto de gustar a todos, sino de reivindicar, para lo que quede del periodismo del siglo XXI, la estirpe anarcoburguesa, liberal de corazón y estilizada de Ruano, de Fernández Flórez, de Chaves Nogales, de Pla y de Camba.

(Publicado en Suma Cultural, octubre de 2013)

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Las cinco falacias de nuestro periodismo

[Me anuncia el director de Revista de Libros, Álvaro Delgado-Gal, que muy pronto la revista conocerá un relanzamiento digital de primera magnitud. Como crítico de RdeL desde hace tres años y medio, me llena de alegría la noticia y me apresto a la tarea. Pronto reseñaré un nuevo y delicioso Camba, y postearé algún artículo en su galería de blogueros.

Para celebrarlo, copio aquí mi primera colaboración en RdeL, número de enero de 2010, que tanta ilusión me hizo dada la categoría de la publicación, y que cosecharía este generoso comentario de Arcadi Espada en su blog. Yo creo que su contenido no ha caducado en este tiempo. Si acaso la cosa ha acelerado su degeneración y la denuncia ganado pertinencia. Pero juzguen ustedes mismos]

(…)

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Los periodistas de hoy han padecido la formación tecnicista y hueca de una universidad decadente, que es aquella que se obsesiona con enseñar cosas útiles y con «preparar a los estudiantes para el mercado laboral», con Bolonia como estación término, o terminal. ¿Debemos recordar una vez más que la universidad se creó precisamente para enseñar lo inútil, para cultivar el espíritu de las personas que tenían la suerte de no tener que apacentar ganado –algo muy útil, desde luego– para vivir? El humanista primero aprende a pensar, y luego va conociendo y perfeccionando los trucos y las técnicas de un oficio tan intuitivo y experimental como el de periodista. (Los titulados lloriquean por el intrusismo en vez de formarse mejor para batir a la competencia.) ¿Por qué nadie dice de una vez que los periodistas de la primera mitad del siglo XX, y aun los del franquismo –adictos o no al régimen–, estaban incomparablemente mejor preparados que los de hoy, en términos generales, y a despecho de tanto avance tecnológico? ¿Por qué en las facultades de Periodismo no se olvidan un poco de tanta práctica técnica y obligan a leer a los cinco periodistas citados hasta que los alumnos dominen la lengua castellana siquiera como la mitad de la mitad de cada uno de ellos, ninguno de los cuales por cierto –oh, sacrilegio– estudió la carrera de Periodismo? Sin embargo, son sus retratos los que cuelgan de las paredes de un pasillo del Congreso de los Diputados, junto a la sala de prensa.

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15 octubre, 2013 · 23:16

La bendita levedad del ser

No está claro si La insoportable levedad del ser es una novela ensayística o un ensayo novelado, pero no dudamos de que su condición limítrofe de relato erótico-político sometido a constante glosa filosófica deparó un clásico de la narrativa posmoderna que nuestro Javier Marías habría querido escribir, si Marías pudiera ser Kundera.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. Pero ¿qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

He aquí el párrafo que da ese famoso título a la novela, título que a su vez lleva desde 1984 (año de la publicación) barnizando de culturalismo los artículos de los columnistas más amigos de la paráfrasis que de la lectura. El campo semántico de la obra entera está surcado con metáforas de peso y ligereza, de liviandad y gravidez, dentro del régimen simbólico que Gilbert Durand llamaría diurno o vertical. Durand fue junto a Northrop Frye uno de los grandes nombres de la mitocrítica, escuela que reaccionó contra los excesos cartesianos del estructuralismo para reivindicar el poder significante de la imaginación. Siguiendo a Jung, Bachelard o Lévi-Strauss, el sagaz profesor Durand sistematizó bajo el llamado «régimen diurno» de la imaginación un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas: luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etcétera, dicotomías que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad. El método de Durand resulta de lo más útil para la crítica iconológica de cualquier obra de arte, y también para fijar eso que llamamos el «mundo propio» de un escritor en función de su preferencia por metáforas luminosas o sombrías, violentas o lánguidas, urbanas o selváticas y así.

