Si Dios existe más vale que tenga una buena excusa, razonó Woody Allen. Confiamos en que también la tenga el tipo que inventó la democracia, arcana divinidad de nuestro tiempo. Yo no he sido, así que no me miren, pero conozco al menos su funcionamiento teórico: democracia es el gobierno de la representación de la mayoría. Por eso no dejan de sorprenderme esos gruesos titulares que alarman a la población con la terrible posibilidad de «que gobierne la lista más votada». ¡Hasta ahí podíamos llegar!, parecen clamar a cinco columnas. Pero si merece tal énfasis la noticia es porque en España no siempre la democracia ha deparado el gobierno del más votado, escrúpulo aritmético que vino a aliviar la doctrina parda del cordón sanitario, cuya bandera pirata acaba de ondear Garzón el Joven ante Esther Esteban. El cordón sanitario es a la política lo que el tanga a la costura: un argumento nacido a pachas de la desidia y el impudor que persuade a la mente progresista de que el pueblo siempre tiene razón… salvo cuando vota a los fachas del PP, en cuyo caso se equivoca, su mandato no rige y se declara abierta la veda de los frentes, es decir, del chalaneo hasta el paroxismo hexapartito.
El austericidio de Mayweather
Yo no sé qué esperaba la gente. Seguramente un tabique roto, una ceja partida, qué menos que salpicar un poco el escote de Beyoncé. El tacticismo extremo de la pelea deja un rastro de decepción, cuando no un manifiesto enojo con los jueces, y sin embargo ocurrió lo que el aficionado medio sabía que ocurriría. Si algo ha demostrado el Mayweather-Pacquiao es que el boxeo no es la salvajada que, inconfesablemente, cierto espectador desea de dos hombres semidesnudos desafiándose sobre un ring. Confío en que esta victoria de la prudencia sobre la testosterona contribuya a mejorar la imagen del boxeo en los medios.
Fue, sí, un combate cicatero en que ninguno de los dos púgiles se entregó a fondo ni frisó siquiera la altura de su nombre. También lo sabíamos, pues ambos superaron hace años la edad romántica del suicidio. Más abnegación vimos en el Pizjuán, con esos cabezazos tercos de Cristiano que sujetan la esperanza de la Liga. Sabíamos que en Floyd Mayweather cabe toda modalidad de lo hortera pero ninguna expectativa de brutalidad. El campeón es un boxeador maquiavélico, glacial, austericida incluso: no derrocha muchos más golpes de los que ingresa. Y por eso venció. Las tarjetas no mienten: Pacquiao conectó 81 de 429 golpes, mientras que Money el Invencible acertó 148 de 435 intentos. Superioridad negra en números redondos.
¿Por qué entonces invadió Twitter un clamor de tongo al conocerse el veredicto? Hay un pipero del boxeo que valora ante todo la modestia y la actitud, como aplaudía las carreritas en la presión de un Raúl decadente, y no se puede negar que la iniciativa la llevó Pacman, cuyo combo enloquecido del cuarto asalto actualizó aquel título de demonio tagalo. Floyd lo encajó en las cuerdas, recurrió al paso lateral y siguió a lo suyo, consciente de que cuenta el impacto y no la vistosidad. Incluso arriesgó demasiado a fuerza de no arriesgar, escatimando contras para fastidio del YouTube, y tuvo que aplicarse a partir del séptimo asalto para restablecer la jerarquía. Su estilo arroja así una lección ética de autodominio, una estética de sencillez y hasta una económica de control del déficit. «El plan de todos es venir hacia mí y tirar muchos golpes. No ha funcionado en 19 años», había declarado la víspera. Ahora puede repetirlo con el cinturón de esmeraldas ciñendo su intacta cintura. Una vez más.
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Ignacio González y el último corrillo
La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.
Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.
En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.
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El meigo en la hoguera
Cunde entre mis compañeros la sensación de que el marianismo se desmorona. Los síntomas, ciertamente, son innegables. Van desde la rivalidad ya aflorada entre la vicepresidenta y sus ministros, a la garrulería patatera de Montoro y sus menestrales; del irreversible cainismo que se profesan Moncloa y Génova (solo comparable al idilio que mantienen Patrimonio Nacional y El Prado), a la ineptitud para coordinar las filtraciones, habilidad que en las democracias mediáticas -y ya en los burgos feudales, me temo- constituye el primer orgullo de un gobierno consciente de sí. Coronando el silogismo, la desinformación delata pérdida de poder.
