Archivo diario: 15 diciembre, 2013

Los encierros de Clos

El suspense cuando juega el Madrid y arbitra Clos se reduce a especular con el minuto en que los blancos se quedarán con uno menos, o con dos incluyendo al míster, mérito democrático que en el régimen pancista de Arminio se recompensa con el premio a mejor colegiado de la temporada. Aunque hay que reconocer que el suspense mengua significativamente si Ramos, el hombre de las 18 expulsiones, se encuentra inspirado. Concedamos que la primera amarilla no fue ni falta, pero también que sacar así el brazo en la segunda son ganas de provocar a un antimadridista tan pavloviano como Clos Gómez. En Pamplona pitó un encierro con el Madrid  en papel de cabestro o colaborador necesario.

El Madrid, que se había volcado majestuosamente sobre el área navarra en los primeros 20 minutos de partido bajo la incisiva batuta de Lukita y las diagonales inteligentes de Cristiano, sumó en poco tiempo la roja del sevillano al afrentoso  penalti sobre Modric que Clos, obviamente, se negó a pitar, invocando la convención de Ginebra. Pero esto no fue lo peor. Lo peor fue una cierta resignación de marine cansado en territorio hostil. El Madrid debería saber que siempre juega contra la mejor versión de sus rivales y a menudo contra la mentalidad miliciana de los poderes fácticos, y debería haber aprendido a reaccionar. No lo hizo en el campo minado del Osasuna salvo a ráfagas, como el golazo de Isco –por lo demás perdido- y el arreón de la segunda parte tras la expulsión igualitarista de Silva (todos los Silva tienen cara de chino, menos Velázquez), culminado con el cabezazo caníbal de Pepe. Salvo eso, al Madrid le faltó la épica que tanto le admiramos, con cambios como mínimo originales de don Carlo y una fluencia final hacia el conformismo que impidió la hazaña de remontar en Irak.

Leer más…

2 comentarios

15 diciembre, 2013 · 14:32

¿Quién le hace el coaching al coaching?

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Si hablas como Coelho, serás tratado como tal.

Convengamos en que África no es la meca de la psicología. Los africanos no tienen tiempo para preguntarse si padecen o no ansiedad, o si están explotando sus fortalezas y minimizando sus debilidades de la forma más rentable para alcanzar sus objetivos –por decirlo en la neolengua del coaching–, porque se les escapa la vida esquivando tiros o pandemias y buscando comida y techo. En las sociedades primermundistas, en cambio, que hace tiempo superaron las servidumbres de la dedicación agraria o industrial, el sector servicios se ha desarrollado hasta tal punto que ha favorecido la emergencia de un sector servicios del sector servicios. Porque eso es el coaching, un boyante y modernísimo mester de juglaría que te cobra por una opinión que no has pedido sobre cómo hacer mejor un oficio que el coach no ha practicado jamás, o de lo contrario no se habría metido a dar lecciones. El que vale vale y el que no a dar clase, ya saben.

El coaching es una industria eminentemente parasitaria que vive de dos premisas tan imprescindibles como lo son la humedad y la piedra para el liquen: el dinero y los incautos. Su hábitat predominante lo forman la Administración pública, las grandes empresas y el deporte de élite. Se trata de tres ámbitos especialmente generosos en la producción de papanatas: deportistas metidos a gestores que confunden el anglicismo con la sabiduría; nuevos ricos que han pasado directamente de la editorial Barco de Vapor (en los mejores casos) a preguntarse quién se ha llevado su queso; políticos castizotes que tienen un amigo al que no pueden dejar en la cuneta y recuerdan de pronto su pico de oro con las tías en aquellas despedidas de soltero por el casco viejo de Salamanca. La astuta empresa de coaching sobrevuela como un alimoche en torno a estos tres fenotipos humanos a la espera de su hueso, relleno de rica médula. Se prepara un power point pinturero, armado sobre flechas coloreadas y lógica escolar, presentado por el tándem imbatible que forman un cliente habitual de Clysiden y una hembra alfa en falda de tubo, y malo será que no se acabe arañando del presupuesto un cursito de formación interactiva por el método Launer-Skiffington, para desesperación del becario precario y a mayor gloria I+D de la boba conciencia del consejero delegado.

Del coaching hay que huir como de una peste semántica que está ablandando los cerebros uniformemente decelerados del empresariado español, rebajándolos a devoradores de frases de galleta china, a catecúmenos del padre Ripalda en traje de tres mil euros. Ocurre que cuando se deja de creer en Dios se acaba creyendo en cualquier cosa, que cuando se deja de leer a los clásicos se acaba aplaudiendo como novedoso el sintagma “inteligencia emocional” y que cuando se tiene dinero de sobra el derroche resulta ineluctable. Ciertamente, se aducirá, el coaching ha vivido épocas mejores, pues el gerente sensato lo primero que recorta es la retórica –cursos y publicidad–; pero uno se asoma a las listas de los más vendidos de no ficción y experimenta la mueca de Munch de la inteligencia. Esos títulos que cacarean el huevo recién puesto de la implementación (sic) de sinergias (sic) optimizadas (sic), aderezando su espeso puchero gramatical con citas wikipédicas de Sun-Tzu y anécdotas bélicas de Napoleón, son al amueblamiento de las cabezas adultas lo que Ikea a la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles.

El consumidor de autoayuda, de management o de coaching no creemos que represente el eslabón de la cadena trófica sobre el que debamos centrar la loable tarea de la reinserción social. Probablemente ya no quepa salvación para una víctima tan inocente, que de no echarse en los fenicios brazos de Lluis Bassat o de Rojas-Marcos terminaría cayendo en los procelosos mantras del ecologismo zen o en las aguerridas alegorías de Paulito Coelho. No: hay que mirar más arriba. Lo que yo pregunto aquí y ahora es quién vigila al vigilante, es decir quién le hace el coaching al coaching. Quién vela por la eficacia de los procesos psicoemocionales del experto en cuestión; quién tasa sus debilidades y señala sus negligencias; quién le empuja más allá de su zona de confort, esa que en su gremio se circunscribe exactamente al cuenco de la mano que nuestro idealista presunto enseña al departamento contable nada más abrochar la sarta de tópicos de su conferencia. O incluso antes.

Están ustedes avisados. La próxima vez que le venga algún pícaro a sonsacarle una charlita motivacional, le dan ustedes con los ensayos de Montaigne en la cabeza.

(Publicado en Suma Cultural, 14 de diciembre de 2013)

Deja un comentario

Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir