Don Draper o la conquista de la moral

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

[Al hilo de la última temporada de Mad Men que ahora se exhibe, he creído oportuno recuperar un artículo que publiqué en el número 2 en papel de la revista Jot Down, octubre de 2012. Por entonces la serie acababa de concluir su quinta temporada, pero el análisis ético y narratológico que me inspiró entonces la peripecia interior de Don Draper quizá no haya perdido toda su vigencia. Razón de que lo ofrezca a continuación, por si alguien gusta y no se pone quisquilloso con los llamados spoliers]

Mad Men, la serie de AMC que aplica el leit-motiv nacional del sueño americano al mundo caníbal de la publicidad en los albores del capitalismo salvaje neoyorquino, nos ha regalado a uno de los personajes de ficción más literarios –en el sentido de complejo, matizado, poliédrico, pero a la vez arquetípico– de la década. Nos referimos a su protagonista, Don Draper, director creativo de agencia interpretado con maravillosa, naturalísima sobriedad por Jon Hamm, a quien no podremos ver jamás como otra persona que Don Draper, por supuesto (ambos son huérfanos, por cierto). Si acordamos que la excelencia narrativa reside hoy en las series norteamericanas mucho antes que en la novela o el cine, entonces Don Draper, como las plegarias del Libro de Job o la relectura de la Odisea o la biografía del doctor Johnson, alcanza la cota máxima del mérito literario, que es aquel que funde la ética y la estética y logra al mismo tiempo edificar a los sencillos y rendir a los sabihondos, deparando a un Borges felicidad en vida y consuelo ante la muerte a un Harold Bloom.

Draper se ofrece al espectador en principio como el self-made man yanqui por excelencia, ascendido a la cima social y económica tras sobreponerse a unos orígenes familiares penosos que se nos revelan episódicamente a golpe de flash-back. Vemos a Draper engominado a cal y canto, elegante hasta la arrogancia, seguro de su talento, seduciendo a magnates de Madison Avenue putrefactos de millones; pero un día descubrimos que este Draper resulta ser, literalmente, un pobre hijo de puta. La puta muere al parirlo y el bebé es confiado al granjero Whitman que la preñó –Whitman: apellido parlante que remite al patriarca de la lírica americana– y bautizado Dick. El padre muere coceado por un caballo y su madrastra se casa con un paleto de maneras brutales. Dick tiene un hermanastro, llamado Sam. Dick sueña con huir de tan faulkneriano hogar y se alista en la campaña de Corea. Allí se produce lo que Joyce llamaba una epifanía, el hito que ha de polarizar un relato entero. Por culpa de su imprudencia, una explosión destroza a su compañero, el genuino soldado Don Draper, y el cobarde Dick Whitman, superado por el horror de la guerra, decide colgarse la chapa identificatoria de Draper aprovechando que ha quedado irreconocible y suplantar así su identidad para los restos. Consigue así el doble objetivo de huir sin explicaciones de su castrante familia y de desertar sin castigo del ejército estadounidense, que de hecho lo licencia con honores de héroe. Ahí empieza Dick a felicitarse de su astucia, a abrazar su impostura, a planificar su nuevo nacimiento, a atornillarse la máscara del triunfador. Lo que no sabe es que con la medalla de héroe militar recibe otra invisible con la que el destino –el destino es el carácter… o la falta de él– castigará su decisión: la de héroe trágico, acechado para siempre por las consecuencias morales de la impostura existencial.

La primera reconvención del destino la encarna Sam, quien en una foto del New York Times reconoce a aquel hermanastro que se suponía que jamás volvió de Corea. Se presenta en la lujosa agencia, pero topa con la negativa innegociable de Dick a dejar de ser Don Draper. En un gesto que cifra toda la inmundicia que puede representar un puñado de dólares, el adinerado hermano mayor se deshace del miserable hermano menor ofreciéndole 5.000 pavos con la condición de no volver a ver jamás esa familiar cabeza pajiza que le evoca un pasado nefando, cuidadosamente ocultado. Sam, desolado, se ahorca sin tocar un solo dólar: solo buscaba el afecto fraterno. Se une Sam así al difunto soldado Draper en el panteón de fantasmas morales que ulularán en la conciencia de nuestro apuesto Hamlet.

