Soñar con Santi, despertar con Pedro

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«Vota a Vox y hazme reír».

Pedro Sánchez le ha dado una entrevista a Ferreras, que venía de discutir con Pablo Iglesias, que venía de abroncar a Ferreras por no someter a su morada aprobación la candidatura de los tertulianos de La Sexta. Sánchez no hará eso, me refiero a abroncar periodistas, pero solamente porque no lo necesita. Le basta agitar el espantajo de la ultraderecha cada cinco segundos y esperar a que el miedo le haga todo el trabajo. Pero no exactamente el miedo a Vox -en realidad bastan cuatro vídeos suyos para mudarlo en ternura- sino el miedo a que los amigos de Fulano sospechen que Fulano no se deja la piel combatiendo el fascismo como un Schindler de Twitter. Y esta es la madre del cordero movilizador de la izquierda: el pánico tan español al qué dirán. He ahí la levadura secreta de la receta de Tezanos.

De modo que la campaña sanchista es el agujero de un donut que Santi viene a arrancar de la boca de nuestros hijos hambrientos a la hora de la merienda. Ese agujero negro devora las dos únicas cuestiones verdaderamente importantes que se dirimen el 28-A: la continuidad de la soberanía única de la Nación y la disposición de nuestra economía para aguantar el embate de la recesión que viene. De ninguna de las dos cosas puede hablar Sánchez sin que se le caiga la cara de vergüenza por sus pecados plurinacionales -en los que cada tanto reincide el subconsciente de un Iceta o una Lastra– o por su infame compra de votos con cargo al mayor déficit de la zona euro. Así que sale, habla de la ultraderecha y se esconde otra vez, fiado de que la mera alusión a la sigla maldita active los resortes pavlovianos del personal en el sentido deseado.

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10 abril, 2019 · 17:23

Animal Rivera

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Un político.

Albert Rivera es un animal político, pero es un animal acorralado. Una partida ambidiestra de cazadores obsesionados con el pedigrí ideológico asedia su madriguera centrista: le exigen que salga a la luz y entregue sus votos. Que reconozca de una vez que España no es país para centro, ni jardín para anfibios que asuman el aborto, la eutanasia, el matrimonio gay o los permisos de paternidad sin dejar de promover la moderación fiscal y la unidad de España. La política ibérica se organiza en cotos vedados desde tiempo inmemorial pero Rivera es un predador cimarrón, nacido en campo abierto, que invade los terrenos de los demás para llevarse sus votos sin permiso. Hizo el pacto del abrazo con Sánchez y por tanto no es de fiar para la derecha; hizo presidente a Rajoy antes de ir a terceras elecciones y por tanto no es de fiar para la izquierda. Si no pacta, su partido es inútil; si pacta, es volátil. Quizá debería rendirse y acabar de una vez con su forma furtiva de existencia, renunciar a vivir adaptándose al medio como una fiera desesperada a la que le han cambiado de hábitat como mínimo tres veces: el pujolismo, el marianismo, el sanchismo. A todos ha sobrevivido, pero quizá debería dejarse ir resignadamente hacia una madurez confortable de chalé, bando o bisagra. Una vida española, al fin y al cabo.

El animal Rivera, sin embargo, no acepta su destino. Que según los que hacen las encuestas solo puede ser la sala de trofeos de los cazadores convencionales. A la entrada de su madriguera le han pintado esvásticas, signos masónicos y lazos amarillos. Le advierten de que ahí dentro escasea el oxígeno y de que pronto tendrá que salir, y entregarse. Sus 13 años de merodeo por el páramo agreste de Caín tocan a su fin. Esta vez desaparecerá.

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9 abril, 2019 · 11:02

Recordando a Pedro Sánchez

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El auténtico Sánchez.

La diferencia entre Pedro Sánchez y los demás es que los demás mienten, pero solo en Sánchez todo es mentira. Todo salvo una cosa: su ambición. Por ella fue socioliberal contra Madina y bolivariano contra Susana, plurinacional en la moción y rojigualda en el mitin, péndulo que viaja con Ábalos hacia Cs y que retorna con Montero hacia Podemos, seductor en la propaganda e implacable en la purga del partido. Sánchez es el doctor que echó a Montón por plagio, el que expulsaría de su equipo al beneficiario de una sociedad, el que nunca gobernaría con independentistas. Sánchez es un significante vacío que Iván Redondo va rellenando de lo que toque, del mismo modo que anteriormente enroló a Albiol en la limpieza de Badalona o diseñó disfraces para Monago. Ahora al glacial maniquí lo han reprogramado con el chip marianista del «sentido común» y el absentismo mediático, y de momento anda. Primero porque aunque la estrella del PSOE estalló hace tiempo, su viejo fulgor aún llega hasta los ojos de los socialdemócratas desesperados por creer que su partido vive. Y segundo porque tiene la Moncloa, que parte, reparte y se queda la mejor parte. De eso va el poder: de enterrar cada viernes la general impresión de ser un fraude bajo un alud de dinero público, y confiar en que el efecto dure hasta la próxima crisis.

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9 abril, 2019 · 10:31

Ferlosiana

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Un clásico.

