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La noche de Fonsi

Momento de debilidad.

Momento de debilidad durante el programa captado por cámara traicionera.

Anoche vino al programa de debate futbolero en el que colaboro, La Goleada de 13TV, un joven periodista deportivo llamado Fonsi Loaiza, de añejo renombre tuitero y reciente fama mediática como representante de Podemos sección Deporte. Fue una noche mítica que no olvidaré, como no olvidamos el encontronazo con la inocencia más extraterrestre.

A quienes me critican por haberme sumado a una suerte de linchamiento, aquí va la prueba (a partir del 38:40) de que en todo momento, y aleccionado por este lucidísimo artículo de mi amigo Hughes (conocido el personaje solo matizaría que vi en él más candor que picardía), traté en la medida de mis posibilidades aportar paz, piedad y perdón. Pese a que Fonsi había venido allí a insultarnos.

El programa fue importante no solo porque probablemente hicimos la mejor audiencia del curso, sino porque los españoles pudieron ver el primer pinchazo televisivo de la historia de Podemos, partido fundado en la dialéctica tertuliana. Razón de que muy probablemente este chico sea rápidamente purgado, si no lo fue ya inmediatamente después de la entrevista en El Larguero y justamente antes del programa.

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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Twitter y la prédica solemne

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

El pajarito digital: ¿brújula o veleta?

En agosto de 2012 la periodista Laura Marcus publicó en The Guardian un artículo en el que se preguntaba si Twitter era algo más que una caja de resonancia de la izquierda global. Se preguntaba si el usuario de la red social del pajarito o pajarera virtual debía renunciar definitivamente no ya al debate ilustrado, que para eso no te da una columna el Guardian, sino a la normalización pública de las posiciones conservadoras. Al certificado ACNUR del pensamiento que van repartiendo los gurús de progreso y sus movilizadas huestes. La señora Marcus llegaba pronto a la conclusión de que sí, de que Twitter es de izquierdas, y proponía un sencillo experimento de verificación: “Como anecdótica evidencia, mira más allá de tu timeline y lee los tuits de los hashtags más populares: da la impresión de que hay un consenso de izquierdas”.

El clásico tonto con balcones a Twitter enseguida refutará esta afirmación diciendo que en Twitter hay de todo, y que él tiene un primo facha que no se corta un pelo tuiteando. Pero todas las tesis entrañan una generalización como todos los tontos un caso particular. Lo importante es que el muestreo sea representativo; observar la correlación de fuerzas y certificar una hegemonía que en Twitter, como en toda esfera pública, corresponde efectivamente al consabido discurso de la corrección política. Por otro lado, la automática censura que se abatirá en cascada sobre los tuits del primo facha no servirá sino para corroborar la tesis de la columnista del Guardian.

Un año después, en julio de 2013, publicaba Guy Sorman una tercera en ABC en la que definía la Red como “campo de batalla ideológico donde las minorías organizadas y activas se imponen a la mayoría silenciosa. La Red es antidemocrática, populista, extremista y de izquierdas la mayoría de las veces, personas a quienes ni la verdad ni la realidad importan”. Y relataba a continuación su frustrante pelea con Wikipedia: cada vez que corregía las inexactitudes que un biógrafo anónimo y malvado vertía en la entrada “Guy Sorman”, una hora después la mano negra deshacía la corrección y restablecía, brillante, la calumnia. Ante semejante ultraje el quijotesco Sorman elevó directamente su queja al inventor, el señor Jimmy Wales, a quien se encontró un día en algún guateque transatlántico. El propio Wales vino a darle la razón y le reconoció la inestabilidad de las biografías wikipédicas, “sobre todo en personas vivas”. Con humor y resignación, el bueno de Sorman apostillaba: “Si estamos de acuerdo con tal o cual autor o persona pública, es raro que vayamos a la Red para manifestar nuestro apoyo, mientras que los adversarios tienen el tiempo y la ira para hacerlo. «Cuando estamos muertos», me tranquiliza Jimmy Wales, «las biografías se estabilizan y se vuelven más objetivas»; en definitiva, basta con esperar”.

