Nos queda Portugal

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

Oporto desde la ribera de Gaia, que huele a Duero y a vino añejo.

En la hora violeta del réquiem, con el marianismo de cuerpo presente y aún tibio, los analistas menean la cabeza en el velorio y musitan un diagnóstico: el PP no supo explicar el sacrificio exigido por la recuperación.

-Cuando una empresa que no vende su producto alega problemas de comunicación, el problema es del producto, nunca de la comunicación -me explica un empresario portugués con la vista abismada en el Duero a su paso por Oporto, donde he sido convidado a un gañote magnánimo en pago de mi dudosa elocuencia.

A Portugal han llegado los ecos del 24-M y el noticiero aquí los rebota con acentos jacobinos, pero yo tranquilizo a mis anfitriones y les digo que no hay razón para desempolvar la epopeya de Camoens: que mi país sigue fiel a la ley del péndulo, que tocaba un redoble de estatalismo y que toda la novedad estriba en el color de los collares.

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