Archivo de la categoría: Suma Cultural – Revista Unir

Gómez Dávila. El hombre que nos vengó de la modernidad

En las semanas posteriores a mi adquisición de los Escolios a un texto implícito, editado por Atalanta con prólogo de Franco Volpi, confieso que buscaba inspiración para mis columnas leyendo un par de páginas de aquellos aforismos diamantinos, candentes como lascas de cobre. Lo dejé pronto porque me di cuenta de que la columna se me acababa siempre antes de tiempo y falta de espacio: para desarrollar un solo escolio necesitaba la extensión de un reportaje.

El mejor escritor de Colombia, dirán ustedes a tono con la opinión canónica, ha sido Gabriel García Márquez. Pero cuando a Gabo le preguntaron por don Colacho, aquel sabio casi mitológico que vivía encerrado en su casa estilo Tudor de Bogotá –carrera 11, esquina de la calle 77-, respondió: “Si no fuera de izquierdas, pensaría en todo y para todo como él”. Desde luego, yo consideraría a Nicolás Gómez Dáviladon Colacho para los amigos, entre ellos Álvaro Mutis, que le visitaba con la asidua devoción de Bioy a Borges– como el equivalente al doctor Johnson de las letras hispanoamericanas: si no su mayor escritor, sin duda su primera inteligencia. El desdén de la crítica y el desconocimiento del público lo explica él mejor que nadie en uno de sus fogonazos de magnesio en serie: “Tener razón es una razón más para no tener ningún éxito”.

¿Y cómo habría de tenerlo un autor eremítico que escolio a escolio edificó la más violenta, totalizante y sagaz de las refutaciones a la Modernidad, que afrentada castigó la quijotesca factura de aquel inclemente retrato con el más ortodoxo de los silencios? Ha sido Gómez Dávila una víctima colateral del boom hispanoamericano, de ideología casi uniformemente izquierdista –lo que engrasó el plácet de la intelligentsia europea y la consecuente promoción-, y eso que, como señala agudamente otro de sus escolios, debemos las estéticas modernistas a escritores reaccionarios como Balzac, Baudelaire y Eliot. O como el mismo Nietzsche, pues aunque su literatura sapiencial se inscribe en la tradición de los moralistas franceses (de Montaigne a Chamfort, pasando por Pascal) y a otros genios del ingenio breve como Gracián o Lichtenberg o Canetti, a lo que más se parece Gómez Dávila es a un Nietzsche católico, un hombre “sensual, escéptico y religioso”, por citar los tres adjetivos con los que él mismo se definió.

“Nació, escribió, murió”, dice Volpi en el prólogo. Y eso fue todo, ciertamente, pero le bastó para justificar sobradamente, ahora que se ha cumplido el centenario de su nacimiento, las tardías aunque bienvenidas conmemoraciones internacionales de su figura, de la monumentalidad cultural que levantó en épica soledad. Nacido en Bogotá en el seno de una familia acomodada que pudo costearle estudios en París y en Inglaterra, regresó a la capital de Colombia para casarse con Emilia Nieto, criar a sus tres hijos y enclaustrarse en la babélica biblioteca de 30.000 volúmenes donde agotó su existencia insular, leyendo y escribiendo de la mañana hasta la madrugada, decantando de sus lecturas en el idioma original –dominaba el griego y el latín entre otras lenguas, y al final de su vida aprendió el danés para poder leer a Kierkegaard sin mediaciones- las notas mentales que tras un arduo proceso de adensamiento conceptual y depuración estilística, quedaban esculpidas en forma de escolios.

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29 mayo, 2013 · 11:42

Juan de Ávalos y los malos tiempos para la épica

Franco le pagó 300.000 pesetas por su trabajo escultórico en el Valle de los Caídos, y aunque Juan de Ávalos era republicano y socialista de carné –el número 7 de la agrupación de Mérida, en concreto–, aceptando este encargo engrosaba sin saberlo el panteón simbólico de tantos abeles ejecutados en la desmemoria de esta España machadiana por donde cruza errante la sombra de Caín; y cuando ha terminado de cruzar en un sentido, da media vuelta y cruza en sentido contrario. Y así pasamos los siglos.

