La pizarra de Dios

El Vicediós bávaro.

El Vicediós bávaro.

[Benedicto XVI, prodigioso Papa emérito, ha vuelto hoy al Vaticano para alojarse definitivamente en uno de sus conventos hasta que el Jefe le llame a su presencia. Lo hace -y no hay casualidades para un alemán, y menos para un alemán que es Vicediós, retirado pero Vicediós- un día después de que su Bayern destrozara al Barcelona en la más humillante derrota encajada por un equipo en semifinales de Champions desde que hay memoria. Por si fuere oportuno, reproduzco a continuación una columna aparecida en La Gaceta el 1 de marzo de 2013 sobre la teología futbolística de Benedicto XVI, que pedía aprender a vivir con el espíritu del niño. O sea, como Piqué antes del partido]

Aunque lo lógico es que todo Papa sea siempre del Real Madrid, tanto por colores como por historia, Joseph Ratzinger es al parecer seguidor del Bayern de Múnich, cuyo presidente Uli Hoeness ha anunciado que preparan una camiseta honorífica con el “Joseph” a la espalda. Cuenta Rosalía Sánchez que siendo Giovanni Trapattoni entrenador del Bayern y Ratzinger cardenal itinerante entre Roma y Múnich, un amigo común los puso en contacto y desde entonces el teólogo telefoneaba con frecuencia al técnico para interesarse por la evolución de su equipo. Habría que convencer a Trapattoni de que publicase aquellas conversaciones, pues podrían contener la fórmula del sistema de juego infalible: la pizarra de Dios.

Unos años antes de aquel encuentro, cuando el planeta fútbol giraba en torno al Mundial de 1978, el entonces obispo de Múnich se contagió de la fiebre futbolística al punto de descender del púlpito al micrófono, del prelado al tertuliano, y grabó un mensaje radiofónico sobre la naturaleza fascinante del deporte rey que luego se editaría junto con otros textos en forma de libro, titulado Trabajador de la verdad. En aquella breve e impagable pieza, Ratzinger, el indiscutido teólogo, se aleja paradójicamente del evangelio apócrifo de la pontificación argentina que tanto triunfaría después –esa jerigonza metafísica a lo Valdanágoras– y explica con prosa limpia y pedagogía clara el sentido antropológico del deporte, que no es el pan y circo que cacarea por boca de ganso insomne el gafapastismo bobalicón, sino honda nostalgia del edén perdido que como sabía Rilke se encuentra en la infancia, y escuela para lo que espera después:

—Aquel grito que pedía “pan y juego” era la expresión del deseo de una vida paradisíaca. En este sentido, el juego se presenta como una especie de regreso al hogar primero, al paraíso; como una escapatoria de la existencia cotidiana, con su dureza esclavizante. Sin embargo el juego tiene, sobre todo en los niños, un sentido distinto: es un entrenamiento para la vida. Le enseña a cooperar con los demás dentro de un equipo, mostrándole cómo enfrentarse con los otros de una forma noble. Al contemplarlo, los hombres se identifican con ese juego, haciendo suyo ese espíritu de colaboración y de confrontación leal con los demás. Al pensar detenidamente en todo esto, se plantea la posibilidad de aprender a vivir con el espíritu del juego, porque la libertad del hombre se alimenta también de reglas y de autodisciplina.

De todo el sublime magisterio impartido por Benedicto XVI, yo me quiero quedar con su teología del fútbol: aprender a vivir con el espíritu niño del juego, plantear con los otros una confrontación leal y no olvidar nunca que sin disciplina no puede haber gloria.

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Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15

La homérica decisión de ser Mourinho

La leyenda en marcha.

La leyenda en marcha.

Una tarde de 1926 o 1927 el joven Ruano recibió del escritor Vargas Vila –“un D’Annunzio para negros”– la lección inaugural de la vida del artista. El escritor veterano le preguntó al aspirante si ya tenía una leyenda:

«Yo casi me tanteé los bolsillos. Lo preguntaba como si eso de tener una leyenda fuera como tener cerillas o llevar pañuelo.

–Pues, yo… no… Creo que no. Es decir, se han dicho cosas malas de mí, claro está, pero tanto como tener una leyenda….

–Pues cuide mucho de tener una leyenda. Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!»

