¡Qué escándalo, un Papa cristiano!

Estaba uno en San Pedro cuando el humo blanco emergió de la santa chimenea la tarde del pasado 13 de marzo. Llovía mientras la plaza ya oscura se iba abarrotando, y cuando el protodiácono anunció en latín a Bergoglio todos pensamos que era un italiano, incluidos los italianos. Pero aquel hombre era argentino y jesuita, y está ejerciendo de ambas condiciones como nadie se podía imaginar.

Ser argentino es tener viveza y ser jesuita es disposición al debate. Los jesuitas han sido capaces de morir martirizados evangelizando a los indios guaraníes y a los samuráis del Japón, coronar el corpus teológico con las sutilezas que configuraron el cerebro de James Joyce, manejar la política imperial de Europa, ser disueltos por pánico a la permeabilidad de la inteligencia o de la radicalidad evangélica de sus predicadores y pasarse a la empanada guevariana de la teología de la liberación. Por todo ello se merecen respeto. También por predicar con idéntica capacidad persuasiva la pobreza franciscana y la exuberancia que irradia en cascada el altar del San Ignacio en el Gesú, todo mármol, oro, plata, gemas, lapislázuli y gloria mineral en definitiva. Los jesuitas patrocinaron la invención de la arquitectura barroca, que es el cielo en la tierra.

Pero no teniendo a Bernini para recrear el cielo en la tierra, el Papa Francisco ha optado con argentina viveza y escándalo jesuita por acercar la tierra al Cielo. Oscar Wilde escribió que el cristianismo era la religión verdadera y que por eso era una lástima que después de Cristo se hubieran extinguido los cristianos, a excepción de uno: San Francisco de Asís. La revolución franciscana sólo fue una de las muchas que de siglo en siglo sacuden el aburguesamiento de la religión organizada –burocratizada– para devolverla a la originalidad práctica del Evangelio, documento que para Gandhi seguía inédito en buena medida, sin duda por lo arduo de su aplicación. El Papa Francisco quiere volver a hacerlo, y en su valiente afán está devolviendo el liderazgo moral del planeta al Vaticano, después de quedar acreditado que al papa negro, Obama, le van más los drones que las oraciones.

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23 septiembre, 2013 · 16:13

No intentéis hacer lo de Salinger en casa

Pynchon visto por Los Simpsons.

Pynchon visto por Los Simpsons.

En una sociedad que profesa la religión de los quince minutos de gloria warholianos no hay peor herejía que el anonimato voluntario. El éxito de las redes sociales se explica fácilmente: es la alquimia tecnológica que otorga al fin el premio de una fama efímera a la banalidad cotidiana del hombre y la mujer mesocráticos, anodinos, mediocres, ahogados en el bullicio deshumanizador de la gran ciudad. Hay la promesa de una breve proyección del ego al alcance de todas las cuentas. La búsqueda de una personalidad propia empieza a no ser un requisito de maduración vital sino el contenido exportable de un blog. Por eso sorprende tanto que las personalidades verdaderamente poderosas, las que manan originalidad y talento de un modo natural, opten por la reclusión obsesiva y la intimidad a cal y canto.

Pero quizá no debiera ser tan sorprendente; quizá la vulgaridad propenda necesariamente al exhibicionismo como lenitivo de la insoportable levedad del ser. Quizá el silencio y la excelencia se celen mutuamente, como parece probar la historia de la genialidad humana, lo que no libra al discreto de la sospecha de que en realidad no tiene nada que decir.

