Sin ambidiestros no hay paraíso

Nuestro Real Madrid de hoy es un cariño que agranda a los niños al modo inverso en que el insultante autodominio de Floyd Mayweather empequeñece al mejor de sus rivales sobre el ring. Yo creo que mi equipo de antiguos alumnos del cole le hace un gol al Madrid, aunque no digo que ganemos el partido. El autodominio (Varane) es lo contrario del cojonudismo (Ramos), y así está la defensa madridista, que parece un diálogo entre fe y razón donde proliferan herejías como el primer gol de Diawara, que más que un nombre es un nick. A este equipo lo que le falta es dogma y nos recuerda a la Iglesia primitiva, con sectas gnósticas debatiendo sobre el principio de posesión y facciones arrianas postulando el retorno al santo contragolpe. Y la desgracia es que lo entrene el único italiano que no quiere ser papa.

Mitología griega.

Mitología griega.

La indefinición táctica, la caraja medular, el desorden parvulario, la pesadez circulatoria enfadan al aficionado, que al menos asistió al milagro final del gol de Cristiano, sobre cuyo cuerpo glorioso recayó una tarjeta amarilla como rayo de Fra Angélico. Lo que ocurre es que antes el ritual milagrero lo demandaba el Manchester City y ahora lo exige el Levante.

No entendemos que Ancelotti deje fuera de la alineación inicial a Marcelo, que es uno de los mejores delanteros del Madrid del mismo modo que a Neymar le llaman nueve mentiroso, no únicamente por comediante. Que Marcelo sea el jugador más peligroso arriba y que tuviera que ser Varane quien metiera el pase de gol entre líneas a Morata lo dice todo sobre la tarea mitológica ante la que se alza abrumada la ceja de Carletto. Si lo consigue, su 4-3-3 se citará en los manuales de cultura clásica entre la caza del jabalí de Erimanto y la muerte del león de Nemea.

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7 octubre, 2013 · 12:51

La bendita levedad del ser

No está claro si La insoportable levedad del ser es una novela ensayística o un ensayo novelado, pero no dudamos de que su condición limítrofe de relato erótico-político sometido a constante glosa filosófica deparó un clásico de la narrativa posmoderna que nuestro Javier Marías habría querido escribir, si Marías pudiera ser Kundera.

Un drama vital siempre puede expresarse mediante una metáfora referida al peso. Decimos que sobre la persona cae el peso de los acontecimientos. La persona soporta esa carga o no la soporta, cae bajo su peso, gana o pierde. Pero ¿qué le sucedió a Sabina? Nada. Había abandonado a un hombre porque quería abandonarlo. ¿La persiguió él? ¿Se vengó? No. Su drama no era el drama del peso, sino el de la levedad. Lo que había caído sobre Sabina no era una carga, sino la insoportable levedad del ser.

He aquí el párrafo que da ese famoso título a la novela, título que a su vez lleva desde 1984 (año de la publicación) barnizando de culturalismo los artículos de los columnistas más amigos de la paráfrasis que de la lectura. El campo semántico de la obra entera está surcado con metáforas de peso y ligereza, de liviandad y gravidez, dentro del régimen simbólico que Gilbert Durand llamaría diurno o vertical. Durand fue junto a Northrop Frye uno de los grandes nombres de la mitocrítica, escuela que reaccionó contra los excesos cartesianos del estructuralismo para reivindicar el poder significante de la imaginación. Siguiendo a Jung, Bachelard o Lévi-Strauss, el sagaz profesor Durand sistematizó bajo el llamado «régimen diurno» de la imaginación un esquema de símbolos que se organizan en variedades excluyentes y antitéticas: luz-oscuridad, alto-bajo, fuerza-flaqueza, naturaleza-cultura, etcétera, dicotomías que el imaginario colectivo tiende a situar en ejes de positividad y negatividad. El método de Durand resulta de lo más útil para la crítica iconológica de cualquier obra de arte, y también para fijar eso que llamamos el «mundo propio» de un escritor en función de su preferencia por metáforas luminosas o sombrías, violentas o lánguidas, urbanas o selváticas y así.