Sorman se declara liberal, y se lamenta de que la abnegada dedicación a actividades productivas niegue a los liberales el tiempo que derrochan en activismo cibernético los vagos de los izquierdistas, todo el día con la teclita, viene a decir Sorman. Yo no estoy tan seguro como el tercerista de ABC de que el vicio digital sea privativo de la sensibilidad izquierdista; pero sí coincido con él en que existe una asimetría ideológica en la Red respecto del cuerpo sociológico real. Si no aceptamos la tesis de la falta de pereza del bolchevique, ¿a qué se debe esta hegemonía de lo rojo en Twitter que no se compadece con la del azul gaviota en votos?

Rachel Gibson, profesora de Política en la Universidad de Manchester, asegura que hay pruebas de que las redes sociales tienden al progresismo “porque los usuarios de Twitter tienen niveles más altos de educación que el resto de la población, así que tienden a ser más progresistas y abiertos. Además, Twitter no es un medio de masas como la televisión. Aún lo utiliza una minoría de la población”. Me callaré mi opinión sobre los criterios de selección del profesorado que imperan en Manchester si su docente Gibson juzga realmente que los niveles de educación en Twitter son altos. Prefiero quedarme con la segunda frase, que constata la realidad de que la élite profesional de un país primermundista suele tener ya cuenta en Twitter aparte de tragarse realities de televisión, mientras que la masa popular del mismo país solo hace lo segundo, aunque cada vez lo compagina más con lo primero.

Ahora bien: el hecho de que crezca la representación ciudadana en Twitter no conlleva en absoluto un enriquecimiento del debate público. Es lo que Cass Sunstein llamó hace años la “balcanización de la red”, la facilidad que brinda internet para elegir solo a los afines y blindarse ante la exposición fortuita de opiniones que podrían desafiar nuestro punto de vista. Claro que hay algunos tuiteros jovellanescos que siguen a sus propios discrepantes y tratan de comprender el enfoque ajeno. También hay algún político que ha escrito personalmente sus memorias y un par de escoceses que se han hecho selfies en el lago Ness con el monstruo de fondo. Pero es mucho más habitual que la mentalidad online se rija por férreas afinidades electivas. “Offline pasa casi lo mismo”, concluye Gibson en un rapto de genuina lucidez.

Porque es cierto. Fuera de Twitter el individuo humano propende igualmente a juntarse con sus afines, a despellejar sumariamente a los que piensan distinto y a emitir interjecciones extemporáneas. Debatir no debate nadie desde lo de Popper y Wittgenstein, y miren cómo acabaron. La diferencia es que en la calle uno no busca el nihil obstat de la opinión pública sino la sonrisa del amigote, siempre piadosa con nuestra carne y con nuestro hueso. Twitter, como toda opinión publicada, se rige en cambio por la hipocresía de la prédica solemne. Si quieres triunfar ahí, tienes que estar muy atento al día internacional contra la callosidad infantil, a la jornada universal por los derechos de la mujer conservera y a la semana por la visibilidad del indigenismo lesbiano a fin de exhibir en tu avatar los lacitos correspondientes. Y antes de que se abatan sobre mí los amantes de las hojas del rábano, ya advierto que estoy a favor de todas esas causas; solo es que no sé hacer lazos.

Todo periodista, todo tuitero, es siempre un poco de izquierdas porque lleva la protesta en la sangre, porque aspira a una utopía, porque tiene una receta para el mundo y desea que este le escuche. El político, en cambio, tiende siempre a ente de derechas porque aunque tuviera una receta ahora tiene que dar trigo, y el arte de lo posible es siempre un arte conservador. Y luego está el contribuyente, que mira a un lado y a otro y le pide a la Virgen que se quede como está.

El pasado 3 de febrero se produjo en España la primera condena a una tuitera por su estricta actividad tuitera. Tiene 21 añitos, se llama Alba González Camacho aunque en su cuenta se las echa de “Loba Roja” y combinaba las selfies picantonas con la más ortodoxa exaltación del terrorismo: “Que vuelvan los GRAPO… Necesitamos una limpieza de fachas urgente”; o bien: “Prometo tatuarme la cara de quien le pegue un tiro en la nuca a Rajoy y a De Guindos”. Pocas bromas con la niñata, que no pisará el talego por puro paternalismo judicial, vulgo garantismo y falta de antecedentes. Ahora ya los tiene, y aunque mantiene activa su cuenta –más de 14.000 seguidores–, está advertida y ahora se corta. Supongo que en el submundo leninista ya será una heroína con derecho a silueteo Korda.

