La inquietante saga/fuga de Lucía Etxebarria

Lucía Etxebarria se ha ido de España para curarse el “estrés reactivo” que le causó su fallida participación en un reality televisivo a razón de 6.000 euros semanales. Sólo duró once días en el campamento catódico, por lo que no pudo reunir el montante previsto para saldar sus deudas con Hacienda. ¿En qué se ha gastado Lucía Etxebarria el dinero del Premio Primavera (2001) y del Premio Planeta (2004), dos de los galardones mejor dotados en lengua castellana? Desde luego no en impuestos, y calculamos que sólo una parte en su confesada colección de juguetes sexuales de color rosa; lo que desde luego no podemos conjeturar es en qué ha gastado el prestigio literario que solía conllevar el Premio Nadal hasta que un jurado decidió otorgárselo a ella en 1998, porque esa clase de capital estético nunca la tuvo. Uno sólo puede dilapidar lo que es suyo.

Cuando la literatura llora, los realities sonríen.

Cuando la literatura llora, los realities sonríen.

No vamos a descubrir ahora el modo desesperado en que el mundo editorial lleva años tratando de seguir ganando dinero con la venta de un producto de ocio tan exigente –comparado con el visionado de realities, por ejemplo– como un libro, lo escriba quien lo escriba. Etxebarria no es peor escritora que el promedio de entradas recientes en el catálogo filisteo de Planeta. Sometida al estrés reactivo de su propia moda –un feminismo entre peludo y ninfático que lo petó a finales de los noventa y durante el primer lustro del siglo–, nuestra autora cayó en la obsequiosidad suicida (¡y homicida… para el lector!) del libro por año, y claro. Dado que no fue bendecida con la imaginación de Balzac acabó incurriendo en feas técnicas de intertextualidad que se terminaban dirimiendo en los tribunales y mantenían su nombre en el dudoso candelero de la fama extraliteraria. De modo que a nadie extrañó demasiado que su destino torciera finalmente por el afán recaudatorio de fichar por un reality, donde sobrevive el más apto, es decir, el elemento más nostálgico del estadio primate de la especie. Pese a su cacareada apostasía de la depilación –“¡Y ningún amante me ha echado nunca de una cama!”–, Lucía sigue siendo propietaria de un cerebro demasiado sofisticado para la televisión, aunque ya hemos visto que no lo suficiente para la literatura. Y como esa tierra de nadie no es hábitat cómodo ni para alguien tan singular como ella se proclama, ahora tenemos a Lucía Etxebarria (Valencia, 1966) en un balneario indeterminado del planeta recuperándose de los insultos de las chonis y los canis, que son las manolas y los chisperos de nuestra posmodernidad.

Lo fácil en todo caso es cargar contra la Etxebarria, como cargar contra la Cecilia del Ecce Homo. De Cecilia ya me ocuparé en otra ocasión, pero ahora me interesa la trayectoria de la autora de Amor, curiosidad, prozac y dudas como heraldo acelerado de un designio funesto que se cierne sobre el enterizo gremio de los escritores. Uno se hartó en su adolescencia de oír el cuento de Pedro y el lobo, la fábula preferida del tertuliano español, así que hace tiempo que dejó de practicar la jeremiada preventiva. Pero una cosa es eso y otra no ver que el propio oficio del escritor se antoja tan amenazado de extinción como el de impresor de periódicos o el de fabricante de cd’s. Y en este caso no se trata de una crisis de soporte, sino de una crisis epistemológica, un cambio de paradigma cerebral, el entierro de la concepción horaciana del docere et delectare (enseñar y deleitar) que justificaban la existencia y el cultivo de la literatura. Quizá no esté lejos el día en que el procesado de palabras deje de ser el único o primordial vehículo que el cerebro del homo sapiens encuentra para desarrollarse. Quizá lo audiovisual no acepte la convivencia con lo textual e imponga la suplencia, y los últimos letraheridos terminen vagando recluidos en una reserva distópica donde se darán al whisky de centeno y al recitado de versos. Son argumentos hace tiempo relatados por numerosos cultivadores de narrativa de anticipación. Ellos escribieron esas novelas como advertencia, pero sus entretenidas pesadillas empiezan a adquirir la inquietante tonalidad de la profecía. Un mundo feliz en el que todos los escritores, malos y buenos –sobre todo los buenos, que son los que menos lectores tienen–, deban arrojarse a campamentos televisados para disputarle a la hora del almuerzo una costilla de cerdo a una neumática peluquera adicta al Instagram.

(Revista Leer, número 245, Septiembre 2013)

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6 septiembre, 2013 · 13:44

¿Cuánto hay en Obama de Jessica Rabbit?