El imaginario pesadez-levedad articula simbólicamente la novela dialéctica de Kundera. Los personajes padecen el sovietismo como carga, sueñan con aviones como una liberación, entienden el peso de la persona amada como ese cauce de dominación recíproca que es el acto sexual. Es un texto poco estructurado, que fluye en meandros alegóricos y se embalsa en lagunas de reflexión, y que pasa del tono cenagoso del existencialismo a los burbujeantes rápidos del humor procaz. Pero no se trata de una novela de tesis, sino de tesis (en plural). Al punto de que muchos de los breves y numerosos capítulos en que se divide cada parte del libro podrían funcionar perfectamente como ensayos autónomos, sobre la idea del eterno retorno nieztscheana o la ontología de Parménides de Elea, si bien sus conclusiones acaban reapareciendo luego para interpretar los giros imprimidos al destino de los personajes. Kundera es un novelista-filósofo, como lo eran Unamuno o Pirandello, y nos ofrece las coyunturas dramáticas de sus criaturas no para conmovernos sino para hacernos pensar. La pareja protagonista está formada por una mujer que no sabe responder a la opresión vital de la Praga soviética salvo con la entrega abnegada a su amado Tomás, un médico e intelectual disidente que acredita un coraje ético abstracto enfrentándose al régimen y siendo castigado por ello, pero cuya incapacidad empática lo convierte en un «mujeriego épico», un coleccionista compulsivo de amantes que no puede detener su carrera de infidelidades por mucho que sepa que están destruyendo a Teresa. La pareja de secundarios la forman Sabina, pintora de espíritu libre —tan libre que su propia ligereza acaba condenándola a la incapacidad para el compromiso, al aventurerismo de la traición constante, a la insipidez existencial que da título a la obra— y Franz, que en el picadero de la sofisticada y excitante Sabina se siente liberado de su insoportablemente convencional esposa Marie-Claudie.

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6 octubre, 2013 · 13:41

Las ansias infinitas de entrar en la RAE

“Quienes me conocen saben que entre las ambiciones legítimas que he perseguido no se encontró nunca la de ingresar en esta docta casa. Y no porque no me ilusionara la idea, sino porque veo a esta Institución tan encumbrada en el reconocimiento de nuestros conciudadanos, y tan arraigada en la historia de nuestro país, que no podría creerme yo ni con los méritos ni con los apoyos necesarios para aspirar a ocupar uno de sus sillones”.

La cita corresponde al discurso de entrada en la Real Academia Española de Juan Luis Cebrián, a quien una decisión salomónica como pocas otorgó la dignidad de ingresar en la RAE a la vez que a Luis María Anson. Es una cita paradigmática de lo que la retórica clásica llamaba captatio benevolentiae: la estratagema de predisponer al auditorio en tu favor blasonando de una indignidad personal que tu propia posición de orador desmiente sutilmente. Al público le conmueve tu falsa modestia y te presta atención. Cebrián declara no haber ambicionado jamás la altísima condición de académico –cómo osaría yo, les dice a los sabios de la patria–, pero si aquel 19 de diciembre de 1996 no se hubiera pronunciado el apellido Cebrián junto al de Anson, el prestigio secular de esa Docta Casa que tan inalcanzable le parecía a don Juan Luis habría quedado arrasado bajo llameantes editoriales de El País.

Este año la Española cumple tres siglos exactos de limpieza, fijeza y dación de esplendor. Pronto sus integrantes empezaron a ser llamados “inmortales”, como si el ingreso en la RAE garantizara un sillón simétrico en el Parnaso. El hecho es que todas las inteligencias hispanohablantes con alguna conciencia de méritos humanísticos ambicionan en secreto –o abiertamente– cruzar el docto umbral. La ambición suele ser tanto mayor cuanto más desafiantes son las invectivas que el frustrado aspirante dirige contra el elitismo y la caspa que se le presuponen a la Academia. Así Umbral, cuyos puyazos columnísticos a “Don Concha” –Víctor García de la Concha­ dirigía la RAE en los años en que más sonó la candidatura umbraliana– disimulaban mal la querencia del gran articulista por el sillón que sí lograron otros articulistas geniales como Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán o Julio Camba. En Camba, por cierto, no había sombra de falsa modestia cuando rechazó a Dámaso Alonso el sillón que le ofrecía:

–Me ofrece usted un sillón y yo lo que necesito es un piso –le espetó el insobornable inquilino del Palace.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

Otros célebres escépticos de la gloria académica vienen consignados en el ameno discurso de ingreso del filólogo Pedro Álvarez de Miranda en 2011, que trata precisamente sobre los discursos de ingreso y sobre cuya pista me puso Yolanda Gándara. Pérez de Ayala fue elegido por unanimidad en 1928 pero nunca escribió su discurso, como tampoco lo hizo Unamuno, electo en 1932. Ambos habían criticado tan duramente a la RAE que su rechazo no sorprendió; con humor, Laín justificaría la elección de Unamuno “por la calidad y la índole de su antiacademicismo”. Tampoco Antonio Machado se veía académico, y aunque fue elegido en 1927, a su muerte sólo había dejado un perezoso borrador. Benavente, elegido en 1912, transcurridos 30 años seguía sin entregar la pieza oratoria debido a un temor supersticioso: algunos provectos académicos habían muerto al poco de leer su discurso y estaba convencido de que le pasaría lo mismo. Al parecer acabó muriendo de todas maneras.

Lo normal, en todo caso, es perder el culo por entrar en la RAE. El caso más recordado es el de Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, cacique imbatible y conspirador impenitente. Tras una larga carrera haciendo y deshaciendo –fue diputado ininterrumpido desde 1886 hasta 1936–, Romanones empezó a sentir que su nombre quedaría excluido de toda gloriosa participación en el mañana a menos que una institución menos sospechosa que el Parlamento le reconociese como uno de los suyos para los restos. La cultura siempre ha servido para lustrar las manchas de la política, y no hay sede más aquilatada de lo cultural que el caserón de sabios del barrio de los Jerónimos. Blandiendo una modesta producción historiográfica y jurídica se puso a perseguir la nominación a la Academia con denuedo de niño caprichoso. Su nombre fue finalmente propuesto y él, para amarrar el resultado, al más puro estilo caciquil visitó casa por casa a cada uno de los académicos electores. Todos le prometieron su voto. Pero antes de que llegase el día en que tocaba debatir su ingreso, el Gobierno cayó y don Álvaro se vio en la bancada de la oposición. Allí lo encontró el ujier que le comunicó la noticia: su candidatura no había fructificado. Romanones, atónito, preguntó cuántos votos había obtenido. “Ninguno, señor”, contestó el ujier. Entonces don Álvaro hizo una pausa melancólica, se resignó a constatar el crecimiento de los enanos en el circo de su España y musitó célebremente: “Joder, qué tropa”.

Otro fracaso aristocrático lo protagonizó hace no tanto el marqués de Tamarón, por nombre Santiago de Mora-Figueroa y Williams, que tiene un impresionante currículo diplomático pero contaba sólo dos o tres libros ­–y uno de artículos recopilados­– en su haber cuando concurrió a la votación. El marqués, a diferencia del conde, acató el veredicto desfavorable con caballerosidad de buena cuna.

Habría que matizar mucho esa cédula de inmortalidad que una generosa tradición concede a los académicos. El escritor verdaderamente inmortal lo es por su obra al margen de que termine su vida ocupando un sillón de la Española. Y viceversa: si la aportación de un novelista o un periodista o un filólogo a sus respectivas disciplinas resulta mediocre, el hábil politiqueo que le haya granjeado el escaño académico no bastará para reservarle un sitio en la memoria cultural del país. No nombraré ilustres culos con asiento vigente en la RAE. ¿Pero quién se acuerda hoy de Jacinto Octavio Picón, bibliotecario de la RAE cuando en 1921 atendió para su desgracia la visita del corrosivo reportero peruano Alberto Guillén, autor de La linterna de Diógenes? En ese libro diabólico se recoge este coloquio que ya cuestionaba el mérito y la sindéresis de según qué académico:

»–Hoy se hace del idioma lo que se quiere, se le aplebeya, se le envilece, se le hace hacer cosas propias sólo de un payaso o una meretriz. ¡Si no fuera por la Academia!

–¿Qué cosa hace la Academia, señor Picón?