Sin embargo, Rajoy ha desmentido tantas veces a sus enterradores prematuros que conmueve este afán por inhumarle, como conmueven todos los empeños románticos. La perdurabilidad de Rajoy es una máquina de engendrar melancolía tertuliana. Y si sobrevivió a su amistad con Bárcenas, nada hace pensar que no sobrevivirá a un crecimiento de tres puntos del PIB. En las oscuras noches de llovizna, don Mariano sale silenciosamente de palacio, se sube a una escoba y sobrevuela los cementerios donde aúllan los cadáveres de sus enemigos. Y a su regreso, un puro metafórico continúa encendido entre los labios.
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Rajoy: médico o pastelero
Qué pretendéis hacer con don Mariano, ‘peperos’ del demonio. A qué contorsiones demagógicas vais a someterlo en campaña. Por qué fango catódico queréis arrastrarlo. A cuántos niños deberá arrimar su hirsuta barba, a cuántos jubilados palmotear el lomo, con cuántos adolescentes Hilfiger deberá autorretratarse para ampliar el legendario cupo de su paciencia. Dirán como siempre que todo es idea del marido de Celia Villalobos, pero uno cree que tales atrocidades, más que de un matrimonio usuario del Candy Crush, solo han podido salir de la mente de un lector de Blake que soñó con dulcificar el gesto de un funcionario con tertulia en casino de provincias. Eso era sin complejos Rajoy hasta que barones y asesores decidieron que debía «mezclarse con la gente» -que es como llaman a fingir que a un político le importa de súbito la gente- para hacerse perdonar el voto de castigo de los mismos pardillos que votaron a Rato.
Pero ay, don Mariano anda tan desmoralizado con la ingratitud demoscópica de sus gobernados que se ha prestado a la pantomima, sin advertirles que lo mismo daría bajar un plasma al patio de butacas: los mítines del PP evocarían entonces esos traumáticos capítulos de El coche fantástico en donde, al haber quedado destruida su indestructible carrocería, KITT solo pervive en espíritu y voz a través de la caja CPU que Michael coloca amorosamente en el asiento de copiloto de su coche de repuesto. Es cierto que en la serie KITT hace gala de un mayor desparpajo verbal que don Mariano, pero ambos comparten cadencia de parpadeo.
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Pacquiao vs. Mayweather
Faltaban dos semanas para el combate de su vida contra Manny Pacquiao cuando a Floyd Joy Sinclair Mayweather se le antojó comprarse un Bugati. Miró el reloj, comprobó que eran las tres de la madrugada y marcó el número de su vendedor:
-Tienes 12 horas para conseguirme un Bugati. Si no lo consigues en ese plazo, ya no lo quiero.
El vendedor ha contado luego que colgó el teléfono, se duchó, hizo algunas llamadas, tomó un avión y entregó un rutilante Bugati al deportista mejor pagado de la historia, cumplido lo cual declaró: «Esto me ha hecho mejor persona, trabajar más duro y no ponerme límites». Nunca perdonaremos a los gurús del emprendimiento que hayan contagiado su retórica calvinista incluso al recadero de un boxeador podrido de millones. El mejor del mundo libra por libra y campeón invicto en cinco categorías, eso sí.
Pero que nadie piense que Money Mayweather no ha preparado a conciencia esta pelea. Que nadie madrugue para él el tópico del juguete roto, el sansón tonto y millonario perdido en la satisfacción de sus complicados caprichos, atendidos 24 horas por un séquito de oro y hip-hop. Uno sospecha que Mayweather cumple con el ritual de la ostentación casi obligado por oficio y posición, por no decepcionar a sus hinchas y por ese tedio existencial que se apodera de ti cuando ganas 105 millones $ al año.