Confiaría Ávalos –como cualquier artista español que eligió no exiliarse entre 1939 y 1975– en que la posteridad le juzgara exclusivamente por el talento demostrado en su obra y menos por el más célebre de sus clientes, pero aún es muy pronto para que se le haga esa justicia. Hoy, a los ojos astigmáticos del establishment cultural sigue siendo el escultor del mausoleo franquista cuya notable Piedad se derrumba grano a grano merced al pánico rector del político contemporáneo, de uno u otro signo: el pánico a que le llamen fascista si acuerda una partida presupuestaria para restaurar la obra que corona la fachada de la Basílica del Valle de los Caídos.

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21 mayo, 2013 · 14:22

Guy Debord, el primer quincemista

“No hay que admitir las cosas, hay que hacer revoluciones”. Esta reducción a eslogan del marxismo se debe al ensayista y activista francés Guy Debord (París, 1931 – Bellevue-la Montagne, 1994), cuya influencia en la articulación ideológica del mayo del 68 resulta mucho más reconocible que la que pudo ejercer el existencialismo sartreano, con su notorio deje de burgués reciclado. Otra cosa es que Sartre supiera publicitarse mejor que Debord, quien era más coherente con sus ideas. Más pardillo, si quieren.

Ahora que la calle se prepara para acoger la kermesse heroica de un nuevo aniversario quincemista –y ojalá proliferaran para la ocasión tantas papeleras como ideas–, parece pertinente evocar el paradigmático caso del antisistema primigenio que devino autor sistematizado, o el apocalíptico jacobino que resultó finalmente integrado según la terminología acuñada por Umberto Eco en 1965. Solo dos años después –eran los sesenta y el pensamiento occidental bailaba una última danza lisérgica, entrechocándose las últimas utopías con alienaciones recién estrenadas, antes de ingresar en la debilidad crónica de la posmodernidad–, publicaba un título cuyo concepto axial compite con Marshall McLuhan en lucidez diagnóstica y lugarcomunismo académico: La sociedad del espectáculo. Vivimos en una sociedad del espectáculo regida por el consumo de masas donde el medio es el mensaje: esto es capaz de cacarearlo cualquier tertuliano sin haber leído jamás una sola página de Guy Debord o de McLuhan. Pero lo cierto es que el poder de impregnación por ósmosis da la medida del éxito de una idea, y un filósofo no puede aspirar a mayor gloria que la popularidad de sus tesis aun a costa de la de su nombre.

“Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, ahora se aleja en una representación”, escribe Debord, quien como tantos marxistas sagaces acierta en los diagnósticos del capitalismo y equivoca trágicamente los tratamientos. ¿Quién puede negar que el desarrollo tecnológico y el imperio de la imagen nos sirvan bajo el pretexto de la comodidad una existencia vicaria, meramente simbólica, acechada por el fantasma de la alienación espiritual? ¿Cómo desmentir que el arte bascula entre la banalidad y la deshumanización, que las instituciones políticas se divorcian del sentir ciudadano y que el foco de los medios de comunicación airea todo escondite por el efecto multiplicador de las redes sociales? Si lo definitorio de un espectáculo es su condición ficticia, el plano de fingimiento verosímil que se alza entre la butaca y la escena, entonces habremos de convenir en que hoy padecemos una expropiación forzosa de la realidad que nos tiene de lo más insatisfechos. Indignados, incluso. Nos han vedado el acceso directo al mundo, todo nos llega mediatizado por lo espectacular, sea una pieza de informativo, un anuncio publicitario, un titular de prensa, una aplicación de smartphone. Distinguir el hecho de su relato no es que nos resulte arduo: es que ya nos resulta indiferente.

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15 mayo, 2013 · 12:27

Giulio Andreotti: el obispo isósceles

Giulio Andreotti, il Divo que llena la escena de la política italiana desde la posguerra hasta ese guadianesco avatar de sí mismo que es Berlusconi, fue en todo caso un caballero, por lo que decidió ceder el paso postrero a Margaret Thatcher para que la Dama de Hierro fuera la primera de los dos en llamar a las puertas del cielo. Ahora don Giulio, que como político de longevidad mitológica llamó a todas las puertas incluidas las del infierno, habrá de armarse de paciencia ante la aldaba celestial. “No tengo vicios menores”, confesó él mismo, porque tenía el único que los engloba a todos: el poder, el poder en estado puro, sin condicionantes onerosos por culpa de los malditos principios, ese poder que sólo desgasta a los que no lo tienen, como dejó esculpido en cita memorable.