De una España que idolatra la cocina, el gimnasio y las mascotas ya estaba tardando en bajarse Rafael Sánchez Ferlosio, que consagró su vida a las anfetas, la sintaxis y los hombres. Tiene suerte de haberse muerto antes de tener que soportar la humillación del elogio unánime, el gran contestatario devenido autoridad, el iconoclasta hecho mármol, el ceñudo revelado en su ternura. Lo cierto es que el inmortal ha muerto y ha hecho bien, porque nada de lo que podía ofrecerle el mundo podía ya interesarle.

El columnista capaz de escribir «sinaítico» porque quizá veterotestamentario le parecía manido está mejor en los libros de texto -¿los hay aún?- que en su tertulia del barrio de la Prospe. El español que se medía con Ortega, y en ocasiones lo vencía, no tenía espacio en los zascas de Twitter. El humanista que acusó a Walt Disney de ser «un corruptor de menores nunca bastante execrado, el más mortífero cáncer cerebral del siglo XX», jamás habría podido exonerar a sus discípulos, especistas descongelados que propugnan los derechos humanos de los animales. El anarquista que clamaba lo mismo contra «el furor de dominación» del Estado y contra «el furor de lucro» del mercado no encajaba en el troquel binario con que se empeñan en seguir sexándonos como a pollos sin cabeza. El ciudadano ahíto ya en los 80 de la «empachosa onfaloscopia» –omphalós en griego significa ombligo- por la que la lucha cívica de la igualdad cedía al empuje disgregador de las identidades no resistía otra ojeada a los frentes judaicos populares en que ha degenerado la izquierda. El ateo irreductible que se mofaba del macizo de la raza marcha de aquí antes de aguantar la nueva ola de narcisismo folclórico que esencializa la romería del Rocío o eleva la tauromaquia a misión histórica. El moralista escatológico que denunciaba «la moral del pedo» ha preferido morirse antes de seguir oliendo el tufo a sacristía laica de tanta oenegé, colectivo, minoría, activista de agravio vivo e intestino muerto cuyo gas noble solo complace al que por su culo lo predica. Y el jacobino, en fin, que hace un año ya confesaba el tedio oceánico que le producía el tabarrón catalán ha decidido fallecer oportunamente antes de seguir tolerando «esta peste catastrófica de las autonomías, las identidades, las peculiaridades distintivas, las conciencias históricas y los patrimonios culturales», por culpa de lo cual la inteligencia de los españoles -afirmaba- va degradándose hasta acercarse peligrosamente a los umbrales de la oligofrenia.

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2 abril, 2019 · 11:37

Cómo votar a Batman

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Votante.

-¿Pero tú crees en la política?

Si la vida no te prepara para contestar a esta pregunta sentado en una tertulia de la radio, mucho menos en la butaca de la peluquería. Lorena me interroga mientras el peine y la tijera bailan rítmicamente en sus manos y los mechones muertos van amontonándose sobre mis hombros. Brilla la curiosidad en sus ojos azules.

-Quiero decir, ¿los políticos pelean por llegar al poder o por mejorar las cosas?

-Por lo primero. Y en los mejores casos descubren lo segundo una vez han llegado.

A Lorena mi respuesta no le satisface. Esperaba algo más concluyente. Pero soy un tertuliano. Guarda unos segundos de silencio mientras ataca el parietal izquierdo con mecánica determinación, después de haber descargado el derecho. Echa las mañanas poniendo mechas a señoras bien de Chamberí con las que repasa la actualidad del corazón. A mí me ha visto en la tele hablando de política, y un agudo sentido comercial le lleva a adaptar la conversación a los intereses del cliente con la misma profesionalidad con que ajusta el cabezal de la maquinilla a la frondosidad de su barba. Pero sus preocupaciones políticas son sinceras.

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2 abril, 2019 · 11:34

Poderoso Marchena

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Un juez.

A Ruano, que era un hipocondríaco tremendo, le bastaba saber que Marañón estaba en la ciudad para sentirse mucho mejor. Algo parecido nos pasa con Manuel Marchena. Vivimos más tranquilos desde que sabemos que se sienta cuatro días a la semana a impartir justicia en el blanco palacio de la plaza de la Villa de París. Por eso confiamos en que el juicio se alargue todo lo posible y permita a Marchena seguir desplegando durante mucho tiempo esa letal ternura que glosaba Latorre y que tanta esperanza lleva a nuestros corazones desencantados. El día que se acabe este juicio dejaremos de ver a Marchena en televisión y todos nos sentiremos un poco más vulnerables, y ya no encontraremos consuelo hasta que los nacionalistas den otro golpe de Estado y Marchena se siente otra vez a juzgarlo.

