Archivo mensual: junio 2020

Los dos Felipes

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Felipismo.

En España la preocupación se llama Felipe. Uno reina preocupado por lo que su familia de sangre hizo antes que él y otro sufre por lo que su familia de sigla está haciendo después de él. Se suponía que era Sánchez quien no iba a poder dormir en el camarote marxista, pero la premisa del insomnio es tener una conciencia que remuerda y un plan que vaya más allá de la votación parlamentaria de esta semana. El Rey y el presidente de la república si la hubiera comparten angustia con todos los españoles que leen las previsiones del Banco de España, pero cada cual se angustia a su manera.

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15 junio, 2020 · 10:50

No hay dinero ni para crispar

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Tinglado.

Para compensar que el fútbol ha vuelto con las gradas vacías, al Congreso han regresado los aplausos de bancada. El decibelio gregario es un marcador decisivo para calibrar el estado de ánimo de los grupos o tribus parlamentarias. Así sabemos, por ejemplo, que la bancada del PSOE aplaude con más ganas a Pablo Iglesias y a Marlaska que a cualquier otro, incluido el jefe del tinglado o presidente del Gobierno. A Iglesias lo aplauden por el turbio placer de la agresividad, ese jugador destructivo que uno quiere siempre en su equipo, porque contra el PP nadie frunce el ceño como él; a Marlaska, por la pulsión de la piedad y el desagravio, porque urge aparentar que lo suyo ya pasó.

Sánchez se cargará a su pararrayos de Interior cuando no le quepa una descarga más, pero nadie le quitará la ovación que cosechó cuando replicó a Macarena Olona, que había aludido a un bochornoso episodio acaecido en Bilbao hace 20 años en el que arraigaría el odio de Marlaska a la Benemérita: «Sea valiente y diga lo que hice o dejé de hacer. Hace mucho tiempo me libré de la dictadura de la mirada ajena, pero también de los silencios». Primer mandamiento del populismo: lo personal es político. Segundo: cuando hayas perdido la razón, inténtalo con la pena. Estos dos mandamientos se resumen en uno: camuflarás siempre tu brutalidad de cursilería.

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12 junio, 2020 · 9:44

La hoguera de las identidades

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Fascismo ante una estatua antifascista.

Hemos visto a las conciencias más comprometidas de Occidente vandalizar el monumento a Churchill en Londres y amenazar el de Lincoln en Washington después de que las estatuas de Fray Junípero aparecieran decapitadas en California. Si yo tuviera que escribir un libro sobre el espíritu de nuestro tiempo, elegiría esta anécdota para elevarla a categoría moral. ¿Qué significa que los adalides más contrastados de la libertad sean víctimas de la purga retrospectiva de sus compatriotas?

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9 junio, 2020 · 14:14

Entrevista con El debate de hoy

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El editor de este blog.

Es reconocible por su facilidad para sonreír, aunque lo intenta disimular una barba desordenada como la mesa de un viejo redactor. Es una sonrisa algo pícara e inocente, de ese niño que pensaba que llevar la corbata sin anudar ya era ser un gamberro. Quizá por eso a veces introduce —como puñetazo de terciopelo— alguna palabra gruesa en sus columnas. O quizá sea la compleja herencia de un milenio que expiró viendo a ancianos quejumbrosos como Francisco Umbral, Fernando Fernán Gómez o Camilo José Cela, y a jóvenes insolentes como Tarantino. O quizá no otra cosa que la franqueza castellana de los Quevedo y los Cervantes, o la crudeza latina de los Marcial y Horacio.

En la universidad se entregó, precisamente, a los clásicos y también a autores muy modernos. De hecho, desde sus inicios, ha dedicado innumerables horas a la crítica literaria; por ejemplo, sus docenas de reseñas en Aceprensa. A partir de entonces, ha ido subiendo escalón a escalón —revistas locales, La Gaceta de los Negocios antes y después de Intereconomía, Jot Down, un copioso etcétera—, hasta dirigir la sección de Opinión de El Mundo. Lo compagina con otra tarea del oficio, como son las tertulias de La Sexta o algún rato que charla en la COPE. Y con la publicación de varios libros que deambulan entre el ensayo más o menos sólito —La granja humana (2015), El hígado de Prometeo (2016)—, el colectivo —su colaboración en La España de Abel (2018) y en La sorpresa Vox (2019)— y el «dietario de juventud» de sus Crónicas biliares (2017), o la semblanza de personajes históricos en Vidas Cipotudas (2018).

El madrileño y merengón Jorge Bustos Táuler (1982) parece que es creyente de alguna suerte de constitucionalismo liberal sin rigideces, etiquetas ni adjetivos tajantes, pero, sobre todo, es un irónico practicante. De esa ironía que escuece a los fuertes y que, por lo general, solo aspira a atemperar el puritanismo. Por eso puede disfrutar con un Mourinho desencadenado y que escupe en el mármol impoluto del Olimpo donde se micciona perfume de azahar. Porque sabe que es un Olimpo de cartón piedra y que ese perfume no es más que colonia barata. Pero, en el verdadero Palacio de Invierno, Bustos es capaz incluso de acicalarse la barba y vestir con la discreción que bien le enseñaron en casa.

Pregunta: Hughes, Jabois, su querido Gistau, Soto Ivars, usted… Todos con barba.

Respuesta: Y no te dejes a Isco ni a Benzema. La barba es una moda cómoda, pero quizá también sea una decisión vital: un «ahora nos toca» o algo así, pero sin los rancios compromisos de los barbudos setenteros.

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8 junio, 2020 · 11:03

El Prado: el arte de volver

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Edén.