El imaginario pesadez-levedad articula simbólicamente la novela dialéctica de Kundera. Los personajes padecen el sovietismo como carga, sueñan con aviones como una liberación, entienden el peso de la persona amada como ese cauce de dominación recíproca que es el acto sexual. Es un texto poco estructurado, que fluye en meandros alegóricos y se embalsa en lagunas de reflexión, y que pasa del tono cenagoso del existencialismo a los burbujeantes rápidos del humor procaz. Pero no se trata de una novela de tesis, sino de tesis (en plural). Al punto de que muchos de los breves y numerosos capítulos en que se divide cada parte del libro podrían funcionar perfectamente como ensayos autónomos, sobre la idea del eterno retorno nieztscheana o la ontología de Parménides de Elea, si bien sus conclusiones acaban reapareciendo luego para interpretar los giros imprimidos al destino de los personajes. Kundera es un novelista-filósofo, como lo eran Unamuno o Pirandello, y nos ofrece las coyunturas dramáticas de sus criaturas no para conmovernos sino para hacernos pensar. La pareja protagonista está formada por una mujer que no sabe responder a la opresión vital de la Praga soviética salvo con la entrega abnegada a su amado Tomás, un médico e intelectual disidente que acredita un coraje ético abstracto enfrentándose al régimen y siendo castigado por ello, pero cuya incapacidad empática lo convierte en un «mujeriego épico», un coleccionista compulsivo de amantes que no puede detener su carrera de infidelidades por mucho que sepa que están destruyendo a Teresa. La pareja de secundarios la forman Sabina, pintora de espíritu libre —tan libre que su propia ligereza acaba condenándola a la incapacidad para el compromiso, al aventurerismo de la traición constante, a la insipidez existencial que da título a la obra— y Franz, que en el picadero de la sofisticada y excitante Sabina se siente liberado de su insoportablemente convencional esposa Marie-Claudie.

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6 octubre, 2013 · 13:41

Los macchiaioli: del café a la historia del arte

Hubo en tiempo en Europa en que el hostelero de una gran ciudad debía pensárselo mucho antes de abrir un café, porque al poco tiempo se le podía llenar el local de bohemios entregados a la bulliciosa fundación de un nuevo movimiento literario o artístico. Los cafés han contribuido tanto o más que universidades, talleres y academias al progreso de la cultura, así como a la ruina de los empresarios, porque una clientela de pintores y poetas suele resultar un pésimo negocio. Un poeta de café podía escribir cinco sonetos por cada café con leche; es una proporción que ningún hostelero puede resistir, por grande que sea su amor a la poesía.

El artista decimonónico necesita por tanto de un café, y necesita también un mecenas, porque salvo en casos de raro éxito burgués, la clase media consumista aún estaba por aparecer en la historia y la élite social no absorbía suficientes cuadros o novelas como para mantener dignamente a sus hacedores. Esto era así incluso en Florencia, donde juraríamos que a la frente de cada nuevo bebé se le atisba el numen del genio. A partir de 1852 el Caffè Michelangiolo de Florencia se convirtió en el lugar de reunión de un grupo de pintores mayoritariamente toscanos –aunque acabarían llegando de otras partes de Italia e incluso de Europa, como Degas o Manet– a los que un columnista local, con clara voluntad peyorativa (como corresponde a los columnistas), bautizó como los “manchistas”, macchiaioli en italiano. Los llamó así para burlarse de su resuelta voluntad antiacadémica, de su reniego de la ampulosidad romántica que marcaba el canon pictórico del momento, de sus ganas de pintar de forma diferente, sobre temas diferentes, con técnicas diferentes y desde lugares diferentes. Como suele pasar con los mejores insultos, el teórico del grupo (y para mi gusto el pintor más dotado: La sirga es un cuadro para llevárselo a casa, una obra maestra de vitalismo costumbrista capturado con todos sus matices) que era Telemaco Signorini abrazó en 1862 el epíteto con orgullo identitario, y hoy el término macchiaioli identifica a uno de los movimientos más talentosos, simpáticos, encantadores, luminosos y revolucionarios de la historia del arte moderno.