–¡Qué ha de hacer! Vela por la pureza del idioma, cierra las puertas a los vicios, hace los diccionarios, define las palabras. Y ya sabe usted lo que cuesta definir una cosa; no hay nada más difícil. ¡Coño!

Español: Retrato de Gertrudis Gómez de Avellan...

Gertrudis Gómez de Avellaneda chocó contra el sólido machismo académico (óleo de Federico Madrazo, 1857).

Estudio aparte merecen las mujeres. A María Isidra de Guzmán la admitieron como académica honoraria en 1784, pero la primera en postularse abiertamente fue la escritora de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se debatió el caso, pero una sociedad que prohibía a la mujer acceder a las bibliotecas públicas no iba a hallar respaldo fácil en los señores académicos. El veto a Gómez de Avellaneda sentó jurisprudencia machista, y contra ella se estrellaron los incuestionables méritos de Emilia Pardo Bazán, cuya pretensión académica zanjó el venenoso Juan Valera: “Harían falta dos sillones libres para tan robustas posaderas”. Más sangrante si cabe fue el veto a María Moliner, que en 1972 compitió por un sillón con el lingüista Emilio Alarcos Llorach. A la hoy venerada lexicógrafa le cerraron la puerta bajo acusación de intrusismo, pues era historiadora y no filóloga. Fue el último veto imputable a discriminación, y pocos años después ingresarían con normalidad Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, etcétera. Hoy solo hay 6 académicas entre 46 plazas, pero si la RAE se empieza a regir por cuotas, pronto el diccionario lo acabaremos haciendo por Whatsapp.

(Revista Leer, número 246, Octubre 2013)

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2 octubre, 2013 · 12:17

Anzoátegui, o la izquierda de la literatura de derecha

En esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son sólo los demás y no nos dejan nada. El fascismo, ya se sabe, son siempre los demás, y uno puede dejar de fascista a cualquiera con sólo correrse unos centímetros a la izquierda, aunque el pobre fascista en realidad no se haya movido del centro. Todo esto sucede en España desde que la izquierda patrimonializa la industria cultural, quede lo que quede de este oxímoron entrañable. Sin embargo hubo una época felizmente superada en que el fascismo no se limitaba a una acusación vertida para robarle a otro la silla en la tertulia de radio sino que informaba de una condición lealmente asumida, y presumida. En 1934 hubo en Argentina un hombre que antes de cumplir la treintena publicó una obra maestra de la diatriba literaria y que no tenía complejo en empezar un artículo confesando: “Seamos claros: soy nazi”. Se llamaba Ignacio Braulio Anzoátegui y su caso ilustra violentamente el viejo debate de la ortodoxia ideológica del escritor –¿necesidad, irrelevancia o directamente pose?– que enseguida se plantea en los suplementos culturales cuando llega el centenario de primera comunión de un Céline, un Sartre, un Pound, un Hamsun, un Nobel chino o un Foxá al que se niega plaza en el callejero municipal andaluz.

Después de leer sus inmortales Vidas de muertos, uno opina que Anzoátegui era mucho menos fascista de lo que él deseaba. El propio José Antonio, cuando cenaba con Lorca o abrazaba en el hemiciclo a Indalecio Prieto, avergonzaba un poco a sus seguidores menos ilustrados y más ortodoxos. Llevarse la mano a la pistola cuando se oye la palabra cultura es el haz de una frase bárbara cuyo envés arranca en el escándalo igualmente bobo de esta falsa premisa: “¡Cómo Alemania, la nación más culta de Europa, fue capaz de…”. Las naciones no son cultas, lo son sólo los individuos, y hay muy pocos que lo sean de verdad porque cuesta mucho llegar a serlo, ahora con el iPhone más. Una verdadera cultura comporta tolerancia del mismo modo que el analfabetismo prepara la exclusión, del mismo modo que la duda es otro de los nombres de la inteligencia del mismo modo que un millón de dólares invita a la cobardía. Hannibal Lecter es un paradigma imposible.