Dice Obama que en la piñata de pólvora sobre Siria se dirime no su credibilidad sino la de la comunidad internacional.

–No he sido yo, es el mundo el que estableció una línea roja cuando prohibió el uso de armas químicas.

A Obama le han entrado las prisas porque tiene a la Sexta Flota fondeada en el Mediterráneo en una calma chicha que desespera a los marines, que al parecer habrían agotado ya la colección de porno disponible a bordo y estarían empezando con las obras completas de Enrique Rojas, y todos sabemos lo que eso significa para la moral de la tropa en vísperas de combate. Por todo lo cual ahí tenemos al prematuro pacifista por Estocolmo emulando a Jessica Rabbit:

–Yo no soy mala; es que me han dibujado así…

Obama no es malo; es que es el comandante en jefe de la mayor superpotencia militar de la historia. Por eso cuando en un alarde de deferencia pronuncia el sintagma cursi “comunidad internacional”, sabe perfectamente que enuncia una sinécdoque de West Point. El mundo actual se divide en aliados de Estados Unidos y los demás, y estos segundos de momento no dictan las reglas. En este statu quo, ya que nos ponemos marciales, la comunidad internacional mentada por Obama no es sino el todo retórico de una parte absoluta que se llama Estados Unidos y su formidable poder militar. Lo formuló con exquisita clarividencia un filósofo cubano-americano llamado Tony Montana: “Lo único que da órdenes en esta vida son los cojones”. En esta y en todas las épocas, las normas aludidas en la más sutil cena entre diplomáticos emanan en última instancia del número de soldados armados que en esos momentos tienen desplegados los comensales. Así que si al presidente americano, por lo que sea, se le está acabando la paciencia, al mundo entero se le está acabando la paciencia, por más que en el sínodo del padre Ban Ki-moon algunos capellanes jueguen a la imitación franciscana.

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5 septiembre, 2013 · 12:52

Cómo sobrevivir a un spa

Toda experiencia iniciática merece un artículo. La muerte de un ser querido, tener un hijo o firmar un contrato de trabajo en España constituyen ritos de paso tan excepcionales que enseguida estimulan el deseo de compartir su relato. El otro día, fundidos mis prejuicios por la canícula basáltica de Madrid centro, decidí afrontar uno de los pocos ritos de paso que la vida aún me reserva: completar un circuito de spa urbano.

Existen dos teorías principales para explicar el origen del término: una remite al pueblo belga de Spa, famoso por su circuito de F-1 y unos siglos antes por el sibaritismo de sus termas romanas; la otra pretende un acrónimo de la expresión latina salus per aquam (“salud a través del agua”). El caso es que el exótico préstamo ha hecho fortuna en el habla cotidiana de las parejas de clase media, que no pueden durar si no cuentan pronto a sus amigos la experiencia recreativa de estos chapuzones entre glamurosos y papanatas, tan viejos por otro lado como los acueductos romanos y los baños árabes.

Lo que más me preocupaba de acudir a un spa, aparte del dinero, era el masaje. Por poco sentido de la propiedad privada que uno tenga, un masaje a manos de un extraño siempre comporta una intrusión más o menos violenta en lo más profundo del ser humano, que según Valéry es la piel. Del masajista no sabemos nada, no conocemos su aptitud académica ni su filiación política, ni siquiera hemos tomado una copa previa con él para romper el hielo. Uno no es precisamente Mendicutti, que ha hecho de la mariconería masajística un género estival de columna por lo demás tediosa. En el viril caso que nos ocupa, un masajista demasiado cariñoso podría incomodar a mi orgullo, y una masajista en exceso complaciente podría enfadar a mi novia. Ocurrió finalmente la hipótesis más cómica, pero dejemos que el masaje realice su función de traca final en este rito macabro.

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2 septiembre, 2013 · 17:34

Carme Chacón: conexión Villadiego

Más que un fiel cartógrafo de la mente humana, el doctor Freud de Viena fue un brillante metaforista. En una de sus intuiciones más geniales escribió que la civilización nació el día en que un homínido, en vez de enfrentarse a muerte a otro por causa de una homínida o de una cueva más confortable, se dio a la fuga. La huída como chispa de la coexistencia pacífica; el deshonor, si quieren, como premisa de sociedad. Por eso Carme Chacón, que durante su baja maternal no leía a Freud sino a Marta Robles según propia confesión, ha acreditado una gran capacidad civilizatoria poniendo el océano Atlántico entre ella y el PSOE.

