
De dioses a animales.
Qué es jauría, dices mientras Màxim clava en nuestra conciencia su dimisión del banco azul: jauría eres tú. Quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón y quien no ha sumado su ladrido al coro de canes indignados por la mera existencia de la luna no tiene Twitter. En la calle digital reina la agresividad por defecto y ya no quedan tejados para gatos indiferentes: hoy todos somos perros comprometidos.
Al divino Màxim le ha sucedido, invirtiendo la secuencia darwinista, el zoológico Guirao, que considera a los animales iguales al hombre «en inteligencia, en sensibilidad y en derecho a la vida», con los problemas penales que semejante convicción les crea a los asadores. Si corren malos tiempos para la lírica es por el intrusismo de la política, cada día más cursi, de ahí que el progresismo del ministro supere el del poeta César Vallejo, quien en el poema que titula estas columnas ponía nuestra pena en observación como signo distintivo de lo humano: «Considerando también / que el hombre es en verdad un animal / y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…» A don Guirao no le damos en la cabeza con nuestra tristeza sino con nuestros impuestos (bien sabe Màxim que son lo mismo), y por eso anuncia la solemne bajada del IVA cultural… semanas después de que lo bajara el PP por exigencia de Cs.
Se dice que nos encaminamos a una edad dorada de la censura, y quizá sea cierto, pero solo porque venimos de una edad dorada de la libertad. La censura nace de la libertad en el mismo sentido en que la primera causa del divorcio es el matrimonio. El amor se nos rompe de tanto usarlo, y la libertad ejercida sin coste termina aburriéndonos y echándonos a los apasionados brazos de la servidumbre. La carrera de Santiago Sierra cuenta la historia de un hombre libre empeñado en dejar de serlo por un instante y cobrar por el efímero sacrificio. Necesita para ello la colaboración del público, como los magos: necesita la azafata con lentejuelas de la susceptibilidad y, en los éxitos más sonados, que el empresario le cierre el teatro. Necesita desesperadamente que alguien impresionable, en algún lugar, le coarte. Planea esmeradas provocaciones que le reporten el infinito placer que experimenta no cuando es libre, sino cuando es censurado; o al menos cuando lo parece, pues es en la publicidad donde reside el negocio. A nadie se le escapa la naturaleza masoquista de su pulsión, pero el dolor queda paliado por las riadas de dinero que amasa en el proceso gracias al lucrativo escándalo de los burgueses. Es un mecanismo muy antiguo, pero no ha perdido eficacia. La censura en Arco ha sido, sin duda, su obra maestra.