Pero Don se centra en las dos carreras que mejor acallan la voz de la conciencia viril: la de hombre de negocios y la de Don Juan. El destino le dará una tregua de inconsciencia eufórica. Compaginará el éxito profesional con la posesión de cuantas mujeres se cruzan en su camino. La que se resiste le estimula más, y no suele tardar más de dos capítulos en acabar cediendo y aun enamorándose del irresistible depredador Draper. El descarnado machismo sexual que refleja la serie, fiel a su época –¿a todas las épocas?–, solo lo contrapesa el simétrico furor uterino de otras tantas amazonas libertinas, que también han campado en todo siglo. La mujer legítima de Don, Betty Draper, es una muñequita despersonalizada, anulada al unísono por la pujanza de su marido, por la puritana educación recibida y por sus propias deficiencias de carácter. Solo a una mujer destina Don rango de especie común a la suya: a Anna Draper, la esposa del soldado muerto al que suplantó y única confidente de su tremendo secreto, cuya comprensión mitiga la voz espectral que la ingesta desmedida de whisky en cóctel Old Fashioned o directamente de la botella no logra ahogar del todo.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

La serie avanza ahondando poco a poco en este esquema dialéctico que enfrenta al héroe con su pasado, la calma hipócrita del hogar con la codicia frenética de Manhattan, la estabilidad con el affaire. La conciencia de Draper va disociándose cada vez más, estirándose como chicle, vaciándose de toda coherencia. Y aunque otro patriarca de las letras norteamericanas como Ralph Waldo Emerson dejó escrito que la coherencia es la obsesión de las mentes inferiores, Draper no puede olvidar que en realidad se llama Whitman, como el gran poeta que versificó la apoteosis fundacional de la subjetividad en su “Canto a mí mismo”. Episodio a episodio Draper va cayendo en la cuenta de que él no puede cantarse a sí mismo porque no sabe quién es. Su canto no tiene objeto porque ya no sabe qué es verdad y qué es embauque en su vida. Su oficio, asociar valores románticos a productos tan pedestres como laxantes y medias, es la gran metáfora que la serie propone para expresar el la falsedad arquetípica de su personaje.

Llegamos al ecuador del drama, al gran punto de inflexión narrativo. Como suele pasar en la vida, Draper necesitará tocar fondo para tomar impulso. El fondo –la segunda epifanía de la serie, matriz de la narración– lo marca su divorcio con Betty, quien desenmascara a su marido y le obliga a confesar su verdadera identidad al hilo de la historia desdichada de Dick Whitman. El final de la tercera temporada, teñido de una majestuosa melancolía bajo los dylanianos sones de Don´t think twice, it´s all right, juega con la sugerencia del perdón de Betty; el espectador llega a desearlo, pero es demasiado tarde: la confianza está rota. En Betty ha nacido una personalidad inédita de mujer dura e independiente que atiende al apetito de su insatisfacción y al grito de su orgullo liándose con un rico divorciado. Se trata de Henry Francis, asesor del gobernador del Estado, un hombre comprensivo pero ayuno de carisma que jamás podrá librarse de la sombra patrimonial que la figura de Don seguirá proyectando sobre Betty. Don Draper se muda a un piso de soltero, afronta la puesta en marcha de una nueva agencia como socio fundador y reduce al mínimo su vida social y el ajetreo de sábanas. Ha comenzado la conquista de una personalidad propia, el camino de la forja moral que nunca emprendió, ahora posible mediante la ascesis de la soledad y la introspección. Comienza a escribir un diario y se apunta a natación. Oímos en off sus reflexiones por primera vez, mientras ejecuta largas y rectas brazadas de crol.