Sea como fuere, se anuncian novedades librescas que involucran a Jerome David Salinger y a Thomas Pynchon, los dos últimos grandes reclusos y malditos de las letras estadounidenses si exceptuamos al suicida David Foster Wallace, cuyos inéditos últimamente proliferan de un modo que pone en peligro la sacral condición underground del autor de La broma infinita. Salinger resucita con fuerza en Estados Unidos, donde acaba de publicarse The Private War of J.D. Salinger (en España la publicará Seix Barral bajo el título genérico de Salinger), una biografía de 698 páginas que ha llevado nueve años y 1,5 millones de dólares de trabajo a sus autores, Shane Salerno y David Shields. Salerno es también responsable de un documental sobre la vida del legendario autor y del anuncio más esperado de las letras anglosajonas, según el cual Salinger (Nueva York, 1919 – New Hampshire, 2010) dejó instrucciones medio cabalísticas para dar a la imprenta cinco manuscritos a partir del quinto año de su muerte y durante los cinco siguientes. Eso supone que entre 2015 y 2020 verán la luz La familia Glass, una colección de cinco relatos protagonizados por la mítica familia de Franny and Zooey; otra colección de cuentos que bajo el título, The Last and Best of the Peter Pans (Lo último y lo mejor de los Peter Pans) contiene al parecer nuevas historias sobre los mismísimos Caulfields, con presencia del inolvidable narrador de El guardián entre el centeno; un manual de Vedanta, corriente del hinduismo en donde recaló definitivamente tras su paso por el estoicismo de Epicteto y el budismo zen; y por último dos nuevas novelas: una inspirada en su corta relación con su primera esposa, Sylvia Welter, y otra basada en sus traumáticas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó a partir de 1942, portando el manuscrito a medias de El guardián entre el centeno y sentándose a aporrear la Olivetti en mitad del caos como en la Primera Guerra Mundial hiciera otra alma atormentada y genial que parió entre trincheras el Tractatus: Ludwig Wittgenstein. A ver cómo escribimos ahora obras maestras en esta Europa tan pacífica.

Así que se ha declarado el cerco total al enigma salingeriano, y sus innumerables lectores –¿quién no ha fantaseado con la muerte de Salinger para tener acceso por fin al inédito más precioso de su cajón blindado de Cornish, New Hampshire? – nos beneficiaremos de ello. Otra cosa, como bien apuntaba en Tercera de ABC del 9 de septiembre el crítico Juan Ángel Juaristo, es que vaya a resolverse “el supuesto misterio de su personalidad, cuando probablemente no haya nada que resolver”. La neurosis siempre es enigmática, pero más allá de la obvia estrategia publicitaria que late en este boom Salinger –y del que participó lucrativamente su propia hija Margaret cuando en aquella biografía parricida reveló que su padre ingería su propia orina y que no le compró aquel osito rosa que tanto le gustaba– estamos de acuerdo en que la opción radical por el enclaustramiento, aunque puede llamar la atención del público general, ni necesita claves hermenéuticas inconfesables ni hace más interesante a un escritor. Salinger figura en la historia de la literatura por haber alumbrado una forma nueva y eficacísima, insuperable, de narrar la ambigüedad conmovedora que sacude el corazón humano en su estadio adolescente; también por haber engendrado narraciones de una potentísima carga metafórica bajo su aparente costumbrismo, y por retratar la genialidad psicológica de una familia de superdotados. Y creo que esas virtudes estrictamente literarias son las que sostienen el éxito de Salinger, como se sostiene el prestigio de todos los raros que Vila-Matas reunió en su ya clásico Bartleby y compañía. Por el libro desfilan los genios de la escritura que un día prefirieron no hacerlo pero que para entonces ya habían conquistado la gloria, o su renuncia no sería noticia.

Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) no está muerto todavía pero como si lo estuviera. La más reproducida de sus fotografías, a falta de otra cosa, lo viste de marinero durante el servicio militar. Y no hay mucho más, aunque se sabe que vive y pasea por Manhattan. Sus 76 años de vida sólo han dado para ocho obras: la octava, The Bleeding Edge, acaba de salir del horno y al parecer es una novela ambientada en la Nueva York de los meses previos al 11-S y del pinchazo de la burbuja de las “punto.com”. La fobia social de Pynchon, que ya publicó otra novela –Vicio Propio, en vías de ser adaptada al cine por otro raro, Paul Thomas Anderson– hace tres años, no conlleva el mutismo radical de Salinger, quien sólo rompió su encierro para conceder una entrevista telefónica a The New York Times en 1974: «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer». Claro que la comparación entre ambos genios neoyorquinos puede antojarse apresurada: “Mientras uno optó por meterse en una platónica gruta en New Hampshire, el otro se hizo escurridizo, ilocalizable”, distingue con lucidez Antonio Villarreal en un artículo reciente.

