Elige tu propio villano

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Caciquín.

Ya no vivimos en una democracia deliberativa -si lo hicimos alguna vez fuera de la Transición-, sino en una agonista, donde cada partido se define no por la defensa de su programa sino por la elección de su villano favorito y donde el votante se moviliza contra alguien más que a favor de algo. Quizá lo propio de los periodos de decadencia sea la predilección por la vía negativa hacia el conocimiento: escepticismo respecto de los valores propios y fanatismo contra los ajenos. Ya que no podemos ser dioses, retratemos con esmero a nuestros demonios. Así, cada portavoz se delata por el énfasis que pone en aquello que más detesta.

Sánchez, por ejemplo. Es un apasionado de la división. Ha construido toda su carrera sobre la negación del otro, soplando las brasas del enfrentamiento allí por donde ha pasado: entre socialistas, entre votantes, entre banderas, entre instituciones, entre poderes del Estado, entre facciones de su propia coalición gubernamental. No hay moderación que no haya rehuido ni radicalismo que no haya convertido en aliado. Por eso mismo finalizó su discurso con una apelación franciscana al consenso que jamás practicó, consciente de que enseguida subiría Casado a la tribuna a descargar su indignación sobre los escándalos encadenados de este Gobierno.

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3 junio, 2020 · 20:29

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