José Mário dos Santos Mourinho Félix escuchó en algún momento el mismo consejo, o bien arribó por sí mismo a su mefistofélica verdad. Un hombre sin enemigos es un hombre sin carácter, sentenció también Paul Newman, que probablemente se lo habría oído balbucear borracho a Marlon Brando. Y desde entonces Mourinho no tuvo tiempo, cámara, micrófono ni rueda de prensa que perder hasta convertirse en uno de los contadísimos hombres con leyenda a la altura de la gran iconografía pop del siglo XX, de Jim Morrison a Steve McQueen, de Céline a Andy Warhol. Cuando Mou se vaya del Madrid, una oleada terminal de nuevos EREs acabará de cebarse con las redacciones de los periódicos deportivos. A ver cómo venden luego, vaticina Ruiz Quintano, este titular: “Toril: No hay enemigo pequeño”.

Las leyendas se hacen, pero primero nacen. La leyenda de Napoleón se sostiene no sobre los famosos caprichos de su temperamento sino sobre una treintena de batallas ganadas en todos los campos de Europa con la aplastante superioridad que le allegaba una visión superdotada para la estrategia. A Mourinho no le aplaudiríamos algunos mourinhistas ciertos excesos sanguíneos de su talante si fueran los pretextos más o menos enfáticos de un perdedor recurrente o un preparador mediocre. Pero le admiramos porque gana; porque lo gana todo y se sirve de todo para ganar, y las escasísimas veces que pierde siempre logra presentar con verosimilitud la derrota como la injusticia arbitrada por un enemigo terrible. Mourinho depara así al XXI la actualización de los arquetipos narrativos descritos por Vladimir Propp a propósito del cuento de hadas, con sus héroes y sus villanos, sus ayudantes y sus oponentes, sus objetivos y sus trampas. Solo que Mou, moderno al fin, es capaz de encarnar varias funciones sucesivas en el relato de una misma Liga o copa de Europa –¡incluso de un mismo partido!–, mutando de una a otra a conveniencia de su fin, y si hay un solo ámbito en el que el fin justifica los medios, ese es el fútbol. Para escandalizarse con gravedad farisea ya tenemos a Renault en el bar de Rick’s: “¡Qué escándalo, aquí se juega!” Pues sí: Mourinho juega. Y gana.

–No me llamen arrogante, pero soy campeón de Europa y pienso que soy un tipo especial –declaró al fichar por el Chelsea tras ganar un inusitada Champions con el inusitado Oporto, granjeándose ante la prensa inglesa un título para los restos: The Special One.

No es Mourinho el primer entrenador que dice lo que de verdad siente en una rueda de prensa, ni el primero en usar la ironía con dosis ciertas de creatividad: ahí está Bill Shankly, el mítico técnico del Liverpool, capaz de sentenciar: «El Everton juega tan mal que si jugasen en el jardín de mi casa correría las cortinas para no verles». Habría plumillas que al oír aquello se entregarían al escándalo beato y a reivindicaciones febriles de señorío, pero hoy Shankly es memoria venerada del fútbol mundial y no se precisa la imaginación de Julio Verne para proyectar con exactitud el tamaño gigante que la sombra de Mourinho arrojará sobre la historia de los entrenadores de fútbol. Que arroja ya.

Lo original del desafío que José Mourinho tiene lanzado a la hipocresía, la cual constituye la primera norma de la civilización, es la exigencia homérica que conlleva su sostenimiento sobre el único crédito de la victoria permanente en los terrenos de juego. Es un hombre sometido a la presión no compartida que reclama sobre sí su propia leyenda, acechada por una hegemonía de servidores del revanchismo (también entre los organismos que regulan el fútbol) que esperan su fracaso en lo profesional para descalificarle en lo personal. Sobradas muestras de bilis –incluyendo la intromisión en la vida de su madre o de su hijo pequeño– ha dado la prensa deportiva española, singularmente aquella que se tenía por madridista y que dejó de serlo en coherente reacción al poder perdido a manos de un entrenador que solo se concibe plenipotenciario. Pero siempre con garantías: en números redondos, José Mourinho ha batido todos los récords de los equipos por los que ha pasado, incluyendo el Real Madrid, que no es un club de pocas ni rasas marcas.