Andreotti fue el inveterado líder de una cosa que llaman Democracia Cristiana, sintagma inconciliable que a Unamuno, si no me falla la memoria, le suscitó una analogía genial: “Decir democracia cristiana es como decir obispo isósceles”. Y así es, porque el cristianismo es una respuesta unívoca a la búsqueda de la Verdad, mientras que la democracia no es más que un concierto aritmético de opiniones coyunturales. Y aunque todo partido democrático reproduce en la práctica un funcionamiento tan jerarquizado como el de la Iglesia, un político con convicciones demasiado definidas se revela pronto una rémora para el mercadeo partitocrático. En términos radicales o se es cristiano, o se es demócrata. El propio Andreotti –y en esto no hacía sino preconizar el comportamiento de las futuras derechas europeas, que equivale al presente relativista de nuestra época y país- no perdió demasiado tiempo tratando de justificar la ideología de su partido, y si a alguno se le ocurría pedirle un poquito de coherencia no tenía empacho en invocar las mismísimas Escrituras como fuente de su pragmatismo: “Lo leímos en los Evangelios: cuando a Jesucristo se le preguntaba qué es la verdad, nunca respondía”. Uno de sus más brillantes fustigadores, el inmortal Indro Montanelli, resumía plásticamente la inspiración maquiavélica de su proceder político: “De Gasperi y Andreotti iban siempre juntos a misa; De Gasperi para hablar con Dios y Andreotti para hablar con los curas”. Que a Dios no se le pueden hacer ofertas irrechazables. Y sin embargo, rara vez a lo largo de su vida faltó a misa de siete de la mañana. Algo tendría pactado con Él; quizá la gratitud por salir adelante como hijo huérfano de familia modesta en la Italia devastada por la guerra.

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7 mayo, 2013 · 12:57

La homérica decisión de ser Mourinho

La leyenda en marcha.

La leyenda en marcha.

Una tarde de 1926 o 1927 el joven Ruano recibió del escritor Vargas Vila –“un D’Annunzio para negros”– la lección inaugural de la vida del artista. El escritor veterano le preguntó al aspirante si ya tenía una leyenda:

«Yo casi me tanteé los bolsillos. Lo preguntaba como si eso de tener una leyenda fuera como tener cerillas o llevar pañuelo.

–Pues, yo… no… Creo que no. Es decir, se han dicho cosas malas de mí, claro está, pero tanto como tener una leyenda….

–Pues cuide mucho de tener una leyenda. Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!»

José Mário dos Santos Mourinho Félix escuchó en algún momento el mismo consejo, o bien arribó por sí mismo a su mefistofélica verdad. Un hombre sin enemigos es un hombre sin carácter, sentenció también Paul Newman, que probablemente se lo habría oído balbucear borracho a Marlon Brando. Y desde entonces Mourinho no tuvo tiempo, cámara, micrófono ni rueda de prensa que perder hasta convertirse en uno de los contadísimos hombres con leyenda a la altura de la gran iconografía pop del siglo XX, de Jim Morrison a Steve McQueen, de Céline a Andy Warhol. Cuando Mou se vaya del Madrid, una oleada terminal de nuevos EREs acabará de cebarse con las redacciones de los periódicos deportivos. A ver cómo venden luego, vaticina Ruiz Quintano, este titular: “Toril: No hay enemigo pequeño”.

Las leyendas se hacen, pero primero nacen. La leyenda de Napoleón se sostiene no sobre los famosos caprichos de su temperamento sino sobre una treintena de batallas ganadas en todos los campos de Europa con la aplastante superioridad que le allegaba una visión superdotada para la estrategia. A Mourinho no le aplaudiríamos algunos mourinhistas ciertos excesos sanguíneos de su talante si fueran los pretextos más o menos enfáticos de un perdedor recurrente o un preparador mediocre. Pero le admiramos porque gana; porque lo gana todo y se sirve de todo para ganar, y las escasísimas veces que pierde siempre logra presentar con verosimilitud la derrota como la injusticia arbitrada por un enemigo terrible. Mourinho depara así al XXI la actualización de los arquetipos narrativos descritos por Vladimir Propp a propósito del cuento de hadas, con sus héroes y sus villanos, sus ayudantes y sus oponentes, sus objetivos y sus trampas. Solo que Mou, moderno al fin, es capaz de encarnar varias funciones sucesivas en el relato de una misma Liga o copa de Europa –¡incluso de un mismo partido!–, mutando de una a otra a conveniencia de su fin, y si hay un solo ámbito en el que el fin justifica los medios, ese es el fútbol. Para escandalizarse con gravedad farisea ya tenemos a Renault en el bar de Rick’s: “¡Qué escándalo, aquí se juega!” Pues sí: Mourinho juega. Y gana.