En ese reposado estado de conciencia escribe la famosa carta a Lucky Strike después de que este gigante del tabaco decida abandonar la agencia, condenándola a la ruina a medio plazo. El guión concede a esa carta la categoría de hito que merece: nadie antes en la Gran Manzana había osado rasgar tan sonoramente –en el mismo Times– el dogma sacrosanto de la idolatría del mercado: el cliente no siempre tiene razón, se atreve a proclamar Draper. Los cigarrillos matan y me alegro de no tener ya que vender los de esta marca; es más, no pienso vender los de ninguna otra en el futuro. Por supuesto, se trata de otro truco publicitario, un gancho comercial dirigido a la trinchera de enfrente: los enemigos institucionales que tiene toda tabacalera. Pero no deja de ser una maniobra pionera, nunca vista: hacer publicidad sin mentir. El riesgo es altísimo, las garantías invislumbrables y aún así ejecuta el plan, lo que informa del cambio moral que se está operando en el nuevo Draper. Solo Peggy, su alter ego femenino en la agencia –y casi la única que no pasa por su cama-, entiende la genialidad del gesto. Pero quien mejor lo define es Megan, la secretaria con veleidades artísticas que acabará convirtiéndose en su segunda mujer y musa de su reconstrucción ética: “El mensaje era: no me dejas tú, te dejo yo”. Así empiezan todos los despechados a rehacer su vida.

Megan es la Penélope de Don, Ulises de una odisea interior en pos de la adultez moral. Al principio de la serie, Draper no era un carácter sino un mero arquetipo, y ese arquetipo del self-made man se va rellenando de carne, de zozobra, de remordimiento, de propósitos de redención: de naturaleza humana en suma. Pero el hombre es el único animal que no tiene propiamente naturaleza sino más bien historia, y la serie la desarrolla con ritmo indesmayable, haciendo progresar vívidamente a Don hacia una moralización que culmina en su amor –por primera vez maduro– por Megan. A ella le dice quién es desde el principio. Dick Whitman, que había pasado a ser Don Draper por obra de la cobardía y que había perseverado en la impostura por efecto de la ambición, retorna con Megan a ser Dick Whitman por la fuerza del amor de Megan, al modo como Don Quijote regresa en su agonía a la lucidez postrera de ser nada más que Alonso Quijano. Megan, dueña de una sensibilidad inasequible para Betty, es seducida por el presente brillante de Draper pero al mismo tiempo acepta la carga familiar de su pasado. Su química con los hijos de Don convence definitivamente a nuestro héroe demediado de la idoneidad de Megan como esposa. Y al hilo de ese amor bien cimentado en la confidencia, la sofisticación afrancesada de Megan depara otro don a Don: el de la superación del machismo, el de infundirle respeto a la personalidad propia de su compañera, cuya vocación de actriz supone todo un reto para la patriarcal estrechez de miras de un macho alfa en el Manhattan de los sesenta. En su nuevo hogar, decorada a la última, se respira complicidad y las disputas acaban rápido sobre la alfombra o sobre la colcha.

La familia crece, como la culpa.

La familia crece, como la culpa.

Cuando concluye la quinta temporada, Donald Francis Draper hace pequeñas cosas reveladoras de una generosidad nueva –el desinterés es la piedra de toque de la grandeza ética–, como dejarle una nota a Megan informando de que sale cinco minutos a comprar bombillas. La nota incluye la coda tierna del “Te quiero”. O como coger el coche para llevar al amigo adolescente de su insolente hija Sally a su lejana casa tras llegar a casa reventado por un durísimo día de trabajo. En esos detalles se manifiesta el temple que conforma un carácter. Hay mil detalles más, como los que exponen una creciente paciencia con sus subordinados en la oficina. Antes era un gentleman impecable; ahora ha logrado imbuir esa brillante envoltura de la fibra costosa de la virtud, y la virtud, no se engañen los temperamentos provocadores, siempre será la única fuente de atractivo humano perdurable. Por eso amamos todos a Don Draper.