Influida por la efeméride soñadora de Martin Luther King, Chacón explicó que ella en vez de un sueño tenía un proyecto, un proyecto que le chafó Rubalcaba con su insidiosa resistencia a la vida civil, ese legendario encono con que ostenta la cabeza de ratón del socialismo hispano, que efectivamente ya no es un partido sino una ratonera. Rubalcaba nos impidió por tanto asistir a la eclosión del proyecto regenerador de Carmen o Carme –según– del mismo modo que a ningún negro sesentero le habían dejado aún subirse a ese tranvía llamado igualdad. Así que Carme o Carmen –según– dijo que de momento se iba, que si la querían la dejaran irse, que marcha pero volverá como MacArthur, que quiere aprender y enseñar –según– y que ya estaba bien de soportar la mierda de partido que le legó el supervisor de nubes, del cual ella misma fue estratocúmulo favorito. O no lo dijo así pero se le entendió perfectamente.

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1 septiembre, 2013 · 19:41

La función fática en Roberto Fontanarrosa

A la mayoría de los españoles, por no hablar de las españolas, les fascina el habla argentina. Incluso aquellos que declaran su empalago mientras espantan a los repartidores de flyers de la calle Huertas reconocerán que hubo una época en que aceptaron todo chupito anunciado por boca de argentino. Por eso les darán ese trabajo, calculo. Al árido oído del castellano tiende a seducirle esa mezcla de musicalidad italiana y casticismo español que fluye en suaves pendientes, en graciosas cadencias, intercalando arcaísmos de evocación colonial y juramentos en teoría agresivos que suenan inevitablemente tiernos. La primera noche en que a uno le amenaza un argentino con cagarle a trompadas por pelotudo, no hay forma de sentir ese grato calor previo a la violencia. Más bien hay que esforzarse por no estallar en carcajadas y terminar invitando a copas al gaucho confundido.

A diferencia del español, que no tiene alternativa, el escritor argentino puede elegir entre el empleo de la variante dialectal —que es su código materno y cotidiano— o el seguimiento de la norma académica a la hora de confeccionar su obra. O puede manejar ambas con idéntica pericia, alternando el uso del más alto castellano con la incursión creíble en la literatura gauchesca, como es capaz Borges en Hombre de la esquina rosada. Sin embargo, escritores como Borges, Cortázar, Sábato o Lugones sabían que atenerse a la norma académica les proporcionaría más lectores, más prestigio y más seguro pase a la inmortalidad que el desinhibido cultivo de su localismo natural. Correlativamente, los autores argentinos que han preferido expresarse en dialecto asumen el coste que siempre comporta la opción de lo particular.

A este segundo grupo pertenecía Roberto «Negro» Fontanarrosa (Rosario, 1944 – Rosario, 2007), quien no aspiraba a ganar el Nobel y cuyos cuentos, declaraba, no le van a cambiar la vida a nadie, dándose por bien pagado con que un lector le parara por la calle para decirle que «se había cagado de risa» leyéndolos. La exactitud es la más genuina de las modestias y efectivamente los cuentos de Fontanarrosa, que he pasado leyendo este verano, no me han cambiado la vida, pero sí me he cagado de risa con ellos. Así que Fontanarrosa es un artista honesto, aquel que da lo que promete, y eso es más de lo que logra la mayoría.

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29 agosto, 2013 · 16:39

El urgente ideario de Miguel Mihura

Cuando Mihura estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese Mihura y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recordamos en este momento, y que también quería ser madrileño.

Así empieza Mihura sus imprescindibles Memorias, libro que conservo en una urna hipobárica sobre mi estantería y que extraigo con mucho cuidado en momentos de confusión o tristeza para recuperar de inmediato el gusto por la vida y la indulgencia hacia el género humano. Porque Miguel Mihura no es sólo el comediógrafo español más importante del siglo XX sino un prosista genial de una ternura y un divertimento nunca convencionales, y yo creo que su genio no tiene nada que envidiar al de Salinger, por ejemplo, aunque a los oídos beatos del papanatismo español este ponderado juicio suene a herejía.

