España va mejor, ha dicho Sánchez. Y en ese momento llegó hasta el hemiciclo un eructo salido del cráter de La Palma, porque hasta un volcán sabe que Sánchez siempre miente. Cuando se cumplen dos años de la anémica victoria del PSOE en las urnas podemos concederle que al menos hay un español para el que España va mejor, que es Sánchez. A partir de ahí, como dicen los tertulianos, nos va a costar encontrar al segundo.
María acudió enseguida al lugar del atropello y vio a su hija tendida en el suelo. Se tumbó a su lado y la abrazó, y sintió que aún latía su corazón, y le dijo lo mucho que la amaba. Duraron 40 minutos las maniobras de reanimación, pero fueron en balde. Cuando se certificó la muerte, rodeaban al pequeño cadáver su madre y su padre, y junto a ellos permanecía la mujer que confundió las marchas de su Volvo, y con ella estaba también su marido. Esa escena es un descendimiento de la cruz, una abrupta mudanza a los infiernos.Cuatro padres del mismo colegio, una tarde vulgar, se ponen a atravesar de golpe las insospechadas galerías de un horror que no se nombra.
Si ayer nos ocupamos de la célebre torpeza del PP, hoy nos ocuparemos de la legendaria habilidad de Sánchez, que encarrila los presupuestos mediante el eficaz procedimiento del soborno a los guardagujas vascos y catalanes apostados en la vía. Un exagerado número de comentaristas llama hábil a quien compra con nuestro dinero la voluntad de los salteadores de caminos, canales y puertos del Estado, del cual no van quedando en Cataluña y País Vasco ni la lengua ni los símbolos ni la ciudadanía. Otros ya hacen cola en la ventanilla sanchista, donde se trafica con la divisa de la deslealtad constitucional, canjeando voto por mordida, solidaridad con el PSOE a cambio de insolidaridad con España.
Por qué hay algo en vez de nada. Por qué el conde-duque de Olivares decidió sofocar la revuelta catalana en vez de la portuguesa. Por qué se separó Mecano, y por qué no se reconcilia. Por qué se declaran la guerra Casado y Ayuso. Son preguntas dramáticas que seguramente quedarán sin respuesta, condenadas a flotar a la deriva sobre las atónitas conciencias de millones de españoles. Pero como el sapiens desea por naturaleza saber y no puede edificar su juicio sobre las arenas de la incertidumbre, quizá podamos ensayar alguna explicación para el último de los enigmas históricos antecitados.
El mundo está hecho para los que quieren ser famosos, aseguraba en su muy celebrada carta a la directora de El País una madre orgullosa de que su hija quiera ser segundo violín. «No primero ni solista, ella lo que quiere es tocar tranquila en un segundo plano, porque eso la hace feliz», escribe doña Carolina desde la brumosa Inverness. Nadie es quién para discutir las razones del orgullo que una madre siente por su hija, al menos no hasta que esa madre decide que el mundo entero, feria de vanidad, conspira contra la natural modestia de su hija.
Solo hay alguien más jartible que un entusiasta de Halloween y es un odiador de Halloween. Una trifulca indefectible entre papanatas y cruzados condena por estas fechas al español a ir detrás de una calabaza con un cirio o con un garrote. El pecado del aprendiz de Tim Burton es meramente estético y le lleva a suspender el sentido del ridículo hasta abrazar la mamarrachada triunfante. El pecado del fan de Bernarda Alba es ideológico y le lleva a censurar por extranjera una liturgia importada como si el cristianismo no hubiera sido exportado desde Jerusalén en su día, tomando por el camino no pocos aderezos rituales de los cultos paganos. Equidistar de ambas tentaciones nos ayudará a honrar al muerto que todos seremos con la inteligencia del vivo que aún somos.
Los que acusaban a Ortega de ser el filósofo de lo obvio no leyeron a Byung-Chul Han, que es el pensador de moda en un tiempo en que pensar no está de moda. Para pensar ya están las máquinas, terrible competencia para Han, que defiende el fruto artesanal de su cerebro como el pastelero de proximidad arremetería contra la bollería industrial. «La inteligencia artificial no piensa. A la inteligencia artificial no se le pone la carne de gallina», afirma en El País. Para Han pensar es como salir de la ducha en diciembre, greguería digna de Ramón: «¿Qué es el arte? Morirte de frío». ¿Qué es filosofía para nuestro filósofo? Una confitería de galletas chinas. Coreanas, de hecho.
Lleva quizá el único apellido parlante del columnismo español. Un centelleo, un chasquido y un corte seco. El estilo de Arcadi Espada (Barcelona 1957) ofrece el magisterio afilado de una idea ejecutada con limpieza. En su nuevo libro, que lleva un finísimo prólogo de Ferrán Caballero, se bate en duelo contra la superchería.
Se non è vero, è ben trovato. Usted ha construido su carrera contra ese refrán. Contra el peligro de elevar la verosimilitud al lugar de la verdad.
Sí, pero no lo considero una rareza. O no debería. El paradigma de la verosimilitud es honrado, pero no es el de nuestro oficio. Lo que sabemos con seguridad sobre lo verosímil es que no ha sucedido. Yo soy un escritor que trabaja con la veracidad. Los que trabajan con la verosimilitud son los novelistas realistas. Otra cosa es que hayamos perdido la perspectiva de lo que es este trabajo hasta el punto de que esta distinción parezca una rareza.
La foto de Capa del miliciano muerto. Es un montaje pero servía a la propaganda, que es lo que sustituye a la verdad en las guerras. ¿La primacía hoy de la posverdad significa que estamos en guerra, aunque sea cultural?
Sospecho que hay cosas que pasan por primera vez. La posverdad no son las antiguas mentiras: el mentiroso no deja de tener un cierto respeto por la verdad, como el gángster lo tiene por la ley. De ahí su mala conciencia. El caso Trump -digo Trump por no decir Sánchez-, que es el símbolo de todo esto, no es la simple manipulación de la verdad, no se sitúa en el paradigma orwelliano de la neolengua: es que la verdad ha dejado de interesarle. Por eso va a montar su propia red social. Siente hacia los hechos una indiferencia total. Por ejemplo hacia el hecho de perder las elecciones. Y lo avisó: que no lo reconocería. Hizo lo que se esperaba de un hombre al que no le interesan los hechos. Se mueve por un paradigma religioso. Importa la trascendencia, y toda trascendencia es subjetiva.