Al parecer, AMC ha prometido una sexta y quizá una séptima temporada de Mad Men. En este punto el guión ofrece a mi juicio dos congruentes derivas narrativas: la consolidación a lo bildungsroman de esta tendencia moralizante, lo que obligaría a un final más o menos abierto y permitiría el happy end; o la llamada de la sangre y la vuelta a las andadas como un barco incesantemente arrastrado corriente abajo, por citar el colofón de El gran Gatsby. Porque el personaje de Draper parece construido a pachas por la mano elegantemente melancólica de Scott Fitzgerald y el alma atormentada de Dostoievski. La psicocrítica, corriente de análisis literario deudora de Freud, estudia al personaje a la luz de su infancia, que considera determinante. Se trata de un enfoque muy útil a partir del momento en que la novelística moderna corrige la injerencia abusiva del autor en la autonomía psicológica de sus criaturas. Así, constata cómo los antihéroes de Dostoievski muchas veces parecen absorber al escritor, en lugar de hacer derivar simplonamente a los personajes de la biografía –prisma romántico– o ideología –prisma adecuado a la novelística de tesis– del creador. Ahora bien, Draper es rehén de su infancia desgraciada, cierto; pero no lo es menos de su ambiente y de su libre albedrío. La sociocrítica, deudora de la cosmovisión marxista, atiende sobre todo a las condiciones socioeconómicas en que se mueve el protagonista de un relato, y no puede negarse que el capitalismo neoyorquino de la década de los sesenta determina en buena medida su comportamiento. Ahora bien, ni la infancia ni el ambiente agotan a nuestro personaje, y ahí reside su magnitud artística: Don Draper se sobrepone a su cuna y acaba contradiciendo algunas de las normas de su mundo caníbal porque deviene ante todo un héroe ético, es decir, un héroe en pleno uso de su libre albedrío y de la responsabilidad que comporta.

Hombre solo.

Hombre solo.

Don Draper exigía un estudio diacrónico y no sincrónico, y de ahí el espoileo inevitable de este artículo, que ustedes sabrán disculparme porque en todo caso no anulará esa mezcla de familiaridad y sorpresa que compone el placer estético, cuando vean Mad Men. Draper es lo que Lukács denominaba “héroe problemático”: aquel que entabla una relación dialéctica con su mundo cuyo saldo final redunda en el autoconocimiento. El protagonista de esta serie acaba reivindicándonos en las narices su derecho a vivir autónomamente, al modo pirandelliano; su derecho a ser primero alguien más fulgurante de lo que el destino le tenía asignado, y su derecho a arrepentirse del precio de nihilismo que pagó por su sueño americano, para cambiar de nuevo. Draper, así, anula a su propio guionista en beneficio de la más alta función de las ficciones: la de pasar a vivir como verdades morales en nuestra imaginación.

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¿Es Rato normal?

La mano mediática.

La mano mediática.

No sabía lo que decía cuando apelaba a los «seres humanos normales». Normal y humano en un mismo sintagma: monumento al oxímoron. Pero don Mariano no es antropólogo y por tanto ignora que la normalidad, en el hombre, es siempre la excepción, como descubren todos los vecinos del psicópata que nunca dejó de saludar en el rellano.

¿Es Rato un humano normal? Según la retórica de Montoro lo es, y como a tal le aplica la ley; pero según el pensamiento de Montoro no lo es en absoluto, y por eso le monta el gran carnaval mediático en la puerta de su casa de pijo expiatorio, momento que aprovechan las damiselas ultrajadas del PP para, pellizcándose las mejillas a fin de colorear su palidez Jane Austen, salir a presumir de que aquí nadie es más que nadie, que los poderes andan bien separados, que el Gobierno tiene un compromiso con la regeneración tan largo que le mide hasta el Barrio de Salamanca y que el peso de la ley cae a la misma velocidad que una bola de plomo en condiciones de vacío (ideológico). Y otros tartamudeos orgánicos a pie de tumba que ustedes han oído estos días.

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La espada y la palabra. Vida de Valle Inclán

Genio sin máscaras.

Genio sin máscaras.

Es cierto que no contaba Valle-Inclán con una biografía a la altura de su leyenda, precisamente porque su leyenda excesiva deformaba los contornos rigurosamente fácticos de su vida. La culpa de esta carencia hay que atribuírsela al modelo subjetivo y militante que instituyeron sus primeros biógrafos, de Melchor Fernández Almagro a Ramón Gómez de la Serna, apasionados partidarios del artista y sus máscaras más que del hombre y sus hechos que recogieron sin mucho escrúpulo el más celebrado anecdotario valleinclanesco, tan romántico como dudoso.

