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La exquisita alegría de ser Salvador Dalí

A Dalí (Figueres, 1904 – Figueres, 1989) le habría gustado mucho enterarse de que la completísima exposición a él dedicada en el Museo Reina Sofía está salvando del cierre a los locales de la zona. Aquel hijo rebelde del surrealismo, a quien el patriarca Breton –en perfecto anagrama de las letras que forman el nombre de Salvador Dalí­– rebautizó como “Ávida dollars”, nunca se avergonzó de su fortuna astutamente amasada, de su olfato fenicio, de su pionera encarnación del artista capitalista en la ya convencional tipología del escandaloso calculado. Dalí es otro de los nombres del éxito, y él hizo que el éxito y el narcisismo resultaran tan artísticos como el malditismo y la bohemia autodestructiva.

A Breton y a Orwell les cabreaba profundamente el individualismo irreductible de Dalí en tiempos de grandes causas colectivas, fueran éstas el marxismo o el socialismo (y más adelante la misma democracia, frente a la que el pintor de Figueres se declaraba anárquico-monárquico metafísico). Sus guiños manifiestos a Franco y su incalculable legado testado a favor del Estado español y no de la autonomía catalana terminan de convertirlo en un artista incómodo para la izquierda orejera y para el aldeanismo institucional que rige su tierra. Pero tratar de encorsetar a Dalí en las tumefactas taxonomías de la crítica engagé o pretender ahormarlo a los propósitos propagandísticos de la política de barretina no es menos disparate que subir el zapato de tu mujer a una balanza adornada y llamar a la ready made “Objeto objeto escatológico de funcionamiento simbólico”. Con Dalí ni se puede ni se podía contar para ningún empeño social que tratase de involucrar a más de dos personas: el genio y su musa, o sea, Gala. “La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición”, escribió Gómez Dávila, y Dalí, que presumía de no tener un solo amigo porque Gala colmaba toda la potencia afectiva de su corazón, no luchaba contra el mundo moderno sino que más bien ampliaba sus márgenes para hacer hueco en él a su disparatada egolatría. En estos tiempos de socialdemocracia espiritual –una forma de pacatería supletoria y simétrica del pietismo santurrón­– que glorifican la humildad de los que no pueden ser otra cosa que humildes, Dalí nos señala el santo camino de la autorreferencia:

Cada mañana, cuando me levanto, experimento una exquisita alegría, la alegría de ser Salvador Dalí, y me pregunto entusiasmado: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy este Salvador Dalí?”

Claro que es un camino sólo transitable por algunos elegidos, y en la im-pres-cin-di-ble entrevista concedida a Soler Serrano el propio genio rizaba el rizo de la modestia vanidosa:

–A medida que me admiro más, encuentro que soy una real catástrofe. Si hubiera dos mil Picassos, treinta Dalís o cincuenta Einsteins, el mundo sería prácticamente in-ha-bi-ta-ble. Pero que nadie se espante: no los hay.

No los hay, y por eso veneramos a los pocos que afloran. ¿Pero por qué la modestia en Dalí habría sido pecado? ¿Por qué suspendió el examen de graduación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando –enojando mucho a su freudiano padre– al negarse a desarrollar el tema de Rafael ante un tribunal de tres catedráticos, alegando que él sabía más sobre Rafael que los tres miembros del tribunal juntos? Pues porque, efectivamente, sabía más. Todo el genial invento de la personalidad de Dalí se sustenta en un talento nato para el dibujo, una dolorosa hiperestesia, una técnica superdotada, un estudio obsesivo de los maestros del Renacimiento italiano y del Barroco español, una imaginación densísima, una formación intelectual de primer orden. Sin nada de eso, Dalí se habría quedado en Damien Hirst o en cualquier otro payaso del star system museístico posmoderno.

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14 agosto, 2013 · 12:23

Novedad y eternidad de Cerdeña

Cala Luna, demasiado multitudinaria para mi gusto.

Cala Luna, demasiado multitudinaria para mi gusto.

Sin juramento puedo hoy creer a la Wikipedia cuando afirma que Cerdeña empata con Okinawa en la cúspide mundial de tasa de longevidad, registrando exactamente 22 centenarios por cada 100.000 habitantes. He pasado en Cerdeña unos días de julio, gastando mi dinero en la industria local de pasta al pesto y crema solar y deteniendo el coche al paso de mammas antiquísimas, padrinescas, cuyas barbillas se agrietan como oscuras ciruelas quemadas por el sol y cuya mirada escudriña al turista con la fijeza montaraz que aquella niña afgana regaló al fotógrafo de National Geographic. Esas viejas sardas que observan luto riguroso, a cuyo lado Bernarda Alba está lista para participar en un casting televisivo de saltos de trampolín, cifran en mi imaginación calenturienta el carácter irreductible de una isla violada por sistema –ha sido fenicia, griega, cartaginesa, romana, vándala, goda, bizantina, mora, aragonesa, austriaca y finalmente italiana, signifique italiana lo que signifique– y sin embargo virgen todavía de civilización en buena parte de su cuerpo montañoso de archipiélago eterno.

Rebusco en su Nuevo Descubrimiento del Mediterráneo la opinión de César González Ruano sobre Cerdeña, pero quia: es la única plaza importante del Mare Nostrum que Ruano no quiso o no pudo visitar, y quedó por tanto sin la glosa vivaz de su muñeca impresionista. El paisaje sardo no se distingue en todo caso del cuadro –consabido y novedoso– con el que nos tiene familiarizados el monte mediterráneo: encinares dispersos y riscos escarpados, cielos limpios que permiten al sol estival hacer su trabajo de fundición sobre la chicharra, olivos como bonsáis que Zeus regó demasiado, rebaños de cabras y ovejas que no respetan las normas básicas de seguridad vial, calas de agua caribeña cuya densidad de población turística resulta inversamente proporcional a la dificultad de su acceso.

