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Don Draper o la conquista de la moral

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

[Al hilo de la última temporada de Mad Men que ahora se exhibe, he creído oportuno recuperar un artículo que publiqué en el número 2 en papel de la revista Jot Down, octubre de 2012. Por entonces la serie acababa de concluir su quinta temporada, pero el análisis ético y narratológico que me inspiró entonces la peripecia interior de Don Draper quizá no haya perdido toda su vigencia. Razón de que lo ofrezca a continuación, por si alguien gusta y no se pone quisquilloso con los llamados spoliers]

Mad Men, la serie de AMC que aplica el leit-motiv nacional del sueño americano al mundo caníbal de la publicidad en los albores del capitalismo salvaje neoyorquino, nos ha regalado a uno de los personajes de ficción más literarios –en el sentido de complejo, matizado, poliédrico, pero a la vez arquetípico– de la década. Nos referimos a su protagonista, Don Draper, director creativo de agencia interpretado con maravillosa, naturalísima sobriedad por Jon Hamm, a quien no podremos ver jamás como otra persona que Don Draper, por supuesto (ambos son huérfanos, por cierto). Si acordamos que la excelencia narrativa reside hoy en las series norteamericanas mucho antes que en la novela o el cine, entonces Don Draper, como las plegarias del Libro de Job o la relectura de la Odisea o la biografía del doctor Johnson, alcanza la cota máxima del mérito literario, que es aquel que funde la ética y la estética y logra al mismo tiempo edificar a los sencillos y rendir a los sabihondos, deparando a un Borges felicidad en vida y consuelo ante la muerte a un Harold Bloom.

Draper se ofrece al espectador en principio como el self-made man yanqui por excelencia, ascendido a la cima social y económica tras sobreponerse a unos orígenes familiares penosos que se nos revelan episódicamente a golpe de flash-back. Vemos a Draper engominado a cal y canto, elegante hasta la arrogancia, seguro de su talento, seduciendo a magnates de Madison Avenue putrefactos de millones; pero un día descubrimos que este Draper resulta ser, literalmente, un pobre hijo de puta. La puta muere al parirlo y el bebé es confiado al granjero Whitman que la preñó –Whitman: apellido parlante que remite al patriarca de la lírica americana– y bautizado Dick. El padre muere coceado por un caballo y su madrastra se casa con un paleto de maneras brutales. Dick tiene un hermanastro, llamado Sam. Dick sueña con huir de tan faulkneriano hogar y se alista en la campaña de Corea. Allí se produce lo que Joyce llamaba una epifanía, el hito que ha de polarizar un relato entero. Por culpa de su imprudencia, una explosión destroza a su compañero, el genuino soldado Don Draper, y el cobarde Dick Whitman, superado por el horror de la guerra, decide colgarse la chapa identificatoria de Draper aprovechando que ha quedado irreconocible y suplantar así su identidad para los restos. Consigue así el doble objetivo de huir sin explicaciones de su castrante familia y de desertar sin castigo del ejército estadounidense, que de hecho lo licencia con honores de héroe. Ahí empieza Dick a felicitarse de su astucia, a abrazar su impostura, a planificar su nuevo nacimiento, a atornillarse la máscara del triunfador. Lo que no sabe es que con la medalla de héroe militar recibe otra invisible con la que el destino –el destino es el carácter… o la falta de él– castigará su decisión: la de héroe trágico, acechado para siempre por las consecuencias morales de la impostura existencial.

La primera reconvención del destino la encarna Sam, quien en una foto del New York Times reconoce a aquel hermanastro que se suponía que jamás volvió de Corea. Se presenta en la lujosa agencia, pero topa con la negativa innegociable de Dick a dejar de ser Don Draper. En un gesto que cifra toda la inmundicia que puede representar un puñado de dólares, el adinerado hermano mayor se deshace del miserable hermano menor ofreciéndole 5.000 pavos con la condición de no volver a ver jamás esa familiar cabeza pajiza que le evoca un pasado nefando, cuidadosamente ocultado. Sam, desolado, se ahorca sin tocar un solo dólar: solo buscaba el afecto fraterno. Se une Sam así al difunto soldado Draper en el panteón de fantasmas morales que ulularán en la conciencia de nuestro apuesto Hamlet.

Pero Don se centra en las dos carreras que mejor acallan la voz de la conciencia viril: la de hombre de negocios y la de Don Juan. El destino le dará una tregua de inconsciencia eufórica. Compaginará el éxito profesional con la posesión de cuantas mujeres se cruzan en su camino. La que se resiste le estimula más, y no suele tardar más de dos capítulos en acabar cediendo y aun enamorándose del irresistible depredador Draper. El descarnado machismo sexual que refleja la serie, fiel a su época –¿a todas las épocas?–, solo lo contrapesa el simétrico furor uterino de otras tantas amazonas libertinas, que también han campado en todo siglo. La mujer legítima de Don, Betty Draper, es una muñequita despersonalizada, anulada al unísono por la pujanza de su marido, por la puritana educación recibida y por sus propias deficiencias de carácter. Solo a una mujer destina Don rango de especie común a la suya: a Anna Draper, la esposa del soldado muerto al que suplantó y única confidente de su tremendo secreto, cuya comprensión mitiga la voz espectral que la ingesta desmedida de whisky en cóctel Old Fashioned o directamente de la botella no logra ahogar del todo.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

La serie avanza ahondando poco a poco en este esquema dialéctico que enfrenta al héroe con su pasado, la calma hipócrita del hogar con la codicia frenética de Manhattan, la estabilidad con el affaire. La conciencia de Draper va disociándose cada vez más, estirándose como chicle, vaciándose de toda coherencia. Y aunque otro patriarca de las letras norteamericanas como Ralph Waldo Emerson dejó escrito que la coherencia es la obsesión de las mentes inferiores, Draper no puede olvidar que en realidad se llama Whitman, como el gran poeta que versificó la apoteosis fundacional de la subjetividad en su “Canto a mí mismo”. Episodio a episodio Draper va cayendo en la cuenta de que él no puede cantarse a sí mismo porque no sabe quién es. Su canto no tiene objeto porque ya no sabe qué es verdad y qué es embauque en su vida. Su oficio, asociar valores románticos a productos tan pedestres como laxantes y medias, es la gran metáfora que la serie propone para expresar el la falsedad arquetípica de su personaje.