Aclaremos que cuando decimos que Twitter es de izquierdas no nos referimos a su ala más violenta, por supuesto, sino a la extensa melaza socialdemócrata; pero sí señalamos tres hechos: que internet va dejando de ser Vietnam, afortunadamente; que el dudoso honor de la primera condena en la historia española de la jurisprudenciatuitera corresponde a una izquierdista radical; y que son esas minorías activas y ultras las que desplazan el polo del debate y terminan estirando esa asimetría falaz pero verosímil de la que se quejaba Sorman: “Esta apropiación de la Red por parte de minorías activas no tendría importancia si la Red fuese insignificante, pero no lo es porque acaba con el papel para convertirse en la principal fuente de la información”.

Es cierto que la batalla digital la ganan a diario las tesis llamadas progresistas, pero se trata de victorias tan virtuales como el crédito de Wikipedia. Yo pienso, como Wilde –vaya tuitero nos perdimos–, que nadie libra una batalla a muerte por lo que sabe que es cierto. Por su verdad empírica y cotidiana. Por eso los felices burgueses tuitean poco y mal, pues están demasiado ocupados en ser burgueses felices, que es la culminación de todos los deseos de la especie.

(Publicado en Suma Cultural, 15 de febrero de 2014)

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Las tres vanidades del escritor-icono

Salinger en su laberinto.

Salinger en su laberinto.

Lo más seguro es que no hubiera misterio ninguno en Salinger enclaustrado. Y que se mantuviese oculto porque sabía, como saben todos los genios, que en el trato humano con el admirador siempre acabará decepcionándole. Uno se adapta con facilidad al anonimato: basta con no escribir tuits durante una semana para perder las ganas de escribir tuits en la semana entrante. Así que no idealicemos el eremitismo salingeriano porque es la tentación más cómoda en la que puede caer un escritor.

La voluntad bartlebyana de desaparecer es una vanidad literaria como otra cualquiera, aunque más sofisticada que otra cualquiera porque busca el aplauso del tiempo y la conciencia; a un ego así no pueden satisfacerlo sus coetáneos, sino que requiere el diálogo entre inmortales que establecía Maquiavelo en su aposento:

“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortas antiguas de los antiguos hombres, donde, una vez recibido con amor por ellos, me alimento de ese majar que es sólo mío, para el que nací; donde no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus actuaciones; y, por su humildad, ellos me responden; y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Hoy impera una vanidad más burda, lineal, que persigue la caricia del público sobreexponiéndose a él en todas las instancias que disponga la sociedad de la información. Esta segunda vanidad no reviste el mayor interés y la comparte el columnista umbraliano con la pedorra televisiva, ambos necesitados de cariño como todo quisque. Pero luego hay una tercera vanidad literaria que nace del conflicto y la negociación entre la conciencia y el mundo, y que lleva a algunos escritores a dudar entre apartarse de la fama o convocarla de forma retorcida, hipotecarla a un futuro descubrimiento. Fue el caso de autores que venden y convencen como Bolaño, Foster Wallace, Rulfo, Miller, Kafka y tantos grandes autores cuya canonización viene de la mano de un cierto malditismo. Porque el malditismo cosecha seguidores con un cierto efecto retardado pero inexorable desde el mismo momento en que la publicidad obre el milagro favorito de la cultura pop: señalar a un genio por cada excéntrico. La gente consume excentricidad porque la centricidad ya la ocupan ellos.

Alguien dijo una vez, y lo he buscado pero no encuentro quién fue, que la literatura consiste en saber que el vecino de al lado es Leon Tolstoi y rechazar la tentación maruja de llamar a su puerta para quedarnos en nuestra casa leyendo Anna Karenina. Eso es y de eso se trató siempre, pero los tiempos exigen una espectacularización de la cultura que Vargas Llosa tiene estudiada en un reciente ensayo. Ya no basta con entregar los mejores frutos de tu talento en forma de obra a la sociedad: tienes que representar activamente un personaje para ella. Tienes que hacer promociones itinerantes observando un discurso políticamente correcto –o soltando esas pildoritas de incorrección política que últimamente resultan tan políticamente correctas– y conceder todas las monerías mediáticas que la multinacional editora demande de ti por contrato. No importa tanto que seas Tolstoi como que seas tú quien llame diligentemente a la puerta del vecino a vender tu Anna Karenina.

Aún así el vecino muchas veces no quiere abrir porque está viendo en la tele un reality culinario, y entonces los editores se preguntan cómo hacer descender la santa fama sobre su autor. ¿Por qué hay autores con groupies y otros mucho mejores que no venden ni en edición de bolsillo? ¿Perjudica a un autor ese ascenso al cielo de los iconos en su estricta consideración literaria a cargo de la crítica más adusta? ¿Con cuánta frecuencia un escritor es castrado por sus propias bacantes, dejándole eunuco irremediable a partir de cierto punto exitoso de su carrera? Los caminos de las groupies son más inescrutables de lo que parece, pues poseen un fino olfato desarrollado en innumerables antros de música en directo y olfatean enseguida el tufillo plastificado de quien es producto del márketing. Por otro lado, hay malditos honradísimos en su autodestrucción o su locura que tampoco venden, por ejemplo Robert Walser. La cosa no es nada sencilla.

Parece que alguna estrategia hay que adoptar para ser leído. Vallar tu casa con alambre de espino, lograr la titularidad de una silla tertuliana, drogarte sin control en un estudio de renta antigua y tener un amigo editor que vaya contando tu desgracia. Pero seguramente la mejor estrategia para ser leído consista en saber escribir.

(Publicado en Suma Cultural, 1 de febrero de 2014)

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Comandante Ronaldo

Oh, comandante.

Oh, comandante.

Recuerdo la luz del Atlántico que batía la torre de Belem en mi viaje a Lisboa, y recuerdo que subí a lo alto del Monumento a los Conquistadores, donde están esculpidos los héroes que abrieron para Portugal un nuevo mundo. Dentro de unos años habrá que añadir a ese coro de glorias nacionales la cara de Cristiano Ronaldo, pero de momento el país hermano acaba de nombrar a la leyenda viva del Real Madrid Gran Oficial de la Orden del Infante don Enrique, distinción que ya compartirá con José Mourinho, pues no hay portugueses vivos que hayan llevado tan lejos como estos dos el nombre de su patria, tomando el relevo donde lo ha dejado Eusebio.

Empezamos a ver en el mote peyorativo de “comandante” que acuñó Blatter un brillo nuevo y apropiadísimo que Cristiano fue el primero en asumir con aquel gol celebrado al modo militar, del mismo modo que los beatniks acabaron abrazando ese nombre que había urdido un periodista norteamericano con intención despectiva. Lo que se pensó como insulto ha acabado nombrando a una de las corrientes artísticas más influyentes del siglo XX.

Cristiano es el comandante en jefe del fútbol contemporáneo, y esperemos que como tal recoja en Zúrich el Balón de Oro que le corresponde. Pero no quiero hablar ahora del fútbol de Ronaldo, sino de esa estatura simbólica por la que este Quijote luso es nombrado caballero después de haber cambiado el cuento para dejar todos los molinos derruidos a sus pies: los molinos de Messi, los molinos de su criticado fichaje, los molinos de cierta afición del Bernabéu, los molinos de la estadística, los molinos de la FIFA. Todos vencidos por la quijotesca acometida de Cristiano.

En la hora de las condecoraciones, sin embargo, importa echar la vista atrás, a la aspereza de Funchal, a la dureza de las circunstancias familiares, al momento exacto de su infancia en que el niño Cristiano se rebela contra su destino previsible: el de una infancia sin rumbo y una vida anónima. Importa recordarlo ahora, cuando recibe los honores de la patria y es venerado por la afición del mejor equipo de la historia. Este no era precisamente el final cantado para un Oliver Twist de Madeira, y si lo ha sido solo se puede atribuir a eso que los comentaristas llaman ambición, voracidad, competitividad extrema, profesionalismo ejemplar, pero que yo creo que es solamente memoria y conciencia: memoria de sus raíces y conciencia de superación.