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6 octubre, 2013 · 13:28

Rajoy y ‘Breaking bad’

Disfrutado su operístico final, se puede afirmar que Breaking Bad ingresa de pleno derecho en el panteón de las cinco grandes series de la tele contemporánea junto a Los Soprano, The Wire, El ala oeste de la Casa Blanca y Mad Men. La premisa de BB es especialmente brillante, y la metamorfosis progresiva de su protagonista el hilo conductor de todo el guión, que se propone explorar el arendtiano tema de la cotidiana naturalidad con que un inofensivo profesor desahuciado deviene mafioso cabal. Sin embargo, a mi juicio –y en esto quizá peque de original– Walter White se va de la serie sin terminar nunca de romper en malvado genuino, y es esa maldad imperfecta la que precisamente protege la verosimilitud narrativa de una serie por lo demás millonaria en gozosos manierismos, voladuras controladas y envenenamientos de escuadra y cartabón.

Los guionistas se ocupan amorosamente de que el personaje interpretado por el descomunal Bryan Cranston nunca logre inspirarnos miedo –el miedo irracional que se le tiene al psicópata–, aunque sí respeto a la sofisticación de su mente, que brilla lo mismo en la urdimbre de un crimen que en la cocción de meta azul. En sus momentos más negros, cuando más pavoroso debe mostrársenos, el terrible Heisenberg incurre indefectiblemente en alguna charlotada –sombrero incluido– que nos recuerda que ese villano es en realidad un aplicado profesor de Química con alguna habilidad para la impostura. Llega a la matrícula de honor en manipulación psicológica, sí, pero operando sobre la mente de su previsible esposa (un rol parecido a la Carmela de Tony Soprano) o del naïf Jesse Pinkman, que es un Holden Caulfield cruzado de Dean Moriarty. Concluida la teórica metamorfosis, Walter White todavía calza sus zapatos antijuanetes Clarks, sospechamos Abanderado bajo sus pantalones chinos y viste cazadora cutre de entretiempo, sigue caminando como un pato y el brillo ciertamente luciferino de su mirada en primer plano se apaga en cuanto oye la voz gangosa de su hijo retrasado. Resulta lógico que así sea y no creeríamos otra cosa, porque el deseo de preservar a su familia es precisamente el motor de su transformación. Pero el mismo deseo inspiraba a Michael Corleone y pese a la paradoja no dudó en matar a su hermano, mientras que Heisenberg sólo se deshace de maleantes y suplica por la vida de su cuñado, agente de la DEA. Por eso Michael sí da miedo, y necesita toda esa elegancia y esa gomina para camuflar su letal naturaleza.

Mariano Rajoy, como Walter White, tampoco cumple la expectativa de villano que se le tiene confiada. Rajoy no llena el molde del facha fetén ni del neoliberal inescrupuloso, no ilegaliza el aborto ni a Bildu y tampoco adelgaza el Estado todo lo que debería. El Desfile de las Fuerzas Armadas le parece un coñazo. La prensa le deja frío y a sus pies contempla los gulliverianos esfuerzos de otros políticos del PP por pellizcarle con una declaración o engordarle una factura autonómica. Rajoy, como recordaba Espada el sábado pasado (en un artículo umbraliano que acaba con la obligatoriedad columnística de mofarse de Rajoy para acreditar independencia), se enfrenta a una Recesión, a una Corrupción, a una Abdicación y a una Secesión, y lo prodigioso no es ya que siga en el cargo sino que la macroeconomía arroje alguna luz fantasmagórica y que la oposición no le recorte terreno. Incluso puede revalidar la mayoría en dos años. Por todo ello concluimos tajantemente que Rajoy es un personaje de ficción. De hecho prefiere salir en un plasma.

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3 octubre, 2013 · 13:00

Las ansias infinitas de entrar en la RAE

“Quienes me conocen saben que entre las ambiciones legítimas que he perseguido no se encontró nunca la de ingresar en esta docta casa. Y no porque no me ilusionara la idea, sino porque veo a esta Institución tan encumbrada en el reconocimiento de nuestros conciudadanos, y tan arraigada en la historia de nuestro país, que no podría creerme yo ni con los méritos ni con los apoyos necesarios para aspirar a ocupar uno de sus sillones”.

