Ana Pastor, sacerdotisa del fuego sagrado

Deontología es nombre de mujer.

Deontología es nombre de mujer.

Ana Pastor es el espejo en el que hoy se quieren mirar las más soñadoras de entre las recién licenciadas en Periodismo. Soñar y licenciarse en Periodismo constituyen hoy actividades de una violenta incompatibilidad, pero dejémoslo ahí. Si la facción pija o reporterismo de tacón elige quizá la referencia meteórica y poco sesuda de Sara Carbonero, aquellas que se notan tocadas por el nimbo sacro de la vocación de informar preferirán sin duda la prestigiosa carrera de Ana Pastor, dama brava y suspicaz, morena de mucho progreso y poca broma a la que, según tuit de Hughes, cualquiera le va con una mentira conyugal. “Dulce estilete”, la bautizó Emilia Landaluce con su habitual acrimonia.

Puestos a licenciarse en la sede más pura de la corrección política, que es la Facultad de Periodismo de la Complutense –de cualquier universidad pública–, lo cierto es que tomar a Pastor por modelo es lo más coherente que se puede hacer. Oigan, y tampoco es mal modelo. Ana Pastor es una periodista sagaz y atractiva, más valiente que la media, con más escrúpulos profesionales de lo que se le censura y menos de lo que se le elogia, imbuida de una dignidad gremial que portavocea con una eficiente mezcla de naturalidad y desprendimiento. A su llegada a La Sexta se apresuró a declarar: “No soy el fichaje estrella de La Sexta”; lo que visto en un titular, como todo semiótico sabe, equivale exactamente a dar por sentado lo contrario. Por cierto que muchos colegas critican sotto voce que Pastor fichara por La Sexta, uno de cuyos jefazos es su señor marido, Antonio García Ferreras; pero semejante rasgado vestimentario me parece de un fariseísmo singularmente estúpido y beato, y de hecho a mí lo que me escandalizaría es que un marido enamorado de su mujer, a la que sabe capaz y en paro, teniendo él poder y tratándose de una empresa privada no la incorporara inmediatamente a la franja de máxima audiencia. Mucho ha tardado Ferreras, para mi gusto.

Pero mientras que Ferreras es mourinhista y bienhumorado –a este cronista le saludó una vez con verdadera camaradería–, su esposa profesa el periodismo con una seriedad inalcanzable, un hieratismo y una exigencia ética como de sacerdotisa de la información, de vestal en vela que evita que se apague el fuego sagrado de la objetividad. Yo creo que con el tiempo se acabará tomando la crisis con más guasa, como se la toman sus propios entrevistados –sobre todo los ministros–, pero de momento no se permite una frivolidad en antena. Todo lo que hace, presenta o modera lo reviste de un carácter de máxima prioridad democrática, como si junto a aquel icónico velo ante Ahmadineyad se le hubiera deslizado al mismo tiempo cualquier vestigio de superficialidad, y desde entonces ya sólo se debiera a la VSR: la Verdad Sin Rodeos. La verdad descubierta por el velo, como tituló Bernini su alegoría más directa. En el caso de Pastor, claro, verdad equivale a progresismo de manual. Hace poco firmaba una tribuna en El País en donde abroncaba a un señor chapado a la antigua que puso el grito en el cielo al ver a dos gays besarse en un Vips de Madrid:

–Señor ofendido: lo que a mí me preocupa como madre es que mi hijo sea el personaje que insulta y humilla a una pareja. Lo que me preocupa como madre es que mi hijo tire de la intolerancia para afrontar lo que no comparte o lo que no entiende –escribía Pastor, desde la cúspide de la indignación cívica.

Y oigan, no es que en el fondo de este caso concreto no estemos de acuerdo: es que por las formas se escurre una solemnidad aceitosa, levítica, que espolea la reacción antes que el deseable asentimiento. En todo caso, Ana Pastor ha sabido hacer lo único que importa en este oficio, sobre todo si se ejerce en España: volverte lo suficientemente reconocible como para ser odiada por unos e idolatrada por el bando contrario, al margen de tus íntimas convicciones, que a su vez pueden ser variables. Por eso cuando la vuelta al poder del PP acabó dejándola sin desayunos –como con cada cambio de gobierno viene ocurriendo en el ente dizque público desde la Transición, con toda la anormal normalidad de lo español–, medio país salivó de gozo y el otro medio la erigió en penúltima Juana de Arco de la libertad de expresión. A nadie medianamente perspicaz se le ocultaba el sesgo izquierdista de su intervenciones –no por nada hoy escribe en El País y sale en La Sexta–, pero la imbatible ley de la superioridad moral de la izquierda se aplica con fervor en estos casos, reputando rigor aséptico lo que no era sino ortodoxia progresista. Para asepsia, la de la inmortal Ana Blanco, que rivaliza en eternidad catódica con Jordi Hurtado y que lleva no sé cuántas legislaturas dando el Telediario de la uno sin que se le conozca ideología ni se le mude un solo pelo del casquete capilar egipcio. Eso sí es dar información pura y dura, señores.

Y aunque haya trascendido la amistad entre el matrimonio Ferreras-Pastor y el matrimonio Barroso-Chacón, yo no advierto en Ana Pastor una vocación tan clara de ingeniero social como la de su hábil compañero Évole, ni la veo en conspiraciones para acabar de secretaria de Estado de Comunicación de doña Carme Chacón. De momento, vamos. Opino que le apasiona de veras el periodismo, y opino que le falta talento para ser Oriana Fallaci. Es, ni más ni menos, una periodista de izquierdas que hace bien su trabajo, con todo el mérito que hay en tener trabajo siendo periodista, menor ciertamente si eres de izquierdas.

No me resisto a ceder el colofón de este perfil a Meseta (@la_meseta_uber), uno de los tuiteros más implacables de mi colección, quien en una inspirada tarde del 6 de julio de 2011 cazó este sentidísimo tuit humanitario de nuestra protagonista: “El cuerno de África se muere. 9 millones de personas morirán este año de hambre si no se actúa, si no hacemos nada. Visto en el telediario”. Y no se supo contener:

@anapastor_tve yo de momento me estoy metiendo un bocata de mortadela entre pecho y espalda que no se lo salta un gitano. ¡¡Aprended, negratas!!

(Publicado en Suma Cultural, 15 de junio de 2013)

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