Ese es el símbolo que encarna Cristiano: la rebeldía contra el contexto aciago, y la tenacidad increíble que se precisa no solo para vengar su propio infortunio, sino para seguir siendo el mejor después del triunfo. Por eso amamos a Cristiano, y por eso su chulería nos parecerá siempre modesta. A sus órdenes, mi comandante.

(La Lupa, Real Madrid TV, 10 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 58:35)

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La felicidad de las glándulas felices

Mente colmena, pensamiento navarro.

Mente colmena, pensamiento navarro.

Nos gusta el Rally Dakar porque los participantes luchan solos contra el desierto acogidos a su privado sentido de la orientación, aconsejados meramente por su máquina. Hay una soledad productiva en el Dakar que nos agiganta a sus corredores. Nos gusta también el fútbol, que es el rey de los deportes colectivos, pero si bien se mira el gol suele nacer del alarde de una habilidad individual, y como mínimo del de la suma de ellas. Lo colectivo puro, la masa uniforme, cuando existe únicamente da pavor. “En toda emoción colectiva veo algo indigno”, confesó el aristocrático Borges en la antípoda exacta de Maradona y lo maradoniano, quien de todos modos fue un gran individualista.

Ahora el deporte se ha contagiado de los modos y el lenguaje de la empresa, y la empresa de los modos y el lenguaje del deporte, así que todo son objetivos, metas, reuniones estratégicas, trabajo en equipo, uno para todos, todos para uno, futbolines en la planta de la cafetería, excursiones al paintball para canalizar estrés y desvelo paternalista de los jefes por el fomento de “entornos dinámicos de trabajo”, agárrame esos pavos que se escapan del corral. Venimos repitiendo en estos textos que la principal nota definitoria de la sociedad primermundista es el infantilismo, que tiene que ver con la proliferación de boutiques y la ausencia de guerras civiles o mundiales. Ahora un hombre entrado en la cuarentena puede llegar a gerente de equipo en la planta treinta y cuatro de la Torre Picasso y conservar intacto el precinto de su voluntad madura, congelada la crisálida de su personalidad, inexplorado el umbral vertiginoso de las decisiones grandes.

Todo ha de hacerse en equipo desde la guardería, y a los padres del niño que no “socializa” se les asusta con pronósticos terribles de marginalidad y precrimen. Pero la prensa inca de la sociedad acabará puliendo al chaval de sus aristas más originales hasta que quepa en la horma, no se preocupen ustedes.

El proceso lo resume con desoladora lucidez George Orwell, que algo sabía de rebeldías individuales frente a la amenaza de la uniformidad: “La gran masa de seres humanos no es en grado extremo egoísta. Después de los treinta años abandonan la ambición individual; de hecho, en muchos casos abandonan incluso el sentido de ser individuales, y viven más bien para otros o simplemente existen sofocados por un trabajo vil”. El ser para la muerte de Heidegger se traduce en realidad por ser para la nómina, y eso en el mejor de los casos, preferiblemente fuera de España.

Ustedes habrán padecido la moda posmoderna, sonrosada, de la reunión imprescindible. Antes las reuniones eran excepcionales, y Rajoy acierta al darle este carácter de improbabilidad a las urgencias reunionistas de Artur Mas: para recitar la ley no se reúne uno. Ahora todo el mundo quiere que nos reunamos y que trabajemos en equipo y que nos equivoquemos en equipo, precisamente para que la culpa quede perfectamente diluida y Wall Street vuelva a mugir bajo el mismo entusiasmo inoculado por los viejos operadores impunes que encuentran amparo en la planta de arriba –porque arriba siempre hay otra planta­–, y a veces en la de al lado.

Yo no concibo que se pueda alumbrar una buena idea en común. En común se pueden mejorar las ideas ya nacidas, eso sí; pero las reuniones generalmente solo son excusas perfectas para no ponerse al teléfono del amigo cargante o de la esposa enojada. Las ideas brotan de una semilla plantada inadvertidamente, y más tarde de una mente sola y violentamente reconcentrada como los bebés son extraídos de un útero sanguinolento.

Cuando una madre da a luz, siente primero el amor físico a la criatura que lleva meses esperando, pero después experimenta un orgullo materno singular, absolutamente intransferible: “Yo he traído a esta criatura al mundo”. Es un orgullo de autor cuyo mérito más hondo permanecerá siempre vedado al padre.

Cuando un hombre alumbra una buena idea, un libro novedoso, una línea de negocio prometedora, suele quedar agradecido o bien a las musas o bien a su talento si es tan arrogante como para reconocerlo; y a continuación, de su propia maravilla ante lo parido extraerá las fuerzas necesarias para realizar el proyecto, allegarle los recursos, vigilar su sano desarrollo. Nadie se aplica a la idea de otro como a la suya propia. Este es el secreto de los emprendedores exitosos y no se precisan charlas de coaching para desvelarlo.

Una sociedad que estimula el comunitarismo melifluo como medio de producción extiende dos lacras: niega la satisfacción que regala el acto creador (y lastra en consecuencia la concreción de su alcance) y escamotea toda responsabilidad en el hipotético fracaso. El hombre reunido, el hombre amarrado a la galera aparentemente acolchada de la reunión, es un eunuco al que se le ha privado del placer de crear y del valor necesario para sobreponerse al fracaso, porque ese fracaso –como ese premio– quedará socializado, arraigará fuera de su conciencia, que le rebotará el eco de su vacío por las noches. Porque por las noches uno no tiene más remedio que reunirse con su conciencia sin pretextar una llamada a reunión de la secretaria. Por las noches estamos solos. A no ser que nos estemos acostando con la secretaria, obviamente.

“El de la Torre de Marfil vive, pero se asoma a las posadas, sin contagiarse por eso con las doctrinas que desvirtúan al hombre enrolándole en la gritería del bajo carnaval”, dice Ramón con ese estilo milagroso suyo hecho de fogonazos de magnesio. Y continúa: “Lo gregario mata, atrofia el sentido supervital, la sensibilidad de vivir, la felicidad de las glándulas felices, la única riqueza auténtica que es la del perfil propio, lo único que merece pasar por la miseria con tal de conservarlo”.

Pobre pero a solas, dirá el honrado de nuestro tiempo. O si alumbra la idea dirá rico y feliz, pero feliz por la felicidad de nuestras glándulas felices, que no pueden ser trasplantadas sin acusar rechazo.

(Publicado en Suma Cultural, 4 de enero de 2014)

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Fenomenología de la autofoto

Ni siquiera los dioses están a salvo de la idiocia.

Ni siquiera los dioses están a salvo de la idiocia.

Nadie es tan sentencioso como aparenta en Twitter ni mucho menos tan atractivo como miente el Instagram, pero eso tampoco importa. Lo sintomático es que el uso mayoritario que se le da a ambas redes sociales tuerza por el género bobo llamado selfie, esas autofotos popularizadas por los teléfonos inteligentes, valga el oxímoron, podios de vanidad ful, altares del grito individual en el océano de la irrelevancia sumada. Con nuestro smartphone nos retratamos pensativos bajo un roble, o cosmopolitas en el Empire, o picantones en la playa, y arrojamos la botella –chupito, más bien– de nuestro ego al ancho mar de la tecnología, esperando el reflujo del retuit o del Me Gusta concedido por otro náufrago solidario. Y en el mismo momento de haber pulsado al botón, a los más hamletianos de nosotros nos embarga  una tristeza poscoital: la certeza de una euforia prematura, de una originalidad imposible, de un protagonismo efímero, de una banalidad total.

Si algo nos han enseñado las redes sociales es una verdad tan antigua, tan griega, como que todo hombre está solo. Quizá no más que antes, sería excesivo, pero desde luego no menos, y eso sí es noticia. Nos prometieron que la tecnología conectaría a las personas pero, si no las desconecta, desde luego tampoco las comunica mejor. Como mucho acerca sus fragmentos, sus cortes de pelo o sus citas plagiadas, y en el mejor de los casos pasaremos años tuiteando con un amigo virtual antes de que nos demos cuenta de que es un perfecto desconocido, otra alma anhelosa ofreciendo su lado más sociable en la almoneda virtual.

