Lo avisaba en el artículo de la discordia a modo de profecía autocumplida: «Está el patio como para asomar la cabeza». Pero el estilo es el hombre, así que terminó asomando ese reguero paródico de tautologías que solo los tontos se toman en serio. Si los artículos de Rajoy no dicen nada es porque están escritos en una particular tinta invisible más pensada para revelar a quien lee que a revelar lo leído. El tonto literal cae invariablemente en la trampa y se retrata. Le ha vuelto a pasar a Rufián, que el verano pasado se atrevió a evacuar en El País un relato alucinógeno, entre el porno para mamás y el cantautor con diabetes.
Para la mitad de los españoles Santiago Abascal no dejará nunca de ser un fascista inmutable, y hace bien el líder de Vox en despreciar ese prejuicio goyesco. Como hace bien Pedro Sánchez en despreciar a quienes le llaman socialcomunista, como si para ser tal cosa no hiciera falta profesar un rígido credo ideológico, perfectamente incompatible con los gelatinosos principios del todavía presidente. Pero debemos reconocer que los cambios de opinión no han sido tan habituales en Abascal como en Sánchez. Por eso reviste gran interés el reposicionamiento que parece haber emprendido el líder del tercer partido del país. De acusar al PP de ser «el PSOE azul» a pactar cuatro gobiernos bajo premisa de «absoluta mano tendida». Y de alinearse con cada disparate de Trump a criticarle abiertamente por su machistada contra Meloni: «El señor Trump se está equivocando. No se puede tratar a los aliados como vasallos».
Pensaba uno que los nervios empezarían a cundir un poquito más adelante, a la vuelta del verano, en el proverbial otoño caliente de todos los otoños. Solo que el de este año, que marcará el arranque inexorable de la precampaña de generales, será más caliente que todos los anteriores si concedemos la poco discutible excepción del asalto al Palacio de Invierno, que como todo el mundo sabe aconteció en octubre según el calendario juliano, aunque en nuestros usos gregorianos corría el mes de noviembre de 1917.
En el invierno de 1811 los madrileños matan o mueren por un mendrugo de pan. La ciudad ha sido ocupada por el ejército francés y rige España un monarca odiado por extranjero. Las vías de suministro están cegadas. Desabastecidos los mercados, secas las tabernas, controladas las tahonas por el invasor, el pueblo se muere literalmente de hambre. De los 150.000 habitantes con que contaba la capital, se calcula que aquella hambruna mató a 25.000. Eso es casi dos de cada diez madrileños. En aquel Madrid solo comían los franceses o los traidores que aceptaban su pan. Porque es sabido que el español manda en su hambre, y si no lo acredita la historia se imprimirá la leyenda. O se pintará un cuadro.
No es la cultura del enfrentamiento sino la del encuentro la que genera estabilidad. No debemos caer en la tentación de ganar popularidad avivando el fuego de la polarización. Los enfoques identitarios pueblan el mundo de fantasmas. Se necesitan hombres y mujeres que intuyan en la oscuridad la luz.
Con cuatro sentencias rotundas fijó León XIV el guion moral de su visita apostólica a una España que vuelve por desgracia machadiana a ser el trozo de planeta por donde vaga errante la sombra de Caín. La primera autoridad moral del mundo estrechó la mano de la penúltima -seamos piadosos con PS en lo que dure el santo viaje- y también la de Felipe VI, a quien se le ve notoriamente cómodo en la cercanía de León, como si hablaran un mismo lenguaje institucional. Este Papa es estadounidense pero es hispanoamericano, luego es español. Por eso citó enseguida al Big Four del santoral patrio: Santiago, Juan de la Cruz, Íñigo de Loyola y Teresa de Jesús. Cuatro nombres incalculables que no solo cambiaron la historia de la fe sino también de la literatura. Así lo reconoció el Rey: «La fe católica está enraizada en nuestro país, y sin ella nuestra historia y nuestra cultura no se entenderían». La mejor izquierda siempre lo comprendió; la peor derecha nunca lo valoró.
Visto lo visto, debimos haber enviado a María Jesús Montero a Eurovisión. Dotes para el histrionismo más o menos involuntario nunca le faltaron, y tenía bastante más que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podríamos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resistió a cumplir el encargo orgánico de su señorito. La mujer más poderosa del conjunto de la democracia según ella misma no reunía el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero él se le dio todo y él se lo quitó. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.
Hace dos meses parecía rigurosamente imposible que Juanma Moreno revalidase la mayoría absoluta. El auge de Vox y la pura dificultad estadística de repetir la carambola de hace cuatro años aconsejaban al PP andaluz que fuera reclutando a la brigada Aranzadi de la letra pequeña y acopiando ibuprofenos para negociar con Abascal el contrato leonino de la investidura. No sé si las guerras intestinas en Vox o las guerras exteriores de Trump son la causa última del estancamiento del partido, pero las elecciones en Castilla y León lo confirmaron por vez primera y todas las encuestas lo reflejan hoy. El PP acaricia en la comunidad más poblada de España una libertad sin las ataduras de la prioridad nacional. De hecho el lío provocado por el dichoso sintagma beneficia a Moreno por el afluente izquierdo: no pocos exvotantes socialistas escogerán la papeleta azul para emanciparla de la verde.
No habrá dejado usted de observar que los trenes de alta velocidad en España ya no marchan exactamente a alta velocidad. Un sencillo viaje de Madrid a Zaragoza, que antes duraba no mucho más de una hora, hoy dobla fácilmente ese registro. Semejante circunstancia se presta a las conjeturas de los físicos cuánticos o a las diatribas de los políticos de la oposición, pero a los ciudadanos de a pie que hayan decidido pactar con la paciencia para no añadir más lágrimas a este valle quizá les abra perspectivas insospechadas de felicidad.