Cuando este miércoles vi a Antonio Pelayo bajando por via Frattina, con su traje de raya diplomática y dos periódicos bajo el brazo -el Corriere y La Repubblica-, me sorprendió que no llegara acompañado de Audrey Hepburn y Gregory Peck. Me había citado a las once y media en la terraza de su cafetería favorita, no lejos de la majestuosa escalinata de la plaza de España. Yo pedí un capuchino. Él fue directamente a la barra y regresó con un plato de canapés y una generosa copa de prosecco. El desayuno de los maestros.
El destino de los pueblos, como el de los hombres, está cifrado en su carácter. Dicen que los españoles enterramos como nadie, pero para seguir llevando flores al panteón nacional hace falta algo más que el alfilerazo urgente de la pena (cuando no del remordimiento) desde el que se despachan aquí los obituarios más efusivos. Para una memoria histórica sin intención política y para una identidad patriótica sin aspavientos reaccionarios se precisa conocimiento, convicción y constancia. Se precisa al menos saber dónde diablos tenemos enterrados a los nuestros. O dónde siguen cumpliendo con el dictado de su honor.
El arzobispo de Valladolid acaba de ser elegido presidente de la Conferencia Episcopal. Activista de izquierdas en la Transición y abogado de formación, Luis Argüello (Meneses de Campos, Palencia, 1953) reflexiona sobre la polarización y el relativismo y aspira a poder mantener una «colaboración crítica» con el Gobierno.
¿Existe la ambición en la carrera episcopal? ¿Qué siente ante la responsabilidad de dirigir a la Iglesia española?
No cabe duda de que el hecho de que el conjunto de los obispos de España ponga en ti su confianza es un reconocimiento, y el reconocimiento te agrada. Pero no supone algo tan importante como para desear esta responsabilidad en sí misma, que por otra parte no es la de dirigir la Iglesia en España sino la de servir a la comunión de los 70 obispos. La Conferencia Episcopal es un servicio de coordinación y de comunión. Yo no soy el jefe de los obispos. Yo quiero ser el servidor de los obispos.
Hubo un tiempo, desde los Reyes Católicos hasta el último de los Austrias, en que la hegemonía cultural del mundo se disputaba en las plazas barrocas de Roma. Esa competición política a través de la belleza la ganó España durante tres siglos, para frustración de Francia, la otra gran potencia católica. La huella española en la Ciudad Eterna es profunda y bien conocida: desde la majestuosa escalinata que conecta la iglesia de Trinitá dei Monti con la embajada ante la Santa Sede hasta la Academia Española en Roma, con sus codiciadas becas para artistas, de la que este año se cumple siglo y medio. Entre otras muchas improntas debidas a la Monarquía hispánica, que no en vano asumió el liderazgo imperial de la Contrarreforma, con Ignacio de Loyola a la cabeza.
Puesto ya el pie en el estribo, quizá sonrió una última vez Joseph Ratzinger al sopesar la redonda paradoja de su biografía. Consagró su vida a los fundamentos teóricos, pero será recordado por una acción revolucionaria: la renuncia al papado. Usó la razón para proteger el dogma, pero concedió a la duda un estatuto privilegiado. Armó durante décadas pacientes una cátedra monumental sobre la que afianzar la autoridad de los pontífices, pero cuando él mismo fue llamado a sentarse en ella experimentóun temblor insoportable. Se afanó en reivindicar la vigencia del proyecto ilustrado, pero fue despachado como un fanático por los inflexibles apóstoles del relativismo. Acumuló lecciones de ortodoxia a lo largo de 24 volúmenes, pero la emergencia de lasclerecías neopuritanas de cuño protestante lo encontró reducido voluntariamente al silencio. Cuando Occidente se puso a programar un incesante carnaval de falsos virtuosos con sus máscaras digitales, uno de sus escasos sabios reales decidió desaparecer tras un claustro, un piano y una biblioteca.
No todos los arzobispos de España militaron en los movimientos antifranquistas. En sus intensos cuatro años como secretario y portavoz de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello (Meneses de Campos, 1953) ha tenido que lidiar con las maniobras de Sánchez o con los casos de abusos en la Iglesia. Ahora será arzobispo de Valladolid a tiempo completo.
No pocos católicos tienen en España una especie de síndrome de persecución: leyes agresivas contra sus valores. ¿Está justificado ese sentimiento?
Esos valores afectan a todo ser humano: las cuestiones relativas a la vida, a la comprensión de la persona, a la dignidad humana, al trabajo. A ese humus del que venimos lo llamamos tradición judeocristiana o mundo occidental. Y cuando ahora se le niega carta de naturaleza retorna como una intuición, como una presencia anhelada. La cuestión del aborto no pertenece a la Iglesia: hay muchos argumentos científicos para poder decir que en el seno de una mujer hay una vida distinta de ella misma. O que hablar del derecho a decidir en el propio cuerpo no es falaz por la fe sino por la ciencia. O que no se puede llamar de la misma manera a una relación que tenga capacidad de engendrar vida que a una que no la tiene. O que ante la realidad dramática del sufrimiento no se puede ofrecer la muerte como solución: anular al que sufre para solucionar su sufrimiento. Todos estos asuntos no pertenecen exclusivamente al orden cristiano, sino a nuestras raíces griegas y al derecho romano. Pero cuando desaparece el aliento espiritual de una sociedad, la razón decae.
Dicen los expertos que este año se puede ganar Eurovisión. Que Chanel puede al menos hacer un papel digno tras el indigno papelón que hicieron los zelotes de las Tanxugueiras y las bacantes de la Bandini (gran canción), impugnando la victoria de la hispanocubana y llevando su pataleta hasta el mismo Congreso o la Asamblea de Madrid. Hemos visto a replicantes sindicales presentando mociones contra la candidatura de Chanel, mientras la ganadora huía de las redes sociales arrastrando una soga en torno al cuello. ¿Su pecado? El de siempre. El puritanismo, que ahora es de izquierdas, la acusaba de prestarse a la cosificación neoliberal del cuerpo femenino con su letra y sus movimientos sexualizados, como si Eurovisión hubiera sido alguna vez un sínodo hegeliano de fenomenólogos del espíritu.
-Buenos días, señor apóstol. ¿Cómo pasó ayer su fiesta?
-Pues mire usted, cada año la llevo peor. Se está poniendo muy difícil ser patrón de España, dicho sea sin ánimo de ofender.
-No diga eso, hombre. Y menos en año santo…
-Lo digo como lo pienso. Ser patrón de Galicia es más sencillo, la galleguidad no es un significante en disputa ni un concepto discutido y discutible. En cambio, España está en claro proceso de disolución simbólica, como dice Sergio del Molino. ¿Ha leído su libro?
-Sí, sí. Su autor lamenta que la causa de la España vacía se haya politizado de mala manera, originando nuevas identidades localistas que debilitan la trama solidaria y afectiva de la nación.
-Exacto. Así no hay manera de representar íntegramente a la comunidad política. Encima me están invisibilizando en el espacio público. Me escamotean la espada en las estatuas y me borran el apelativo para no ofender a los moros. Esos puritanos no entienden que a los moros les llena de orgullo que los cristianos solo pudieran vencerles con mi ayuda.