El paisanaje sardo, como hemos dicho, encuentra en la tercera edad nativa la custodia de sus esencias premodernas. El sardo es primero sardo y luego, si eso, italiano, y no nos vamos a escandalizar ahora de la coloratura nacionalista que se le pone en la voz a cualquier isleño al poco de nacer, del mismo modo que a todo capitalino le adorna siempre cierto timbre de barítono. La bandera sarda, de hecho, la diseñaron los aragoneses en plena Edad Media, con su cruz de San Jorge y sus cuatro reales cabezas. Por lo visto aún está documentado el uso de un generoso número de dialectos autóctonos: el sassarés, el gallurés, el tabarquino de la isla de San Pietro y el alguerés –que viene a ser un catalán medieval petrificado, como la mirada de las ancianas endémicas–, aparte del sardo, naturalmente, que supongo que contará con su prensa subvencionada y sus multas por rotular en italiano, como es costumbre. Yendo yo en bañador al volante de mi Polo fui interceptado por un control antimafia de los carabinieri, tres collados de músculo equipados con metralleta vistosa y pipa al pecho que chanelaban una parla propia, la que ustedes quieran, pero aquello no era italiano de Piazza Navona, vamos. Me debatí un largo cuarto de hora entre la sospecha de formar parte de una original despedida de soltero y la lúgubre previsión de un calabozo sardo, pero al final me devolvieron todos mis papeles, dirigieron una última ojeada reprobatoria a mi camiseta de Tony Montana y me dejaron vía libre a Cala Fuili.

En Cerdeña hay también resorts de un pijerío inenarrable cuyas veraneantes acuden en tacones a la playa así cuenten 60 palos, velinas madurísimas que se obstinan en desafiar el imperio de Cronos. También están sus maridos, que son todos calvos y ventrudos como Tony Soprano, atienden el móvil como Tony Soprano y probablemente ordenen asesinatos como Tony Soprano. Hay también muchos gatos, gatos hambrones que no asumen la cadena de mando claramente establecida en los primeros versículos del Génesis, cuya cima debiéramos ocupar los sapiens sapiens. Hay camareros de una obsequiosidad razonable y socorristas prescindibles –valga el pleonasmo–, y en las peores calas hay infantes en pelotas que corretean y chocan y lloran como átomos de tenor para conmemorar que Herodes murió hace demasiados siglos. En Cerdeña hay, por último, turistas catalanistas que no consienten siquiera unos días de asueto al aldeanismo estructural que los habita, y que no bien llegan al hotel sito en un remoto pueblito de la costa oriental descuelgan su estelada del balcón para sentirse como en casa. El nacionalista catalán es el único animal que no se va nunca de vacaciones.

En todo caso, lo mejor y lo peor de Cerdeña son precisamente sus considerables cotas de virginidad turística. Su derroche de localismo intacto. Si deploras los chiringuitos, este es tu lugar. El programa de montaña, sol y mar con libro resulta muy atractivo hasta que nuestra memoria sensitiva trae inoportunamente el recuerdo palatal del mojito helado. De todos modos, la cura de tipismo insular se agradece después de haber llegado hasta Cerdeña en esa máquina ideada por José Bretón sobre plano de Pilar Rahola llamado ferry.

Un ferry es una franquicia flotante de Guantánamo que sale de Barcelona petada de adolescentes canis, hippies chancleteros y familias de refugiados de clase media, y que arriba a Porto Torres dejando en alta mar las esperanza naufragadas del alma sensible en la especie humana. Su malvada tripulación convierte el aire acondicionado en un instrumento de refinado sovietismo, programando el termostato a temperaturas glaciales que no es posible combatir en parte alguna del barco si no es contratando un camarote a razón de 210 pavos la claustrofóbica pieza. Claro que la conversión del ferry en un gulag ruso o iceberg comercial –puede ser una superstición para conjurar la aprensión Titanic: si no puedes con tu enemigo, conviértete en él– tendría explicación si la megafonía aclarase que en las bodegas, junto con mi Polo y otro cerro de coches, viaja criogenizado un raro ejemplar de mamut cuyo deshielo es preciso evitar a toda costa. A costa incluso de la criogenización de los sapiens sapiens de arriba, tan vulgares. Pero ay, la megafonía únicamente se ocupa de interrumpir la lectura del viajero cada 20 minutos para publicitar en tres idiomas la sala de masajes, las barritas energéticas o la concha de la hermana del capitán.

“El Mediterráneo, misteriosamente, me ha atraído siempre, y siempre los azares y mudanzas de la vida han terminado, también misteriosamente, por desarraigarme y alejarme, quién sabe si definitivamente, de él”, confesó Ruano. Confío, maestro, en haberle despejado algo el misterio bien de su atracción inmemorial, bien de su poder de alejamiento.

(Publicado en Suma Cultural, 7 de agosto de 2013)

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Eduardo Punset: el Sepu de la ciencia

Parece que el CSIC corre el riesgo de desaparecer si no le inyectamos entre todos otros 76 milloncetes de dinero público. De todos modos hay más españoles llorando por la extinción del Atleti de balonmano que por el peligro de quiebra que ronda al CSIC. ¿Qué pasaría si el CSIC desapareciera? Pues algo muy parecido a nada, porque los españoles lo de la I+D no lo han entendido nunca, y por eso pedía Unamuno que inventaran los demás, y por eso a los políticos, a fuer de españoles, el primer recorte que se les pone en la punta de la tijera es siempre el recorte en investigación, ciencia, laboratorio o biblioteca polvorienta cuyos legajos no interesan sino al doctorando. Aquí el doctorando integra una casta baja en españolidad, una excepción afrancesada de compañía tan sospechosa como los intocables hindúes.