Llegamos al ecuador del drama, al gran punto de inflexión narrativo. Como suele pasar en la vida, Draper necesitará tocar fondo para tomar impulso. El fondo –la segunda epifanía de la serie, matriz de la narración– lo marca su divorcio con Betty, quien desenmascara a su marido y le obliga a confesar su verdadera identidad al hilo de la historia desdichada de Dick Whitman. El final de la tercera temporada, teñido de una majestuosa melancolía bajo los dylanianos sones de Don´t think twice, it´s all right, juega con la sugerencia del perdón de Betty; el espectador llega a desearlo, pero es demasiado tarde: la confianza está rota. En Betty ha nacido una personalidad inédita de mujer dura e independiente que atiende al apetito de su insatisfacción y al grito de su orgullo liándose con un rico divorciado. Se trata de Henry Francis, asesor del gobernador del Estado, un hombre comprensivo pero ayuno de carisma que jamás podrá librarse de la sombra patrimonial que la figura de Don seguirá proyectando sobre Betty. Don Draper se muda a un piso de soltero, afronta la puesta en marcha de una nueva agencia como socio fundador y reduce al mínimo su vida social y el ajetreo de sábanas. Ha comenzado la conquista de una personalidad propia, el camino de la forja moral que nunca emprendió, ahora posible mediante la ascesis de la soledad y la introspección. Comienza a escribir un diario y se apunta a natación. Oímos en off sus reflexiones por primera vez, mientras ejecuta largas y rectas brazadas de crol.

En ese reposado estado de conciencia escribe la famosa carta a Lucky Strike después de que este gigante del tabaco decida abandonar la agencia, condenándola a la ruina a medio plazo. El guión concede a esa carta la categoría de hito que merece: nadie antes en la Gran Manzana había osado rasgar tan sonoramente –en el mismo Times– el dogma sacrosanto de la idolatría del mercado: el cliente no siempre tiene razón, se atreve a proclamar Draper. Los cigarrillos matan y me alegro de no tener ya que vender los de esta marca; es más, no pienso vender los de ninguna otra en el futuro. Por supuesto, se trata de otro truco publicitario, un gancho comercial dirigido a la trinchera de enfrente: los enemigos institucionales que tiene toda tabacalera. Pero no deja de ser una maniobra pionera, nunca vista: hacer publicidad sin mentir. El riesgo es altísimo, las garantías invislumbrables y aún así ejecuta el plan, lo que informa del cambio moral que se está operando en el nuevo Draper. Solo Peggy, su alter ego femenino en la agencia –y casi la única que no pasa por su cama-, entiende la genialidad del gesto. Pero quien mejor lo define es Megan, la secretaria con veleidades artísticas que acabará convirtiéndose en su segunda mujer y musa de su reconstrucción ética: “El mensaje era: no me dejas tú, te dejo yo”. Así empiezan todos los despechados a rehacer su vida.

Megan es la Penélope de Don, Ulises de una odisea interior en pos de la adultez moral. Al principio de la serie, Draper no era un carácter sino un mero arquetipo, y ese arquetipo del self-made man se va rellenando de carne, de zozobra, de remordimiento, de propósitos de redención: de naturaleza humana en suma. Pero el hombre es el único animal que no tiene propiamente naturaleza sino más bien historia, y la serie la desarrolla con ritmo indesmayable, haciendo progresar vívidamente a Don hacia una moralización que culmina en su amor –por primera vez maduro– por Megan. A ella le dice quién es desde el principio. Dick Whitman, que había pasado a ser Don Draper por obra de la cobardía y que había perseverado en la impostura por efecto de la ambición, retorna con Megan a ser Dick Whitman por la fuerza del amor de Megan, al modo como Don Quijote regresa en su agonía a la lucidez postrera de ser nada más que Alonso Quijano. Megan, dueña de una sensibilidad inasequible para Betty, es seducida por el presente brillante de Draper pero al mismo tiempo acepta la carga familiar de su pasado. Su química con los hijos de Don convence definitivamente a nuestro héroe demediado de la idoneidad de Megan como esposa. Y al hilo de ese amor bien cimentado en la confidencia, la sofisticación afrancesada de Megan depara otro don a Don: el de la superación del machismo, el de infundirle respeto a la personalidad propia de su compañera, cuya vocación de actriz supone todo un reto para la patriarcal estrechez de miras de un macho alfa en el Manhattan de los sesenta. En su nuevo hogar, decorada a la última, se respira complicidad y las disputas acaban rápido sobre la alfombra o sobre la colcha.

La familia crece, como la culpa.

La familia crece, como la culpa.

Cuando concluye la quinta temporada, Donald Francis Draper hace pequeñas cosas reveladoras de una generosidad nueva –el desinterés es la piedra de toque de la grandeza ética–, como dejarle una nota a Megan informando de que sale cinco minutos a comprar bombillas. La nota incluye la coda tierna del “Te quiero”. O como coger el coche para llevar al amigo adolescente de su insolente hija Sally a su lejana casa tras llegar a casa reventado por un durísimo día de trabajo. En esos detalles se manifiesta el temple que conforma un carácter. Hay mil detalles más, como los que exponen una creciente paciencia con sus subordinados en la oficina. Antes era un gentleman impecable; ahora ha logrado imbuir esa brillante envoltura de la fibra costosa de la virtud, y la virtud, no se engañen los temperamentos provocadores, siempre será la única fuente de atractivo humano perdurable. Por eso amamos todos a Don Draper.