Si algún mensaje se eleva por encima del ruido egolátrico de las cibercuentas es este: “¡Eh! Me siento solo, ¡atiéndeme!”. No comentaremos, por añeja caballerosidad, el entrañable grado de atavismo al que para emitir ese grito llegan esas muchachas de fisonomía vulgar que comparecen sin embargo en Instagram como cristalizaciones antropomórficas del pecado. Ese es un fenómeno puramente artesanal. Lo que importa señalar es que las redes suplantan la experiencia sensorial por la superestructura cibernética y, aunque enseguida corremos a celebrar el invento colgando nuestra pose artificiosa en la red, en realidad estamos protestando por la privación de la vista, del oído, del tacto, del olor y del gusto. Descartes elaboró su método racionalista sobre la incompetencia informativa que atribuía a los sentidos, afectados por un “duende maligno” que podría estar averiando nuestras percepciones. Así que decidió erigir todo conocimiento sobre una primera abstracción, radical y genérica, el intelecto autorreferencial como garantía de existencia: pienso luego existo. El programa, claro, era tan exigente que media Europa se acabó poniendo de acuerdo de un modo u otro para decidir que el mejor lugar para René era la cárcel. Y hacían bien, qué carajo: no se puede ser tan esaborío.

Hoy, sin embargo, todos somos cartesianos y desconfiamos de la sensualidad. La sensualidad también se prefiere aséptica y en pantalla, de hecho. El duende maligno de la virtualidad ha vencido y es su corona invisible la que sale retratada en cada una de nuestras autofotos. Todo selfie tiene por tanto algo de asepsia y egolatría, de cárcel cartesiana y reivindicación pueril. Instagram es un muro de personas que no se tocan ni quieren tocarse, en resuelta contradicción con la terrible, anacrónica sociología de Campofrío. Nos basta no con que le miren a uno, sino con que uno crea que le están mirando, envidiando incluso si nos sentimos boyantes. La autofoto compartida es un deseo de trascender nuestra propia irrelevancia que está condenado a la melancolía. Porque la irrelevancia no se supera con fotitos, sino con trabajo y con talento, dos cosas que escasean en España.

La autofoto no se beneficia siquiera de la disculpa documental, la voluntad de registrar una visita a un monumento o un poético ocaso, porque el principal protagonista es uno mismo y en esas imágenes no se comparte el ego con nada más, que para eso es el ego. La autofoto es todo lo más refinado a que puede llegar el vicio de Onán. Y sin embargo se pretende que la autofoto sea aplaudida en la red, se acaricia la ridícula pretensión de que seres anónimos disfruten de nuestro instante intransitivo.

Nadie en esta triunfante civilización del infantilismo está a salvo de la tentación selfie. Ahí tienen ustedes a Obama autorretratándose en el funeral de Mandela con la sobrevalorada ministra danesa. La historia en los medios se redujo a un flirteo inexistente y a un ataque de cuernos de la parienta igualmente tramposo, como sabe cualquier fotógrafo revirado; lo que se debió de señalar es el hecho primero, desalentador, tenebroso: los amos del mundo también necesitan hacerse selfies. No hay escalafón que escape a la irrelevancia del yo, no hay lugar ya para la suficiencia del poder ni para la belleza sin testigos de una mente adulta en funcionamiento. Es horrible, joder.

Entre el hombre y la mujer primermundista empieza a prevalecer un fenotipo tecnosexual, solitario y postizo, conectado a las interpretaciones y desconectado de las cosas, y solo los cohetes norcoreanos, el avance chino o el despertar africano nos devolverán a las sensorialidad prístina, a Husserl, a la caza y a la recolección, al abrazo, al crochet, al rugido, al regüeldo, a las palmas, al acíbar y a la oratoria presidencial sin plasma.

(Publicado en Suma Cultural, 28 de diciembre de 2013)

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¿Quién le hace el coaching al coaching?