Y además qué importa que se hunda el CSIC, teniendo a Punset. Eduardo Punset es el último renacentista –siempre que decimos “el último renacentista” confiamos en que sea el penúltimo, confiamos en la surgencia de otra criatura polifacética que ahora mismo es un niño con gafas desechando la tableta por ese Larousse que papá compró por un estricto prurito decorativo–, es decir, un hombre que ha sido de todo y, si no ha alcanzado la excelencia en nada, tampoco sería justo aplicar a su plural carrera el rasísimo rasero que marcó un día en que necesitaba pasta –no tanta como el CSIC– y accedió a vender rebanadas de pan Bimbo como si fueran puras hélices de ADN.

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29 julio, 2013 · 11:48

La verdad indiscutible sobre Mike Tyson

¿Dónde estás, inocencia?

¿Dónde estás, inocencia?

Spike Lee se ha especializado en el biopic de negros que destacan. Como él mismo es un destacado cineasta negro, todos esperamos que un día cierre el círculo de la negritud sobresaliente biografiándose a sí mismo en la gran pantalla. Mientras eso sucede, su próximo proyecto consistirá en adaptar para la HBO un monólogo titulado “Mike Tyson. La verdad indiscutible”, con el que el propio ex campeón de los pesados venía recorriendo los escenarios norteamericanos como otro toro salvaje aceptablemente redimido por el show business.

La verdad indiscutible sobre Michael Gerard Tyson (Brooklyn, 1966) establece que fue el boxeador más salvaje de todos los tiempos, la fuerza menos humana que jamás se haya desencadenado sobre un ring. Otros ha habido más técnicos, más estéticos, más rápidos, más resistentes, más invictos, más ricos, desde luego más inteligentes. No parece posible superar el palmarés de Sugar Ray Robinson; nadie pudo vencer a Rocky Marciano; Alí es el más grande por una carismática confluencia de todas las virtudes pugilísticas. Pero nunca un hombre ha inspirado tanto miedo a otro hombre (entrenado a su vez para dar miedo), nunca nadie ha prendido tan justificadamente el escalofrío del pánico en el alma de sus víctimas como Mike Tyson, el noqueador más terrorífico de todos los tiempos.

Tyson se crió en Brownsville, la zona más deprimida y deprimente de Brooklyn, las peores calles de entre las malas calles neoyorquinas de los setenta. Era un niño acomplejado por el sobrepeso del que abusaban los trapichas adolescentes. Cuando le quitaban las gafas para jugar con ellas, el pequeño Mike huía aterrorizado ante la sola posibilidad del enfrentamiento físico; pero más tarde, una vez conjurado el peligro, le embargaba la humillante resaca de rabia que deja la impotencia. Se aficionó a las palomas, que adquiría con el dinero que hurtaba al vecindario. Un día, uno de aquellos chavales mayores que él le robó un pájaro, y cuando Mike le persiguió suplicando que se lo devolviera, aquel insensato se volvió hacia su perseguidor, le mostró la paloma apresada entre las manos, con un brusco movimiento le retorció el pescuezo al animal y arrojó a los pies de su dueño el cadáver todavía caliente. Un incendio que ya no se apagaría se declaró en el interior de Michael: se abalanzó sobre el colombicida y le propinó la primera paliza de una vida generosísima en palizas. “Supe que nunca más tendría que preocuparme de que alguien se metiera conmigo”, confiesa sollozando como un niño de 40 años en uno de los documentales que más tarde han dedicado a su leyenda.

Con una madre que nunca escondió en casa su decidida apuesta por la promiscuidad, un padre que la había abandonado antes de que él naciera y semejante hábitat callejero, el único sentido de pertenencia que Brooklyn podía proporcionar a Mike nacía al calor de la delincuencia púber. Se unió a los pandilleros y abrazó una resuelta carrera de ladrón y de camello. El campeón de los pesados más joven de la historia fue precoz en todo: a los 12 años acumulaba tantos arrestos –sumaría 38 detenciones a los 13, todo un récord- que fue internado en un correccional.

Y allí empezó a cambiar su previsible destino de escoria social. El monitor Bobby Stewart organizaba peleas para desahogar a la conflictiva muchachada y Mike le pidió que le enseñara a boxear. Stewart vio disposición en aquel chaval precozmente maleado que deseaba resarcirse de las burlas cosechadas por su obesidad y su ceceo. A los pocos meses, Stewart pasó a su prometedor alumno a Cus D’Amato, mánager profesional y verdadero mentor del fenómeno Tyson. D’Amato lo sacó del reformatorio y lo acogió en su casa, le programó entrenos exigentes, le habló de la disciplina y de la paradójica espiritualidad que exige la práctica del boxeo, lo convirtió en púgil amateur y cuando su pupilo estuvo listo para la categoría profesional, satisfecho del deber cumplido con el noble arte de las dieciséis cuerdas, se murió. De esa orfandad ya no se repondría nunca el joven Tyson. D’Amato le había procurado de la nada una autoestima indudable, basada en la potencia letal de sus puños, y cuando faltó volvió a rondarle el desamparo imborrable del gueto.