A su erosivo, consciente propósito de ser leyenda y cimentarla día a día, país a país, siendo el mejor en su oficio, se añade en Mourinho otro pábulo de rendida fascinación. Y es la distancia desorbitada que media entre los caudalosos amazonas de tinta generados por su figura –cruzados de afluentes, arroyuelos y regatos contradictorios, en donde resulta descabellado el intento de cribar la pepita de la certeza contrastada– y los escuálidos hilillos de genuino conocimiento que afluyen a los medios acerca de su personalidad real. Lo que sabemos de José fuera de Mourinho lo han ido contando mayormente sus futbolistas, y la versión no puede diferir más de la promesa de azufre que formula su mera presencia, según nos tienen avisados. Él mismo se ha cuidado de que así sea, porque no intima jamás con periodistas –tampoco con los partidarios–, sabiendo el precio que se sigue de ello. Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo se va de sus equipos. Mourinho es el único que controla tanto su verdad como su leyenda, y por eso entendemos tan bien el odio sincero que le profesa el periodismo, condenado a especular sobre un personaje irrepetible, mediático como ninguno en el mundo, que paradójicamente se le escapa entre las manos.

Aquel consejo que Vargas Vila le dio a Ruano se completaba así:

–Hágase usted fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. Es el modo de triunfar. ¿A que nadie le recomienda a usted esto? Porque el deseo de todo el mundo es debilitar a quien pueda hacer algo. Así le dirán que sea bondadoso, para vivir a costa de su bondad; que sea modesto, para que no les haga sombra; que cultive sus virtudes, por miedo a que pueda cultivar sus vicios. Sea usted orgullosos, y, sobre todo, oiga bien lo que le dice un viejo: siembre odios. El odio da vida al que es odiado.

(Publicado en Suma Cultural, 26 de abril de 2013)

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¡Ay, Carmela!

Se prevé que en la tarde de hoy, cuando el carro de Faetón, hijo de Febo, emprenda ya en el cielo el descenso incendiario de su parábola cotidiana, un coro de luchadores prodemocráticos asedie la sede de la soberanía nacional pertrechada de consignas de Gramsci o en su defecto de palos de tundir lomos y lomos de reposar palos. Dijo Pascal que el hombre es una caña pensante, pero el esqueje autóctono del perroflautismo bolivariano prefiere la dialéctica inflexible del palo a la más ambivalente de la caña. No vas a darte a la mayéutica con un antidisturbios.

¿Podría la cultura replantar a nuestros ígneos antisistema en el sembrado institucional de las cañas pensantes? Depende de qué cultura, claro. El sábado pasado acudí al Teatro Reina Victoria para ver el musical ¡Ay, Carmela! -y no negaremos de momento que un musical sea cultura, aunque existe controversia académica al respecto-, cuyo desaforado sesgo republicano, en el sentido guerracivilista del republicanismo, yo daba por descontado sin necesidad de haber visto la película de Carmen Maura y Andrés Pajares. El musical ofrece un montaje ágil, música militar, pasodobles raciales, histrionismo cómico, énfasis melodramático como para que un churrero meta el palo y cobre diez metros de porra azucarada y, en definitiva, todo el bagaje sentimental del antifranquista a posteriori que es doctrina en vigor del establishment cultural español desde 1975, si no desde los primeros exilios de poetas. Yo todo esto lo presumía y no me alteró lo más mínimo, y lo pasé perfectamente bien. Habiendo nacido en 1982 y completado un cierto ciclo vital de lecturas contradictorias y viajes al fondo de la noche, uno contempla el apasionamiento ideológico como en el zoo las piruetas automatizadas de los delfines cuando no las pajas desvergonzadas de los babuinos, sin que tampoco acreditemos templanza como para prologar a Marco Aurelio. De hecho a veces me gusta piruetear en el agua; de lo otro no vamos a hablar ya.

Donde sobra corazón suele sobrar tragedia, Carmela.

Donde sobra corazón suele sobrar tragedia, Carmela.

Pero hubo un momento especialmente álgido del musical que me dio que pensar. Fue cuando un trío de trágicos caricatos -un franquista, un fascista y un nazi- ejecuta al unísono un número musical para el que demandó inocentemente el concurso de las palmas del público; detecté entre el respetable un rechazo pavloviano a seguir la orden, así fuera en plausible beneficio del espectáculo y la interactividad, esa lacra de los musicales. Pero las palmas solo tímidamente se arrancaron. En cambio, minutos después, cuando comparece Carmela arrebatada y envuelta literalmente en una tricolor –rojo, gualda, morado-, al público de toda edad le costó sujetarse en el asiento y prorrumpió en un brioso acompañamiento aderezado de vítores que salían del hondón de la conciencia de bando que en este país echa raíces coriáceas, de una longevidad desesperante, transmitida de padres a hijos. Por la otra acera lo mismo, ojo. Con lo saludable que es cambiar de bando de vez en cuando; y más, causar baja de todos y recortarse en solitario contra el crepúsculo, para el que pueda.