Marchena es un hombre poderoso, pero hombres poderosos ahora los hay por todas partes. Los hay hasta en las redes sociales. Nuestro tiempo propende a entronizar a los horteras y a oscurecer a los excelentes. En una época en que el Ejecutivo recae sobre un Sánchez y el Legislativo se distribuye entre siervos mudos y folclóricas chillonas, contemplar a Marchena en el cotidiano ejercicio de su sereno poder devuelve todo su sentido al cacareado sintagma del Estado-de-derecho. Ante Marchena parecen lo mismo Rajoy y Rufián, Junqueras y Soraya, Ortega Smith y Trapero: a todos iguala la autoridad inapelable del presidente del tribunal. Es la clase de autoridad que no puede fingirse ni atribuirse a un cargo pasajero, sino que emana de una aleación exacta de temple y conocimiento que hasta los golpistas reconocen de forma instintiva y a la que concedemos el nombre de prestigio. Hay en la crianza de nuestro juez la proporción precisa de seda canaria y acero vasco, de cortesía y contundencia, humanidad flexible y sólida institución. Un pedante, un payaso o un salvapatrias lucha ante el mundo por parecer culto, ingenioso o patriota, pero cuando declara o interviene bajo la grávida mirada de Marchena termina delatando su triste verdad de pedante, de payaso o de salvapatrias. Y sobre esa paciente epifanía se edifica a diario el relato fugitivo de los hechos y se dirime el peso odioso de la responsabilidad. Se hace, en fin, justicia.

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26 marzo, 2019 · 10:51

Nostalgia de guerra civil

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Futuro.

Y si la política no fuera ya sino una rama de la industria del entretenimiento. Y si el votante primermundista solo ansiara divertirse como se divertían en Weimar, cuando nuestros bisabuelos se liberaron de esos corsés parlamentarios llamados partidos. Y si el consenso ya aburre a las ovejas con derecho a voto que sienten envidia de las cabras montesas. Y si el estrés, la ansiedad y la depresión explicaran hoy el voto mejor que el paro, la educación o las pensiones. Si es así, si el cerebro del animal humano no puede soportar más de tres generaciones de paz tediosa, entonces habremos de repetir la primera mitad del siglo XX, bajo cuya lluvia de metralla resultaba imposible aburrirse. El estallido de la Gran Guerra sorprendió a Durkheim en Francia: allí constató que los psiquiátricos se vaciaban a la misma velocidad con que el ardor guerrero incendiaba los corazones de los franceses. Estamos hechos para pelear, portamos la agresividad como un estúpido apéndice que el progreso ha hecho inservible pero que nos duele como un miembro fantasma. Cuando no peleamos nos ponemos tristes, apáticos o furiosos. Y cuando algún demagogo rescata el lenguaje de la tribu llamando a la batalla contra el enemigo, por muy abstracto que el enemigo sea, no podemos evitar erguir nuestras peludas orejas de mono y escuchar hipnotizados.

Esos hombres fuertes nos dicen que ya hemos alcanzado el máximo de futuro que podemos tolerar. Que es hora de volver al confort del pasado aunque ese pasado sea un mito, un recuerdo inducido políticamente. Desde el Renacimiento el individuo ha ido emancipándose de su familia, su nación, su raza, su credo y hasta su sexo; terminó matando a Dios y mirad adonde nos ha llevado aquel deicidio: al suicidio como primera causa de muerte violenta en Occidente. La democracia liberal es insatisfactoria, pero el odio cura la depresión. El gregarismo narcotiza la conciencia. La libertad es un lujo para los pocos que pueden asumir la intransferible responsabilidad de sus errores.

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24 marzo, 2019 · 23:44

La Roma de Bernini

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El rapto de Proserpina, de Bernini.

De todas las Romas que caben en Roma, la culpa de que uno prefiera la barroca es toda de Bernini. Otros viajan a la Urbe en busca de césares y foros, atentos al eco de una lucha a muerte en el Coliseo o siguiendo las huellas de las legiones que dominaron el mundo durante mil años. Es la Roma de Mary Beard y la de Gibbon, la de nuestros manuales de latín, la que proclama la vigencia de una civilización que no es ajena ni remota, vestigios marmóreos o estatuas mutiladas. No, no: los romanos somos nosotros. A poco que leamos descubrimos que nuestro derecho, nuestro mapa de carreteras, nuestras campañas electorales son romanas, si acaso con menos sangre pero con las mismas mentiras, escándalos y traiciones. Esa Roma eterna, por tanto, no nos interesa ahora porque la visitamos a diario en los periódicos.

La que nos interesa la labraron hombres que no creían en los dioses sino en Dios, hasta el punto de asumir su voz en la tierra. Es la Roma de los papas, los mecenas del más ambicioso programa electoral de todos los tiempos, al cual se llamó Contrarreforma, y cuya realización consagró el triunfo artístico del catolicismo sobre sus competidores protestantes hasta el día de hoy. Esplendor frente a austeridad, imaginación frente a normativismo, carnalidad frente a represión: ésta fue la campaña monumental con que los grandes papas posteriores a Trento ganaron las legislaturas de la posteridad. Necesitaban para ello a los mejores, y los contrataron a todos. Citar los apellidos de los genios que hicieron de Roma lo que es nos llevaría demasiadas páginas. Pero si tuviéramos que elegir un solo nombre al cual se debe la fisonomía más reconocible de la sede de la cristiandad, ése es sin duda el de Gian Lorenzo Bernini.

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19 marzo, 2019 · 12:04