Ahora bien, el primer culpable de este desdén por el rigor fue el propio don Ramón, quizá el genio literario más indiscutible de la primera mitad del siglo XX español, quien ejerciendo de tal se entregaba a la mixtificación incontinente y, con aquel ceceo magnético, diseminaba retazos fantasiosos de autobiografía por entrevistas y tertulias en las que reinaba sin discusión. “Cuando está don Ramón en el café, él habla y los demás escuchamos”, consignó un testigo de aquellos años en que el magisterio literario se impartía en los cafés. Valle, a la manera de los dandis de raza, se preocupó de vivir en artista, empezando por la calculada excentricidad de su aspecto, que tan popular lo hizo entre el pueblo de Madrid. Cuando nos acercamos al 80° aniversario de su muerte, el investigador Manuel Alberca ofrece el resultado de una tarea hercúlea: despojar de máscaras al creador del esperpento para fijar el relato contrastado de su paso por el mundo, desde su nacimiento en el seno de una señorial familia gallega en 1866 hasta su amargo fin en los albores del fatídico 1936.

Este colosal trabajo ha merecido el Premio Comillas, pero en nuestra modesta opinión no creemos que este libro, con ser grueso, agote la figura de Valle-Inclán. Tampoco lo ha pretendido, y lo justo es juzgar las obras por el grado de aproximación a su propósito declarado, que en este caso se ha limitado a documentar una vida, soslayando el juicio sobre su obra y aun la influencia recíproca de la una en la otra. En la presentación se disculpa Alberca de antemano por incurrir en eventuales interpretaciones más allá de la constancia de los hechos: pues bien, a este lector le hubiera gustado que el autor interpretase más, mucho más. La biografía de Alberca avanza sobre la pauta obsesiva del dato fidedigno y olvida quizá que un escritor está en su creación tanto o más que en sus amores, infortunios, desafíos políticos o quiebras financieras. Agradecemos las exhaustivas relaciones de liquidaciones editoriales, porque revelan un tren de vida acomodado que desmiente la fama de bohemio con que Valle gustaba de adornarse; pero echamos de menos una indagación más audaz en el proceso psicológico de su maduración artística. Por ejemplo, cómo el primer exponente de la prosa modernista termina alumbrando preceptivas tan insólitas como las de Luces de bohemia o Tirano Banderas. Quizá sea posible hallar un virtuoso término medio (el Belmonte de Nogales, vaya) entre el método vibrante pero novelero de un Stefan Zweig y este contemporáneo prurito de sabueso del dato, que sacrifica toda amena teatralización o conjetura pertinente en el altar de la historiografía científica, si vale el oxímoron. La prosa funcional, correcta, tampoco concede mayores expansiones.

Dicho lo menos bueno, digamos ya que la obra de Alberca acumula méritos ingentes. Quedará por ejemplo como la aclaración definitiva de la paradoja ideológica valleinclanesca: cómo una literatura tan vanguardista pudo ser hecha por alguien que abrigó toda su vida un pensamiento ultramontano, orgullosamente reaccionario. De tal forma que sus admiradores literarios se empeñaban en disculpar su carlismo como una extravagancia estética más de don Ramón, en tanto que los tradicionalistas más ortodoxos desconfiaban de su compromiso con la Causa a la vista de la propensión escatológica que denotan sus obras. Y sin embargo los hechos son tozudos e infinitos los testimonios que certifican una inclinación natural al tradicionalismo, la fe inquebrantable en la raza de los pueblos como medida de su destino, la añoranza del señorío de raíz feudal y el convencimiento de sus virtudes sociales, el odio insuperable al gregarismo y la mesocracia o la admiración por la figura del caudillo providencial, incluido Mussolini. El aristocratismo estructural de Valle sirve no solo para cimentar su credo esteticista, que le enfrentó con empresarios de teatro deseosos de códigos más comerciales, sino también para decodificar muchas de sus contradicciones políticas: carlista a fuer de español pero aliadófilo a fuer de católico; defensor del régimen mexicano frente a los terratenientes españoles por pura venalidad (el gobierno revolucionario le pagó su gira americana); partidario de las dictaduras pero crítico con Miguel Primo de Rivera; monárquico de siempre pero comprometido en 1931 con la República como antialfonsino notorio.

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Narcocorrido de Sito Miñanco

Don Sito antes.

Don Sito antes.

Reconozco que yo no había oído hablar de Sito Miñanco hasta que cené el verano pasado en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira. No recuerdo cómo el nombre de Miñanco acabó monopolizando la sobremesa, pero sí que a mis compadres gallegos les brillaban los ojos mientras componían un vibrante narcocorrido a tres voces. Yo escuchaba fascinado la historia del capo legendario que pagaba operaciones y entierros de su bolsillo, se paseaba en Testarrosa por Vilagarcía y casi subió al Cambados a segunda división, sin descuidar por ello sus escrupulosas tareas como importador de media docena de toneladas de cocaína.