Sea cual fuere la forma y el grado que adopte la misantropía, no creemos que se trate precisamente de un rasgo escandaloso en un escritor, cuyo oficio exige soledad como el de periodista exige ruido. Los casos en este mismo siglo son demasiado numerosos y relevantes como para considerar el de escritor furtivo un paradigma extravagante: Rulfo, Onetti, Cormac McCarthy –que concede una entrevista cada diez años–, la Nobel Elfriede Jelinek, la eterna candidata Joyce Carol Oates, nuestros Carmen Laforet y Sánchez Ferlosio y un largo etcétera de eremitismo temperamental. La dolencia no es privativa del escritor: tenemos documentados casos sonoros entre artistas de todo género; incluso entre los talentos del séptimo arte, que es el arte popular por definición, topamos con el divismo inaugural de Greta Garbo o la manía de clandestinidad de Terrence Malick. El mayor guionista de Los Simpsons, John Swartzwelder, es otro huraño célebre al que quizá por eso mismo –por una como empatía de antipáticos– le hizo Pynchon el favor incalculable y bienhumorado de prestar voz a su propia caricatura en dos capítulos de la aclamada serie televisiva. También los grandes empresarios contraen en ocasiones la enfermedad de la discreción absoluta, siendo Amancio Ortega el icono paradigmático; aunque quizá aquí el morbo se limita al deseo pancista de que nos cuente cómo amasó su fortuna.

Ahora bien. Hemos de aconsejar al aprendiz literario que no intente hacer esto en casa. El bartlebysmo –sin duda el más sofisticado de los esnobismos– sólo funciona en los medios cuando el protagonista ha hablado alto y claro con anterioridad. El silencio sólo es atractivo cuando el que calla ha contado lo suficiente como para que sepamos que aún tiene mucho que contar.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de septiembre de 2013)

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Martín de Riquer, que buen caballero era

Solo el más grande cervantista vivo podía morir dejando a su último auditorio estas palabras:

–Me extraña que les interese que hablen de mí.

“Llaneza, Sancho, que toda afectación es mala”, aconsejaba el de la Triste Figura a su infatigable escudero en una de esas ocasiones del libro en que Cervantes habla directamente por boca de su loco personaje. Y por eso el mejor lector que Cervantes tuvo en el siglo XX español y que era Martín de Riquer –Martí en la intimidad–, con la verdadera modestia del sabio, no se explicaba que la presentación de su biografía concitase alguna expectación.

Uno tuvo la suerte de cursar una asignatura semestral en Filología que se llamaba, sencillamente: “Cervantes”. Seis meses hablando exclusivamente de Cervantes, y en concreto del Quijote, en el año además del cuarto centenario de su publicación. Me hice con la edición canónica de Martín de Riquer, cuyo aparato crítico estaba sabiamente dosificado para instruir sin abrumar, y leí entera la novela de novelas en 15 días. Se habla tanto del Quijote que no se lee ya, y sin embargo cuando se lee enseguida se explica uno lo mucho que se habla de él, y todavía le parece muy poco. El Quijote justifica una vida dedicada a su estudio como la de Riquer, a quien ahora se entierra en su Barcelona natal con 99 años cumplidos y en medio de la bárbara ignorancia –cuando no premeditado desprecio– que la figura del gran filólogo catalán merece a la intelligentsia catalana, parece que irreparablemente entregada a la construcción mítica de una nación. ¿Por qué no presumir de que el mayor cervantista del mundo fuera catalán? Porque no era nacionalista, claro. Había leído demasiado como para eso.

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19 septiembre, 2013 · 14:36

Sorayomaquia barcenológica

En una bodega de la ciudad de Rostov del Don, al sur de Rusia, un hombre recibió el pasado lunes un disparo en el decurso de una acalorada discusión sobre la filosofía de Immanuel Kant. Uno estaría argumentando que los juicios sintéticos a priori representan la única vía hacia un conocimiento científico, es decir, necesario y universal, y el otro debió de responderle –con total desfachatez– que el acuerdo epistemológico entablado por las peculiaridades estructurales del objeto con las condiciones perceptivas del sujeto no prueba apodícticamente el deslinde entre fenómeno y noúmeno. Ante semejante lenguaje tabernario, como es lógico, cualquiera se lía a tiros.

Esta escalofriante noticia, completamente verídica, demuestra que el interés de un debate no depende del tema de la discusión sino de la pasión de los contendientes. El caso Bárcenas, por ejemplo, cuenta a priori con muchos más alicientes para el disfrute parlamentario que la Crítica de la razón pura, y sin embargo puesto en boca de Soraya Rodríguez empieza ya a provocar unas cabezadas indisimulables entre los cronistas, y sospecho que también entre los votantes. Del mismo modo que Artur Mas es un cadáver político, Bárcenas es un cadáver dialéctico como mínimo hasta que Pedro J no enseñe más SMS, a poder ser con fotos para competir con las grabaciones carcelarias de La Sexta.

