
Para humillar el orgullo de Francia antes no había más remedio que batirse bajo el sol de Bailén o cruzar la Línea Maginot por las Ardenas. Ahora basta con subirse a una scooter y presentarse en el Louvre a las nueve y media de la mañana por la fachada que da al Sena, elevarse en la grúa de una furgoneta de reformas, cortar la ventana con una radial, acopiar las joyas que quepan en la mano y salir zumbando por donde has venido aunque en la huida pierdas la corona de una emperatriz. No niego que el robo del Louvre sea de película, pero del cine quinqui.