En el improbable caso de que el activista púber fuera al teatro, y de que se metiera a ver ¡Ay, Carmela! en el Reina Victoria –en la mismita Carrera de San Jerónimo-, dada su proverbial impresionabilidad habría salido derecho de allí a asediar el Congreso igualmente, pero al menos pertrechado de alguna munición ideológica. El drama de estos asedios quincemistas es que ya no los justifica la pátina cultural de un manifiesto decimonónico, una razón histórica o una adhesión sentimental a causa cierta. Aunque no sé si en esa carencia está el drama ciego de todas las revoluciones.

Hermanas en armas, que dirían los Dire Straits.

Hermanas en armas, parafraseando a los Dire Straits.

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El difícil arte de matar

Las calles se están poniendo peligrosas para la democracia. Tiene que ver con la crisis y sus desahucios pero también con la primavera, que caldea los ánimos. Con el calor uno puede salir a escrachar o a rodear el Congreso con el vademécum de Hessel en una mano y la petaca de vermú en la otra sin dejar en ningún momento de luchar por la democracia.

Sucede que la democracia es a la calle lo que la gastronomía al canibalismo, y esto lo entendía muy bien la picaresca castiza que hubo de acuñar el tópico de la «universidad de la calle» para distinguirla de la universidad de los libros, distinción que ahora ha complicado muchísimo el Plan Bolonia, cuya bibliofobia termina por devolver a la rúa a los estudiantes tan ayunos de gramática como los canis de cuello vuelto, solo que después. De esa universidad callejera van graduándose al sol de abril los primeros licenciados en totalitarismo de primer ciclo como los que el otro día enviaron una carta con bala a Javier Arenas. Lo noticioso es que el sobre, en vez de incluir la bala sin más, que por sí sola resulta un mensaje tan elocuente como los peces de Luca Brasi, incluía una carta plagada de anacolutos, solecismos, mugidos y amenazas construidas con sintaxis de nominación de Gran Hermano. Esto es una redundancia semiótica en la que el terrorista de antaño no habría incurrido jamás, pues la concisión siempre fue virtud del mafioso elegante.

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24 abril, 2013 · 17:32

Qué escándalo, aquí se lee

A riesgo de que Hughes nos llame cursis, con razón, llevamos gastados 80 pavos que no tengo en libros, libros de papel, adquiridos con toda la intención escandalosa de leerlos, que sería la manera de conjurar la cursilería en favor de una elegante soledad. Reconozco que comprar libros todavía no constituye una lacra social equiparable a no tener móvil, pero todo llegará.

Viejo prematuro, uno compra libros ya sólo en librerías de lance, en los tres o cuatro paraísos analógicos y anacrónicos diseminados por mi Barrio de las Letras, donde tienen a los autores que me interesan, que son los que están muertos, normalmente asesinados o muertos por propia mano, pero en cualquier caso incapaces de aprobar el mundo actual. En los últimos días he adquirido una rareza de Borges, el vitriolo literario del maligno Alberto Guillén que me recomendó Ignacio Ruiz Quintano, los cuentos futbolísticos de Fontanarrosa que me aconsejó Gistau y un ejemplar de las Vidas de muertos de Anzoátegui con el que vengo a subrayar la antecitada necrofilia de mis anaqueles.

Borges. El ciego en su paraíso.

Borges. El ciego en su paraíso.

La Revista de Libros, que tiene la generosidad de contar con mis servicios de crítico literario -que es para lo que estudié, en puridad-, publica aquí sus recomendaciones librescas, entre las que yo propongo un ensayo contra la epidemia tertuliana y unos relatos del punzante O’Henry, por si ustedes también gustan de escandalizar al personal.

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¿Quién es Hughes?

