Ya conocemos el flotador argumental al que va a aferrarse el sanchismo en el año de su hundimiento. Si frente a Casado tocaba asustar a las viejas con Franco, el puente de mando del Titanic sanchista corre ahora a rescatar el recuerdo de la corrupción para intentar desviarse del iceberg Feijóo. ¿Nunca se cansan de tomarnos a todos por gilipollas incurables? ¿Lo seremos de verdad? Son preguntas quizá demasiado sofisticadas para abordarlas en este mayo solar donde florece el cinismo y la traición trepa por las paredes del Estado.
Ocurrió algo novedoso en la sesión de control, y eso que los protagonistas eran los mismos de siempre. Lo único que ha cambiado es el líder del PP, que está fuera del Congreso, y sin embargo su presencia atmosférica parece filtrarse a través de un agujero de bala de Tejero para empapar de confianza a su bancada, que falta le hacía. Esto es lo nuevo: una fe distinta en la proximidad del cambio. Varios portavoces de la oposición anunciaron a Sánchez su inminente desalojo de Moncloa no como un mero deseo, que es como sonaba hasta ahora, sino como un preaviso administrativo. Y todos sabemos que la Administración, ahora que arranca la campaña de Hacienda, es inexorable. Tic, tac.
Gistau lo llamaba la sociología del acaudillado. Las buenas gotas de sangre jacobina que había en él lo persuadían de la vigencia de cierta excepción española por la cual nuestro país tiende fatalmente a la sumisión, a la indolencia histórica, a levantar como mucho una ceja y nunca una hoja de acero ante los abusos del poder. Madariaga opinó que el español asistía al curso de la historia desde el patio de butacas; seríamos para don Salvador un pueblo de espectadores de teatro que solo muy de vez en cuando -un arranque comunero, un mayo en Madrid- reunía energía suficiente para invadir la escena. Según esto, se equivocan quienes explican la postración ejemplar de una sociedad burlada hasta la náusea por su Gobierno recurriendo al franquismo, que habría domesticado la escasa pulsión contestataria de la nación para varias generaciones; es al revés: el franquismo fue posible porque nuestro espíritu nacional viene de antiguo predispuesto al caudillaje. Por eso, concluye el liberalismo frustrado, los caciques arraigan bien en este suelo, duran lozanos y mueren en la cama.
Yo sé que no eres un cínico. Tu convicción es sincera, tu inquietud muy real. Sobre nuestra democracia -no te han contado que fue fruto de la reconciliación entre franquistas y antifranquistas; verás cuando te enteres de que la lideraron los primeros- piensas que se cierne la amenaza terrible de la involución. Que Podemos tendrá sus cosas, pero es la izquierda al fin y al cabo: progresistas preocupados por la desigualdad. Que los independentistas cometen errores, pero son sensibles a las causas que importan: feminismo, ecología, salud mental. Que Sánchez no terminaba de gustarte, pero hoy toca cerrar filas con todas y cada una de sus decisiones si no queremos que Vox acabe en La Moncloa persiguiendo a los gays, a los negros, a las mujeres, a los catalanes.
PRENSA – HERALDO DE MADRID – PERIODISTAS – REDACTORES, REDACTORES JEFES Y DIRECTORES\MANUEL CHAVES, REDACTOR JEFE
Ira es la primera palabra de la historia de la literatura occidental. «Canta la cólera, musa, del pélida Aquiles». Así arranca el primer verso de la Ilíada, con el terrible sustantivo abriendo la frase, estrenando el género de la epopeya, inaugurando la poesía y hasta preconizando el periodismo si limpiásemos de mitos los hechos de armas en la playa de Troya. Pero no es la musa sino Homero quien canta admirado la ira de los hombres, porque Homero sabe que solo la guerra iguala a los hombres con los dioses. Y alguien deberá contar esa apoteosis de sangre y de fuego para que el mundo no olvide. Para que el recuerdo de lo que hicieron perviva de generación en generación.