Pese a todo el PSOE se agarra a Bárcenas con tanta fuerza como a las cuotas de Susana Díaz, con más aplicación que a su propia propuesta de reforma constitucional y desde luego con mayor fe que al liderazgo de Rubalcaba. El líder socialista delegó esta vez en su Soraya la asignatura de Barcenología y prefirió preguntar por la “pasividad temeraria” del Gobierno tras la Diada. A Rubalcaba, como a muchos votantes del PP, no le basta la correspondencia epistolar Mas-Rajoy como enérgico compendio de política territorial, pero comete un error. No sólo porque pedir acción a Rajoy es como pedírsela a una peli de Eric Rohmer, sino porque en el desván de Ferraz se custodia a cal y canto el retrato wildeano del PSC, al que se le ha borrado el angelical rostro del federalismo y en cuyo lugar aparece el feo particularismo del derecho a decidir. Rajoy solo tuvo que sacar el espejo y ponérselo delante:

–Diga de una vez si apoyan o no el derecho a la autodeterminación de Cataluña.

Rajoy sabe que el concurso del socialismo hispano ayudaría a levantar un dique de constitucionalismo en el levantisco nordeste peninsular como lo hizo en Euskadi, pero los artríticos danzantes del Bocaccio y otros acomplejados restos de la gauche divine no quieren ni oír hablar de España y mucho menos de pactos de Estado unionistas con el PP, no digamos ya de Corcuera. El presidente ha convertido así el tabarrón catalán en una oportunidad dorada para invocar la razón de Estado y la oposición responsable, y luego ha vuelto a sentarse en el escaño bajo una ovación partidista a mi juicio excesivamente favorable. Con tanta música de palmas se corre el riesgo de reabrir las grietas del techo. Celia Villalobos, orgullosa presidenta sustituta de la Cámara –suponemos que Posada habría salido a por balas para reponer los disparos tapiados–, tuvo que cortar tajantemente el concierto de aplausos para hacerse perdonar su condición pepera ante Julia Otero. (Luego llamaría “Señor Pérez” a Rubalcaba para compensar por el otro lado.)

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18 septiembre, 2013 · 17:05

Carta de Rajoy a Mas en primicia

[La buena sintonía que este columnista mantiene con algunos de los más estrechos colaboradores del presidente del Gobierno ha permitido a ZoomNews acceder a un borrador de la carta que el propio Mariano Rajoy ha redactado de su puño y letra, dirigida a Artur Mas en respuesta a la suya de julio, en la que el presidente de la Generalitat emplazaba a Rajoy a escuchar el clamor libertario de todo un pueblo, o eso se nos ha contado. Este columnista, que ha cubierto ya un buen número de discursos de Mariano Rajoy, puede verificar el inconfundible estilo galaico del presidente en la prosa del borrador, lo que avala su autenticidad]

Querido Artur:

Os quedó realmente bonita la cadena del otro día. Qué bárbaro. El CNI me ha mandado vídeos de numerosos tramos que no salieron en la tele y aquello tenía más calvas que el occipucio de Guardiola, pero vamos, como demostración de folclore la cosa quedó notable. Si en Galicia intentamos eso no encadenamos ni siquiera a tres, porque los dos de los extremos no se decidirían sobre qué mano darse y el de en medio lo manda todo al carallo en cuanto se entere de que el recorrido cruza por su sembrado. Encima el día acompañó, mientras que en el Congreso nos empapábamos por una gotera insidiosa que gracias a Dios vertía principalmente sobre Gaspar Llamazares. “Son sólo unos hilillos”, iba murmurando el muy mamón. A quien ya veo poco por el hemiciclo es a Duran; me dicen que ahora va defendiendo una cosa llamada confederalismo, y con esa excusa tan rimbombante se cree que no nos vamos a dar cuenta tú y yo de que se pasó la Diada en Panamá, el muy golfo. Siento decirte, Artur, que en esta ardua disciplina del doble discurso en la que ahora te empleas desesperadamente no pasas de principiante al lado de Josep Antoni. Cuando acabes –con suerte– en el consejo de administración de Aguas de Barcelona, tu socio el democristiano seguirá desayunando cruasanes de nata en el Palace. Con unas gafas nuevas.