La identidad del joven columnista Hughes es uno de los misterios mejor guardados del articulismo español contemporáneo. Sólo unos pocos elegidos -y el periódico ABC, que es el que le paga- estamos en el secreto y en disposición de aseverar que se trata de un hombre de carne y hueso, capaz de ingerir chupitos como el más pintado. En prensa Hughes fue primero un sombrero, muy parecido a la boa que tragó un elefante en El principito. Era un sombrero que firmaba unas contracrónicas maravillosas en La Gaceta, adonde le trajimos Maite Alfageme y yo, que tuve que ir a Valencia a buscarlo con la excusa de un reportaje sobre Camps, y de la farra inaugural de nuestra amistad contraje una fiebre que duró seis días. Era enero de 2012. Aquel verano logramos que Hughes dejara el sombrero por una foto tamaño carné, y meses después nos lo robaba el ABC, con impecable criterio. Si llega a deponer el seudónimo hoy quizá estaría en el Post.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Hughes es un escritor de periódicos que ha inventado muchas cosas, entre ellas el mourinhismo, criatura terrible que nunca devoró a su creador, como les sucede a los gregarios. Hughes crea cosas sin parar porque tiene el don wildeano del individualismo irreductible, y todo lo que tiene éxito, aunque sea invención suya, enseguida le parece una horterada. Una fachenda, que diría Pla. No se siente cómodo en un pelotón de más de dos, lo cual le obliga a ir siempre de escapado. No es problema porque tiene pulmones de sobra para ello. Escapándose de continuo, pedaleando sobre ese fraseo copulativo de imágenes siempre novedosas, de adjetivaciones no dichas -porque Hughes padece una aversión genética, finísima, al puto lugar común, aunque sea un lugar común de la semana pasada-, sacando ventaja del sectarismo por su espíritu liberal ancho y perfecto, ha ganado la condición de columnista de culto, aunque él, melancólicamente, quisiera serlo popular. Como si la miel se hiciera para la boca del asno.

La revista digital Unfollow acaba de publicarle esta suave sátira sobre el boyante, omnímodo oficio de tertuliano. Es exactamente el cuento que sobre el particular escribiría hoy Miguel Mihura:

LA TOS DEL TERTULIANO

Ildefonso Alamares estaba en un momento dulce. Además de escribir sus columnas, colaboraba en varias tertulias políticas en radio y televisión. Incluso le llamaban para participar en Tertulias Plurales, que era donde más pagaban. Cierto es que estas tertulias tenían sus riesgos. Un día Pilar Gramola le mordió un pie. En otra ocasión, un antagonista le interrumpió tantas veces que tardó una hora en construir su primera frase.

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Cuando Verne anticipó el terrorismo contemporáneo

[Ayer, viernes 19 de abril, se presentó el tercer número impreso de Jot Down en la librería Tipos Infames de Madrid. Dicho número acoge generosamente este ensayo sobre la debilidad literaria y la fortaleza ficcional de Julio Verne, una de cuyas anticipaciones más originales -piensa uno- no fue otra que el terrorismo contemporáneo. Lo reproduzco aquí ahora por si sirviera para abrir un apetito más amplio de esta golosina]

Estaremos todos de acuerdo en que Julio Verne no es un gran escritor, un artista inmortal. El artista inmortal debe legar algo de su peculiar talento al arte que eligió practicar, alterando para siempre su decurso en alguna exquisita medida, hacia algún caprichoso meandro. Verne no inventó el estilo indirecto libre ni el monólogo interior, ni perfeccionó el perspectivismo psicológico, ni domeñó un estilo propio y brillante, ni dotó a sus historias de hondas repercusiones morales, ni armó un mundo vasto y sutilmente interconectado, ni modeló un personaje arquetípico que antes no existiera y que después continuara sirviendo de significativo espejo a los hombres o mujeres que leen para entender lo que les pasa. Las novelas de Verne no enriquecieron la historia de la literatura. Pero sí la de la ficción. Y mucho.

Si aceptamos la dicotomía fundamental de Pla, hay una literatura de observación y otra de imaginación. La primera se dirige a la realidad y asume modestamente su límite descriptivo, aunque Pla consideraba esa modestia la más ardua brida, el entrenamiento más exigente, el mérito más artístico al que podía aspirar la mentirosa vanidad del escritor, y tenía razón. La segunda abre su campo ingente a temperamentos fantasiosos, de poco escrúpulo y mucho hartazgo de este mundo que se les queda irreparablemente pequeño. Estas personas, estos escritores, no tienen tiempo –ni capacidad- para el adorno del arabesco ni el calado de la perspectiva: les arde la pluma en la mano imaginando no lo que no ha pasado pero podría pasar, que es la definición aristotélica –realista- de literatura, sino lo que jamás podría pasar de ningún modo, y qué importa. Saben sin embargo que la literatura de evasión no lo justifica todo en la mente calenturienta del creador, porque para evadirse hace falta que el lector se reconozca en ciertos tipos y caracteres, así como debe tender con facilidad las analogías necesarias entre El País de Nunca Jamás y el suyo propio, o la ficción no funcionará.

No nos referimos ahora a la capacidad alegórica de Kafka cuando idea la peripecia disparatada –y sin embargo creíble, horriblemente real para muchas personas del siglo XX- de un comerciante de telas de 23 años que amanece convertido en insecto y es despreciado –justamente porque es creído- por sus padres y por su hermana. Hay una verosimilitud en La metamorfosis, un pacto de lectura que evita que el lector cierre el libro al concluir la primera página exclamando con cerrilidad empirista: “Ningún hombre se convierte en cucaracha, no me lo creo”. El lector sabe que el autor quiere decirle algo a condición de que asuma lo inasumible, y sigue leyendo, y acaba descubriendo -vaya si lo acaba descubriendo- que Kafka dice la pura verdad. Pero eso es porque Kafka no es un escritor fantástico, sino un realista alegórico y un psicólogo puntilloso. De hecho los intentos alegóricos de los escritores de pura imaginación, como el señor Tolkien, suelen acusar una pobreza de detalles alarmante: el bosque queda muy aparente, pero como te fijes en un solo árbol se descoyunta el cuadro entero ante tus ojos.

Verne, por volver al tema, no es un artista inmortal, ni sus aventuras permiten más de un nivel de lectura, pero sí es un escritor de imaginación que ha pasado a la posteridad. Su campo no fue la fantasía neta sino ese territorio intermedio que la teoría de los géneros viene a denominar, mejor que ciencia ficción, ficción anticipatoria, género en el que luego brillarían Bradbury o Huxley con plenitud de rango literario. Verne sabía que escribía inocentes disparates, pero al mismo tiempo se hacía la ilusión de que la ciencia un día haría posibles algunas premisas inasumibles de sus tramas. Fue un positivista entusiasta y cerrado, influido por la escuela cientista liderada por su compatriota Comte, aquel filósofo tan loco que fundó la Sociología y que de tanto oponer la ciencia a la fe acabó fundando una religión laica atrincherada en dogmas positivos cuyo sumo sacerdocio ejerció él mismo, por supuesto. Las ficciones de Verne presentan esa misma fe paradójica y adanista en el poder taumatúrgico de la ciencia, y podemos disculparle, porque la biografía de Verne corre paralela al estallido tecnológico posterior a la primera Revolución Industrial, y todo ingenio mecánico parecía factible, y faltaban aún décadas para que el mito del eterno progreso saliera en forma de pavesas humanas por las chimeneas de Auschwitz. Fueron factibles su submarino, su helicóptero, su nave espacial para ir a la luna. En cuanto a la máquina del tiempo, seguimos trabajando en ello, porque como drástica solución a la crisis igual sale más barata que la aniquilación del Estado de Bienestar.

Verne era viajero y curioso, y su sincero y trabajado interés por la ciencia preconizó la figura del novelista-documentalista, que fía la verosimilitud de sus historias a una solvente impostura del crédito que aureola al rigor científico. Este tipo de novelistas no suelen conquistar los manuales de literatura, pero sí los corazones de sus banqueros. Verne, en todo caso, escribía mejor que Michael Crichton, porque la decadencia educativa es global y también ha afectado a los autores de best sellers. Verne es un novelista muy dueño de los recursos que exige la maestría narrativa, y yo aún creo –bien que no sé por cuánto tiempo- que un preadolescente de hoy es muy capaz de disfrutar leyendo con La isla misteriosa como yo lo hice en los lejanos años dorados de mi púber condición. Recuerdo perfectamente la nítida felicidad que me deparó aquella lectura. Y por eso creo que Verne no tiene ninguna necesidad de ser Cervantes o Joyce para acreditar un sillón orejero en el palco de la historia universal de la ficción.