Cus le había cogido con 15 años y había tutelado sus primeras victorias. En la olimpiada juvenil de 1981, Tyson se apuntó un récord que todavía no le ha sido arrebatado: noqueó a su rival en ocho segundos. Batió en el primer asalto a todos los demás con los que se enfrentó aquel año, que acabó con 21 victorias por una derrota. Siguió fogueándose y dando que hablar en combates amateur hasta que llegó su debut en el profesionalismo en 1985, año de la muerte de D’Amato. En los meses siguientes ganó 27 combates, 25 de ellos por K.O., 15 de ellos en el primer asalto. En noviembre de 1986, con 20 años y cuatro meses, su nuevo y codicioso promotor Don King le considera preparado para el gran desafío: la pelea por el título mundial de los pesados contra el campeón Trevor Bervick. Bervick había vencido en 1980 a un Alí en franca decadencia que esa noche no quiso perderse la velada: subió al ring antes de comenzar, se acercó al aspirante Tyson y le dijo al oído: “Véncele por mí”. Fue un hermoso gesto de cesión dinástica. El heredero no necesitó completar el segundo asalto para ocupar el trono.

“Estuve dos semanas sin quitarme el cinturón para nada. Iba a comprar el pan con el cinturón puesto”, confesaría Tyson, que asimismo declaró haber combatido aquel día bajo los efectos quemantes de una gonorrea contraída por mediación de una fulana y no tratada por la vergüenza que le daba contárselo al médico. Tyson había infringido así uno de sus preceptos: practicar la abstinencia total hasta ser campeón. Entre los 13 y los 20 años había soñado con el título cada noche, estudiando una y otra vez la completísima videoteca de boxeo de D’Amato, memorizando los estilos de los grandes campeones y practicándolos sin descanso. Cuando alcanzó la gloria tan oscuramente deseada, la exprimió a fondo. “Todas las mujeres quieren estar con el campeón”. Por su incontinencia sexual le acabaría sobreviniendo la ruina, pero antes tuvo tiempo de marcar una época sobre el cuadrilátero: la última edad de oro del peso pesado.

La bestia desatada.

La bestia desatada.

“Mi trabajo consiste en hacer el máximo daño posible. Y como tengo un defecto pulmonar de nacimiento, sé que mis combates no pueden alargarse demasiado”. Estas dos premisas resumen el historial de nocauts más estremecedores que cabe datar en todo el siglo XX. Tyson era un boxeador más bien bajo para su categoría, pero la velocidad, precisión y potencia de sus golpes no se habían visto hasta la fecha. Jamás especulaba: salía a matar. Algo criminal, una pulsión de revancha contra el mundo ardía dentro de él alentando una ferocidad mineral, infrahumana, desagradable incluso para la sensibilidad encallecida de los más fervientes aficionados al boxeo, que como escribió Manuel Alcántara es el único deporte que no es un juego. De no ser por la intervención de los árbitros, varios de sus rivales habrían muerto sobre el ring. Los golpes curvos de Mike Tyson, sus fulminantes series de ganchos y crochés retumbaban sobre la carne de la cara o del cuerpo del adversario como la pisada del tiranosaurio en el vasito de agua. El público deliraba de excitación sólo con verle en la esquina esperando el primer campanazo, como el depredador que mira a la cabra al otro lado de una reja que están a punto de levantar.

Mike Tyson dominaba además el arte del amedrentamiento: antes de empezar el combate, cuando los púgiles se emparejan cara a cara para recibir las advertencias del árbitro, el campeón fijaba una mirada deshumanizada en su oponente, le trasmitía la imagen precisa del terrible dolor que estaba a punto de sufrir hasta que el aspirante no aguantaba más y desviaba la vista. Entonces Tyson sabía que ya había ganado la pela, que el rival se le había entregado presa de pavor, y cuando ya lo había noqueado se detenía un momento mirando al árbol caído con desprecio y luego volvía a la esquina con la mirada vacía del burócrata que ha concluido su jornada laboral. Como si, efectivamente, Hannah Arendt tuviera razón y el mal casara perfectamente con la banalidad.

Pero el éxito y la fortuna no contribuyeron a amansar a Mike Tyson. Pese a su matrimonio con Robin Givens –a la que se empeñó en conocer tras ver una película suya en televisión-, se abandonó a la vida crápula que tanto como el alcohol, las drogas o el sexo extramarital fomentaba una inevitable camarilla de parásitos aduladores. Tras el divorcio cantado, Tyson aún se abandonó más. Ya no se preparaba los combates, aunque los ganaba por la inercia de su pegada descomunal. En 1990 se enfrentó a James Douglas: las apuestas estaban 42-1 a favor de Tyson. Douglas llegó a besar la lona pero se recuperó y contra todo pronóstico noqueó al desentrenado campeón en el décimo asalto. Tyson se curó la humillación ganando en forma aplastante las tres peleas siguientes del calendario. Pero el concurso de Miss América Negra se interpuso entre su frágil disciplina y sus bestiales instintos. Él declaró que nunca llegó al extremo de violar a aquella Desiree Washington, pero el testimonio de la joven dio con los huesos del campeón en una cárcel de Indiana donde cumplió tres años. Allí se convirtió al islam, como antes hicieran Alí o Malcolm X, pero Tyson no sólo no halló la paz en la religión de Mahoma sino que constató asustado que empezaba a volverse a loco, a mantener furiosos diálogos consigo mismo. Un vagamente articulado rencor hacia su país le acabó persuadiendo de la necesidad de tatuarse a Mao en el brazo derecho y al Che en el costado izquierdo.