Al parecer, AMC ha prometido una sexta y quizá una séptima temporada de Mad Men. En este punto el guión ofrece a mi juicio dos congruentes derivas narrativas: la consolidación a lo bildungsroman de esta tendencia moralizante, lo que obligaría a un final más o menos abierto y permitiría el happy end; o la llamada de la sangre y la vuelta a las andadas como un barco incesantemente arrastrado corriente abajo, por citar el colofón de El gran Gatsby. Porque el personaje de Draper parece construido a pachas por la mano elegantemente melancólica de Scott Fitzgerald y el alma atormentada de Dostoievski. La psicocrítica, corriente de análisis literario deudora de Freud, estudia al personaje a la luz de su infancia, que considera determinante. Se trata de un enfoque muy útil a partir del momento en que la novelística moderna corrige la injerencia abusiva del autor en la autonomía psicológica de sus criaturas. Así, constata cómo los antihéroes de Dostoievski muchas veces parecen absorber al escritor, en lugar de hacer derivar simplonamente a los personajes de la biografía –prisma romántico– o ideología –prisma adecuado a la novelística de tesis– del creador. Ahora bien, Draper es rehén de su infancia desgraciada, cierto; pero no lo es menos de su ambiente y de su libre albedrío. La sociocrítica, deudora de la cosmovisión marxista, atiende sobre todo a las condiciones socioeconómicas en que se mueve el protagonista de un relato, y no puede negarse que el capitalismo neoyorquino de la década de los sesenta determina en buena medida su comportamiento. Ahora bien, ni la infancia ni el ambiente agotan a nuestro personaje, y ahí reside su magnitud artística: Don Draper se sobrepone a su cuna y acaba contradiciendo algunas de las normas de su mundo caníbal porque deviene ante todo un héroe ético, es decir, un héroe en pleno uso de su libre albedrío y de la responsabilidad que comporta.

Hombre solo.

Hombre solo.

Don Draper exigía un estudio diacrónico y no sincrónico, y de ahí el espoileo inevitable de este artículo, que ustedes sabrán disculparme porque en todo caso no anulará esa mezcla de familiaridad y sorpresa que compone el placer estético, cuando vean Mad Men. Draper es lo que Lukács denominaba “héroe problemático”: aquel que entabla una relación dialéctica con su mundo cuyo saldo final redunda en el autoconocimiento. El protagonista de esta serie acaba reivindicándonos en las narices su derecho a vivir autónomamente, al modo pirandelliano; su derecho a ser primero alguien más fulgurante de lo que el destino le tenía asignado, y su derecho a arrepentirse del precio de nihilismo que pagó por su sueño americano, para cambiar de nuevo. Draper, así, anula a su propio guionista en beneficio de la más alta función de las ficciones: la de pasar a vivir como verdades morales en nuestra imaginación.

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Cameo cinematográfico

Mi buen amigo Alberto Martín-Aragón tuvo a bien pedirme que participara en su última película, creada en colaboración con su mujer Julia Doménech. Accedí encantado. Se trata de cine amateur pero plagado de referencias de culto: una factura visual morosa entre Godard y Tarkovsky, un guión negro astracán entre Greene y Berlanga, una dirección de actores low cost que evoca irremisiblemente a Ed Wood. Su primera película, el documental Taxidermias, me parece una obra de arte destinada a una futura recuperación estelar, y si no corre ya de boca en boca es porque el mercado de lo indie también está saturado. Responde con creces a una pregunta seria: si se puede hacer humor y poesía con el cáncer.

En Deconstrucciones hago de mí mismo bajo el nombre de Winston: un escritor sentencioso y misántropo que no cree en casi nada salvo en que hay gente que no merece vivir. Los diálogos los imprevisamos sobre la marcha. Creo con todo que no quedaron mal. Y en todo caso nos reímos mucho. Yo salgo en el 27:27 y en el 1:08:08. Es una cosa bastante disparatada, aviso:

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Memorias de un motorista de Franco

Comitiva franquista.

Comitiva franquista.

[Los hechos, situaciones, diálogos, nombres y datos que pautan esta recreación son estrictamente históricos. He podido contrastar personalmente la veracidad de las dos anécdotas relatadas con los descendientes de sus respectivos protagonistas: Alberto Ruiz-Gallardón y Rubén Amón. El resto, obviamente, pertenece al ámbito de la ficción. Quiero dejar claro que durante la escritura de este reportaje no ha corrido peligro la vida de ningún dictador]

Anoche no pude pegar ojo por culpa de Luis Miguel. Luis Miguel Dominguín, el torero. El Número Uno, vamos, según se ha proclamado él mismo. El maestro se ha comprado una moto de gran cilindrada, como se suele decir, y anoche decidió que todo el vecindario de la plaza de Santa Ana tenía derecho a gozar del privilegio de oír el rugido de su motor entre las diez de la noche y la una de la mañana. ¡BRRRUMMM! ¡BRRRRRUUUMMMMM! Y risotadas de su cuadrilla, y cabriolas, y venga a probar el acelerador. El torero estrenando su moto como un adolescente en pico de celo, que quizá es lo que son los toreros eternamente. Y así estuvo hasta que mi vecino Ronquillo, ilustre aficionado de Las Ventas pero amante igualmente del descanso nocturno, salió al balcón y gritó:

–¡Luis Miguel, menos ruido con la moto y más cargar la suerte!

Se hizo el silencio en la plaza. Luego se oyó una blasfemia, un último acelerón y por último el ruido de la moto se perdió por la calle del Príncipe, llevando encima al Número Uno camino de plazas menos desaprensivas.