Hemos afirmado que ningún personaje de Verne conquistó la dimensión del arquetipo novedoso, y es verdad. No tenía pulso don Julio para construir lo que su paisano Gustavo Flaubert construyó durante los cinco años de redacción de Madame Bovary, digamos. Pero si alguno de sus personajes logra trascender la planitud del tipo aventurero o científico, gentleman o rufián, pecador terrible o santo redimido, siendo una mezcla difusa y esotérica de todos ellos, ese es sin duda el capitán Nemo. El propio Verne se dio cuenta de que su criatura submarina reclamaba más protagonismo del que le había brindado el mero timón del Nautilus en 20.000 leguas de viaje submarino, así que lo recuperó para La isla misteriosa, donde tiene un cameo absolutamente estelar que redondea su estatura de personaje con relieve, atribulado, torvo, heroico o antiheroico en función de quien le mire y, en una palabra, moderno.

El Nemo que nos interesa es el de la segunda novela citada, el Nemo crepuscular y equívoco que confiesa su desgraciada y vengativa biografía a Ciro Smith y el resto de sus compañeros náufragos. Nótese que en La isla misteriosa Verne otorga el liderazgo del grupo humano no al marino Pencroff –y mucho menos al periodista Spillet, en un sabio ejercicio de realismo-, sino a Smith, un ingeniero defoeano gracias a cuyos enciclopédicos conocimientos la estancia de los náufragos en la inhóspita isla se vuelve a ratos un punto por encima de “confortable”, aunque cuatro por debajo de “molicie en el spa”. Es el científico pronóstico de una erupción volcánica realizado por Smith lo que lleva a los protagonistas a emprender la huida de la isla amenazada y a topar en ella con el Nautilus, fondeado en una cueva submarina bajo el volcán, y con su sombrío y solitario capitán. Nemo presiente que le llega su hora, que el volcán no es sino el instrumento natural elegido por una Justicia sobrenatural para cobrarse el castigo a su vida inconfesable, y es entonces cuando el vencido capitán del orgulloso Nautilus narra a sus fascinados huéspedes el secreto de su identidad, en unos de los clímax más memorables de toda la novelística de Verne.

Y es que en ese instante Verne consigna la más estupefaciente –y menos halagüeña- de sus anticipaciones: el terrorismo antioccidental. Nemo cuenta a los boquiabiertos náufragos que él es en realidad el príncipe Dakkar, hijo de un rajah indio que fue criado en Europa, donde no pudo asimilarse lo suficiente como para olvidar la vesania colonialista padecida por su familia. Nemo confiesa odiar todo lo que Inglaterra representa; detesta el imperialismo inglés que ha sojuzgado a su pueblo con mano de hierro durante décadas ominosas, del mismo modo que un etarra alimenta su odio asesino a España inventariando agravios a su pueblo, con la diferencia de que el colonialismo inglés está documentado históricamente. Narra el capitán a continuación el asesinato de su mujer y de su hija a manos de los sedicentes portadores de la civilización. Y explica cómo desde ese momento planeó la construcción del Nautilus como arma de destrucción masiva al servicio de su sed de venganza. La voz de Nemo parece enronquecerse cuando describe su pasión oceanográfica como un pretexto honorable para cultivar secretamente su misión terrorista: servirse de la superioridad tecnológica del Nautilus –el primer submarino de la historia- para perjudicar a Inglaterra en las batallas navales libradas al alcance del letal ingenio subacuático, o para directamente hundir con toda su tripulación aquellos barcos en cuyo mástil ondeara el nefando pabellón de San Jorge. (Incluso comparte Nemo, o mejor dicho Dakkar, formación británica con los yihadistas del 7-J londinense, nacidos ya en suelo inglés). Pero la carrera criminal de Nemo, cuya desproporcionada reacción a los abusos cometidos contra los suyos él había justificado toda su vida, toca a su fin y en el momento decisivo del balance el fanatismo se quiebra y deviene lucidez contrita. En señal de arrepentimiento y voluntad postrera de reparación, Nemo entrega el botín de sus rapiñas a Ciro Smith y a los demás supervivientes con el encargo de que inviertan tales riquezas en obras de caridad cuando arriben a tierra firme.

Tratándose del final del primer terrorista, el estallido autodetonado del Nautilus bajo el Puente de Londres con su capitán dentro –lo de los calzoncillos ya es opcional- habría resultado mucho más verosímil. Pero, señores, no olvidemos que Julio Verne era tan sólo un escritor de ciencia ficción.

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20 abril, 2013 · 17:01