La cita corresponde al discurso de entrada en la Real Academia Española de Juan Luis Cebrián, a quien una decisión salomónica como pocas otorgó la dignidad de ingresar en la RAE a la vez que a Luis María Anson. Es una cita paradigmática de lo que la retórica clásica llamaba captatio benevolentiae: la estratagema de predisponer al auditorio en tu favor blasonando de una indignidad personal que tu propia posición de orador desmiente sutilmente. Al público le conmueve tu falsa modestia y te presta atención. Cebrián declara no haber ambicionado jamás la altísima condición de académico –cómo osaría yo, les dice a los sabios de la patria–, pero si aquel 19 de diciembre de 1996 no se hubiera pronunciado el apellido Cebrián junto al de Anson, el prestigio secular de esa Docta Casa que tan inalcanzable le parecía a don Juan Luis habría quedado arrasado bajo llameantes editoriales de El País.

Este año la Española cumple tres siglos exactos de limpieza, fijeza y dación de esplendor. Pronto sus integrantes empezaron a ser llamados “inmortales”, como si el ingreso en la RAE garantizara un sillón simétrico en el Parnaso. El hecho es que todas las inteligencias hispanohablantes con alguna conciencia de méritos humanísticos ambicionan en secreto –o abiertamente– cruzar el docto umbral. La ambición suele ser tanto mayor cuanto más desafiantes son las invectivas que el frustrado aspirante dirige contra el elitismo y la caspa que se le presuponen a la Academia. Así Umbral, cuyos puyazos columnísticos a “Don Concha” –Víctor García de la Concha­ dirigía la RAE en los años en que más sonó la candidatura umbraliana– disimulaban mal la querencia del gran articulista por el sillón que sí lograron otros articulistas geniales como Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán o Julio Camba. En Camba, por cierto, no había sombra de falsa modestia cuando rechazó a Dámaso Alonso el sillón que le ofrecía:

–Me ofrece usted un sillón y yo lo que necesito es un piso –le espetó el insobornable inquilino del Palace.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

Otros célebres escépticos de la gloria académica vienen consignados en el ameno discurso de ingreso del filólogo Pedro Álvarez de Miranda en 2011, que trata precisamente sobre los discursos de ingreso y sobre cuya pista me puso Yolanda Gándara. Pérez de Ayala fue elegido por unanimidad en 1928 pero nunca escribió su discurso, como tampoco lo hizo Unamuno, electo en 1932. Ambos habían criticado tan duramente a la RAE que su rechazo no sorprendió; con humor, Laín justificaría la elección de Unamuno “por la calidad y la índole de su antiacademicismo”. Tampoco Antonio Machado se veía académico, y aunque fue elegido en 1927, a su muerte sólo había dejado un perezoso borrador. Benavente, elegido en 1912, transcurridos 30 años seguía sin entregar la pieza oratoria debido a un temor supersticioso: algunos provectos académicos habían muerto al poco de leer su discurso y estaba convencido de que le pasaría lo mismo. Al parecer acabó muriendo de todas maneras.

Lo normal, en todo caso, es perder el culo por entrar en la RAE. El caso más recordado es el de Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, cacique imbatible y conspirador impenitente. Tras una larga carrera haciendo y deshaciendo –fue diputado ininterrumpido desde 1886 hasta 1936–, Romanones empezó a sentir que su nombre quedaría excluido de toda gloriosa participación en el mañana a menos que una institución menos sospechosa que el Parlamento le reconociese como uno de los suyos para los restos. La cultura siempre ha servido para lustrar las manchas de la política, y no hay sede más aquilatada de lo cultural que el caserón de sabios del barrio de los Jerónimos. Blandiendo una modesta producción historiográfica y jurídica se puso a perseguir la nominación a la Academia con denuedo de niño caprichoso. Su nombre fue finalmente propuesto y él, para amarrar el resultado, al más puro estilo caciquil visitó casa por casa a cada uno de los académicos electores. Todos le prometieron su voto. Pero antes de que llegase el día en que tocaba debatir su ingreso, el Gobierno cayó y don Álvaro se vio en la bancada de la oposición. Allí lo encontró el ujier que le comunicó la noticia: su candidatura no había fructificado. Romanones, atónito, preguntó cuántos votos había obtenido. “Ninguno, señor”, contestó el ujier. Entonces don Álvaro hizo una pausa melancólica, se resignó a constatar el crecimiento de los enanos en el circo de su España y musitó célebremente: “Joder, qué tropa”.