Me pides que te eche un cable, Artur, pero es que me lo pones complicado. Tienes que elegir: o Junqueras o yo. No necesito decirte quién es el que más te conviene, porque tu carta primero y la reunión en mi salón después no dejaban lugar a dudas. ¡Por Dios, Artur, que Viri se me pone celosa! Tienes suerte de que la prensa me importe lo mismo que el deshielo del Perito Moreno, porque si filtro nuestra reunión íntegra no llegas a la Diada.

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15 septiembre, 2013 · 22:00

Cortina de agua para tapar a Bárcenas

Cuando este cronista abrió la puerta de la tribuna de prensa, un pequeño niágara bajaba por los tiros de Tejero y se filtraba hasta las cabezas de los diputados de Izquierda Unida. ¿Un baño de realismo o una cortina de agua para evitar que se hablara de Bárcenas?

Las metáforas se precipitaban de la boca de políticos y periodistas en la primera sesión de control del curso político, en cuyo orden del día no figuraba en absoluto el Plan Hidrológico Nacional. Lo que sí estaba programado era la visita de una delegación de taiwaneses que desde la tribuna de invitados disparaban como locos el flash de sus móviles a la catarata parlamentaria, desconcertados por los originales ritos de las democracias meridionales. Como a simple vista un taiwanés resulta indistinguible de un japonés, todo fueron comentarios sobre la justificada concesión de los Juegos a Tokio a la vista de nuestro agrietado andamiaje institucional, pese a que los andamios llevan meses rodeando el Congreso. Se conoce que se han centrado tanto en vallar los exteriores frente a los quincemistas que se ha descuidado el calafateado de la techumbre. Lo cierto es que la catarata parlamentaria resultaba mucho más aparatosa que las fugas de Fukushima, y en cuanto a radiactividad, tratándose de lluvia madrileña, tampoco creemos que exista mucha diferencia. A esta hora los amigos de Facebook de los taiwaneses se explican perfectamente que la película más taquillera del cine español sea Lo imposible.

–Son sólo unos hilillos –razonaba malicioso Llamazares mirando a Rajoy y refugiándose en el centro del hemiciclo, adonde no alcanzaba el aguacero.
–Esto pasa por gastarse todo el dinero en Bale –apuntaba otro.
–Vayamos al Senado, y así acreditamos su utilidad –se propuso.
–Menos mal que la gotera no está encima de Rosa Díez. Ya veía venir una diatriba contra el ahogo al que nos aboca el bipartidismo –aventuré yo.

El caso es que Posada adujo riesgo de cortocircuito (dejemos las metáforas) para suspender la sesión hasta las diez, que luego resultó ser las diez y pico. Nos refugiamos en el Manolo a encadenar cafés constatando que en días como hoy la crónica de color se impone claramente a la de información pura. Lo demostró la delegación taiwanesa: para cuando se reanudó la matinal, los charlies se habían marchado. “Para asistir a fenómenos monzónicos nos quedamos en casa”, pensarían.

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11 septiembre, 2013 · 18:56

Aaron Sorkin o la arrogancia intelectual

¡Sorkin también besa!

¡Sorkin también besa!

Si pensamos en un guionista que haya elevado el tradicionalmente oscuro prestigio de su gremio al rango deslumbrante del icono pop, ese tipo es Aaron Sorkin (Nueva York, 1961). Sorkin, que se llama Aaron Benjamin Sorkin y tiene toda la pinta de ser judío, encarna al guionista genial por antonomasia de Hollywood y de la floreciente industria de las series en general, con todas las admiraciones cerradas y odios ciegos que eso conlleva. Del mismo modo que Clooney es el galán maduro por excelencia o la Streep la actriz talentosa por defecto, los guiones inteligentes a Sorkin se le presuponen. Es conocido principalmente por tres gestas narrativas: el guión de Algunos hombres buenos, las cuatro primeras temporadas de El ala oeste de la Casa Blanca y el oscarizado argumento de La red social. Su cosecha no exenta de bluffs sigue arrojando un saldo desmedidamente positivo a ojos de crítica y público. El cerebro de Sorkin empieza a citarse ya como una maravilla americana que sumar al Gran Cañón o que añadir al Monte Rushmore.

