El olimpismo, como las oposiciones o la selectividad, empieza a no ser de este mundo. Este mundo, medalla de oro en hipocresía, proscribe la competición y rinde culto creciente a la debilidad exhibida. Una farsa de igualdad que queda restringida a las tablas de la comedia humana; entre bambalinas, el personal sigue lo mismo que cuando bajó del árbol, maquinando el ascenso en la oficina, la casa más grande, el programa más visto, el cuerpo mejor operado. Eso somos gracias a Dios, quien por razones estrictamente evolutivas dijo hermanos pero no primos.
Mientras el compañero Pepefé Tezanos siga al frente del CIS, el rigor demoscópico tendrá que correr de nuestra parte. En esta sección estamos profundamente concernidos por los asuntos que preocupan a la gente, sobre todo en verano. Y nadie puede negar que, junto con la lucha de clases, la brecha generacional o los agravios interterritoriales, existen otras graves dialécticas que están dividiendo a los españoles. La nación se rompe hoy entre los partidarios del gazpacho y los devotos del salmorejo, y nos parece inexplicable que sobre esta dialéctica sopera no se haya fundado aún un partido populista. Pero también Errejón tiene que descansar de vez en cuando.
Al aproximarnos a los datos, sin embargo, descubrimos que en lo tocante a gazpachistas y salmorejistas la fractura no es tal: los primeros se imponen abrumadoramente. En todas las edades, en todos los sexos -en nuestra encuesta solo hemos consignado dos- y en todas las militancias. No hay discusión: la inmensa mayoría prefiere el gazpacho. Así que debo resignarme una vez más al bufido interior de mi espíritu de contradicción. Porque yo creo que comparar el gazpacho con el salmorejo es como como comparar una lapa con una ostra, la sidra con el champán, Morata con Mbappé. No es que el gazpacho sea malo: es que exige poco esfuerzo al paladar y pasa por él sin dejar mayor recuerdo. Es como esa sopa Childs con la que Camba comparaba a los autores de best sellers: «Su labor es principalmente eliminatoria, y no consiste en agradar a todos sino en no desagradar a ninguno. El día en que esa literatura tuviera algún sabor se convertiría en materia opinable, tan grata para unos como ingrata para los otros, y perdería la universalidad de que hoy goza».
Los mecánicos del Taller de Nuevas Masculinidades abierto por Ada Colau queremos reivindicar nuestra labor. Nos dieron trato de chiringuito montado para repartir nóminas entre activistas sin oportunidades en el mercado laboral, pero meses después nadie discute nuestra utilidad pública. Esta semana hemos recepcionado tres modelos con distintos grados de obsolescencia.
Manolo vino el lunes. Desafiante, orgulloso de su primitivismo, se declaró votante de Vox, pero durante la inspección técnica constatamos que no odiaba tanto a la izquierda como a lo que llama «derechita cobarde». No le duelen los ataques del Gobierno sino las abstenciones del PP. La falta de reconocimiento le atormenta. Con esta clase de paciente se recomienda posponer la emasculación hasta que la terapia de cariño reputacional esté bien avanzada. Le hemos comprado unos miles de seguidores en redes y ayer ya miraba a nuestra alcaldesa con otros ojos.
Michael Phelps anda tan perdido en Tokio como Bill Murray. Ha ido allí de comentarista igual que el protagonista de Lost in Translation fue a rodar un anuncio, pero ambos comparten el mismo extravío existencial. Desconcierta ver a Phelps en unos Juegos en los que no compite, y al primero que le desconcierta es a él. Ha confesado a la prensa que no sabe qué hacer cuando no nada o cuando no comenta la forma de nadar de los demás. Durante un cuarto de siglo delegó su autonomía en una voz que le ordenaba dónde ir y a qué hora, qué comer, cuándo dormir, cómo entrenar. La gloria olímpica exige renunciar al libre albedrío, y nadie se alienó tan bien como Phelps en pos de su sueño sobrehumano. Lo realizó como nadie antes, como seguramente nadie después. Phelps trascendió el periodismo para ingresar en la mitología y se metamorfoseó en pez, desarrolló branquias y aletas, llegó a desconocer el agua de tanto vivir en ella, como en el cuento de Foster Wallace. Y como ocurrió hace miles de millones de años, el pez debe ahora evolucionar a hombre. Solo que Michael no tiene tanto tiempo.
Bustos es jefe de opinión del diario El Mundo y uno de los columnistas de referencia de la prensa española, amén de uno de los más claramente letraheridos.