La romantización del criminal es género reservado a los mejores rapsodas, de Thomas De Quincey a Francis Ford Coppola, pero el retrato cobrará un relieve definitivo si los narradores comparten paisanaje con el protagonista. He recordado aquella divertida velada ahora, al ver en la tele a un barbudo Miñanco que ha pasado 20 de sus 59 años en la trena y a quien la Audiencia Nacional acaba de conceder el segundo grado penitenciario: podrá salir entre semana a trabajar en cualquier empresa que le ofrezca un puesto siempre y cuando opere fuera de Galicia. ¿Por qué? Lo explica el auto: «Es necesario evitar el daño que la presencia del interno pueda producir a las víctimas o a su familiares que actualmente vivan en la zona de la que es oriundo el interno». Y evoca a continuación la famosa «generación perdida de las Rías Baixas», que compite en juventud truncada con los portales más sórdidos de la Movida.

Ahora.

Ahora.

Tanto como entiende la fascinación literaria del personaje, uno comprende el dolor que la sola visión de su figura paseando en libertad por el vecindario causará a los familiares de quienes perdieron un hijo en el cepo penoso de los paraísos artificiales. Ahora bien. Perdonen si apunto una diferencia entre un De Juana Chaos que, tras cumplir su pena aún pendiente, retornase a su piso en el barrio de Amara de San Sebastián, donde viven varias víctimas de ETA; y la hipótesis que baraja el abogado de Miñanco, según la cual el narco podría obtener el tercer grado este mismo año e instalarse con todas las de la ley en su casa de Cambados. Y no me refiero ahora al hecho lógico de que el asesinato, penal y moralmente, comporte mayor gravedad que el narcotráfico. Me refiero a que el asesinado por un etarra nunca tuvo elección, mientras que quien muere de sobredosis a manos de un camello sí la tuvo. La droga provoca una degeneración paulatina de la voluntad, con la que forcejea un tiempo hasta que termina anulándola por completo; el tiro en la nuca tiene una manera más aparatosa de anular voluntades: ni siquiera deja margen a la negociación.

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Protocolo contra el tedio

Sánchez cabreando a Montoro.

Sánchez cabreando a Montoro.

Seis horas de debate pedían a gritos la ruptura del protocolo, pero ayer en el Congreso nadie se atrevió a saltar sobre la tablet de Celia Villalobos como le sucedió en Berlín a Mario Draghi. Por cierto que la iconoclastia ya no es lo que era: los antisistema protestan con confeti y los republicanos regalan a su enemigo, con ademán de tímida disculpa, una serie de televisión.

Lo más parecido a un estallido social que tenemos aquí es lo que hay entre Rosa Díez e Irene Lozano, que cuando una se sienta en el escaño la otra sale del Hemiciclo, y cuando no hay más remedio que coincidir -al fin y al cabo integran el mismo grupo parlamentario-, se coloca entre ambas Gorriarán a modo de cortafuegos.

Otro duelo divertido enfrentaba a Coscubiela (ICV) con Rafael Hernando (PP), donde el primero ejercía de Savonarola acusando a todos los diputados del PP de ser evasores fiscales, y el segundo pedía las sales para no desmayarse de purita indignación. La coartada argumental del día la brindaba la última desfachatez de Rato, que sirvió a Pedro Sánchez para pedir la dimisión de Montoro desde la tribuna de oradores.

Hace bien Sánchez en pedir dimisiones con su voz bien temperada; no porque nadie del Gobierno o de su partido la vaya a escuchar, sino principalmente para oírla él mismo y convencerse de que sigue siendo el jefe del PSOE y sigue estando a favor del aborto. En el escaño le sorprendí el gesto de voltear el móvil cuando recibía un whatsapp, como si temiera que fuera de Rubalcaba, que no es la legítima. Su pregunta sobre política educativa iba dirigida a Rajoy, pero se permitió una colleja retórica a Wert que hizo blanco: «El señor Wert me llamó apóstol de la equidad, lo cual demuestra la manía que tienen ustedes por introducir la religión en el debate educativo…».