No es Mayweather un Tyson de infancia desolada que halló en el boxeo el desaguadero de su frustración y la revancha contra el mundo: hijo y sobrino de boxeadores, ha mamado el noble arte desde la cuna y ha sido entrenado por los mejores en los mejores gimnasios. El cuerpo de Floy Jr. llama al orgullo industrial, y si a los 38 años todavía le apodan Pretty Boy es porque tras 47 combates (47 victorias) ningún rival ha conseguido tocarle la cara con suficiente contundencia como para afearle sus armónicas facciones. Y eso, bañeras de dólares y volquetes de putas aparte, sólo se logra mediante una disciplina atroz, una técnica superdotada y quizá la mayor inteligencia que se ha desplegado nunca sobre un ring después de Ali. Mayweather es intocable porque ha trabajado obsesivamente su invulnerabilidad. Su cintura es de gelatina, su repertorio inagotable, su instinto para clasificar puntos débiles un escáner infrarrojo y su guardia baja una trampa para los incautos que se aventuran por el perímetro blindado del campeón sin un plan de fuga detallado. Si abrigas la disparatada fantasía de pegar a Mayweather, más vale que le hagas escupir su protector bucal de 23.000 dólares o escucharás el ruido que hace un árbol al ser talado, y será tu cuerpo rebotando en la lona sin saber aún de dónde vino el contraataque. «Soy joven, soy guapo, soy rápido, soy elegante y probablemente no pueda ser golpeado», declaró Ali. Si alguien puede repetir hoy esa frase sin blasfemar, ese es Míster Money. Un sujeto, por lo demás, condenado por maltrato a 90 días de cárcel que reclamó la devolución de su licencia a la Corte de Nueva York con este argumento: «Yo no le impido realizar su trabajo de juez; no me impida realizar el mío».
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¡Tú eres vikingo!
Circula por ahí un tipo de lector entrañable, españolísimo, que en su quijotismo desaforado es capaz de conciliar la exigencia de compromiso con la denuncia de parcialidad. Es esa clase de inteligencia zorruna que nos tiende la emboscada perfecta, en la que uno pierde siempre: si rehúye su demanda por cobarde, y si la atiende por descarado. Es ese tuitero que nos pide que nos mojemos; que definamos nuestra posición en un asunto espinoso; que evitemos los socorridos refugios del perfil bajo, las generalidades vagas y la ironía sistemática. Pero que, cuando nos ha convencido para que hagamos todo eso, seguros de ganar si no su aplauso al menos su reconocimiento, corre eufórico a afearnos nuestra parcialidad: «¡Oiga, que se le ve el plumero!».
Nuestro hombre constituye una mezcla armoniosa de dos arquetipos tan opuestos como el chulo y el afrancesado: es un castizo que quiere que el torero eche la pierna por delante de la embestida previsible, y es el ecuánime racionalista que certifica con horror la barbarie de la cogida, castigo merecido por el temerario. El columnista se queda entonces sumido en la perplejidad, como Juan Belmonte cuando lo llevaban desangrándose a la enfermería por arrimarse incluso más de lo que acostumbraba:
«¿Le parece a usted que así de cerca está bien?», le espetó el maestro al aficionado que se había pasado toda la faena exigiéndole más cercanía al toro. Con la diferencia de que, en Twitter, los papeles de aficionado y de toro los interpreta el mismo: el tuitero taimado.
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Y sigue siendo el rey
Con dinero el Madrid, y sin (tanto) dinero el Atleti, en el fútbol uno no siempre hace lo que quiere, ni su palabra es la ley; pero anoche un delantero venido de México, sin trono (aunque con reina), permitió que el Madrid siguiera siendo el rey. Javier Hernández, devoto y luchador, sin la exquisitez letal de Karim, con el fuego que en el francés nunca prendió, acometió una y otra vez la portería blindada de Oblak y su plegaria fue finalmente atendida.
Corría el minuto 38 cuando Robinson definió la situación con la solemnidad de un hispanista: «No tiene continuidad el juego del Atleti». No lo habría expresado con mayor circunspección el finado Raymond Carr. Nosotros creemos sin embargo que en la discontinuidad de su juego consiste precisamente la continuidad del estilo rojiblanco, y hace muy bien en no interrumpirla con ambiciones asociativas, no hablemos ya de marcar un gol. Mediada la primera parte Simeone pidió a los suyos intensidad, que ya sabemos lo que significa, y si alguien lo olvida sale Raúl García.
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