El departamento de cursilería vírica de Iván Redondo propagó este lunes, Día de la Hispanidad, un vídeo que al menos se atrevía a decir la palabra España, lo que quizá sea lo máximo que cabe esperar. El cliente de Redondo se apresuró a tuitearlo antes de dirigirse al desfile en un Madrid al que acaba de someter arbitrariamente al estado de alarma, cabalgando así una mañana más la contradicción fundamental en que consiste el sanchismo: un matonismo sonrosado, un progresismo de tribu y estaca.
El rostro de Illa iba contrayéndose de amargura, el gesto exacto de una mujer maltratada, a medida que leía los furibundos mensajes de Sánchez en su móvil. Ocurrió en plena comparecencia en el Congreso. El tribunal madrileño había dejado en ridículo a Caligulín, afeándole los meses de televisión y vacaciones sin actualizar la legislación sanitaria, pero el culpable debía ser el ministro usado como ariete contra la aldea gala de Ayuso. Y Salvador, un buen hombre en el puesto equivocado, bajó la cabeza, se tragó la culpa y acató la orden de redoblar la ofensiva.
¿Por qué? Se comprende que Lastra y sus tuiteros con escaño se aferren al sanchismo, ¿pero qué lleva a gente con estudios –Calviño, Escrivá, el propio Illa- a compartir carrera con las mañas despóticas de un plagiario hortera que no vale ni para leer el teleprónter, por no hablar de la obediencia jerárquica a un fan del castrismo al borde de la imputación? ¿Por qué Campo o Marlaska participan abducidos en la degradación de su antiguo prestigio? ¿Merece la pena figurar para los restos en la orla del equipo que destruyó España para una década? Yo el chantaje lo puedo entender, una pistola en la sien, el secuestro de tus hijas; pero el éxito intimidatorio de los acomplejados que se transforman en maltratadores no me cabe en la cabeza.
Aznar necesitó seis años en el poder para casar a su hija en El Escorial, pero Sánchez ya se creía Felipe II antes de llegar a La Moncloa. De ahí que no admita la cohabitación con Felipe VI, que es de otra dinastía. Una mañana de octubre, con el país devastado por la pandemia, Bienvenido Míster Sánchez se hizo anunciar por un pianista de cámara en camiseta para recibir con alegría el dinero de los europeos.
Todos terminamos por descubrir que la cursilería es el reverso de la brutalidad. Unos lo aprenden del daño de una relación tóxica, otros son capaces de escarmentar por delegación en los personajes de una novela o película y al resto nos los enseñó José Luis Rodríguez Zapatero. De las legislaturas de ese hombre accidental, sonriente y corrosivo los españoles salimos más pobres, inseguros y rencorosos. Pero al menos desarrollamosun asco insuperable a las buenas intenciones. Zapatero vendía talante mientras fabricaba revanchismo histórico y tejía cordones sanitarios. Prometió la paz la víspera de que reventara la T-4. En 2006 juró en EL MUNDO: «En diez años Cataluña estará más integrada». Se proclamó rojo pero infló la burbuja e indultó a un banquero. Anunció que España jugaría la Champions de la economía y acabó rebanando el Estado del bienestar como ningún neoliberal antes. Cuanto más cursi era su propósito, más violencia generaba el resultado. En los años más duros de la recesión llegamos a desear que nos gobernasen sus hijas, porque el gótico no engaña a nadie.
Vetar al Rey es protegerlo. Aplaudir a Bildu es saludar su compromiso con España. Negar la alternancia es el cometido de los demócratas. Excluir de la Constitución al PP e incluir a Podemos y ERC es reivindicar el compromiso del PSOE con el 78. Vitaminar a Vox es luchar contra el fascismo. Multiplicar los dedazos es cuidar del pueblo. Los condenados del 1-O son inocentes. Los posados de Irene empoderan y la inteligencia de Cayetana ofende. Lanzar una campaña nazi para retratar a Ayuso como desequilibrada es impulsar la agenda feminista. Franco no y Felipe González tampoco, pero Largo Caballero sí. Renunciar a la exigencia es educar. Engañar es pactar. Dividir es reunir. Someter es amar. La ruina enriquece. La destrucción del tejido laboral arroja el mejor dato de empleo de la década.El caos es lo que llamamos cogobernanza. La deuda libera. El odio purifica. La imposición trae consenso. Tirar el virus a la cabeza de los madrileños es pararlo unidos. Morir es una manera como cualquier otra de salir más fuerte.
Las agallas son excrecencias redondas de tipo tumoral que se forman en los alcornoques a causa de la picadura de un insecto o por la infección de microorganismos parasitarios. Son también las branquias de los peces. Y las agallas son por último lo que el vicepresidente de España echa de menos en un diputado de Vox. Excrecencia, tumor, alcornoque, insecto, parásito, pez: una mañana más en el campo semántico del Congreso.
España agoniza sanitaria y económicamente, pero Pablo Iglesias emplaza a Iván Espinosa de los Monteros a tener agallas no al noble modo de Loquillo -para qué discutir si puedes pelear-, sino al servicio de un viscoso guerracivilismo doblemente criminal, por la sangre vertida ayer y por el precioso tiempo que nos roba hoy.