El principal problema que para su normal desarrollo encontraba el fascismo declarativo de Anzoátegui lo representaba la cultura indisimulable de Anzoátegui. Cuando el nombre de este atrabiliario ensayista argentino salía en las sobremesas top de Borges y Bioy, ambos escritores solían extrañarse de “que una prosa tan violenta tuviera detrás a un caballero tan cordial y educado”, según apunta Juan Bonilla en su magnífica reseña del libro que nos ocupa. Fuera de que en mi (aún corta) experiencia laboral ha constatado con significativa frecuencia esa paradoja –que el columnista más intransigente, incluso orgulloso de su delirio predemocrático, se conduzca cotidianamente como un perfecto caballero y viceversa, que el laico paladín del progreso teórico putee como un miserable a sus colaboradores más cercanos–, el caso de Anzoátegui escenifica un conflicto interior entre el mundo moderno y su credo tridentino de sorprendentes resultados. Porque la prosa de Anzoátegui, estamos seguros, no va a morir fácilmente, y este libro se leerá mientras existan lectores capaces de aislar el placer literario de la calaña mental de su productor.

Si la primera paradoja de Anzoátegui se tensa entre su ideología y su conducta, la segunda paradoja la entablan la forma y el fondo, o el estilo y el prejuicio. Anzoátegui acertó al pulir una fórmula decididamente antirromántica y antirretórica que conserva sus frases restallantes en el formol de la sobriedad conceptista. No sobra nada. Hiere hondo con cuatro palabras («Dijo: «gobernar es poblar» y se quedó soltero»). Le basta un párrafo de plomo lacónicamente graneado para apear de su peana en el parque a la glorias literarias patrias, las mismas que aspiraban a la educación sentimental del pueblo (Jorge Isaacs con su hoy ilegible María) o bien le prescribían el corpus legislativo volteriano que lo sacaría de su atraso secular (Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi). Anzoátegui piensa como un medieval, pero escribe como un tuitero insuperable, afilado y original, imbatible en su humor irreverente y en su cultivada sagacidad, razones por las que le auguro prontas reediciones. Por supuesto no estarán exentas de polémica, porque hablamos de alguien que proclamó su admiración por Franco y Mussolini, de un tipo al que Sócrates ya le parecía un peligroso izquierdista, de un nacionalista beligerante que recetaba el retorno a la teocracia católica como único medio de devolver la salud a la raza. El responsable de su recuperación editorial en Argentina, Horacio González, ya supo defender con habilidad la naturaleza heterodoxa de su oficio: “La de Anzoátegui no es una escritura encasillable, lo que hace que la experiencia de lectura que propone suceda en un límite. Se trata de motivos cristianos que no evitan el grotesco ni el collage. Es como la izquierda de la literatura de derecha, lo que produce un extraño efecto: el de un fascismo que ríe». Esa crueldad divertida y quevedesca aleja a Anzoátegui de otro reaccionario eminente pero de temperamento más sapiencial como Nicolás Gómez Dávila –también lo separa del optimista Chesterton– y lo emparenta con el talante zumbón y malicioso de Alberto Guillén, el corrosivo autor de La linterna de Diógenes. En su enmienda total a la modernidad también le acompañaría el jesuita argentino Leonardo Castellani, tratadista de cabecera de Juan Manuel de Prada, y prosista de no poca agudeza.

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30 septiembre, 2013 · 12:12

Dos lágrimas por la Cataluña ‘kitsch’

En La insoportable levedad del ser, que es un título muy parafraseado por columnistas que no han leído el libro, Milan Kundera explica la siniestra semántica del kitsch con esa precisión de relámpago que confieren a pachas el talento analítico y una biografía bajo el telón de acero. Ese tipo de precisión que obliga a la cita, y a la cita larga:

“El ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. Es una palabra alemana que nació a mediados del sentimental siglo XIX y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia de su uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.

(…)

»Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón. Por supuesto el sentimiento que despierta el kitsch debe poder ser compartido por gran cantidad de gente. Por eso el kitsch no puede basarse en una situación inhabitual, sino en imágenes básicas que deben grabarse en la memoria de la gente: la hija ingrata, el padre abandonado, los niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor.

»El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. La segunda lágrima dice: “¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”. Es la segunda lágrima la que convierte el kitsch en kitsch. La hermandad de todos los hombres del mundo sólo podrá edificarse sobre el kitsch.