Se escucharon risitas incluso en la bancada azul. Pero don Mariano no se dejó impresionar y replicó que en España no ha funcionado más legislación educativa que la socialista, con los resultados desnudados por Pisa, que achacó al inmovilismo de la izquierda, para quien todo mal proviene del conservadurismo de la derecha. Si la educación en España no avanza es porque ni siquiera hay consenso sobre si se mueve o no; o sea, como en tiempos de Galileo.

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Master Chof

Bale creando un héroe.

Bale creando un héroe.

Vestía Simeone de negro riguroso en recuerdo de Günter Grass, pero antes de que se cumpliera el cuarto de hora ya había empapado en sudor la camisa a fuerza de brazadas enérgicas, que es su forma de reclamar intensidad en el césped o invocar respaldo en la grada. ¿Qué pasaba para que el Calderón necesitase de estímulo contra el Madrid? Pues que el Madrid olvidaba las demasiadas cuitas de los últimos derbis y se plantaba en el Manzanares como antaño: con el estandarte SPQR del campeón de Europa. Aleluya: presión alta, concentración defensiva, control del balón que reduce al córner fortuito y al remate lejano la mejor ocasión del rival. Al descanso los de Ancelotti solo habían suspendido una asignatura, precisamente la troncal: la pegada. Cada vez que Bale falla un mano a mano se funde un neón en Times Square. Oblak, justo es decirlo, se doctoró en la parada a bote pronto: anoche parecía capaz de despejar un balón de rugby, un dron, una intención de voto.

El Atleti no quiso o no supo plantear un partido premoderno de esos suyos en los que el balón parece cuadrado a fuerza de no rodar, aunque Mandzukic hizo cuatro faltas en ocho minutos, lo que ha de merecer algún reconocimiento. Lo que mereció en realidad fue un codazo cortante de Ramos al inicio de la segunda mitad que lo desquició, como siempre nos desquicia un poco la vista de la propia sangre. Al croata lo tuvieron que recomponer en banda como al San Juanito de Miguel Ángel. Pero hay que decir que no fue un partido violento. Pese al altísimo ritmo, se apreciaba en los jugadores un metafísico sentido del tiempo: quedan 90, no nos volvamos locos. Exceso de tacticismo que lastró la amenidad de la segunda parte. Más de uno se puso a pensar en Master Chef.

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Felipe hipotiza

Misa laica.

Misa laica.

Un día le pidieron al presidente Felipe González que avanzase unas previsiones. La respuesta le salió directa a los anales del valdanismo político:

– Yo no hipotizo sobre futuribles.

Se cuenta que en ese preciso momento los huesos de Cervantes se revolvieron en su tumba y quedaron definitivamente mezclados con alitas de pollo. Pero ha pasado el tiempo, y últimamente González no se dedica a otra cosa que a hipotizar sobre futuribles monclovitas tan hechos y derechos como Susana Díaz y Pedro Sánchez, incluso cuando hipotizar sobre uno comporta dejar de hipotizar sobre la otra, o viceversa. No contento con eso ni con la amistad de Slim, el ex presidente se atreve a hipotizar sobre la aznaridad de Pablo Iglesias, quien a su vez hipotiza sobre la aznaridad de Felipe, lo cual refleja un estado resueltamente hipotético de la política española, tan alejada de la normalidad ontológica que reivindica don Mariano.

Dos días después de confesar que no votó a Sánchez en las primarias, pero que le apoya a rabiar por el momento, los politólogos continúan trazando desesperados el croquis del poder oficioso en el PSOE, que tiene más jefes que una Pyme con ínfulas y más psicofonías que unas ruinas templarias. Al apergaminado mapa socialista le van brotando engranajes y ruedecillas como en la cabecera de Juego de Tronos, y aún hay que añadirle el islote ZP, que conecta con el peñón Bono por el istmo de Desembarco en Podemos; los afluentes guadianescos de Rubalcaba, que aparecen y desaparecen al compás de las decisiones de Sánchez; y por último la ría Chacón, que solo irrumpe tierra adentro si se produce el hundimiento del litoral. Nunca botín tan exiguo mantuvo tan ocupados a tantos.

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Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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