Yo de motos sé algo. Me han gustado siempre y por eso creí que era buena idea aceptar el puesto de motorista en El Pardo. Ya imaginan ustedes a lo que me dedico: llevo cartas que salen del mismo despacho del Caudillo. Cartas que obran un cambio asombroso en el rostro de sus destinatarios. Yo los veo cómo empalidecen todos ya desde el momento en que me ven aparecer. Cómo un atisbo de esperanza se resiste a morir en sus ojos cuando me preguntan si vengo de El Pardo. Cómo se derrumban definitivamente cuando les digo que sí.

Al jefe le gusta que las órdenes se hagan efectivas a la mayor celeridad. Un dictador cuyas órdenes no se cumplen de inmediato ni es dictador ni es nada. Él personalmente no se considera un dictador, sino más bien el caudillo de España por la gracia de Dios, pero para el caso es lo mismo. Le gusta que se le obedezca, y que se le obedezca ya. Incluso que se le obedezca ayer. Si quiere que un subsecretario, un secretario a secas o todo un ministro cesen en sus respectivos cargos, quiere que su decisión de destituirlos coincida casi en el tiempo con el conocimiento de esa decisión por parte del interesado. Y solo hay una manera de lograr con mediana eficacia esa coincidencia, o al menos de acortar la distancia temporal entre la voluntad de Franco y la cara de sorpresa del desdichado: usar un motorista.

–Mi general, ¿acaso no se fía del servicio de Correos?

–No, mire, ese es el canal convencional: el que utiliza un empresario mediano o incluso un sindicalista vertical. Pero comunicar ceses por vía de motorista, eso en España solo lo hago yo. Y todo el mundo lo sabe, que es lo que me importa.

Yo supongo que cuando alguien acaudilla un país debe cuidar las formas. En el aparcamiento de El Pardo lucen los dos modelos más emblemáticos del parque de motocicletas del Estado. Están las Harley-Davidson del amigo americano, perfectamente alineadas y pulidas, a la espera de la próxima misión de protocolo. Y está luego mi herramienta de trabajo: la temida Sanglas modelo 400T de cuatro tiempos y motor de 423 centímetros cúbicos. Es una máquina magnífica que hacen en una planta de Barcelona desde 1956; para que luego digan que los catalanes no son afectos al Régimen.

Ahora bien. La Sanglas 400 es la montura de un jinete apocalíptico en las pobres mentes que ocupan los cargos de la Administración. Yo no sé cuántos viajes portadores de la muerte laboral habré hecho desde que acepté el trabajo, que incluye el uniforme negro o caqui, las gafas de mosca mutante y el casco con orejeras. Al principio me divertía ser la viva imagen del respeto, por no decir del acojone. El suave rugido de la Sanglas, que tanto me relajaba, suena en los oídos de los tristes apesebrados de organigrama como el coro arcangélico que anuncia el Juicio Final. Qué quieren ustedes: uno no puede reprimir cierto gozo al ver a tanto enchufado perdiendo su sinecura, que a saber las flexiones que tuvo que hacer para conseguirla. Pero con la repetición de la escena uno primero se habitúa, después se empacha y por último empieza a concebir lástima del prójimo. El Caudillo tiene razón: no hay nada peor que meterse en política. En la política se pasa uno el día temiendo que lo echen a la calle por una ventolera del superior. Es humillante, coño. No sé cómo pueden vivir los ministros bajo esa tensión permanente. ¡Hasta Manuel Fraga acusó el golpe! Un compañero se negó al servicio pretextando indisposición cuando conoció el nombre del destinatario y me tocó a mí ese viaje. ¿El león de Villalba? Vamos, vamos: se puso blanco como todos los demás, cerró la puerta con la suavidad de un sonámbulo y al mes estaba de embajador en Londres.

Voy notando que este oficio me desgasta. Mi mujer dice que me deje de melindres, que en una dictadura el mío siempre es un puesto con demanda asegurada y que, si no lo hago, lo hará otro. ¡Para ella, que no ve las caras descompuestas de esos infelices, es muy fácil decirlo! A mí la moto siempre me hizo sentirme libre, no conozco nada que genere más eficazmente ese sentimiento que una moto. Pero hay días en que uno pediría un poquito más de humanidad por parte del jefe.

La moto Sanglas, mensajera del miedo.

La moto Sanglas, mensajera del miedo.

Recuerdo ahora una anécdota de 1956, el año precisamente en que empezó a fabricarse en cadena la Sanglas 400. Ese fue el año en que a una cuerda de intelectuales especialmente inquietos –cuando el Caudillo oye hablar de la palabra “intelectual” se lleva la mano al brazo incorrupto de Santa Teresa– les dio por fundar un sindicato alternativo. O sea, un sindicato, de verdad: comunista, vamos. A quién se le ocurre. Detrás de la broma estaba una selección de lo mejor de cada casa: marxismo, socialismo, falangismo rebotado, comunismo ortodoxo y monarquismo recalcitrante. O sea, Ramón Tamames, Enrique Múgica, Dionisio Ridruejo, Javier Pradera y José María Ruiz Gallardón. ¡Y ante eso Franco qué va a hacer, claro!, dice mi señora. No tuvo más remedio que ordenar la inmediata encarcelación de los cuatro: los apresaron en la misma casa donde celebraban la conspiración, que resultó ser la de Ruiz Gallardón, y se los llevaron a Carabanchel.

La cosa fue que la familia de este último sindicalista estaba convencida de tener algún ascendiente sobre el Caudillo. La verdad es que algún motivo tenía para creer semejante extravagancia. Yo leo los periódicos. El padre de José María Ruiz Gallardón había sido Víctor Ruiz Albéniz, médico y periodista de sonoro seudónimo: Tebib Arrumi, que en árabe significa médico cristiano. A Franco le gustaron las resonancias épicas de sus crónicas cuando fue corresponsal de guerra durante la carnicería del Rif y lo fichó de cronista orgánico. Solo por eso su esposa Julia, confundiendo las cosas como solo las madres pueden hacerlo, se presentó en El Pardo para pedir la liberación de su hijo en nombre de la intachable adicción al Régimen de los Ruiz. Por casualidad salía yo del despacho de recoger una de esas cartas y pude oír la conversación:

–Le juro que es un chico estupendo, Excelencia; no pinta nada en la cárcel.