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29 septiembre, 2013 · 18:04

Aaron Sorkin o la arrogancia intelectual

¡Sorkin también besa!

¡Sorkin también besa!

Si pensamos en un guionista que haya elevado el tradicionalmente oscuro prestigio de su gremio al rango deslumbrante del icono pop, ese tipo es Aaron Sorkin (Nueva York, 1961). Sorkin, que se llama Aaron Benjamin Sorkin y tiene toda la pinta de ser judío, encarna al guionista genial por antonomasia de Hollywood y de la floreciente industria de las series en general, con todas las admiraciones cerradas y odios ciegos que eso conlleva. Del mismo modo que Clooney es el galán maduro por excelencia o la Streep la actriz talentosa por defecto, los guiones inteligentes a Sorkin se le presuponen. Es conocido principalmente por tres gestas narrativas: el guión de Algunos hombres buenos, las cuatro primeras temporadas de El ala oeste de la Casa Blanca y el oscarizado argumento de La red social. Su cosecha no exenta de bluffs sigue arrojando un saldo desmedidamente positivo a ojos de crítica y público. El cerebro de Sorkin empieza a citarse ya como una maravilla americana que sumar al Gran Cañón o que añadir al Monte Rushmore.

¿Es la cosa para tanto? Veamos. Sorkin yo creo que ilustra bien la nunca bien ponderada diferencia entre talento y genio. El talento es un grado superior de maestría que se tiene de forma natural, una facilidad especial para hacer algo bien. Se puede perfeccionar con disciplina. El genio tampoco se adquiere, pero no resulta perfectible, y más que una facilidad es una desviación espiritual no siempre tortuosa que fuerza a su propietario a irrumpir en una disciplina y a practicarla de un modo radicalmente diferente en virtud de un sentido propio y novedoso. Lynch es un genio. Sorkin es un talento. El progreso del arte debe más al primero que al segundo, pero es muy posible que el talento lleve la felicidad a más personas que el genio. Las tramas de Sorkin se ensamblan con la fluidez de una artesanía pulida sobre el armazón de premisas argumentales siempre verosímiles y crepitan al ritmo constante de la garlopa aguda del diálogo ingenioso, medido, depurado de viruta. La carpintería narrativa de Sorkin nos arma muebles perfectamente resueltos, armoniosos, en los que brilla la impronta olorosa de la inteligencia. (Es que he estado de mudanza).

Sorkin es brillante, pero es demasiado brillante. Este es el problema de nuestro talentoso guionista, entregado sin remedio a la frialdad de la razón. Los actores cuidadosamente escogidos de sus producciones se esfuerzan por vestir con carne de empatía el soberbio esqueleto del guión, pero al espectador nunca se le acaba de borrar la impresión de haber asistido a una danza tan perfecta como gélida. A un ballet ruso. Uno echa de menos al cisne negro que aporte algo de incontrolada sordidez a la historia. Sorkin es el empollón de la clase, pero de una clase de Sócrates que comparte con Alcibíades y Platón, y a su inteligencia demiúrgica le concedemos tanta admiración como desprecio a su compañía en el recreo.

Supongo que se lo habrán dicho muchas veces. Los productores le habrán pedido algo más de carnaza, de pasión, de sexo si tiramos la casa por la ventana. Y él se habrá escandalizado y buscado inmediatamente a otro productor que consienta su exquisitez progresista, encontrándolo enseguida porque para eso es el listo de la clase y el mimado de la industria. A Sorkin los sentimientos –como a Arcadi Espada– le parecen una frivolidad, y es posible que tenga razón, pero no debería perder de vista que los sentimientos son lo único que importa en la vida de la mayoría de seres humanos que pueblan el planeta, o al menos entre los que habitan el primer mundo, pues los del tercero están demasiado ocupados buscando comida como para identificarse con los desamores que se cura con batidos de arándanos una joven ejecutiva del Upper East Side. Es el tipo de temática sobre la que Sorkin jamás se explayará, y eso que le agradecemos, pero tampoco estaría de más que sus personajes, de vez en cuando, se den un beso con alguna gana, fingiendo por un instante que son mamíferos cabales y no sofistas atenienses en perpetua justa dialéctica.