El mismo día que salió del talego acudió a rezar a la mezquita más cercana y convocó a los medios para anunciar que volvería a pelear. Once meses después había recuperado el título de los pesados y la gloria pugilística parecía refluir mansamente hacia él, pero otro negro muy fuerte había surgido para enseñorearse del escalafón en su ausencia: Evander “Real Deal” Holyfield. El choque de cercanías era inevitable. Se le llamó “Finally” y se produjo en Las Vegas el 9 de noviembre de 1996. Tyson perdió por K.O. técnico en el undécimo asalto pero había recibido varios cabezazos antirreglamentarios de su contrincante y por ello se acordó una revancha al año siguiente. Fue el famoso episodio de la oreja, ustedes lo recordarán. En respuesta a los tramposos cabezazos del defensor del título, Tyson le arrancó de un mordisco un pedazo de oreja por la que perdería la pelea, tres millones de dólares en concepto de daños y perjuicios y la licencia de boxeador.

La decadencia del legendario campeón estaba lanzada pero King Kong aún se resistió a caer del todo. Recuperó la licencia en 1998 y ganó media docena de peleas fiado al terror que todavía suscitaba en sus rivales. Pese a que le había abandonado aquella velocidad de relámpago seguido de trueno y de catástrofe natural, conservaba la pegada, que dicen que es lo último que pierde un boxeador. El polaco Golota se negó a dejar la esquina al comienzo del tercer asalto después de haber besado la lona y casi perdido un ojo en los dos primeros. Realizó su último y desesperado intento por recuperar el cinturón de los pesados en 2002 ante Lennox Lewis, que dominó la contienda de principio a fin. Tyson ha confesado después que a esas alturas ya solo peleaba por la bolsa, pues su mala cabeza y los manejos desleales de su promotor Don King –que recibió la visita intempestiva de su descontento cliente y de ahí salió directamente en camilla hacia el hospital- habían consumido una fortuna de 300 millones de dólares y tenía siete hijos de diversas mujeres que mantener. ¿Y quién se atreverá a advertir menos dignidad en el mercenario que se deja apalizar por llevar el sustento a su familia que en el arrogante hércules que se compara sin rebozo con los gigantes inmortales de su disciplina?

El ídolo caído.

El ídolo caído.

Su último combate tuvo lugar el 11 de junio de 2005 contra un barrendero irlandés llamado Kevin McBride. Tyson dio en la báscula 105 kilos de carne avejentada y macilenta. Perdió, claro. Y cuando los periodistas le rodearon para preguntarle por qué consentía manchar así su leyenda, Tyson se derrumbó y con los ojos secos y su voz de niño habló con una honestidad tan brutal, tan hermosa como su pegada perdida: “Ya no amo este deporte. Siento decepcionar así a la gente. No puedo seguir así, perdiendo contra boxeadores de esta categoría. Hace tiempo que solo peleo para pagar facturas. Al salir al ring pienso en mis hijos, no en los tipos con los que me enfrento. No combatiré más. Ya encontraré algo que hacer”.

Mientras lo encontraba, atendió solícito el canto de sirena de las drogas, por cuya posesión y consumo fue multado repetidas veces y finalmente sancionado de nuevo con la cárcel. Poco a poco, a lo largo de estos últimos años, ha luchado por su rehabilitación civil. Ha protagonizado cameos en cine, se ha empleado como showman, ha impartido charlas y conferencias ofrendando la autoparodia de su carne exhausta como única lección de vida, como el viejo salmón que muere cuando ha terminado de nadar contracorriente y alimenta con sus restos a las crías. Parece haber hallado cierta paz familiar, cierta dignidad profesional en el mundo del espectáculo, donde ahora se presentan Spike Lee y la HBO para ayudarle a consolidar su quebradiza senda de redención. Pero Mike Tyson, el boxeador más brutal de todos los tiempos, nunca estará pacificado del todo. En su alma dantesca seguirán huyendo de los demonios del lumpen las palomas mensajeras que llevan al cuello el mensaje confuso de una ira sorda que no se apaga y que no tiene destinatario ni razón de ser, del mismo modo que Tony Soprano no comprendía por qué los patos abandonaron para siempre su piscina.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de julio de 2013)

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Las peleas con la luz de Paulo Coelho

No es nada fácil entrar en una casa que no contenga una obra de Paulo Coelho. Usted entre en una casa española, australiana o israelí y repase con aprensión los anaqueles; no pasarán diez minutos antes de que tope con el título inevitable: El Alquimista. Los libros de Paulo Coelho (Río de Janeiro, 1947) llegan a las estanterías domésticas de todo el planeta con la naturalidad con que el polen se posa en las mucosas de los alérgicos. Yo mismo no estoy seguro de no poseer al menos una obra de Paulo Coelho, y esa duda terrible me sobresalta en las noches calurosas, despierto empapado en sudor y ya no vuelvo a conciliar el sueño hasta que he completado un escrutinio feroz de mi biblioteca.

Como para cualquier fenómeno de orden místico, Coelho ofrecerá seguramente una explicación paranormal que agote las causas de este éxito siniestro: 140 millones de libros vendidos en más de 150 países, traducidos a 73 lenguas. Quizá un guerrero de la luz introduce subrepticiamente sus volúmenes en nuestras casas y luego a fin de mes despacha los albaranes con el escritor en el interior de una gruta amazónica. Pero lo más escalofriante no es que a Coelho le traduzcan y le compren: es que además le leen. Todo el mundo conoce a alguien que ha leído El Alquimista. Mi novia, sin ir más lejos. Si le pregunto por qué, no sabría responderme. De nuevo topamos con lo inefable.