En estos momentos una de sus mejores comedias, Maribel y la extraña familia, ocupa la cartelera del Teatro Infanta Isabel, y todos ustedes harían muy bien en ir a verla porque el reparto es excepcional –no hay actores ni actrices guapitos de tele contratados para reclamo comercial, y la calidad interpretativa se beneficia decisivamente de esa bendita ausencia– y porque el texto es de Miguel Mihura. La comedia insiste en los temas obsesivos del escritor, pues un escritor sin temas obsesivos está siempre muy cerca de ser un farsante: la denuncia de la hipocresía burguesa, el desafío a las convenciones sociales, la postulación de la alternativa epicúrea, la búsqueda de una ética libre del individuo en un siglo de morales colectivas y la proposición del humor y la piedad como lenitivos artísticos para la crudeza de la vida. No pueden ser temas menos originales, lo cual garantiza que son honestos. El mérito estriba en la amable ironía de su tratamiento, que sólo al final de su vida dejó que se deslizara por la torrentera de la sátira; en la bondad sublimada de los personajes, cuya idealizada factura sirve para combatir la misantropía que aquejaba al propio dramaturgo y a la cual buscaba antídoto en la ficción; en la introducción de recursos vanguardistas que anticipan en décadas el teatro del absurdo cuyo estandarte se apropiarían después Artaud, Beckett o Ionesco, con el precursor inclasificable de Alfred Jarry. La fascinante Tres sombreros de copa (1932) compite en la misma liga en que juegan las obras de estos nombres extranjeros, con la ventaja a mi juicio de un romántico sentido de humanidad, una especie de última calidez franciscana que brilla por su ausencia en la dramaturgia europea del XX, presidida por el escepticismo o directamente por el existencialismo. El personaje de Maribel repite ese arquetipo mihuresco entre lo alocado y lo candoroso, mezcla de mundanidad e inocencia que había inventado con la deslumbrante Paula de Tres sombreros de copa (y que se me ocurre emparentar con la dulce Irma de Billy Wilder). Maribel es prostituta y Paula una vedette de music-hall, y sin embargo ambas reservan no se sabe dónde una pureza de corazón que el atolondrado protagonista masculino termina pulsando, desanudando poéticamente. Y el espectador burgués, en lugar de escandalizarse, termina la función sinceramente conmovido. En ese efecto consiste la maestría inmarcesible de Mihura.

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26 agosto, 2013 · 11:47

Cristina Cifuentes es un ser humano

Cuando un político sufre un accidente grave o le acontece cualquier género de desgracia personal, sus adversarios más cucos se apresuran a puntualizar su compasión en la misma frase en que deslizan, incontenibles, su censura ideológica. Así, si a Esperanza Aguirre se le declara un cáncer, la cuquería de sobremesa que practican las personas de progreso impone una proposición cortés –“A la persona le deseo que se mejore”– antes de deponer la adversativa fatal: “Pero como política no me da ninguna pena”. Como a ella no le dieron ninguna pena las familias oprimidas de los sindicalistas de metro etcétera. Y esto sucede en los mejores casos, cuando el dinero de los padres del progresista alcanzó a pagarle una cierta educación. Que en trayectorias fallidas como las de Pepiño, Llamazares o Tomás Gómez, ni eso.

Todo el mundo entiende que al adversario ideológico damnificado se le desee pública y gentilmente una pronta recuperación apelando a su tautológica condición de “ser humano”. Será Esperanza Aguirre, pero también es un ser humano. O será Cristina Cifuentes, pero al fin y al cabo es una persona. Y enseguida unos murmullos de aprobación recorren de punta a cabo la mesa de contertulios. Esta actitud deferente que distingue con devoto esmero lo personal de lo institucional se antoja un rasgo de fair play, un gesto de magnanimidad que eleva la confrontación política por encima del barro espiritual en que chapotea el chequista o el inquisidor. No hablamos ahora de Twitter, donde ciertamente el anonimato espolea esa heroica bravura del brazo español, musculoso de tirar piedras y elástico de esconder manos. Nos referimos a una convención en el debate público tan vigente como la de no reportajear suicidios o no sacar a pasear a las amantes de los candidatos en campaña electoral.

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26 agosto, 2013 · 11:36

El llanto de la Esfinge

Partiendo de la base de que masacrar a 800 musulmanes no es la mejor manera de evitar una intifada, y de que convocar “marchas de la ira” a la salida de la oración no es la idea de paz que le pedimos al influjo religioso, se llega fácilmente a la conclusión de que el problema árabe no tiene solución. La geopolítica sólo puede aspirar allí al suministro de anestesias temporales. Que la primavera árabe fue un descorche de riots de barriada antes que una revolución jeffersoniana, se antoja ya tristemente irrefutable. Que la gran abeja Obama libaba la miel de una retórica gratuita cuando discurseó zapaterinamente en El Cairo para anunciar el chapado de Guantánamo y el cumplimiento de los sueños de las misses del mundo, nadie puede discutirlo, como tampoco su entrega inevitable a la realpolitik como comandante en jefe de la única superpotencia mundial, cuya hegemonía amenaza el capitalismo chino, mucho más peligroso que el maoísmo. Que la fuerza civilizadora de Europa –con todos sus tratados kantianos cogiendo polvo en el cerebro demoscópico de sus pequeños líderes– se reduce a la exportación de los derechos televisivos de la Champions, no creo que ni los más futboleros lo rebatan. De Oriente vino la luz, decían los romanos, y de Oriente vendrá la tercera guerra mundial en la que todos nosotros moriremos, decía mi profesor de historia de COU.

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18 agosto, 2013 · 13:16