Otro fracaso aristocrático lo protagonizó hace no tanto el marqués de Tamarón, por nombre Santiago de Mora-Figueroa y Williams, que tiene un impresionante currículo diplomático pero contaba sólo dos o tres libros ­–y uno de artículos recopilados­– en su haber cuando concurrió a la votación. El marqués, a diferencia del conde, acató el veredicto desfavorable con caballerosidad de buena cuna.

Habría que matizar mucho esa cédula de inmortalidad que una generosa tradición concede a los académicos. El escritor verdaderamente inmortal lo es por su obra al margen de que termine su vida ocupando un sillón de la Española. Y viceversa: si la aportación de un novelista o un periodista o un filólogo a sus respectivas disciplinas resulta mediocre, el hábil politiqueo que le haya granjeado el escaño académico no bastará para reservarle un sitio en la memoria cultural del país. No nombraré ilustres culos con asiento vigente en la RAE. ¿Pero quién se acuerda hoy de Jacinto Octavio Picón, bibliotecario de la RAE cuando en 1921 atendió para su desgracia la visita del corrosivo reportero peruano Alberto Guillén, autor de La linterna de Diógenes? En ese libro diabólico se recoge este coloquio que ya cuestionaba el mérito y la sindéresis de según qué académico:

»–Hoy se hace del idioma lo que se quiere, se le aplebeya, se le envilece, se le hace hacer cosas propias sólo de un payaso o una meretriz. ¡Si no fuera por la Academia!

–¿Qué cosa hace la Academia, señor Picón?

–¡Qué ha de hacer! Vela por la pureza del idioma, cierra las puertas a los vicios, hace los diccionarios, define las palabras. Y ya sabe usted lo que cuesta definir una cosa; no hay nada más difícil. ¡Coño!

Español: Retrato de Gertrudis Gómez de Avellan...

Gertrudis Gómez de Avellaneda chocó contra el sólido machismo académico (óleo de Federico Madrazo, 1857).

Estudio aparte merecen las mujeres. A María Isidra de Guzmán la admitieron como académica honoraria en 1784, pero la primera en postularse abiertamente fue la escritora de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se debatió el caso, pero una sociedad que prohibía a la mujer acceder a las bibliotecas públicas no iba a hallar respaldo fácil en los señores académicos. El veto a Gómez de Avellaneda sentó jurisprudencia machista, y contra ella se estrellaron los incuestionables méritos de Emilia Pardo Bazán, cuya pretensión académica zanjó el venenoso Juan Valera: “Harían falta dos sillones libres para tan robustas posaderas”. Más sangrante si cabe fue el veto a María Moliner, que en 1972 compitió por un sillón con el lingüista Emilio Alarcos Llorach. A la hoy venerada lexicógrafa le cerraron la puerta bajo acusación de intrusismo, pues era historiadora y no filóloga. Fue el último veto imputable a discriminación, y pocos años después ingresarían con normalidad Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, etcétera. Hoy solo hay 6 académicas entre 46 plazas, pero si la RAE se empieza a regir por cuotas, pronto el diccionario lo acabaremos haciendo por Whatsapp.

(Revista Leer, número 246, Octubre 2013)

