Kafka entre las piernas

15260534993097.jpgCuando Gregorio Samsa despertó, se encontró sobre la cama convertido en un monstruoso hombre. Un signo inocultable del patriarcado pendía de su ingle y le interpelaba con descaro, erguido como una voluminosa acusación. Sabía bien lo que aquello significaba, había oído historias en la oficina, pero no quería creer que le hubiera pasado precisamente a él. Se palpó tembloroso. La protuberancia presentaba un tacto indefinible, ni muy blando ni muy duro, ni demasiado liso ni excesivamente rugoso. Podía moverla, pero no se caía. Estaba unida a él como un istmo de carne. Incluso parecía mantener la misma temperatura que el resto de su cuerpo.

-¡Qué me ha ocurrido! -gimió.

Pero no tenía tiempo para lamentos. Acumulaba ya dos avisos por impuntualidad y aún estaba lejos de los objetivos de venta marcados por su jefa de equipo. Se incorporó despacio, se puso en pie y caminó hacia la ducha; en cada uno de estos movimientos el apéndice le acompañó fielmente. Aquello parecía cosido a su identidad. Gregorio temió que pudiera determinarla de por vida. En el trabajo se habían registrado más casos de súbito biologismo -las penas de reeducación en los CNN o Campos de No Normatividad estaban claramente tipificadas-, pero nadie hablaba de ello. Decidió que lo más prudente era fingir. Años atrás había entrado en vigor el uniforme igualitario que erradicó las diferencias de clase y de género; a algunos les sorprendió la rapidez con que se hundió la vieja industria de la moda, pero las ventajas eran incomparables, por no hablar del ahorro en tiempo y dinero. Las mallas oficiales, sin embargo, no facilitaban la ocultación del apéndice. Forcejeando para retraerlo descubrió que también ahí podía sentir dolor.

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El bueno (Consuelo Ordóñez), el feo (Rommy Arce) y el malo (Quim Torra) en La Linterna de COPE

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1 comentario

13 mayo, 2018 · 23:32

Una respuesta a “Kafka entre las piernas

  1. "Me gustaría ser tu fusta"

    Sostengo que fue Villliers de l’Isle Adam quien inventó la distopía en sus cuentos crueles con “El tratamiento del doctor Tristán”. Anulamiento conductista, si señor. Las marejadas posteriores de libros de Minotauro o Ballard quedan para sus fans. La más temprana de Huxley se desvela con su par de comentarios peyorativos y sin venir a cuento sobre Villiers. Que es una literatura de género -limitada, muy limitada- quizá lo vió Ruano cuando comentó que las novelas de Kafka le recordaban las novelas rosas, como las que escribían las doncellas.

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