Paul Johnson hizo que su clásico ensayo Intelectuales orbitara en torno a la decepcionante verdad de que en demasiadas ocasiones –desde luego nubarrón habitual en muchas de las cumbres más altas de la literatura y el arte– el intelectual que ama apasionadamente a la humanidad, ofreciendo los mejores frutos de su cerebro al fomento de la convivencia y a la denuncia de la crueldad, es el primero en maltratar al prójimo en particular. Aman la Idea de la Solidaridad Multirracial e Interclasista y lloran de bruces ante la imagen de la Humanidad Doliente, pero recluyen a su padre en el asilo o zurran a su esposa o dan a sus bastardos a la inclusa, tipo Rousseau, que sería el fundador de esta calaña de intelectual moderno, escindido entre su fe y sus obras. Los dramas de Brecht claman una apasionada defensa marxiana de los desheredados, pero el trato que Brecht dispensaba a las actrices compone un escalofriante muestrario de vejaciones y abandonos sin conciencia. Como el dramaturgo alemán hay miles de casos. Sorkin saltó a los periódicos cuando en plena fiesta de celebración por la firma de una segunda temporada de The Newsroom, despidió al equipo de guionistas al completo, como refiere Luis Rivas en la sagaz crítica de El ala oeste publicada en esta misma revista.

En descargo de Sorkin hay que reconocer que él es el primero en ser consciente de su arrogancia intelectual, de su incapacidad para la empatía. Se advierte en algunos de sus álter ego de ficción. Ese Josh Lyman de El ala oeste, el mejor personaje de la serie, es el asesor superdotado –y bien consciente de ello– que despide y contrata personal con la misma (in)sensibilidad y cuya vida personal ha sido sacrificada gustosamente en el altar sagrado de la política demócrata; pero cuenta con una némesis amorosa, Donna Moss, cuya frustración refleja el daño que la justicia ejercida sin caridad inflige al entorno. Tan soberbio como Lyman es Will McAvoy, el quijotesco editor y presentador de The Newsroom, al que su equipo no vacila en calificar de “cabrón” en encuesta popular a cargo de su productora ejecutiva.

Pero la conciencia de su altivez no la vuelve más llevadera, sobre todo porque no se atisba propósito de enmienda alguno. Sorkin está encantado de ser como es, de lo cual nos convence ese entrañable bronceado Zaplana que gasta en las alfombras rojas y que identifica pronto al narcisista enfermizo; pero sobre todo está encantado de haber encontrado la verdad, situada en el extremo centro, en la formación sublime de ese demócrata seráfico que es el presidente Bartlet o de ese republicano moderado igualmente inviable que es McAvoy. Sorkin no es demócrata ni republicano sino liberal, en el sentido americano, que viene a equivaler a progre en el sentido europeo. Y desde luego piensa que su liberalismo contiene la solución a los problemas del mundo, aunque este, terco y oscuro, se niega a escuchar la sapiencia escupida en aforismos vertiginosos por sus personajes. No es que Sorkin crea en la superioridad moral progresista: es que le saca brillo cada día. Si David Chase (Los Soprano) y Matthew Weiner (Mad Men) alcanzan cotas asombrosas de verosimilitud psicológica, David Simon (The Wire) y Aaron Sorkin prefieren no privarse de su ideología –izquierdista en el primer caso, pijiprogre en el segundo– y diluirla en las situaciones, en los diálogos sutilmente catequéticos y en las conclusiones ya condicionadas de los episodios.

Sin embargo hay que ser justos: hablamos de un guionista de cine y tele. Su voluntad de confundir opinión y panacea, ese estirado maniqueísmo que tanto simplificaría la consecución de la paz mundial y el pleno empleo, no deja de estar al servicio de un producto de entretenimiento, sometido además al dictamen del share por su costosa financiación. A Sorkin le gustaría enseñar (adoctrinar, si quieren), pero le interesa sobre todo entretener. Y esa apuesta clásica por el docere et delectare –ejecutada con maestría y sin vulgaridad­– entronca con la función más noble de la ficción desde tiempos de Horacio.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de septiembre de 2013)

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