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2 octubre, 2013 · 12:17

Anzoátegui, o la izquierda de la literatura de derecha

En esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son sólo los demás y no nos dejan nada. El fascismo, ya se sabe, son siempre los demás, y uno puede dejar de fascista a cualquiera con sólo correrse unos centímetros a la izquierda, aunque el pobre fascista en realidad no se haya movido del centro. Todo esto sucede en España desde que la izquierda patrimonializa la industria cultural, quede lo que quede de este oxímoron entrañable. Sin embargo hubo una época felizmente superada en que el fascismo no se limitaba a una acusación vertida para robarle a otro la silla en la tertulia de radio sino que informaba de una condición lealmente asumida, y presumida. En 1934 hubo en Argentina un hombre que antes de cumplir la treintena publicó una obra maestra de la diatriba literaria y que no tenía complejo en empezar un artículo confesando: “Seamos claros: soy nazi”. Se llamaba Ignacio Braulio Anzoátegui y su caso ilustra violentamente el viejo debate de la ortodoxia ideológica del escritor –¿necesidad, irrelevancia o directamente pose?– que enseguida se plantea en los suplementos culturales cuando llega el centenario de primera comunión de un Céline, un Sartre, un Pound, un Hamsun, un Nobel chino o un Foxá al que se niega plaza en el callejero municipal andaluz.

Después de leer sus inmortales Vidas de muertos, uno opina que Anzoátegui era mucho menos fascista de lo que él deseaba. El propio José Antonio, cuando cenaba con Lorca o abrazaba en el hemiciclo a Indalecio Prieto, avergonzaba un poco a sus seguidores menos ilustrados y más ortodoxos. Llevarse la mano a la pistola cuando se oye la palabra cultura es el haz de una frase bárbara cuyo envés arranca en el escándalo igualmente bobo de esta falsa premisa: “¡Cómo Alemania, la nación más culta de Europa, fue capaz de…”. Las naciones no son cultas, lo son sólo los individuos, y hay muy pocos que lo sean de verdad porque cuesta mucho llegar a serlo, ahora con el iPhone más. Una verdadera cultura comporta tolerancia del mismo modo que el analfabetismo prepara la exclusión, del mismo modo que la duda es otro de los nombres de la inteligencia del mismo modo que un millón de dólares invita a la cobardía. Hannibal Lecter es un paradigma imposible.

El principal problema que para su normal desarrollo encontraba el fascismo declarativo de Anzoátegui lo representaba la cultura indisimulable de Anzoátegui. Cuando el nombre de este atrabiliario ensayista argentino salía en las sobremesas top de Borges y Bioy, ambos escritores solían extrañarse de “que una prosa tan violenta tuviera detrás a un caballero tan cordial y educado”, según apunta Juan Bonilla en su magnífica reseña del libro que nos ocupa. Fuera de que en mi (aún corta) experiencia laboral ha constatado con significativa frecuencia esa paradoja –que el columnista más intransigente, incluso orgulloso de su delirio predemocrático, se conduzca cotidianamente como un perfecto caballero y viceversa, que el laico paladín del progreso teórico putee como un miserable a sus colaboradores más cercanos–, el caso de Anzoátegui escenifica un conflicto interior entre el mundo moderno y su credo tridentino de sorprendentes resultados. Porque la prosa de Anzoátegui, estamos seguros, no va a morir fácilmente, y este libro se leerá mientras existan lectores capaces de aislar el placer literario de la calaña mental de su productor.

Si la primera paradoja de Anzoátegui se tensa entre su ideología y su conducta, la segunda paradoja la entablan la forma y el fondo, o el estilo y el prejuicio. Anzoátegui acertó al pulir una fórmula decididamente antirromántica y antirretórica que conserva sus frases restallantes en el formol de la sobriedad conceptista. No sobra nada. Hiere hondo con cuatro palabras («Dijo: «gobernar es poblar» y se quedó soltero»). Le basta un párrafo de plomo lacónicamente graneado para apear de su peana en el parque a la glorias literarias patrias, las mismas que aspiraban a la educación sentimental del pueblo (Jorge Isaacs con su hoy ilegible María) o bien le prescribían el corpus legislativo volteriano que lo sacaría de su atraso secular (Domingo Faustino Sarmiento, Juan Bautista Alberdi). Anzoátegui piensa como un medieval, pero escribe como un tuitero insuperable, afilado y original, imbatible en su humor irreverente y en su cultivada sagacidad, razones por las que le auguro prontas reediciones. Por supuesto no estarán exentas de polémica, porque hablamos de alguien que proclamó su admiración por Franco y Mussolini, de un tipo al que Sócrates ya le parecía un peligroso izquierdista, de un nacionalista beligerante que recetaba el retorno a la teocracia católica como único medio de devolver la salud a la raza. El responsable de su recuperación editorial en Argentina, Horacio González, ya supo defender con habilidad la naturaleza heterodoxa de su oficio: “La de Anzoátegui no es una escritura encasillable, lo que hace que la experiencia de lectura que propone suceda en un límite. Se trata de motivos cristianos que no evitan el grotesco ni el collage. Es como la izquierda de la literatura de derecha, lo que produce un extraño efecto: el de un fascismo que ríe». Esa crueldad divertida y quevedesca aleja a Anzoátegui de otro reaccionario eminente pero de temperamento más sapiencial como Nicolás Gómez Dávila –también lo separa del optimista Chesterton– y lo emparenta con el talante zumbón y malicioso de Alberto Guillén, el corrosivo autor de La linterna de Diógenes. En su enmienda total a la modernidad también le acompañaría el jesuita argentino Leonardo Castellani, tratadista de cabecera de Juan Manuel de Prada, y prosista de no poca agudeza.

