Italia tampoco jugará este Mundial. A pesar de haber ganado cuatro y de haber sido subcampeona dos veces más, la Azzurra no participa en ninguno desde 2014 en Brasil. Semejante tragedia nacional clamaba por un diagnóstico, y lo ha formulado una voz autorizada: la de Gianluigi Buffon, el mejor portero de la historia del fútbol italiano.
Siempre que se aproxima un periodo vacacional las radios se ponen a emitir los entrañables anuncios de la Dirección General de Tráfico. Usted sabe: la voz cavernosa, el victimario atormentado, el frenazo seguido del impacto, la fúnebre nota sostenida del electrocardiograma. Son fábulas morales adscritas a un género negrísimo, entre el lienzo de Solana y el catecismo del padre Astete: unos ejercicios espirituales encomendados cíclicamente a ciertos espíritus severos que cada año escapan de la cripta de algún convento barroco, guionizan el escalofriante spot de la temporada y retornan discretamente al inframundo.
No tenemos tantos premios Nobel en España como para poder permitirnos despreciar a ninguno. Puede que la obra del primero de todos, don José Echegaray -del que tanto se burlaron los modernistas- nos quede definitivamente lejos, anclada en un romanticismo tardío y declamatorio que vuelve imposible su rescate.
Como lo que ha dicho Felipe VI sobre el papel de España en la Conquista es la verdad histórica, expuesta con esa mezcla de rigor y sencillez que llamamos pedagogía, se le han cabreado los partidarios de la ficción ideológica, que suele exponerse con esa mezcla de ignorancia y paranoia que llamamos activismo.
Hay unas elecciones el domingo, por si usted no lo sabía. Podemos considerar esta campaña en sordina como un sincero tributo a la proverbial austeridad del carácter castellano. O podemos reconocer que es difícil competir por la atención ciudadana cuando estalla una guerra en Oriente Próximo y el presidente de tu país sale de la cabina de La Moncloa convertido en superhéroe, según doctrina sentada por Ana Redondo: quién mejor que una ministra de igualdad para reconocer al primus inter pares de la democracia.
Qué poco nos duran las ansias infinitas de paz. Mientras los cruzados del Gandhi de Pozuelo ondean la rojigualda como basiliscos en las tertulias de TVE, la fragata Blas de Lezo surca discretamente el Atlántico escoltando al portaaviones George W. Bush (no podía ser otro). Por si fuera poco, la fragata Cristóbal Colón (encima con recochineo colonialista) zarpa ahora rumbo a Chipre, cuya base británica fue alcanzada por un dron iraní. ¿Debemos suponer que nuestras fragatas van equipadas con chapas propalestinas, vinilos de Ismael Serrano y guiones humorísticos de Gila?
Estamos en campaña pero apenas nos damos cuenta. Los medios están a otras cosas por dos razones. La primera es la guerra, que hace mucho ruido. La segunda es Mañueco, que prefiere las nueces. De modo que un tiempo inclinado a la furia épica y un espacio propicio a la austeridad están engendrando una campaña lenta, analógica, propia de la edad en que el disputado voto del señor Cayo se pedía en burro por los dos mil y pico pueblos de la región más histórica y extensa de España. Tanta historia acumula la vastedad de Castilla y León que corre el riesgo de vivir únicamente de pasado. Por eso se afanan estos días los candidatos en prometer medidas que anclen la población al territorio, que aseguren la rentabilidad del campo, que garanticen la ubicuidad de los servicios públicos. Cosas de comer. Nueces.
Lleva razón José Ignacio Wert: a quien hemos desclasificado esta semana es a la esposa de Tejero. Se llamaba Carmen Díez Pereira, y su angustiosa actuación durante las horas en que su marido estaba dando un golpe de Estado constituye la mayor revelación de esta semana de memoria desclasificada. Es verdad que el Gobierno anda pulsando botones con la compulsión frenética con que se persigna un cura loco, y seguramente rehabilitar la imagen de Don Juan Carlos no entraba entre las prioridades de su maniobra de distracción. Pero eso no quita para que del humo de su penúltima cortina emerja doña Carmen como un personaje rotundo en busca de autor, un paradigma macizo de esposa española que va desapareciendo de este mundo como lo hicieron inexorablemente nuestras abuelas.