–¿Y cómo está usted, doña Julia? ¡Tiene un aspecto soberbio!

–Si es que además no ha hecho nada malo. Al pobre mío lo lían esos intelectuales con los que va…

–Un aspecto magnífico, de verdad. ¡No habrá hecho usted un pacto con el diablo, doña Julia!

–Le digo que lo pasa muy mal, que la cárcel no es lugar para mi José María. ¡Ni siquiera puede jugar al ajedrez!

–¿Cómo? Eso sí que no. A ver usted, ordenanza: llame al motorista que acaba de salir y que le lleve a la cárcel de Carabanchel un ajedrez al preso Ruiz Gallardón…

Di un respingo hacia atrás para que el ordenanza no me pillara poniendo la oreja. Me tocó acercarme a un bazar, comprar un sencillo ajedrez de madera con el exiguo presupuesto que me confiaron a tal efecto y conducir la moto hasta la cárcel de Carabanchel para entregarle el ajedrez al pobre sindicalista, que se me quedó mirando cómo diciendo: ¿Esto es una broma?

La verdad es que me fui de allí con mal sabor de boca. Después de aquello el recluso aún cumplió dos semanas más de encarcelamiento hasta completar el mes reglamentario. Cuando salió se llevó el tablero a la misma casa familiar donde había sido detenido. Calculo que allí debe de seguir para que sus hijos al jugar guarden memoria de la magnanimidad del jefe del Estado.

No sé si contar esto pero, total, tampoco tengo pensado ser escritor cuando me jubile. Me gusta escribir pero ya publicar me parece que es arriesgarse para nada. Ocurre que los españoles están acostumbrados a ver a Franco en el asiento del Rolls o en la cubierta del Azor. Pero lo cierto es que al jefe lo que le gustaba de verdad eran las motos. Lo contaré para que se vea bien lo que digo.

Homenaje a Santiago Amón en el Ayuntamiento de Madrid.

Homenaje a Santiago Amón en el Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde Ruiz-Gallardón.

Hubo otro intelectual díscolo llamado Santiago Amón que descubrió el secreto un día que el séquito del jefe bajaba por la Gran Vía, cortada para la ocasión. Como de costumbre, Franco había seleccionado personalmente a su doble para que acompañara a Carmen en el interior del Rolls, mientras él mismo iba unos metros por delante de mí, ataviado como un motorista más, abriendo la comitiva en una gozosa Harley. Por entonces había muchos rumores de atentado y se decidió que esta estrategia era la más segura para la integridad física del jefe si atacaban el coche. Por entonces yo no me había especializado aún en las cartas, así que también operaba en servicios de seguridad y protocolo. Todos los motoristas estábamos en el secreto y convenientemente amenazados bajo pena de muerte. A doña Carmen, por su parte, aquello no le parecía del todo bien, pero su marido la tranquilizaba encareciéndole el blindaje británico del Rolls. Yo personalmente sospecho que Franco no temía ningún atentado; que lo que le apetecía era montar en moto porque dentro del coche se aburría como una ostra. Y con doña Carmen al lado no les quiero contar. De hecho el doble estaba muy bien pagado, y yo creo que no tanto por la eventualidad de tener que morir en lugar del Caudillo sino por tener que soportar un rato a su parienta. En eso el jefe es como todos los demás.

El caso es que nos detuvimos en un semáforo ya junto a la Cibeles y mi insigne antecesor en la comitiva echó la pata al suelo a la altura de un joven que se le quedó mirando con ojos escrutadores. Y que al final no pudo resistirse y habló:

–Oiga, usted es Franco.

–Lo soy. Pero no se le ocurra decirlo por ahí porque se le cae el pelo.

Aquel joven era el tal Amón que, para más inri, era miembro junto con Fernando Sánchez-Dragó y Paco Rabal de una célula del PCE financiada directamente por Moscú. A su regreso a El Pardo el jefe ordenó investigar al impertinente, pero resultó que Amón no constituía ninguna amenaza: el CESID comprobó (sin necesidad de mucha pesquisa) que la célula de Amón se fundía los fondos moscovitas en restaurantes, copas y otras jaranas. Era lo más inteligente que podía hacer: si llega a informar a sus superiores de que tuvo delante a un jefe de Estado fascista y no hizo otra cosa que preguntarle, habría sido él quien hubiera corrido riesgo físico. De hecho lo acabaron expulsando del Partido en 1960 por “indisciplina intelectual”. Ante tales evidencias me da por pensar que los españoles se toman tan poco en serio el nacionalcatolicismo como el antifranquismo.

Ahora el Caudillo ya no puede mear sin asistente: como para montar en moto. Yo apuraré en mi puesto hasta la jubilación, qué remedio. De lo contrario, además de buscar trabajo a mi edad tendría que separarme de mi mujer. En vez de eso este sábado subimos a la sierra con Ronquillo y su señora a hacer un picnic, y nosotros vamos en mi moto. Lo de usar la moto oficial para excursiones privadas es un gentil privilegio que concede el cuerpo de motoristas a los veteranos.

Yo no sé cómo juzgará la historia al jefe. Es un hombre que se va a morir habiendo cumplido su santa voluntad durante la mayor parte de su vida, y eso es algo que no puede decir cualquiera, me temo. Y además se sirvió de las motos para hacerla cumplir. Yo sospecho, de hecho, que en la historia de este pueblo quedaremos los motoristas de El Pardo como la imagen más viva de un poder que circula a sus anchas… y por un solo sentido.

El Pardo, Madrid, enero de 1975.