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Convengamos en que África no es la meca de la psicología. Los africanos no tienen tiempo para preguntarse si padecen o no ansiedad, o si están explotando sus fortalezas y minimizando sus debilidades de la forma más rentable para alcanzar sus objetivos –por decirlo en la neolengua del coaching–, porque se les escapa la vida esquivando tiros o pandemias y buscando comida y techo. En las sociedades primermundistas, en cambio, que hace tiempo superaron las servidumbres de la dedicación agraria o industrial, el sector servicios se ha desarrollado hasta tal punto que ha favorecido la emergencia de un sector servicios del sector servicios. Porque eso es el coaching, un boyante y modernísimo mester de juglaría que te cobra por una opinión que no has pedido sobre cómo hacer mejor un oficio que el coach no ha practicado jamás, o de lo contrario no se habría metido a dar lecciones. El que vale vale y el que no a dar clase, ya saben.

El coaching es una industria eminentemente parasitaria que vive de dos premisas tan imprescindibles como lo son la humedad y la piedra para el liquen: el dinero y los incautos. Su hábitat predominante lo forman la Administración pública, las grandes empresas y el deporte de élite. Se trata de tres ámbitos especialmente generosos en la producción de papanatas: deportistas metidos a gestores que confunden el anglicismo con la sabiduría; nuevos ricos que han pasado directamente de la editorial Barco de Vapor (en los mejores casos) a preguntarse quién se ha llevado su queso; políticos castizotes que tienen un amigo al que no pueden dejar en la cuneta y recuerdan de pronto su pico de oro con las tías en aquellas despedidas de soltero por el casco viejo de Salamanca. La astuta empresa de coaching sobrevuela como un alimoche en torno a estos tres fenotipos humanos a la espera de su hueso, relleno de rica médula. Se prepara un power point pinturero, armado sobre flechas coloreadas y lógica escolar, presentado por el tándem imbatible que forman un cliente habitual de Clysiden y una hembra alfa en falda de tubo, y malo será que no se acabe arañando del presupuesto un cursito de formación interactiva por el método Launer-Skiffington, para desesperación del becario precario y a mayor gloria I+D de la boba conciencia del consejero delegado.

Del coaching hay que huir como de una peste semántica que está ablandando los cerebros uniformemente decelerados del empresariado español, rebajándolos a devoradores de frases de galleta china, a catecúmenos del padre Ripalda en traje de tres mil euros. Ocurre que cuando se deja de creer en Dios se acaba creyendo en cualquier cosa, que cuando se deja de leer a los clásicos se acaba aplaudiendo como novedoso el sintagma “inteligencia emocional” y que cuando se tiene dinero de sobra el derroche resulta ineluctable. Ciertamente, se aducirá, el coaching ha vivido épocas mejores, pues el gerente sensato lo primero que recorta es la retórica –cursos y publicidad–; pero uno se asoma a las listas de los más vendidos de no ficción y experimenta la mueca de Munch de la inteligencia. Esos títulos que cacarean el huevo recién puesto de la implementación (sic) de sinergias (sic) optimizadas (sic), aderezando su espeso puchero gramatical con citas wikipédicas de Sun-Tzu y anécdotas bélicas de Napoleón, son al amueblamiento de las cabezas adultas lo que Ikea a la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles.

El consumidor de autoayuda, de management o de coaching no creemos que represente el eslabón de la cadena trófica sobre el que debamos centrar la loable tarea de la reinserción social. Probablemente ya no quepa salvación para una víctima tan inocente, que de no echarse en los fenicios brazos de Lluis Bassat o de Rojas-Marcos terminaría cayendo en los procelosos mantras del ecologismo zen o en las aguerridas alegorías de Paulito Coelho. No: hay que mirar más arriba. Lo que yo pregunto aquí y ahora es quién vigila al vigilante, es decir quién le hace el coaching al coaching. Quién vela por la eficacia de los procesos psicoemocionales del experto en cuestión; quién tasa sus debilidades y señala sus negligencias; quién le empuja más allá de su zona de confort, esa que en su gremio se circunscribe exactamente al cuenco de la mano que nuestro idealista presunto enseña al departamento contable nada más abrochar la sarta de tópicos de su conferencia. O incluso antes.

Están ustedes avisados. La próxima vez que le venga algún pícaro a sonsacarle una charlita motivacional, le dan ustedes con los ensayos de Montaigne en la cabeza.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de diciembre de 2013)

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