El día más feliz en la vida de Coelho no fue cuando terminó el Camino de Santiago en 1986, experiencia de la que saldría su primer libro –del mismo modo que al resto de los mortales nos salen ampollas–, titulado Diario de un mago. Ahí ya apuntaba maneras esotéricas. Pero de este relato de peregrinaje vendió poco, y sólo andando el tiempo, convertido ya en estrella despelujada de la autoayuda mística, aquella ópera prima le granjearía la Medalla de Oro de Galicia y el nombre de una rúa en pleno Santiago, que son dos dignidades con las que yo fantasearé toda mi vida. Tampoco la Legión de Honor gabacha le resarció de su juventud penosa y sus sueños de ambición. A él lo que de verdad le hizo feliz fue entrar en la Academia Brasileña de las Letras, porque sabía que pese a sus millones de libros vendidos y de dólares ganados, a la crítica nunca había conseguido engañarla. Un crítico que lee esta frase: “¿Cómo entra la luz en una persona? Si la puerta del amor está abierta”, sólo tiene una manera digna de reaccionar: vomitando. No obstante, para vomitar aun los críticos más frugales necesitan alimentarse tres veces al día, y cuando el éxito obsceno entra por la puerta, el escrúpulo académico sale por la ventana. La vergonzosa claudicación se produjo en 2002, con los huesos de la pobre Clarice Lispector centelleando de cólera en el cementerio judío de Cajú.

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1 julio, 2013 · 15:01

La indiscutible españolidad de Andrés Iniesta

Debió marcar él el gol del Mundial porque no hay nada más parecido a España que Iniesta. Iniesta es una paradoja tremenda: un individualista de equipo, un centrocampista moderno con fisonomía antigua, una estrella sin telegenia, un gran jugador de estatura irrisoria, un pueblerino de renombre mundial, un madridista culé. Para explicar a Iniesta habría que sustituir en las tertulias deportivas a tanto aforista de mondadientes por Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías y otros historiadores que han coincidido en lo complejo, lo ambivalente de España. También a Iniesta se le ha cargado con una leyenda rosa de aculturado modélico en los valores masíos y con una leyenda negra como de hermano pequeño de Pascual Duarte labrándose en Barcelona una reputación de Pijoaparte.

Ambas son falsas, claro. Iniesta fue un prometedor esqueje albaceteño –un brote decididamente verde– trasplantado en La Masía a los doce años que floreció más allá de lo concebible en lo futbolístico, pero que jamás dará la talla dramática en el belén bufo del redentorismo catalán más que como zagalillo invitado. El bueno de Andrés lleva el pancismo manchego pintado en la cara, y hace el ridículo cuando trata de hablar en catalán o defiende el derecho a decidir del nordeste peninsular. Es como meter a Maritornes en la cocina de Ferrán Adrià. Pero Guardiola, con esa sensibilidad tan suya para eso que los cursis llaman relato, se apresuró a celebrar sus goles decisivos como la obra artesanal de un hombre sencillo, sin tatuajes ostensibles ni damas aparatosas esperando en el reservado. El lindo Pep intentaba forjarle la más sofisticada de las leyendas, que es la de la sencillez, pero yo creo que si Iniesta no se serigrafía los antebrazos ni va petando los jacuzzis de escorts es porque toda la fantasía se le agota en el regate corto y el pase electrizante.

En el ángulo opuesto, hay quien no le perdona que no se haya revelado contra el tiquitaca, y esto es injusto. A Iniesta le ha perjudicado mucho la admiración de Ángel Cappa, al modo en que el refrán árabe lamenta que los necios nos humillen con su elogio, pero lo cierto es que su juego encajaría igual de bien en el Barça que en el Madrid, en River Plate que en el Rapid de Viena, porque a ningún equipo le sobra la habilidad. Ahora el fútbol, como el periodismo, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin un despliegue prolijo de cartabones y pizarras, de la misma manera que un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Al fútbol entre otros de Iniesta lo tildó Guardiola de izquierdista, pero yo creo que el número 6 de la Selección se conduce por el campo con la independencia de criterio del cura Merino: cuando no está sorteando emboscadas, está tendiéndolas. En todos los partidos de todas las ligas se producen emboscadas puntuales y pocos como el mágico monaguillo de Fuentealbilla saben salir de espacios achicados con recursos más baratos y eficaces. Los rivales se hartan de que se escurra siempre y acaban zancadilleándole, como pasó el otro día en el debut de España en la Copa de Confederaciones contra la pendenciera Uruguay.

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24 junio, 2013 · 10:49

Ana Pastor, sacerdotisa del fuego sagrado

Deontología es nombre de mujer.

Deontología es nombre de mujer.

Ana Pastor es el espejo en el que hoy se quieren mirar las más soñadoras de entre las recién licenciadas en Periodismo. Soñar y licenciarse en Periodismo constituyen hoy actividades de una violenta incompatibilidad, pero dejémoslo ahí. Si la facción pija o reporterismo de tacón elige quizá la referencia meteórica y poco sesuda de Sara Carbonero, aquellas que se notan tocadas por el nimbo sacro de la vocación de informar preferirán sin duda la prestigiosa carrera de Ana Pastor, dama brava y suspicaz, morena de mucho progreso y poca broma a la que, según tuit de Hughes, cualquiera le va con una mentira conyugal. “Dulce estilete”, la bautizó Emilia Landaluce con su habitual acrimonia.