Aquí, el número cinco de Pont Grup Magazine en todo su esplendor.

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Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo

La 'elocutio', que diría Quintiliano.

La ‘actio’ o ‘pronuntiatio’, que diría el bueno de Quintiliano.

El pasado lunes 1 de diciembre debuté como conferenciante en el imponente auditorio que Caixa Fórum tiene en Madrid con una charla titulada Las raíces culturales del futuro: el hígado de Prometeo. Fue el filósofo Gregorio Luri quien concibió la generosidad inverosímil de fijarse en mí para cerrar el ciclo de conferencias que él coordinaba bajo el título: «A hombros de gigantes. La transmisión filosófica, política y cultural». Para las dos primeras conferencias, don Gregorio reclutó nada menos que a William Kristol y a Rémi Brague, dos intelectuales de renombre mundial y respectivos referentes en Estados Unidos y Francia. Mientras me planteaba la propuesta por teléfono, exactamente hace un año, nunca pensé que de mí arrogante boca saldría un sí. Pero salió: yo mismo me oí aceptando con increíble suficiencia. Y no solo salió el sí de mis labios sino que terminé dando la conferencia.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

La cita que mereció el evento en la columna de ABC del maese Ignacio Ruiz Quintano.

Pasé el verano leyendo ensayos y tomando notas, refrescando viejas tesis y abocetando un texto más o menos contundente y articulado, expurgando las primeras versiones y añadiendo observaciones de última lectura bajo la tutela de don Gregorio. Me metí en el papel, vamos. No puede uno pasarse la vida quejándose de que no le dan bola y, cuando se la dan, volver la espalda al paso amoroso del tren. Si no es lo más ambicioso que he escrito –una furiosa reivindicación del canon occidental en tiempos de liquidez posmoderna–, está cerca; en todo caso han pasado cinco días y todavía no he cambiado de posición respecto de las resueltas sentencias que blandí desde el atril. Por esta razón, y en la confianza de que el trabajo realizado redunde en algún provecho para mis improbables lectores, ofrezco ahora en mi blog gratis et amore –el directo costó cuatro euros, la mitad para clientes de La Caixa– tanto el texto literal como su ejecución oral, suerte en la que aún no me defiendo con la soltura que desearía, como se advierte en los vídeos. Apenos me atrevo a levantar la vista del papel, exactamente lo que he criticado en los políticos, leo a velocidad ininteligible y por momentos la zozobra nerviosa de mi voz se vuelve intolerable. Pido disculpas por ello con el propósito de enmendarme para trances futuros, llenando si es preciso mi boca de guijarros playeros como Demóstenes; pero si el Rey Felipe todavía gallea, yo, monárquico declarado, no voy a ser menos. También debo aprender a sujetar la mente y terminar una frase antes de empezar otra, incapacidad manifiesta en el vídeo del coloquio que sucedió a la conferencia.

La revista LEER, con la que colaboro y que envió a Caixa Fórum una delegación de entusiastas dignos de mejor causa, publica en exclusiva el texto de la conferencia con un pulcro esfuerzo de presentación que aprovecho para agradecer a Borja Martínez, incluyendo la ilustración de Prometeo martirizado que imaginó Rubens con el grandioso efectismo marca de la casa. Aquí va la conferencia. ¿Qué mejor plan para este puente?

Y aquí, con toda mi vergüenza por fuera, los vídeos de la conferencia y del coloquio:

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La noche de Fonsi

Momento de debilidad.

Momento de debilidad durante el programa captado por cámara traicionera.

Anoche vino al programa de debate futbolero en el que colaboro, La Goleada de 13TV, un joven periodista deportivo llamado Fonsi Loaiza, de añejo renombre tuitero y reciente fama mediática como representante de Podemos sección Deporte. Fue una noche mítica que no olvidaré, como no olvidamos el encontronazo con la inocencia más extraterrestre.

A quienes me critican por haberme sumado a una suerte de linchamiento, aquí va la prueba (a partir del 38:40) de que en todo momento, y aleccionado por este lucidísimo artículo de mi amigo Hughes (conocido el personaje solo matizaría que vi en él más candor que picardía), traté en la medida de mis posibilidades aportar paz, piedad y perdón. Pese a que Fonsi había venido allí a insultarnos.

El programa fue importante no solo porque probablemente hicimos la mejor audiencia del curso, sino porque los españoles pudieron ver el primer pinchazo televisivo de la historia de Podemos, partido fundado en la dialéctica tertuliana. Razón de que muy probablemente este chico sea rápidamente purgado, si no lo fue ya inmediatamente después de la entrevista en El Larguero y justamente antes del programa.

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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Twitter y la prédica solemne

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

En agosto de 2012 la periodista Laura Marcus publicó en The Guardian un artículo en el que se preguntaba si Twitter era algo más que una caja de resonancia de la izquierda global. Se preguntaba si el usuario de la red social del pajarito o pajarera virtual debía renunciar definitivamente no ya al debate ilustrado, que para eso no te da una columna el Guardian, sino a la normalización pública de las posiciones conservadoras. Al certificado ACNUR del pensamiento que van repartiendo los gurús de progreso y sus movilizadas huestes. La señora Marcus llegaba pronto a la conclusión de que sí, de que Twitter es de izquierdas, y proponía un sencillo experimento de verificación: “Como anecdótica evidencia, mira más allá de tu timeline y lee los tuits de los hashtags más populares: da la impresión de que hay un consenso de izquierdas”.

El clásico tonto con balcones a Twitter enseguida refutará esta afirmación diciendo que en Twitter hay de todo, y que él tiene un primo facha que no se corta un pelo tuiteando. Pero todas las tesis entrañan una generalización como todos los tontos un caso particular. Lo importante es que el muestreo sea representativo; observar la correlación de fuerzas y certificar una hegemonía que en Twitter, como en toda esfera pública, corresponde efectivamente al consabido discurso de la corrección política. Por otro lado, la automática censura que se abatirá en cascada sobre los tuits del primo facha no servirá sino para corroborar la tesis de la columnista del Guardian.

