La última contradicción cabalgada por Pablo Iglesias, que tantas lecciones da, es un suspenso en el examen que lo habría habilitado para dar lecciones. Ahora tendrá que resignarse a aleccionarnos sin título habilitante, según lleva haciendo desde el día epifánico en que fue enviado a nosotros para redimirnos del capital y la oligarquía. Claro que si lo pensamos bien, lo contradictorio habría sido que aprobara. ¿Qué clase de revolucionario se rebaja a perseguir la aceptación de un tribunal universitario, que no deja de ser un producto más del orden burgués?
Habrá que hablar del varón, y España es buen sitio para comenzar. Esos muecines priápicos de colegio mayor, por ejemplo. Al oír su provocador llamamiento a la yihad genital podemos reaccionar con el escándalo de rigor, competir en desgarro vestimentario, reclamar castigos ejemplares. Pero si de veras nos importa la salud de la igualdad deberíamos entender que esos muchachos no estaban exhibiendo su poder sino su fragilidad, cuando no su súplica. Que fuera una novatada no modifica el diagnóstico: una novatada es un rito de paso extraoficial por el que se regula el ingreso de un candidato en una comunidad organizada. La pregunta entonces es por qué los jóvenes sapiens exigen hoy una credencial de machismo aparatoso, contracultural, para ser aceptados en la tribu. La respuesta es la misma que explica el alboroto por la mano de Federer en la mano de Nadal: solo al adanismo le parece noticia, solo los inseguros expresan su rechazo, solo los fuertes se perdonan una lágrima.
Sin darse importancia, aunque la tenga, Andrés Trapiello (León, 1953) no solo está construyendo el más imponente edificio literario de nuestras letras, sino que se ha propuesto recuperar la técnica barroca del bel composto, la integración de las artes: sus libros son objetos hermosos sobre los que opera como artista total, desde la documentación y la tipografía hasta esa prosa honesta y rica que actualiza una sensibilidad clásica, en la tradición que va de Cervantes a Galdós, de Juan Ramón a Baroja. Nadie más confiable para contar -y curar- las cicatrices del fratricidio español.
¿Cómo consigues separar siempre al pecador de su pecado, es decir, admirar el coraje personal y prescindir del sesgo ideológico, sin dejar de señalar sus errores?
El tema del que trata el libro es muy difícil de dilucidar. ¿Fue justa o no la acción revolucionaria antifascista en aquellos años? Todos ellos son valientes, porque se juegan la cárcel o el pelotón de fusilamiento. Es gente desesperada, que sabe que la alternativa es obedecer o morir. Franco también está en la tesitura de vencer o morir: ha ganado la guerra pero mientras no termine la Segunda Guerra Mundial su poder no está seguro. Mussolini va a acabar colgado por los pies y a los aliados les quedan tres meses para entrar en Berlín cuando suceden los hechos de este libro. El tipo que dirige la célula, Vitini, acaba de ser condecorado en Francia por las fuerzas de liberación de De Gaulle. Y recibe la encomienda del Partido para hacer lo mismo en Madrid, solo que aquí, por hacer lo que él creía que era lo mismo -asesinar falangistas como seguramente ejecutaría nazis y colaboradores de la Gestapo en Francia- se le va a ejecutar.
Y Nadia empezó a ser alguien: Alguien Calviño. Ocurrió durante la réplica a Iván Espinosa de los Monteros, que había afirmado no conocer a nadie beneficiado por la política económica de Sánchez. La vicepresidenta primera capturó al vuelo las posibilidades dialécticas de tan tajante afirmación: tomándola de la punta literal y girándola sobre su eje podría apuntar el flanco débil del portavoz de Vox -una imagen de clasismo de la que no está excluida la propia Calviño- al tiempo que reivindicaba las medidas del Gobierno, que está bastante necesitado de reivindicación. Tanto lo está que cuando Calviño concluyó su eficaz letanía, Sánchez se puso en pie para aplaudirla. Al incorporarse se le cayó la careta de presidente y emergió ese tuétano frentista que explica su carrera. Para rodar la serie le vuelven a colocar la máscara y listos.
La política fiscal del PSOE ha sufrido tal mutación ideológica en la última década que obliga a desconectar -también en esto- al sanchismo de la tradición que inauguró el felipismo. González fundó su liderazgo sobre la premisa de la renuncia al marxismo, y una vez en Moncloa exploró sin dogmas todas las posibilidades del capitalismo redistributivo. La pana fue solo un manto retórico con el que se cubrían los guerristas mientras Boyer y Solchaga -«España es el país europeo donde es mas fácil hacerse rico»- avanzaban en la liberalización de una economía lastrada todavía por la herencia estatista del franquismo. Aquel PSOE asumió el coste político de la reconversión industrial -incluida la mayor huelga general de la historia-, emprendió iniciativas de colaboración público-privada como los conciertos educativos y hasta ideó una cosa chulísima llamada sicav, instrumento financiero diseñado para captar inversores a cambio de ventajas tributarias. Eran tiempos legendarios en los que la izquierda ibérica cultivaba la convicción -hoy exclusivamente portuguesa- de que para redistribuir la riqueza primero hay que crearla.
La carretera que lleva a Amer, la aldea natal de Carles Puigdemont, ofrece a la altura de Bescanó un monumento al kitsch con forma de gasolinera. Decorada con escenas arcádicas, reivindicada por un Petrolis Independents, la estelada que campea en el techo parece proclamar que hasta el gasóleo mana en catalán de los montes de Gerona junto con la identidad de la provincia, entregada a la causa independentista pese al fracaso de su último intento de escisión, hace ahora cinco años. Hay una ensoñación de soberanía puramente estética que fomentan los pueblos de la comarca de La Selva, como esos combatientes japoneses que se negaban a asumir el fin de la guerra. «Te sorprenderá el grado de adhesión que la figura de Puigdemont aún suscita en Gerona», han advertido al cronista. Pero al cronista le sorprenden ya pocas cosas.
Hay dos clases de españoles: los que saben quién es Tamara Falcó y los que fingen no saberlo. De los segundos, como de cualquier hipócrita, no merece la pena hablar. Pero en la oficina y en el metro, con permiso del CGPJ, el español está hablando de Tamara. Y a menos que uno sea un tuitero de meñique empinado o uno de esos politólogos de encaste cortesano que redefinen la democracia como el odio al pueblo, lo interesante es preguntarse por qué.
Escribe Elvira Roca Barea (Málaga, 1966) que «España es un ratón que arrastra la piel de un elefante». Una nación excepcional por el empeño inducido en su propia excepcionalidad. Va por 39 ediciones de Imperiofobia, mucho más que un ensayo contra la leyenda negra: un nuevo paradigma historiográfico. Su éxito, con más de 150.000 ejemplares vendidos y una nueva edición ampliada, es imposible de perdonar en España.
Los imperios engendran por igual odios y adhesiones, igual que los éxitos editoriales. ¿Cómo lleva usted todo lo que ha generado Imperiofobia?
El ataque de cuernos que les ha dado a unos cuantos catedráticos es un fenómeno muy comprensible. El mundo académico está acostumbrado a unos cuantos machos alfa que gobiernan los territorios que consideran de su exclusiva competencia, y en el momento en que aparece un verso suelto, una maestra de pueblo sin permiso de nadie, reaccionan como lo que son: unos carcas y unos acomplejados. Todo el mundo sabe el enorme poder que tienen en su cortijo, y se han sentido muy ofendidos por una outsider que incursiona en su territorio sin pagar peajes. Eso te da muchísima libertad, pero también supone estar expuesto. Yo estoy dispuesta a pagar cualquier precio por la libertad.