Puestos a licenciarse en la sede más pura de la corrección política, que es la Facultad de Periodismo de la Complutense –de cualquier universidad pública–, lo cierto es que tomar a Pastor por modelo es lo más coherente que se puede hacer. Oigan, y tampoco es mal modelo. Ana Pastor es una periodista sagaz y atractiva, más valiente que la media, con más escrúpulos profesionales de lo que se le censura y menos de lo que se le elogia, imbuida de una dignidad gremial que portavocea con una eficiente mezcla de naturalidad y desprendimiento. A su llegada a La Sexta se apresuró a declarar: “No soy el fichaje estrella de La Sexta”; lo que visto en un titular, como todo semiótico sabe, equivale exactamente a dar por sentado lo contrario. Por cierto que muchos colegas critican sotto voce que Pastor fichara por La Sexta, uno de cuyos jefazos es su señor marido, Antonio García Ferreras; pero semejante rasgado vestimentario me parece de un fariseísmo singularmente estúpido y beato, y de hecho a mí lo que me escandalizaría es que un marido enamorado de su mujer, a la que sabe capaz y en paro, teniendo él poder y tratándose de una empresa privada no la incorporara inmediatamente a la franja de máxima audiencia. Mucho ha tardado Ferreras, para mi gusto.

Pero mientras que Ferreras es mourinhista y bienhumorado –a este cronista le saludó una vez con verdadera camaradería–, su esposa profesa el periodismo con una seriedad inalcanzable, un hieratismo y una exigencia ética como de sacerdotisa de la información, de vestal en vela que evita que se apague el fuego sagrado de la objetividad. Yo creo que con el tiempo se acabará tomando la crisis con más guasa, como se la toman sus propios entrevistados –sobre todo los ministros–, pero de momento no se permite una frivolidad en antena. Todo lo que hace, presenta o modera lo reviste de un carácter de máxima prioridad democrática, como si junto a aquel icónico velo ante Ahmadineyad se le hubiera deslizado al mismo tiempo cualquier vestigio de superficialidad, y desde entonces ya sólo se debiera a la VSR: la Verdad Sin Rodeos. La verdad descubierta por el velo, como tituló Bernini su alegoría más directa. En el caso de Pastor, claro, verdad equivale a progresismo de manual. Hace poco firmaba una tribuna en El País en donde abroncaba a un señor chapado a la antigua que puso el grito en el cielo al ver a dos gays besarse en un Vips de Madrid:

–Señor ofendido: lo que a mí me preocupa como madre es que mi hijo sea el personaje que insulta y humilla a una pareja. Lo que me preocupa como madre es que mi hijo tire de la intolerancia para afrontar lo que no comparte o lo que no entiende –escribía Pastor, desde la cúspide de la indignación cívica.

Y oigan, no es que en el fondo de este caso concreto no estemos de acuerdo: es que por las formas se escurre una solemnidad aceitosa, levítica, que espolea la reacción antes que el deseable asentimiento. En todo caso, Ana Pastor ha sabido hacer lo único que importa en este oficio, sobre todo si se ejerce en España: volverte lo suficientemente reconocible como para ser odiada por unos e idolatrada por el bando contrario, al margen de tus íntimas convicciones, que a su vez pueden ser variables. Por eso cuando la vuelta al poder del PP acabó dejándola sin desayunos –como con cada cambio de gobierno viene ocurriendo en el ente dizque público desde la Transición, con toda la anormal normalidad de lo español–, medio país salivó de gozo y el otro medio la erigió en penúltima Juana de Arco de la libertad de expresión. A nadie medianamente perspicaz se le ocultaba el sesgo izquierdista de su intervenciones –no por nada hoy escribe en El País y sale en La Sexta–, pero la imbatible ley de la superioridad moral de la izquierda se aplica con fervor en estos casos, reputando rigor aséptico lo que no era sino ortodoxia progresista. Para asepsia, la de la inmortal Ana Blanco, que rivaliza en eternidad catódica con Jordi Hurtado y que lleva no sé cuántas legislaturas dando el Telediario de la uno sin que se le conozca ideología ni se le mude un solo pelo del casquete capilar egipcio. Eso sí es dar información pura y dura, señores.

Y aunque haya trascendido la amistad entre el matrimonio Ferreras-Pastor y el matrimonio Barroso-Chacón, yo no advierto en Ana Pastor una vocación tan clara de ingeniero social como la de su hábil compañero Évole, ni la veo en conspiraciones para acabar de secretaria de Estado de Comunicación de doña Carme Chacón. De momento, vamos. Opino que le apasiona de veras el periodismo, y opino que le falta talento para ser Oriana Fallaci. Es, ni más ni menos, una periodista de izquierdas que hace bien su trabajo, con todo el mérito que hay en tener trabajo siendo periodista, menor ciertamente si eres de izquierdas.

No me resisto a ceder el colofón de este perfil a Meseta (@la_meseta_uber), uno de los tuiteros más implacables de mi colección, quien en una inspirada tarde del 6 de julio de 2011 cazó este sentidísimo tuit humanitario de nuestra protagonista: “El cuerno de África se muere. 9 millones de personas morirán este año de hambre si no se actúa, si no hacemos nada. Visto en el telediario”. Y no se supo contener:

@anapastor_tve yo de momento me estoy metiendo un bocata de mortadela entre pecho y espalda que no se lo salta un gitano. ¡¡Aprended, negratas!!

(Publicado en Suma Cultural, 15 de junio de 2013)

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¿Hubo cordobeses cultos en la Edad Media?

Maimónides en la judería cordobesa.

Maimónides en la judería cordobesa.

