
El presidente, y Sánchez a su lado.
El sanchismo -Moncloa, Ferraz, redacciones amigas- trabaja a toda máquina en su relato de campaña. Es poco original pero ellos confían en su vieja eficacia: «Ponte la pinza en la nariz si quieres pero vótanos, que vienen los fachas». El autor de esta filigrana intelectual es el mismo que convenció a Xavier García Albiol de que limpiar Badalona de inmigrantes era una promesa lícita si servía para ganar. Esto es el sanchismo: una impostura estructural diseñada por aprendices de brujo persuadidos de que el votante es un tarado con amnesia que creerá lo que dices, olvidando lo que hiciste y engañándose respecto de lo que harás, a condición de que repique tu doctrina un número suficiente de terminales.
Todo en Sánchez es mentira desde que empezó a escalar en el aparato de su partido. Es el hermano cutre del rey Midas, que convierte en plástico todo lo que toca. Se forra la carpeta con Machado, que dejó escrito: «Creo que el Estatuto de Cataluña es en lo referente a Hacienda un verdadero atraco y en lo tocante a enseñanza algo verdaderamente intolerable». Pero el poeta no puede remover la lápida de Colliure para salir a reprocharle a Sánchez la mesa con relator, el negacionismo del adoctrinamiento escolar o las asimetrías presupuestarias. Machado, por lo demás, se preocupaba de escribir los dolientes libros que firmaba, mientras el Resistente no supo componer ni su tesis cum laude ni su verbenera hagiografía, y tampoco alcanza a avergonzarse por someter a ministros con estudios al humillante culto de su personalidad en una grotesca presentación literaria.





Cuando Gregorio Samsa despertó, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso hombre. Un signo inocultable del patriarcado pendía de su ingle y le interpelaba con descaro, erguido como una voluminosa acusación. Sabía bien lo que aquello significaba, había oído historias en la oficina, pero no quería creer que le hubiera pasado precisamente a él. Se palpó tembloroso. La protuberancia presentaba un tacto indefinible, ni muy blando ni muy duro, ni demasiado liso ni excesivamente rugoso. Podía moverla, pero no se caía. Estaba unida a él como un istmo de carne. Incluso parecía mantener la misma temperatura que el resto de su cuerpo.






