La doctrina de la posesión es la ley de vivienda de Guardiola: promete un título de propiedad pero solo favorece la ocupación. Si vas a ocupar la casa del Real Madrid, querido Pep, debes asegurarte primero de que el inquilino se haya marchado. No vaya a ser que esté agazapado en una esquina, contemplando con displicencia cómo la chavalería gamberrea en su salón hasta que se cansa y en dos zancadas decide desalojarlo.
El fútbol sucede en un espacio, pero ese espacio cambia con el tiempo. Las edades del hombre vienen jalonadas por el cemento de un patio de colegio, la tierra de un potrero suburbial, el olor del primer campo de hierba o el césped sintético de las últimas pachangas. Se juega o se sigue el fútbol para desafiar el paso inexorable de los años. Unos pocos elegidos logran prolongar la infancia haciendo del juego profesión. Algunos equipos rejuvenecen de felicidad a sus aficiones cuando al fin ganan un título esquivo. Pero solo un club ha aprendido a conjugar el presente continuo de la victoria. Lo explicó con uno de sus aforismos redondos Jorge Valdano tras la enésima final de Champions League: «Creo más en la eternidad del Real Madrid que en la del fútbol».
No pasa nada por ser conservador, pero es que a veces el conservadurismo es la única forma de demostrar inteligencia. Uno de esos momentos es una vuelta de cuartos de final cuando se lleva una ventaja de dos goles. Por esta razón y no por halagar a don Juan Carlos, presente en el palco de Stamford Bridge,el Real Madrid salió al campo dominado por una noción monárquica del paso del tiempo y echando un vistazo furtivo al reloj mental en cada saque de banda. Bastaba aguantar el resultado para reinar sobre la eliminatoria. Y sin embargo ni el Chelsea arriesgó tanto como se esperaba ni el Madrid en Europa sabe jugar a contemporizar sin aburrirse.
La mutación de superioridad que experimenta el Real Madrid en Champions es de tal magnitud que incluso se permite la clemencia. El Chelsea salió indultado del Bernabéu pese a la derrota, porque el marcador pudo ser humillante. Volvió a alinear Carletto a su tercio viejo de campeadores y casi todos le respondieron. Pero cuando Modric está lento lo suple el imperio físico de Valverde, y cuando Camavinga zozobra resurge el mejor Carvajal. Courtois, por su parte, se limita a pararlo todo serenamente.
Es una especie de melaza mediterránea, un fluido dulce y espeso que cubre todas las aristas, sepulta los olores fuertes y facilita las digestiones pesadas. No impregna a todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, por supuesto, peroperfuma inconfundiblemente a quienes llevan dirigiéndola desde que el patriarca bajó de Montserrat con la receta de cocina en una mano y la bula del Estado en la otra. Es la crema catalana, la crème de la crème donde hace mucho que flota nuestra Sicilia sin muertos del nordeste peninsular. Sus naturales más divertidos te lo reconocen entre risas, con ese desahogo inimitable con que se casan con Ramoneta sin dejar de financiarse su puta, habilidad que aún levanta admiración en la árida meseta castellana, menos dotada para la hipocresía y el placer. Algunos se creen depositarios de la fineza de Andreotti, pero sus maneras los emparentan más bien con la tosca impunidad de Berlusconi. Y creen ciegamente en la profecía de Francesc Pujols: «Un día a los catalanes todos sus gastos les serán pagados allá donde vayan».
La noticia es simple, que diría Mourinho: el Barça pagó un millón y medio de euros a José María Enríquez Negreira, árbitro barcelonés y barcelonista que fue vicepresidente del Comité Técnico de Árbitros de la Federación Española durante 24 años. Los pagos se abonaron entre 2016 y 2018. Durante ese periodo de tiempo -que casualmente coincide con la cresta de la ola del procés- el Barça gozó exactamente de 746 días de gracia en los que no le pitaron ni un solo penalti en contra. De las tres temporadas afectadas por la magnanimidad financiera azulgrana, el Barça ganó dos. Al año siguiente cesaron los pagos y se instauró el VAR. Estos son los hechos.
Con 37 años en sus pequeñas piernas y el rostro colorado por el impacto de un rebote se marchaba Luka Modric de la historia de los Mundiales en el minuto 80 de una semifinal perdida. Todo el estadio lo aplaudía pero él, incapaz de permitirse unos dulces segundos de vanagloria legítima, siguió hasta el final centrado en lo importante: chocar las manos de sus compañeros en el banquillo. Así se marchaba una leyenda y así dejaba en pie otra aún más grande llamada Leo Messi.
Vimos envejecer a Luis Enrique en directo como la hierba que crece en las películas de Rohmer. Cada gatillazo ofensivo de su España roma era una cana más en su cabeza confusa. Luis Enrique ha sido siempre un invento de los periodistas que nos aburrimos sin gente como él, alguien de mediano talento como jugador y como entrenador que libra cruzadas aparatosas contra la prensa bajo nuestra mirada de curiosidad y nuestros murmullos de misericordia. Tuvo que ser Marruecos el país que bajara violentamente el telón de esta farsa idiota que todavía puede ser más idiota si el asturiano se empeña en no dimitir hoy mismo. Ojalá conserve al menos el coraje final de asumir su fracaso estrepitoso, perfecto, inapelable. Ojalá no se enroque en el chiringo corrupto de Rubiales para que podamos empezar a compadecerle.