Los museos se inventaron para reservar un espacio a las cosas valiosas. Para conceder a la belleza o al menos a la curiosidad una habitación propia. Los museos son espacios protegidos y ordenados dentro del espacio salvaje y caótico de la ciudad. Pero hay un museo que es distinto de los demás porque no se define en relación con el espacio, sino en relación con el tiempo. Sus salas no acumulan y disponen cosas bellas con mayor o menor armonía. Sus salas exhiben el tiempo mismo. Solo hay una cosa que Saturno no puede devorar: lo que Tiziano o Goya hicieron con él.

Por eso El Prado es único. Porque en los espejos de sus obras maestras se detiene a mirar la historia del arte, que es la historia del hombre. Sus paredes devuelven el reflejo de lo que fuimos cuando no lo sabíamos, de lo que somos y no queremos reconocer y hasta de lo que soñamos sin atrevernos a serlo. Pintores de pintores se desafiaron a través de los siglos para capturar el tiempo humano en un lienzo y lo lograron. A un costado del bullicioso paseo que lleva su nombre están inmortalizadas todas las vidas posibles, de las más sublimes a las más oscuras. Rey o bufón con Velázquez. Pecador con El Bosco o santo con Zurbarán. Muertos todos para Bruegel o delicadamente ascendidos al cielo por Murillo. El Prado habla del tiempo en que la monarquía española dominaba el mundo, y también del tiempo en que ajusticiaba a sus héroes, pero sobre todo le habla al espectador de hoy. Su colección está viva, se compone de obras que se comunican entre sí cuando cae la noche y las puertas se cierran. Nunca desde la Guerra Civil habían permanecido tanto tiempo cerradas. Ahora se reabren, Madrid se desconfina y entretanto los cuadros de El Prado se han movido para contar su historia perenne de una forma nueva. Volver también es un arte.

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7 junio, 2020 · 11:47

No odiéis a Sánchez

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Torrentismo.

Ya me gustaría no escribir sobre Sánchez, ocupación menestral que da una pena que tizna cuando estalla según Miguel Hernández. Pero no a todas las generaciones les es dado atestiguar la transformación de su democracia en un comedero de patos, encabezado por el Gran Cormorán.

El mecanismo mental de Sánchez no es más sofisticado que el de un chupete: es un niño que tiraniza a los demás para satisfacer su capricho y que desconoce cualquier noción de responsabilidad. Pero por si se me escapara algo me he puesto a ver la serie que le recomendó a su compay Iglesias, Baron noir. Esperaba encontrar maniobras políticas de una diabólica sofisticación, pero me he encontrado con una serie llena de ingenuidad por comparación con el brutalismo institucional del caso Marlaska, sin ir más lejos. En Baron noir, de hecho, los ministros de izquierdas dimiten cuando la mierda rebosa la bañera. La serie es de 2016 y se nota: el partido socialista francés aún existía y Trump aún no había enseñado a los líderes-niño de este mundo que los límites son para los perdedores.

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6 junio, 2020 · 15:39

Elige tu propio villano

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Caciquín.

Ya no vivimos en una democracia deliberativa -si lo hicimos alguna vez fuera de la Transición-, sino en una agonista, donde cada partido se define no por la defensa de su programa sino por la elección de su villano favorito y donde el votante se moviliza contra alguien más que a favor de algo. Quizá lo propio de los periodos de decadencia sea la predilección por la vía negativa hacia el conocimiento: escepticismo respecto de los valores propios y fanatismo contra los ajenos. Ya que no podemos ser dioses, retratemos con esmero a nuestros demonios. Así, cada portavoz se delata por el énfasis que pone en aquello que más detesta.

Sánchez, por ejemplo. Es un apasionado de la división. Ha construido toda su carrera sobre la negación del otro, soplando las brasas del enfrentamiento allí por donde ha pasado: entre socialistas, entre votantes, entre banderas, entre instituciones, entre poderes del Estado, entre facciones de su propia coalición gubernamental. No hay moderación que no haya rehuido ni radicalismo que no haya convertido en aliado. Por eso mismo finalizó su discurso con una apelación franciscana al consenso que jamás practicó, consciente de que enseguida subiría Casado a la tribuna a descargar su indignación sobre los escándalos encadenados de este Gobierno.

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3 junio, 2020 · 20:29

‘Air’ Jordan toma tierra

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Cuando volaba.

Es noticia que Michael Jordan comunique al mundo tres párrafos de indignación racial por la muerte de George Floyd. Es noticia porque Jordan, como más alto símbolo de los 90, estaba por encima de las categorías identitarias de raza, sexo y nacionalidad en las que se viene fundando el compromiso político desde que la izquierda perdió ante la derecha la gestión material y se especializó en la espiritual. El mejor deportista de la historia habitaba por derecho propio un olimpo incompatible con militancias pedestres. Jordan era global, a Jordan no se le conocían indignaciones ajenas al drama puramente atlético que se desarrolla en una cancha, Jordan ni siquiera era negro. Otros que sí lo eran, como Spike Lee o Barak Obama, entre medias de su incontenible admiración deslizan en The last dance reproches a la neutralidad ideológica del ídolo, que evitó pronunciarse en público contra un candidato racista republicano -aunque donó dinero en privado a su contrincante- con la madre de todas las declaraciones neoliberales: «Los republicanos también compran zapatillas». Y sin embargo cualquier activista ha de reconocer que Jordan hizo más por el empoderamiento de los negros que cualquier película de denuncia o que la presidencia histórica de Obama, más histórica que presidencia.

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2 junio, 2020 · 13:19