Acaban de echar el cierre las jacarandosas casetas de la Feria de Córdoba que en este mayo he conocido por primera vez. Córdoba es una ciudad milagrosa, más discreta que Sevilla y más honda que Granada, celosa de su centro imponente de cal cristiana y arena mora, recorrida por mujeres de una belleza cruel y mitológica. El displicente carácter cordobés obedece, creo yo, a la añeja conciencia de un linaje demasiado glorioso como para necesitar publicidad, blasonado por estoicos de la pluma o del estoque desde Séneca hasta Manolete, por filósofos heterodoxos como el rabino Maimónides y el musulmán Averroes, por poetas como Luis de Góngora o el admirable Ibn Hazm, quien nos legó este impresionante cántico a la libertad individual –les madruga en unos cuantos siglos el ideal emancipatorio, renacentista e ilustrado, a Giordano Bruno y a Juan Jacobo Rousseau– cuando se enteró de la quema pública de sus obras en la taifa de Sevilla:

Dejad de prender fuego a pergaminos y papeles,
y mostrad vuestra ciencia para que se vea quién es el que sabe.
Y es que aunque queméis el papel,
nunca quemaréis lo que contiene,
puesto que en mi interior lo llevo,
viaja siempre conmigo cuando cabalgo,
conmigo duerme cuando descanso
y en mi tumba será enterrado luego.

Corría el siglo XI, y Córdoba perdía la capitalidad económica, cultural y política del mundo conocido al compás de la decadencia de la dinastía omeya y la quiebra correlativa del califato, que se disgregó en taifas autónomas y vulnerables para alborozo de los reconquistadores cristianos. Ibn Hazm era hijo de un ministro de Almanzor, había llegado a visir y no quiso o no pudo adaptarse a los nuevos tiempos, que es lo que haría cualquier tertuliano avisado de nuestros días con el cambio de color de una legislatura. Su defensa del legitimismo omeya, apellido que había patrocinado durante el esplendoroso siglo X una edad pocas veces igualada de refinamiento cultural, le acarreó el dictamen de heterodoxia primero y la orden de destierro después, como suele pasar siempre que adviene un revolucionario resentido a arrellanarse en el cojín de tus padres, tipo miliciano del 36 en el Barrio de Salamanca. Cuando Ibn Hazm comprendió que de obstinarse en la política acabaría entregando el cuello al alfanje, decidió torcer por la filosofía, el derecho y la poesía amatoria, para enhorabuena de la Filología: confeccionó El collar de la paloma, híbrido de tratado filosófico sobre el amor, memorias y antología lírica que forma una de las cumbres más incontestables de la literatura medieval. En ella vemos compilado el saber humano disponible en la aristotélica Córdoba de su tiempo, que no es la Córdoba de las Tres Culturas ni falta que le hace, porque la cultura nunca es una ósmosis colectiva ni homogénea: no existe algo así como Cultura Uno saludando por el zoco a Cultura Dos; existen los individuos cultos cultivándose unos a otros. Hazm lo era y por cierto que pagó el precio.

Otro cordobés culto de quien la editorial Renacimiento de Sevilla acaba de publicar su obra más célebre, Guía para descarriados, fue el judío Maimónides, que vivió un siglo después que Ibn Hazm y al que el judaísmo considera el único rabino posbíblico parangonable a los autores del Viejo Testamento. Maimónides fue teólogo, filósofo, médico prodigioso y amigo de Saladino, pero lo que de verdad le caracterizó fue la lectura de Aristóteles, que le persuadió de la bondad del uso de la razón más allá de lo razonable en su tiempo. El fanatismo almohade invadió en 1148 la Córdoba otrora ilustrada, forzando a la familia de Maimónides a fingirse conversos al Islam y a cambiar de provincia andaluza cada tanto, no bien se atisbaban moros en la costa. Como judío en un Al-Ándalus mahometano e inteligencia de primer nivel, Maimónides dominaba el árabe tanto como el hebreo, el Corán tanto como el Talmud. Pero eso de meterse a exégeta coránico bajo el escandaloso presupuesto de la armonía entre fe y razón no gustó nada a los almohades, más partidarios de la literalidad pura, que siempre es el partido que toman los tontos. La comunidad hebraica más ortodoxa no se privó tampoco de anatematizar esa Guía para descarriados que propone al judío vacilante el uso resuelto de la razón natural para todos los ámbitos de la vida no intervenidos por el dogma de fe. Por el contrario los cristianos –en concreto la escolástica– sí valoraron en lo debido los esfuerzos de Maimónides hacia un sincretismo plausible entre aristotelismo y religión que no mucho después aprovecharía Tomás de Aquino con los monumentales resultados sabidos. Huyendo de los almohades fijó Maimónides residencia en Almería, y en ella cobijó a su admirado Averroes, cuyas tesis helenizadas tampoco despertaban digamos un entusiasmo paroxístico entre sus hermanos musulmanes. Y ahí tienen ustedes al moro más listo conviviendo con el judío más inteligente para edificación del cristiano más sabio y a escondidas del régimen más lerdo, que finalmente obligaría a Maimónides a exiliarse a Egipto.

Todas estas aventuras intelectuales y algunas más sucedieron en Córdoba en los albores del segundo milenio de nuestra era. Ahora que alborea el tercero queremos decir que la inteligencia y el conocimiento, al contrario de lo que piensan los pedagogos de progreso, no constituyen metas garantizadas al término de la carrera lineal de la historia, como tampoco constituirán nunca etapas superadas el dogmatismo y la intolerancia, porque la historia no es lineal y se repite como farsa. Queremos decir también que civilizaciones ha habido muchas, y religiones importantes tres, pero cultura sólo hay la que construyen los hombres solos doblados de codos sobre los libros clásicos. Queremos decir por último que el autodidactismo es la gimnasia crónica del hombre libre, y que sin ir más lejos Twitter está infestado de almohades.

(Publicado en Suma Cultural, 10 de junio de 2013)

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