Hay una línea improbable que a través de veintiocho siglos conecta a Homero con Manuel Chaves Nogales. Uno era un bardo mitómano que embellecía lo que no vio y creía en los dioses; otro fue un periodista insobornable que anotaba lo que veía en una España rota que ni siquiera dejaba espacio a la fe en la condición humana. Pero hay una cualidad que los emparenta, una virtud rarísima, casi sobrehumana: la ecuanimidad. Homero no juzga a los hombres que se matan en el campo de batalla. Admira su valor o deplora su destino al margen del bando y la causa en la que militan. Y eso mismo hace Chaves Nogales en el implacable fresco del horror fratricida que es A sangre y fuego. Para que tampoco lo olviden. Y para que no lo recuerden como algunos sectarios de ayer y bastantes de ahora mismo quieren que lo recordemos.
Sostiene Nadia Calviño que «no es productivo dedicarse a calificar o poner una etiqueta a las cosas». No solo en el tema cubano sino «en general». Que «no aporta valor añadido estar discutiendo etiquetas». Y que debemos centrarnos en la sustancia: apoyar al pueblo cubano. Uno, que no es nadie ni tampoco Nadia, diría que la primerísima muestra de apoyo que demanda el pueblo cubano del Gobierno español es que llame dictadura a lo que les pasa, porque la solución a los problemas empieza por su correcto diagnóstico. Y uno diría que vivir en una democracia deliberativa implica discutir y fijar el nombre de las cosas, facultad que se les niega a los cubanos, porque el comunismo se conduce con la opinión pública como el califa Omar con la Biblioteca de Alejandría: si no contiene el Corán hay que quemarla por blasfema y si lo contiene por redundante. Avergüenza, por lo demás, que Calviño reduzca a un debate sobre «valor añadido» la descripción del entramado criminal que desnutre, apalea, secuestra, tortura y silencia a los cubanos a diario desde hace seis décadas.
La obra maestra del argumentario sanchista establece que la culpa de gobernar como Sánchez, de mentir como Sánchez y de ser básicamente Sánchez la tiene cualquiera menos Sánchez. Esta sura coránica que salmodian los minaretes mediáticos de Moncloa delata una concepción religiosa -determinista- de la política, por la cual Sánchez carece de voluntad propia igual que carece de doctorado original. Estaríamos ante un menor de edad crónico, un salvaje premoderno, un cyborg programado por sus enemigos, que le obligan a hacer lo que prometió que nunca haría. Si lo echaron de la secretaría general del PSOE por pretender hacer lo que hoy está haciendo fue por culpa del rancio felipismo, que no sabe contar naciones; si se abrazó a los golpistas para echar a Rajoy fue por culpa de Rajoy, que fabricaba indepes; si continuó abrazado a ellos fue por culpa de Rivera, que caía mal a los militantes de Ferraz; y si ahora indulta sediciosos es por culpa de Franco, que lleva décadas abduciendo a los magistrados del Supremo.
Con la libertad que solo concede el dinero de generaciones de lectores, y con el coraje que solo se demuestra plantando cara no a fascistas de ficción sino a etarras de verdad, Fernando Savater anunció en El País que hoy votará a Isabel Díaz Ayuso. Las reacciones de los pordioseros mediáticos del sanchismo, incapaces de valerse ni de la opinión que alquilan a Ferraz ni del talento que nunca han tenido, carecen de interés. Lo interesante es analizar por qué nuestro intelectual más significado en la lucha contra el nacionalismo -de Franco al procés, pasando por ETA- declara su simpatía por aquella a la que se acusa de haber inventado nada menos que el nacionalismo madrileño. ¿Se ha vuelto nacionalista Savater o son sus críticos los que caen en la histeria de una analogía paranoide, dictada a pachas por la pereza y la venalidad desde la chepa nutricia de Moncloa? ¿Está naciendo otra nación a la orilla del Manzanares?