
Podemos tolerar un cierto grado de mentira en la vida pública. Podemos aceptar que la hipocresía sea otro de los nombres de la diplomacia. Podemos soportar incluso que los políticos de izquierdas hayan tenido que degenerar en moralistas, ahora que sabemos que es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Pero me temo que ciertas víctimas del postureo digital (y de la dependencia de la nómina de Estado) están llevando la cultura del simulacro demasiado lejos. Ya no es que exageren las virtudes propias y los vicios ajenos; es que practican los segundos mientras pregonan las primeras. Viven escindidos, espiritualmente seccionados, como si hubieran replicado el muro de Pedro en el íntimo solar de sus conciencias, electrificando la alambrada entre su santo discurso y su pecadora rutina, separando la boca del bolsillo hasta deformar el espejo del alma. El doctor Jekyll era ejemplo de coherencia franciscana al lado de Montse Mínguez. En la tribuna nos daba a elegir entre carroñeros y familias, pero al volver del curro tenía al buitre en la cama.