Un año después, en julio de 2013, publicaba Guy Sorman una tercera en ABC en la que definía la Red como “campo de batalla ideológico donde las minorías organizadas y activas se imponen a la mayoría silenciosa. La Red es antidemocrática, populista, extremista y de izquierdas la mayoría de las veces, personas a quienes ni la verdad ni la realidad importan”. Y relataba a continuación su frustrante pelea con Wikipedia: cada vez que corregía las inexactitudes que un biógrafo anónimo y malvado vertía en la entrada “Guy Sorman”, una hora después la mano negra deshacía la corrección y restablecía, brillante, la calumnia. Ante semejante ultraje el quijotesco Sorman elevó directamente su queja al inventor, el señor Jimmy Wales, a quien se encontró un día en algún guateque transatlántico. El propio Wales vino a darle la razón y le reconoció la inestabilidad de las biografías wikipédicas, “sobre todo en personas vivas”. Con humor y resignación, el bueno de Sorman apostillaba: “Si estamos de acuerdo con tal o cual autor o persona pública, es raro que vayamos a la Red para manifestar nuestro apoyo, mientras que los adversarios tienen el tiempo y la ira para hacerlo. «Cuando estamos muertos», me tranquiliza Jimmy Wales, «las biografías se estabilizan y se vuelven más objetivas»; en definitiva, basta con esperar”.

Sorman se declara liberal, y se lamenta de que la abnegada dedicación a actividades productivas niegue a los liberales el tiempo que derrochan en activismo cibernético los vagos de los izquierdistas, todo el día con la teclita, viene a decir Sorman. Yo no estoy tan seguro como el tercerista de ABC de que el vicio digital sea privativo de la sensibilidad izquierdista; pero sí coincido con él en que existe una asimetría ideológica en la Red respecto del cuerpo sociológico real. Si no aceptamos la tesis de la falta de pereza del bolchevique, ¿a qué se debe esta hegemonía de lo rojo en Twitter que no se compadece con la del azul gaviota en votos?

Rachel Gibson, profesora de Política en la Universidad de Manchester, asegura que hay pruebas de que las redes sociales tienden al progresismo “porque los usuarios de Twitter tienen niveles más altos de educación que el resto de la población, así que tienden a ser más progresistas y abiertos. Además, Twitter no es un medio de masas como la televisión. Aún lo utiliza una minoría de la población”. Me callaré mi opinión sobre los criterios de selección del profesorado que imperan en Manchester si su docente Gibson juzga realmente que los niveles de educación en Twitter son altos. Prefiero quedarme con la segunda frase, que constata la realidad de que la élite profesional de un país primermundista suele tener ya cuenta en Twitter aparte de tragarse realities de televisión, mientras que la masa popular del mismo país solo hace lo segundo, aunque cada vez lo compagina más con lo primero.

Ahora bien: el hecho de que crezca la representación ciudadana en Twitter no conlleva en absoluto un enriquecimiento del debate público. Es lo que Cass Sunstein llamó hace años la “balcanización de la red”, la facilidad que brinda internet para elegir solo a los afines y blindarse ante la exposición fortuita de opiniones que podrían desafiar nuestro punto de vista. Claro que hay algunos tuiteros jovellanescos que siguen a sus propios discrepantes y tratan de comprender el enfoque ajeno. También hay algún político que ha escrito personalmente sus memorias y un par de escoceses que se han hecho selfies en el lago Ness con el monstruo de fondo. Pero es mucho más habitual que la mentalidad online se rija por férreas afinidades electivas. “Offline pasa casi lo mismo”, concluye Gibson en un rapto de genuina lucidez.

Porque es cierto. Fuera de Twitter el individuo humano propende igualmente a juntarse con sus afines, a despellejar sumariamente a los que piensan distinto y a emitir interjecciones extemporáneas. Debatir no debate nadie desde lo de Popper y Wittgenstein, y miren cómo acabaron. La diferencia es que en la calle uno no busca el nihil obstat de la opinión pública sino la sonrisa del amigote, siempre piadosa con nuestra carne y con nuestro hueso. Twitter, como toda opinión publicada, se rige en cambio por la hipocresía de la prédica solemne. Si quieres triunfar ahí, tienes que estar muy atento al día internacional contra la callosidad infantil, a la jornada universal por los derechos de la mujer conservera y a la semana por la visibilidad del indigenismo lesbiano a fin de exhibir en tu avatar los lacitos correspondientes. Y antes de que se abatan sobre mí los amantes de las hojas del rábano, ya advierto que estoy a favor de todas esas causas; solo es que no sé hacer lazos.

Todo periodista, todo tuitero, es siempre un poco de izquierdas porque lleva la protesta en la sangre, porque aspira a una utopía, porque tiene una receta para el mundo y desea que este le escuche. El político, en cambio, tiende siempre a ente de derechas porque aunque tuviera una receta ahora tiene que dar trigo, y el arte de lo posible es siempre un arte conservador. Y luego está el contribuyente, que mira a un lado y a otro y le pide a la Virgen que se quede como está.

El pasado 3 de febrero se produjo en España la primera condena a una tuitera por su estricta actividad tuitera. Tiene 21 añitos, se llama Alba González Camacho aunque en su cuenta se las echa de “Loba Roja” y combinaba las selfies picantonas con la más ortodoxa exaltación del terrorismo: “Que vuelvan los GRAPO… Necesitamos una limpieza de fachas urgente”; o bien: “Prometo tatuarme la cara de quien le pegue un tiro en la nuca a Rajoy y a De Guindos”. Pocas bromas con la niñata, que no pisará el talego por puro paternalismo judicial, vulgo garantismo y falta de antecedentes. Ahora ya los tiene, y aunque mantiene activa su cuenta –más de 14.000 seguidores–, está advertida y ahora se corta. Supongo que en el submundo leninista ya será una heroína con derecho a silueteo Korda.