Depositario y gestor de innumerables lecturas, y poseedor de una mirada poética que a menudo se ve forzado a sacrificar, o supeditar, a la crónica política, este año se dio el gusto de dar rienda suelta a su vocación más puramente literaria con ‘Asombro y desencanto’, un singularísimo libro de viajes por el París ilustrado y La Mancha de El Quijote.
Con anterioridad escribió ‘La granja humana’, ‘El hígado de Prometeo’, ‘Crónicas biliares’ y ‘Vidas cipotudas’, siempre en los márgenes del ensayo y lo literario. Bustos no oculta que fue educado en una familia conservadora católica y esa herencia, nunca negada, aflora por aquí y por allá en sus columnas y sus textos como instrumento de interpretación del mundo.
En esta entrevista habla con claridad de ese legado y de otros asuntos que conciernen al futuro del hombre en nuestro tiempo. Y en casi cualquier otro tiempo.
– Escribió ‘Asombro y desencanto’ para huir de la política, que monopoliza su actividad profesional. Pero más allá de sus circunstancias particulares, es verdad que la política cada vez lo invade todo más. Hay una creciente sensación de asfixia.
Pero no sé si no es culpa nuestra también. No es que unos malvados políticos nos estén obligando a dejar cada vez más espacio a su voracidad intervencionista. Es que somos los ciudadanos los que estúpidamente pedimos a la política más. El vacío moral, existencial, llámese decadencia, lo que provoca es que la gente tiene hambre de soluciones y se las pide a la política.
-Buenos días, señor apóstol. ¿Cómo pasó ayer su fiesta?
-Pues mire usted, cada año la llevo peor. Se está poniendo muy difícil ser patrón de España, dicho sea sin ánimo de ofender.
-No diga eso, hombre. Y menos en año santo…
-Lo digo como lo pienso. Ser patrón de Galicia es más sencillo, la galleguidad no es un significante en disputa ni un concepto discutido y discutible. En cambio, España está en claro proceso de disolución simbólica, como dice Sergio del Molino. ¿Ha leído su libro?
-Sí, sí. Su autor lamenta que la causa de la España vacía se haya politizado de mala manera, originando nuevas identidades localistas que debilitan la trama solidaria y afectiva de la nación.
-Exacto. Así no hay manera de representar íntegramente a la comunidad política. Encima me están invisibilizando en el espacio público. Me escamotean la espada en las estatuas y me borran el apelativo para no ofender a los moros. Esos puritanos no entienden que a los moros les llena de orgullo que los cristianos solo pudieran vencerles con mi ayuda.
El periodismo de fact-checking nos ha informado de que Sánchez está siendo confundido en Estados Unidos con Superman. La noticia es relevante por cuanto ilumina el misterio de una desfachatez sin precedentes terrestres bajo una luz nueva: la luz de Krypton. Ya no es que Sánchez esté bueno: es que posiblemente nos encontremos ante un superhéroe. Así se entienden mejor ciertos fenómenos paranormales registrados en España en los últimos tres años, como que una tesis plagiada justifique un doctorado cum laude; o que una esposa sin licenciatura dirija una cátedra pública; o que una moción de censura amparada en la necesidad de regeneración desate el nepotismo de los inútiles afines y la cacería al magistrado independiente; o que la promesa de endurecer el delito de rebelión desemboque en indulto colectivo; o que el juez que encarcelaba etarras sea el mismo que les alivia las penas; o que sean expulsados de Moncloa quienes pusieron a Sánchez allí; o que el solemne compromiso de no dejar a nadie atrás se traduzca en la factura de la luz más cara de la historia; o que se pretenda captar las inversiones de unos fondos a los que tu vicepresidenta llama buitres. Es verdad que Sánchez cumple, como aseguró a los americanos; le faltó añadir que cumple lo contrario de lo que promete.
No se llega a ser rico y poderoso sin un conocimiento preciso de la condición humana, y por eso a nadie le puede sorprender la destreza de Florentino para la pintura de caracteres. Los retóricos griegos diferenciaban entre la prosopografía, que se atiene a los rasgos externos de un personaje, y la etopeya, que ahonda en sus cualidades psicológicas. La etopeya florentiniana, de trazo impresionista, se inserta en la sólida escuela del denuesto español, que de Quevedo a Losantos exige agudeza en la mirada, puntería en el concepto y donaire en la expresión. Al artista de la injuria le basta un molinete de palabras trazadas en el aire para hacerle un traje a su víctima por el que será reconocido en adelante.