–No me llamen arrogante, pero soy campeón de Europa y pienso que soy un tipo especial –declaró al fichar por el Chelsea tras ganar un inusitada Champions con el inusitado Oporto, granjeándose ante la prensa inglesa un título para los restos: The Special One.

No es Mourinho el primer entrenador que dice lo que de verdad siente en una rueda de prensa, ni el primero en usar la ironía con dosis ciertas de creatividad: ahí está Bill Shankly, el mítico técnico del Liverpool, capaz de sentenciar: «El Everton juega tan mal que si jugasen en el jardín de mi casa correría las cortinas para no verles». Habría plumillas que al oír aquello se entregarían al escándalo beato y a reivindicaciones febriles de señorío, pero hoy Shankly es memoria venerada del fútbol mundial y no se precisa la imaginación de Julio Verne para proyectar con exactitud el tamaño gigante que la sombra de Mourinho arrojará sobre la historia de los entrenadores de fútbol. Que arroja ya.

Lo original del desafío que José Mourinho tiene lanzado a la hipocresía, la cual constituye la primera norma de la civilización, es la exigencia homérica que conlleva su sostenimiento sobre el único crédito de la victoria permanente en los terrenos de juego. Es un hombre sometido a la presión no compartida que reclama sobre sí su propia leyenda, acechada por una hegemonía de servidores del revanchismo (también entre los organismos que regulan el fútbol) que esperan su fracaso en lo profesional para descalificarle en lo personal. Sobradas muestras de bilis –incluyendo la intromisión en la vida de su madre o de su hijo pequeño– ha dado la prensa deportiva española, singularmente aquella que se tenía por madridista y que dejó de serlo en coherente reacción al poder perdido a manos de un entrenador que solo se concibe plenipotenciario. Pero siempre con garantías: en números redondos, José Mourinho ha batido todos los récords de los equipos por los que ha pasado, incluyendo el Real Madrid, que no es un club de pocas ni rasas marcas.

A su erosivo, consciente propósito de ser leyenda y cimentarla día a día, país a país, siendo el mejor en su oficio, se añade en Mourinho otro pábulo de rendida fascinación. Y es la distancia desorbitada que media entre los caudalosos amazonas de tinta generados por su figura –cruzados de afluentes, arroyuelos y regatos contradictorios, en donde resulta descabellado el intento de cribar la pepita de la certeza contrastada– y los escuálidos hilillos de genuino conocimiento que afluyen a los medios acerca de su personalidad real. Lo que sabemos de José fuera de Mourinho lo han ido contando mayormente sus futbolistas, y la versión no puede diferir más de la promesa de azufre que formula su mera presencia, según nos tienen avisados. Él mismo se ha cuidado de que así sea, porque no intima jamás con periodistas –tampoco con los partidarios–, sabiendo el precio que se sigue de ello. Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo se va de sus equipos. Mourinho es el único que controla tanto su verdad como su leyenda, y por eso entendemos tan bien el odio sincero que le profesa el periodismo, condenado a especular sobre un personaje irrepetible, mediático como ninguno en el mundo, que paradójicamente se le escapa entre las manos.

Aquel consejo que Vargas Vila le dio a Ruano se completaba así:

–Hágase usted fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. Es el modo de triunfar. ¿A que nadie le recomienda a usted esto? Porque el deseo de todo el mundo es debilitar a quien pueda hacer algo. Así le dirán que sea bondadoso, para vivir a costa de su bondad; que sea modesto, para que no les haga sombra; que cultive sus virtudes, por miedo a que pueda cultivar sus vicios. Sea usted orgullosos, y, sobre todo, oiga bien lo que le dice un viejo: siembre odios. El odio da vida al que es odiado.

(Publicado en Suma Cultural, 26 de abril de 2013)

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La farsa perpetua de Yoko Ono

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

¿Abuelita entrañable o se trata de otra performance?