Aclaremos que cuando decimos que Twitter es de izquierdas no nos referimos a su ala más violenta, por supuesto, sino a la extensa melaza socialdemócrata; pero sí señalamos tres hechos: que internet va dejando de ser Vietnam, afortunadamente; que el dudoso honor de la primera condena en la historia española de la jurisprudenciatuitera corresponde a una izquierdista radical; y que son esas minorías activas y ultras las que desplazan el polo del debate y terminan estirando esa asimetría falaz pero verosímil de la que se quejaba Sorman: “Esta apropiación de la Red por parte de minorías activas no tendría importancia si la Red fuese insignificante, pero no lo es porque acaba con el papel para convertirse en la principal fuente de la información”.

Es cierto que la batalla digital la ganan a diario las tesis llamadas progresistas, pero se trata de victorias tan virtuales como el crédito de Wikipedia. Yo pienso, como Wilde –vaya tuitero nos perdimos–, que nadie libra una batalla a muerte por lo que sabe que es cierto. Por su verdad empírica y cotidiana. Por eso los felices burgueses tuitean poco y mal, pues están demasiado ocupados en ser burgueses felices, que es la culminación de todos los deseos de la especie.

(Publicado en Suma Cultural, 15 de febrero de 2014)

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Las tres vanidades del escritor-icono

Salinger en su laberinto.

Salinger en su laberinto.

Lo más seguro es que no hubiera misterio ninguno en Salinger enclaustrado. Y que se mantuviese oculto porque sabía, como saben todos los genios, que en el trato humano con el admirador siempre acabará decepcionándole. Uno se adapta con facilidad al anonimato: basta con no escribir tuits durante una semana para perder las ganas de escribir tuits en la semana entrante. Así que no idealicemos el eremitismo salingeriano porque es la tentación más cómoda en la que puede caer un escritor.

La voluntad bartlebyana de desaparecer es una vanidad literaria como otra cualquiera, aunque más sofisticada que otra cualquiera porque busca el aplauso del tiempo y la conciencia; a un ego así no pueden satisfacerlo sus coetáneos, sino que requiere el diálogo entre inmortales que establecía Maquiavelo en su aposento:

“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortas antiguas de los antiguos hombres, donde, una vez recibido con amor por ellos, me alimento de ese majar que es sólo mío, para el que nací; donde no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus actuaciones; y, por su humildad, ellos me responden; y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Hoy impera una vanidad más burda, lineal, que persigue la caricia del público sobreexponiéndose a él en todas las instancias que disponga la sociedad de la información. Esta segunda vanidad no reviste el mayor interés y la comparte el columnista umbraliano con la pedorra televisiva, ambos necesitados de cariño como todo quisque. Pero luego hay una tercera vanidad literaria que nace del conflicto y la negociación entre la conciencia y el mundo, y que lleva a algunos escritores a dudar entre apartarse de la fama o convocarla de forma retorcida, hipotecarla a un futuro descubrimiento. Fue el caso de autores que venden y convencen como Bolaño, Foster Wallace, Rulfo, Miller, Kafka y tantos grandes autores cuya canonización viene de la mano de un cierto malditismo. Porque el malditismo cosecha seguidores con un cierto efecto retardado pero inexorable desde el mismo momento en que la publicidad obre el milagro favorito de la cultura pop: señalar a un genio por cada excéntrico. La gente consume excentricidad porque la centricidad ya la ocupan ellos.

Alguien dijo una vez, y lo he buscado pero no encuentro quién fue, que la literatura consiste en saber que el vecino de al lado es Leon Tolstoi y rechazar la tentación maruja de llamar a su puerta para quedarnos en nuestra casa leyendo Anna Karenina. Eso es y de eso se trató siempre, pero los tiempos exigen una espectacularización de la cultura que Vargas Llosa tiene estudiada en un reciente ensayo. Ya no basta con entregar los mejores frutos de tu talento en forma de obra a la sociedad: tienes que representar activamente un personaje para ella. Tienes que hacer promociones itinerantes observando un discurso políticamente correcto –o soltando esas pildoritas de incorrección política que últimamente resultan tan políticamente correctas– y conceder todas las monerías mediáticas que la multinacional editora demande de ti por contrato. No importa tanto que seas Tolstoi como que seas tú quien llame diligentemente a la puerta del vecino a vender tu Anna Karenina.

Aún así el vecino muchas veces no quiere abrir porque está viendo en la tele un reality culinario, y entonces los editores se preguntan cómo hacer descender la santa fama sobre su autor. ¿Por qué hay autores con groupies y otros mucho mejores que no venden ni en edición de bolsillo? ¿Perjudica a un autor ese ascenso al cielo de los iconos en su estricta consideración literaria a cargo de la crítica más adusta? ¿Con cuánta frecuencia un escritor es castrado por sus propias bacantes, dejándole eunuco irremediable a partir de cierto punto exitoso de su carrera? Los caminos de las groupies son más inescrutables de lo que parece, pues poseen un fino olfato desarrollado en innumerables antros de música en directo y olfatean enseguida el tufillo plastificado de quien es producto del márketing. Por otro lado, hay malditos honradísimos en su autodestrucción o su locura que tampoco venden, por ejemplo Robert Walser. La cosa no es nada sencilla.

Parece que alguna estrategia hay que adoptar para ser leído. Vallar tu casa con alambre de espino, lograr la titularidad de una silla tertuliana, drogarte sin control en un estudio de renta antigua y tener un amigo editor que vaya contando tu desgracia. Pero seguramente la mejor estrategia para ser leído consista en saber escribir.

(Publicado en Suma Cultural, 1 de febrero de 2014)

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