¿Es la cosa para tanto? Veamos. Sorkin yo creo que ilustra bien la nunca bien ponderada diferencia entre talento y genio. El talento es un grado superior de maestría que se tiene de forma natural, una facilidad especial para hacer algo bien. Se puede perfeccionar con disciplina. El genio tampoco se adquiere, pero no resulta perfectible, y más que una facilidad es una desviación espiritual no siempre tortuosa que fuerza a su propietario a irrumpir en una disciplina y a practicarla de un modo radicalmente diferente en virtud de un sentido propio y novedoso. Lynch es un genio. Sorkin es un talento. El progreso del arte debe más al primero que al segundo, pero es muy posible que el talento lleve la felicidad a más personas que el genio. Las tramas de Sorkin se ensamblan con la fluidez de una artesanía pulida sobre el armazón de premisas argumentales siempre verosímiles y crepitan al ritmo constante de la garlopa aguda del diálogo ingenioso, medido, depurado de viruta. La carpintería narrativa de Sorkin nos arma muebles perfectamente resueltos, armoniosos, en los que brilla la impronta olorosa de la inteligencia. (Es que he estado de mudanza).

Sorkin es brillante, pero es demasiado brillante. Este es el problema de nuestro talentoso guionista, entregado sin remedio a la frialdad de la razón. Los actores cuidadosamente escogidos de sus producciones se esfuerzan por vestir con carne de empatía el soberbio esqueleto del guión, pero al espectador nunca se le acaba de borrar la impresión de haber asistido a una danza tan perfecta como gélida. A un ballet ruso. Uno echa de menos al cisne negro que aporte algo de incontrolada sordidez a la historia. Sorkin es el empollón de la clase, pero de una clase de Sócrates que comparte con Alcibíades y Platón, y a su inteligencia demiúrgica le concedemos tanta admiración como desprecio a su compañía en el recreo.

Supongo que se lo habrán dicho muchas veces. Los productores le habrán pedido algo más de carnaza, de pasión, de sexo si tiramos la casa por la ventana. Y él se habrá escandalizado y buscado inmediatamente a otro productor que consienta su exquisitez progresista, encontrándolo enseguida porque para eso es el listo de la clase y el mimado de la industria. A Sorkin los sentimientos –como a Arcadi Espada– le parecen una frivolidad, y es posible que tenga razón, pero no debería perder de vista que los sentimientos son lo único que importa en la vida de la mayoría de seres humanos que pueblan el planeta, o al menos entre los que habitan el primer mundo, pues los del tercero están demasiado ocupados buscando comida como para identificarse con los desamores que se cura con batidos de arándanos una joven ejecutiva del Upper East Side. Es el tipo de temática sobre la que Sorkin jamás se explayará, y eso que le agradecemos, pero tampoco estaría de más que sus personajes, de vez en cuando, se den un beso con alguna gana, fingiendo por un instante que son mamíferos cabales y no sofistas atenienses en perpetua justa dialéctica.

Paul Johnson hizo que su clásico ensayo Intelectuales orbitara en torno a la decepcionante verdad de que en demasiadas ocasiones –desde luego nubarrón habitual en muchas de las cumbres más altas de la literatura y el arte– el intelectual que ama apasionadamente a la humanidad, ofreciendo los mejores frutos de su cerebro al fomento de la convivencia y a la denuncia de la crueldad, es el primero en maltratar al prójimo en particular. Aman la Idea de la Solidaridad Multirracial e Interclasista y lloran de bruces ante la imagen de la Humanidad Doliente, pero recluyen a su padre en el asilo o zurran a su esposa o dan a sus bastardos a la inclusa, tipo Rousseau, que sería el fundador de esta calaña de intelectual moderno, escindido entre su fe y sus obras. Los dramas de Brecht claman una apasionada defensa marxiana de los desheredados, pero el trato que Brecht dispensaba a las actrices compone un escalofriante muestrario de vejaciones y abandonos sin conciencia. Como el dramaturgo alemán hay miles de casos. Sorkin saltó a los periódicos cuando en plena fiesta de celebración por la firma de una segunda temporada de The Newsroom, despidió al equipo de guionistas al completo, como refiere Luis Rivas en la sagaz crítica de El ala oeste publicada en esta misma revista.

En descargo de Sorkin hay que reconocer que él es el primero en ser consciente de su arrogancia intelectual, de su incapacidad para la empatía. Se advierte en algunos de sus álter ego de ficción. Ese Josh Lyman de El ala oeste, el mejor personaje de la serie, es el asesor superdotado –y bien consciente de ello– que despide y contrata personal con la misma (in)sensibilidad y cuya vida personal ha sido sacrificada gustosamente en el altar sagrado de la política demócrata; pero cuenta con una némesis amorosa, Donna Moss, cuya frustración refleja el daño que la justicia ejercida sin caridad inflige al entorno. Tan soberbio como Lyman es Will McAvoy, el quijotesco editor y presentador de The Newsroom, al que su equipo no vacila en calificar de “cabrón” en encuesta popular a cargo de su productora ejecutiva.

