Comandante Ronaldo

Oh, comandante.

Oh, comandante.

Recuerdo la luz del Atlántico que batía la torre de Belem en mi viaje a Lisboa, y recuerdo que subí a lo alto del Monumento a los Conquistadores, donde están esculpidos los héroes que abrieron para Portugal un nuevo mundo. Dentro de unos años habrá que añadir a ese coro de glorias nacionales la cara de Cristiano Ronaldo, pero de momento el país hermano acaba de nombrar a la leyenda viva del Real Madrid Gran Oficial de la Orden del Infante don Enrique, distinción que ya compartirá con José Mourinho, pues no hay portugueses vivos que hayan llevado tan lejos como estos dos el nombre de su patria, tomando el relevo donde lo ha dejado Eusebio.

Empezamos a ver en el mote peyorativo de “comandante” que acuñó Blatter un brillo nuevo y apropiadísimo que Cristiano fue el primero en asumir con aquel gol celebrado al modo militar, del mismo modo que los beatniks acabaron abrazando ese nombre que había urdido un periodista norteamericano con intención despectiva. Lo que se pensó como insulto ha acabado nombrando a una de las corrientes artísticas más influyentes del siglo XX.

Cristiano es el comandante en jefe del fútbol contemporáneo, y esperemos que como tal recoja en Zúrich el Balón de Oro que le corresponde. Pero no quiero hablar ahora del fútbol de Ronaldo, sino de esa estatura simbólica por la que este Quijote luso es nombrado caballero después de haber cambiado el cuento para dejar todos los molinos derruidos a sus pies: los molinos de Messi, los molinos de su criticado fichaje, los molinos de cierta afición del Bernabéu, los molinos de la estadística, los molinos de la FIFA. Todos vencidos por la quijotesca acometida de Cristiano.

En la hora de las condecoraciones, sin embargo, importa echar la vista atrás, a la aspereza de Funchal, a la dureza de las circunstancias familiares, al momento exacto de su infancia en que el niño Cristiano se rebela contra su destino previsible: el de una infancia sin rumbo y una vida anónima. Importa recordarlo ahora, cuando recibe los honores de la patria y es venerado por la afición del mejor equipo de la historia. Este no era precisamente el final cantado para un Oliver Twist de Madeira, y si lo ha sido solo se puede atribuir a eso que los comentaristas llaman ambición, voracidad, competitividad extrema, profesionalismo ejemplar, pero que yo creo que es solamente memoria y conciencia: memoria de sus raíces y conciencia de superación.

Ese es el símbolo que encarna Cristiano: la rebeldía contra el contexto aciago, y la tenacidad increíble que se precisa no solo para vengar su propio infortunio, sino para seguir siendo el mejor después del triunfo. Por eso amamos a Cristiano, y por eso su chulería nos parecerá siempre modesta. A sus órdenes, mi comandante.

(La Lupa, Real Madrid TV, 10 de enero de 2014)

La locución aquí, a partir del 58:35)

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