Podemos citar a Churchill hasta que su noble cráneo se revuelva en la tumba, pero no hay en Putin acertijo ni misterio ni enigma. Putin es un psicópata dentro de un nacionalista envuelto en un nostálgico de la URSS. Separar sus tres capas mentales importa poco y no aclara nada, porque sus hechos hablan a gritos por todas y cada una.
Reconócelo. Te gusta. Llevas tantos años rezongando contra los políticos de todos los partidos que tu desafección te ha conducido a la secreta simpatía por un tirano. No te sientas original: tu proceso interior fue advertido por Aristóteles y actualizado por Schmitt. Parlamento, deliberación, burocracia, consenso. Palabras odiosas que debilitan la nación y engordan las nóminas de la casta. Soberanía, fortaleza, decisión, moralidad.Palabras honorables que Europa ha olvidado. «Pero Putin es cristiano, un enemigo del relativismo», objetarás si eres de derechas. «Pero Putin es antiamericano, un enemigo del neoliberalismo», objetarás si eres de izquierdas. Da igual cómo te definas: en cualquier caso recelas de la libertad. Nunca has sabido qué hacer con tanta, pero llevas aún peor que sí lo sepan los demás. Mano dura, valores fuertes: eso es lo que el prójimo necesita. La democracia liberal, hablemos claro, no funciona.
Sí, aquí Pedro Sánchez, prime minister de España. Sí, el de la fragata. ¿Cómo? Bueno, señor Putin, no se ponga usted así, es una fragata meramente disuasoria, da bien en lo de Piqueras, no le haga mucho caso. Soy un gran fan de su estilo de mando, sepa que yo cerré la Duma española y lo volvería a hacer. No, todavía no he envenenado a ningún periodista, de momento nos conformamos con los vetos. Verá, mi problema son los marroquíes, que solo se fían de los americanos. Y hago lo que puedo, pero Biden me esquiva por los pasillos. Ah, vio las imágenes. ¿Patético? Oiga, sin faltar, 29 segundos dan para mucho.
Se veía venir la guerra por pura coherencia narrativa: para completar la serie de catastróficas desdichas que van de la pandemia al volcán pasando por los temporales y la subida de las cotizaciones sociales. Pero sobre todo porque Putin lleva años poniendo un empeño verdaderamente imperial en que se le vean las intenciones. Como cualquier nacionalista, Putin cree ciegamente en la prerrogativa superior del origen: Rusia tiene derecho al territorio que Rusia sienta como propio. Y como cualquier comunista, piensa que cualquier medio es válido para cumplir el designio histórico del que se declara portador, empezando por el embuste, siguiendo por el crimen y terminando por la combinación de ambos: la guerra.
Yo sé que no eres un cínico. Tu convicción es sincera, tu inquietud muy real. Sobre nuestra democracia -no te han contado que fue fruto de la reconciliación entre franquistas y antifranquistas; verás cuando te enteres de que la lideraron los primeros- piensas que se cierne la amenaza terrible de la involución. Que Podemos tendrá sus cosas, pero es la izquierda al fin y al cabo: progresistas preocupados por la desigualdad. Que los independentistas cometen errores, pero son sensibles a las causas que importan: feminismo, ecología, salud mental. Que Sánchez no terminaba de gustarte, pero hoy toca cerrar filas con todas y cada una de sus decisiones si no queremos que Vox acabe en La Moncloa persiguiendo a los gays, a los negros, a las mujeres, a los catalanes.
PRENSA – HERALDO DE MADRID – PERIODISTAS – REDACTORES, REDACTORES JEFES Y DIRECTORES\MANUEL CHAVES, REDACTOR JEFE
Ira es la primera palabra de la historia de la literatura occidental. «Canta la cólera, musa, del pélida Aquiles». Así arranca el primer verso de la Ilíada, con el terrible sustantivo abriendo la frase, estrenando el género de la epopeya, inaugurando la poesía y hasta preconizando el periodismo si limpiásemos de mitos los hechos de armas en la playa de Troya. Pero no es la musa sino Homero quien canta admirado la ira de los hombres, porque Homero sabe que solo la guerra iguala a los hombres con los dioses. Y alguien deberá contar esa apoteosis de sangre y de fuego para que el mundo no olvide. Para que el recuerdo de lo que hicieron perviva de generación en generación.
Hay una línea improbable que a través de veintiocho siglos conecta a Homero con Manuel Chaves Nogales. Uno era un bardo mitómano que embellecía lo que no vio y creía en los dioses; otro fue un periodista insobornable que anotaba lo que veía en una España rota que ni siquiera dejaba espacio a la fe en la condición humana. Pero hay una cualidad que los emparenta, una virtud rarísima, casi sobrehumana: la ecuanimidad. Homero no juzga a los hombres que se matan en el campo de batalla. Admira su valor o deplora su destino al margen del bando y la causa en la que militan. Y eso mismo hace Chaves Nogales en el implacable fresco del horror fratricida que es A sangre y fuego. Para que tampoco lo olviden. Y para que no lo recuerden como algunos sectarios de ayer y bastantes de ahora mismo quieren que lo recordemos.
Un selecto ramillete de ilustrados despavoridos ha firmado un manifiesto para detener el avance del fascismo, en cuyo régimen de «infernales atentados» llevan viviendo un cuarto de siglo sin que hasta la fecha se les haya pasado por la cabeza la posibilidad de una mudanza. Uno juraría que al llegar al término municipal de Azuqueca de Henares nadie topa con un muro de hormigón patrullado por las torretas artilladas del socialismo real, pero hace mucho que no paso por Azuqueca: quizá aquello se haya convertido en un canódromo de dóbermans con collares de Vox. Por otro lado, cuando uno reside en el «infierno», por fuerza habrá de consolarse con la llegada de algo distinto, aunque sea el fascismo, que no puede ser mucho peor que el infierno mismo. ¿Cómo temer una marcha mussoliniana si ya se vive sometido al «trabajo depredador de la ultraderecha»? ¿Cuándo alcanzará Aquiles a la tortuga de Zenón? ¿Cuántos centímetros de infiernoy cuántos metros de jeta caben en el lucrativo cacareo de los gansos capitolinos que explotan la advertencia vitalicia del avance del fascismo antes de que podamos certificar, de una santa vez, que ya llegó?
A Normal Mailer le gustaba discutir, sobre todo en las fiestas. En una de ellas se acaloró con Gore Vidal, perdió definitivamente los papeles y acabó tumbando a su interlocutor de un puñetazo. Mientras se levantaba satisfecho del suelo, Vidal sentenció el combate: «Otra vez han vuelto a abandonarte las palabras, Norman».
El sapiens es el único animal que desarrolló un aparato fonador para poder imponerse sin recurrir a la violencia. Sin embargo su evolución no está del todo conseguida, según nos recuerda periódicamente el antifascismo de adoquín. En su regresión cavernaria la izquierda recurre a la piedra y al palo, tecnología que Einstein ya vaticinó para la Cuarta Guerra Mundial. Y no cabe descartar que al fondo de los barrios que aún creen suyos encontremos pronto manos marcadas en rojo o cabezas de bisonte facha como en la cueva de Altamira, que es una forma de articular la identidad política poco sofisticada pero más emotiva que un programa fiscal.