Pero la conciencia de su altivez no la vuelve más llevadera, sobre todo porque no se atisba propósito de enmienda alguno. Sorkin está encantado de ser como es, de lo cual nos convence ese entrañable bronceado Zaplana que gasta en las alfombras rojas y que identifica pronto al narcisista enfermizo; pero sobre todo está encantado de haber encontrado la verdad, situada en el extremo centro, en la formación sublime de ese demócrata seráfico que es el presidente Bartlet o de ese republicano moderado igualmente inviable que es McAvoy. Sorkin no es demócrata ni republicano sino liberal, en el sentido americano, que viene a equivaler a progre en el sentido europeo. Y desde luego piensa que su liberalismo contiene la solución a los problemas del mundo, aunque este, terco y oscuro, se niega a escuchar la sapiencia escupida en aforismos vertiginosos por sus personajes. No es que Sorkin crea en la superioridad moral progresista: es que le saca brillo cada día. Si David Chase (Los Soprano) y Matthew Weiner (Mad Men) alcanzan cotas asombrosas de verosimilitud psicológica, David Simon (The Wire) y Aaron Sorkin prefieren no privarse de su ideología –izquierdista en el primer caso, pijiprogre en el segundo– y diluirla en las situaciones, en los diálogos sutilmente catequéticos y en las conclusiones ya condicionadas de los episodios.

Sin embargo hay que ser justos: hablamos de un guionista de cine y tele. Su voluntad de confundir opinión y panacea, ese estirado maniqueísmo que tanto simplificaría la consecución de la paz mundial y el pleno empleo, no deja de estar al servicio de un producto de entretenimiento, sometido además al dictamen del share por su costosa financiación. A Sorkin le gustaría enseñar (adoctrinar, si quieren), pero le interesa sobre todo entretener. Y esa apuesta clásica por el docere et delectare –ejecutada con maestría y sin vulgaridad­– entronca con la función más noble de la ficción desde tiempos de Horacio.

(Publicado en Suma Cultural, 11 de septiembre de 2013)

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Mas y Junqueras: la quijada contra el párpado

Hace mucho que no escribimos de Artur Mas y al hombre se le nota. ¡Un año ya desde aquella entrada triunfal en el desayuno informativo del Ritz, cuando anunció que le cabía el Estado propio en la cabeza –en la quijada, concretamente– y el todo Madrid le abrió paso entre murmullos de plebe deslumbrada mientras los plumillas aprovechábamos para engullir cruasanes! Aquel Mas era verdaderamente un caballero de saga artúrica que había roto el tópico catayufo del me voy pero me quedo para dejarlo llanamente en el me voy, inaugurando una claridad secesionista desconocida en CiU que no quedó sin la respuesta admirativa de Madrid, porque en Madrid se admiran siempre los cojones, sean de torero o de césar visionario. Y sin embargo la testiculina patriótica de Mas ha venido a menos, su propietario ha perdido pelo, a sus gafas afloran manchas ahumadas como de poeta místico pobretón –un José Ángel Valente subtitulado– y su otrora poderosa quijada apenas acierta a descolgarse en sonrisas de pergamino ante la cercanía intimidatoria de Oriol Junqueras.

El guerrero cuatribarrado comparece exhausto antes de que empiece la batalla. Incluso el patriarca Pujol parece más animoso que el delfín, desatando en sus apariciones un chisporroteo de visajes, una epilepsia facial, un balbuceo acalambrado que nadie entiende y todos le aplauden. Se ha sabido que, ojeroso, viajó Artur recientemente a Madrid en carromato incógnito para pactar una tregua con el señor feudal que según el mito oprime sus tierras y según los hechos las presupuesta y financia. Volvería meditabundo a Cataluña el president, revolviendo en su cerebro esquizoide la manera de postergar la dichosa consulta a cambio de seguir cobrando el dinero del opresor, que será del opresor pero sigue sirviendo para comprar cosas. Y fue llegar, musitar que ya si eso en 2016 y cerrarse la ruda mano de mesonero de Oriol en torno a su entrepierna secuestrada.

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10 septiembre, 2013 · 17:52