Hace unos días el nombre de Yoko Ono saltó a los teletipos españoles, siempre portadores de desgracia pero quizá demasiado tiempo a salvo de tan insidiosa presencia. Todos hemos coreado en el fragor de alguna báquica despedida de soltero eso de “¡La culpa de todo la tuvo Yoko Ono!”. Se trata de un himno dolorido y acusatorio en protesta por la separación de los Beatles, que probablemente no necesitaban la intromisión de una artista conceptual japonesa para justificar el completo hartazgo que se profesaban unos a otros a esas alturas de éxito desaforado. Lo inobjetable es que Ono firmó su mejor obra el 20 de marzo de 1969, día en que se casó con John Lennon en Gibraltar, dejando el listón del braguetazo internacional tan lejos del suelo que solo Tita Cervera pudo superarlo años después. Se calcula en 800 millones de dólares la fortuna amasada por la heredera única del mítico cantante tiroteado por un lector excesivamente identificado con los desequilibrios de Salinger.

–En este momento, algunas personas están tratando de hacer dinero fácil, y mientras tanto arruinan el futuro de este país, mediante una cosa llamada fracking.

Así de seria se muestra Yoko Ono en la página de la asociación AAF (Artists Against Fracking), que la contestataria nipona lidera y que reúne a celebrities como Robert De Niro, Alec Baldwin, Lady Gaga o Susan Sarandon. Todos ellos extremadamente preocupados por el dichoso fracking o fractura hidráulica, una técnica de explotación del gas natural embalsado bajo tierra mediante agresivas inyecciones de productos tóxicos que contaminan el suelo y liberan gases de efecto invernadero. Si hay algo que aborrece una estrella de Hollywood, aparte de los inspectores insobornables de timbas nocturnas, son precisamente los gases de efecto invernadero, como es sabido. El filisteísmo de las compañías de fracking causó en Yoko Ono un insomnio atroz, resistente incluso a la dulce melodía de Imagine, de modo que se puso al frente de la AAF, los ecos de cuya actividad soteriológica han llegado recientemente hasta Europa Press.

¿Es el activismo la manera que encontró Yoko Ono de combatir la condición descaradamente vicaria de su prestigio artístico? Todo apunta a que sí. La oriental señora de Lennon pasará antes a la historia del arte por recibir el abrazo corito de su cónyuge en aquella portada de álbum que por la pieza EX-IT que se exhibe en el calatrávico vientre de cetáceo valenciano o Ciudad de las Artes y de las Ciencias. Uno no es un experto en música y es justo consignar la buena acogida que entre la crítica especializada merecieron algunos de sus discos, sobre todo los de los noventa, libres de la inevitable sospecha acerca de su valía personal que lastraba los trabajos realizados en colaboración marital. Con esa inquietud renacentista propia de una sacerdotisa de la vanguardia –algo que en La Mancha resumirían así: “No te digo y te lo digo ”–, Ono también editó libros de dibujos y películas de arte y ensayo, siempre exponentes del más desatado experimentalismo. “Llegó a componer canciones que sólo existían en su mente, organizar conciertos en que el público tenía que imaginar por sí mismo la música que oía”, reza la Wikipedia, sin añadir la coda que sería de esperar: “Y ese mismo público fue luego el que acabó fundido con la lava de un volcán por el que se tiraron formando una ordenada comandita milenarista, tras donar sus ahorros al fundador”.

Lo presumible es que Yoko Ono, al averiguar en un día epifánico que no tenía talento, se pasó primero al conceptismo críptico para disimular la carencia y se entregó luego al activismo de progreso para seguir disimulándola sin perder plaza en el candelero de la cultura pop. La farsa perpetua, o sea.

Confesemos de una vez que no nos cae simpática Yoko Ono como no nos cae simpático el farsante en general y el artístico en particular. Sucede que el lenguaje de la crítica artística se ha encriptado hasta tal punto –un fenómeno muy parecido al que experimentó el lenguaje financiero, y con idénticos fines: la estafa a través del eufemismo– que el público se halla en un completo estado de indefensión frente a los abusos que se perpetran periódicamente en santuarios bufos como ARCO, que llamándose ferias usurpan la honestidad del título a eventos tan sinceros como la feria vacuna de Torrelavega, donde a las piezas se les puede mirar el diente para que no le timen a uno. No todo el arte contemporáneo es estafa, el arte contemporáneo es procesual y consagra antes la experiencia que el objeto, lo conceptual se dirige a la conciencia antes que a los sentidos, etcétera. Lo sabemos. Pero para protestar contra la guerra, Picasso pintó el Guernica. Para protestar contra el fracking, Ono monta una asociación y llama a los colegas. Que es lo que hace cualquier presidente de comunidad de vecinos.