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30 septiembre, 2013 · 12:12

Dos lágrimas por la Cataluña ‘kitsch’

En La insoportable levedad del ser, que es un título muy parafraseado por columnistas que no han leído el libro, Milan Kundera explica la siniestra semántica del kitsch con esa precisión de relámpago que confieren a pachas el talento analítico y una biografía bajo el telón de acero. Ese tipo de precisión que obliga a la cita, y a la cita larga:

“El ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch. Es una palabra alemana que nació a mediados del sentimental siglo XIX y se extendió después a todos los idiomas. Pero la frecuencia de su uso dejó borroso su original sentido metafísico, es decir: el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable.

(…)

»Allí donde habla el corazón es de mala educación que la razón lo contradiga. En el reino del kitsch impera la dictadura del corazón. Por supuesto el sentimiento que despierta el kitsch debe poder ser compartido por gran cantidad de gente. Por eso el kitsch no puede basarse en una situación inhabitual, sino en imágenes básicas que deben grabarse en la memoria de la gente: la hija ingrata, el padre abandonado, los niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor.

»El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. La segunda lágrima dice: “¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped!”. Es la segunda lágrima la que convierte el kitsch en kitsch. La hermandad de todos los hombres del mundo sólo podrá edificarse sobre el kitsch.

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29 septiembre, 2013 · 18:04

Ministros que juegan al contragolpe

En mañanas parlamentarias como la de hoy se echa de menos la gotera. Se precipitó Posada al taparla si de lo que se trata es de fomentar algún interés por lo que sucede en el hemiciclo. Hubo una interpelación a Fátima Báñez sobre las pensiones resuelta con tal prolijidad que gustosamente uno habría sacrificado la suya con tal de que aquel turno de palabra terminara abruptamente. Báñez parece una bellísima persona pero Dios no la llamó para la vocación de Demóstenes, aparte de que hacer entretenida una disertación sobre el cálculo de las pensiones exigiría a Les Luthiers como ponentes.

Cómo sería la cosa que Rajoy prefirió quedarse en Nueva York y Rubalcaba tampoco apareció, en simétrica consecuencia. En estos tiempos cainitas yo de Rubalcaba no abandonaría el escaño ni para ducharme porque luego pasa lo que pasa: que su sillón lo ha terminado ocupando un señor calvo con pajarita, el cual encima ha tenido la osadía de dirigirle una pregunta a Cristóbal Montoro. Preguntar a Montoro es jugarse un aumento de impuestos allí mismo en represalia. El señor con pajarita se llama Antonio Hurtado, milita en el PSOE y le indigna que a los emigrantes retornados les haya multado la Agencia Tributaria por no declarar las prestaciones disfrutadas:

–Se les trata con puño de acero mientras que con la amnistía fiscal hay guante blanco, o guante de seda, para los defraudadores. ¡Es una injusticia!

A continuación Montoro se levanta, abre el micro y durante un segundo silencioso mira a Hurtado como los príncipes transilvanos a las vírgenes, antes de murmurar, negando con la cabeza:

–Vaya discurso que se ha marcado, señoría…

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25 septiembre, 2013 · 19:41