(Publicado en Suma Cultural, 19 de abril de 2013)

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El coherente martirio del cantautor llamado Rodríguez

¿Por qué nos fascina la figura del músico Sixto Rodríguez que el oscarizado documental Searching for Sugar Man acaba de propulsar a los anaqueles más altos del culto pop? ¿Es su biografía o la perfección mítica de la historia -la búsqueda y hallazgo del genio perdido- lo que nos cautiva? ¿Es cierto eso de que el tiempo acaba canonizando a los mejores, que la impostura no se puede sostener, que el talento termina reclamando por sí solo su justo podio? ¿Son los estragos de la publicidad imprescindibles para fundamentar lo mismo una fama que un desprestigio, incluso que un cronopio? ¿Quién es el genio real, el héroe o su exégeta: Belmonte o Chaves Nogales, Aquiles u Homero?

Desde que vi la película no puedo dejar de escuchar las canciones de Rodríguez (Detroit, 1940), cuya efímera carrera musical se ciñe a dos discos, Cold Fact (1970) y Coming from Reality (1971), tan notables en su estricta aportación musical y literaria como estrepitosamente orillados por las mieles del éxito industrial. Con una poderosa excepción: la aldea sudafricana, que se mantuvo extraña e irreductiblemente fiel a las canciones de aquel desconocido cantautor folk de resonancias hispanas y procedencia yanqui hasta elevarlo a la categoría de Bob Dylan del apartheid en una era aún previa a la globalización digital. Rodríguez es, efectivamente, un letrista excepcional y un melodista de primer orden, una apostura icónica y una voz barrial más honesta aún que la de Springsteen. “Lo tenía todo para triunfar”, repiten una y otra vez en la película. Y sin embargo el tipo nacido para superestrella ha vivido como albañil en Michigan toda su vida, ajeno al éxito acotadísimo que cosechara en Sudáfrica, compatibilizando su curro en la obra con la licenciatura de Filosofía, la crianza de tres hijas y una frustrada carrera política por el ala izquierda, como corresponde a todo cantautor protesta que se precie. Ahora es famoso, claro, y aún sale de gira por ahí, pero el hecho cierto es que ya es tarde; que el éxito merecido le ha llegado cuando ya no podía disfrutarlo, y que su historia apuntala con extraña singularidad todas las dudas planteadas en el primer párrafo.

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12 abril, 2013 · 13:09

El Maestro Mateo o la invención de la vanidad

El artista medieval se llamaba a sí mismo artesano y ofrendaba su artesanía a la propaganda de la fe como la cosa más natural del mundo. Cobraba por su trabajo, evidentemente, y le preocupaba que su obra contentase al cliente, que podía ser un señor feudal más o menos belicoso o un abad de cierto sibaritismo o ambas cosas, porque a los efectos de aquel mecenazgo política y religión venían a ser lo mismo y consumían idéntica temática. Una vez cumplido el encargo, recibido el plácet y cobrados los honorarios, el artista medieval se daba por satisfecho. Que el vulgo supiera o no el nombre de quien diseñó la capilla catedralicia o retrató al caballero castellano no le importaba en absoluto, porque el vulgo era analfabeto y pobre, así que jamás podría entenderle y mucho menos contratarle. Con que le conocieran el noble y el eclesiástico le alcanzaba para seguir desempeñando el oficio.

En literatura ocurría algo parecido. El rapsoda de cualquier ciclo oral europeo recitaba por las plazas sus cantares de gesta o sus leyendas mitológicas sin que se le ocurriera firmar el centón de versos propios o ajenos que se encadenaban con cadencia milagrosa en su garganta. En alguno de sus oyentes prendía entonces la vocación poética, memorizaba las historias oídas, las completaba con versos de propia cosecha y se echaba a declamar por las aldeas contribuyendo así a la viveza anónima, escondida, indiscernible, de la literatura oral. El plagio era la norma, y en las orgullosas firmas que se preocuparon de legar los grandes autores griegos y latinos advertían nuestros primitivos artesanos de la rima cierto pecado de arrogancia. En España hay que esperar al siglo XIV para topar con el origen canónico de la voluntad de autoría: se suele señalar al Infante Don Juan Manuel como el primer literato orgulloso de su obra y celoso de su transmisión fidedigna, porque este culto aristócrata que se pasó la vida leyendo y guerreando se retiró finalmente a su castillo para compilar sus escritos y asegurarse de que el manuscrito de El conde Lucanor pasaba a la posteridad tal y como él lo dejó dispuesto.

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6 abril, 2013 · 21:04