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La cofradía del Santo Aplauso

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Rito.

Cada tarde los españoles salen a sus balcones, los que los tienen, y a sus ventanas todos los demás para aplaudir al pelotón de sanitarios que está salvando la civilización. Les aplaudimos a ellos, desde luego; pero en cada detonación vespertina también nos estamos aplaudiendo a nosotros mismos. No porque tengamos nada de lo que enorgullecernos, sino por miedo. Porque tenemos mucho que perder y necesitamos invocar a quien puede evitar que lo perdamos. Con el batir de palmas espantamos el silencio opresivo de nuestras calles y los malos pensamientos que germinan en él. La profilaxis nos ha vedado todos los rituales colectivos, incluyendo aquel que inauguró la civilización: enterrar a nuestros muertos. Así que hemos tenido que inventarnos uno lo suficientemente distante y lo suficientemente cálido como para mantener vivo el espíritu de comunidad, sin el que propiamente es imposible llamarse humano.

Cuando la peste asolaba Europa, los hombres se agruparon en hermandades para implorar la intercesión divina. Hoy la fe no la ponemos tanto en tallas y advocaciones como en médicos y enfermeras, pero la fragilidad y la gratitud que confesamos con las manos es la misma. Antes juntábamos las palmas para rezar, hoy las batimos para aplaudir. La pandemia ha fundado una nueva hermandad: la cofradía del Santo Aplauso. Su misa se celebra cada día a las ocho en punto de la tarde y no dura más de cinco minutos. Sus fieles son de toda clase, edad, sexo, raza, ideología y condición. Y sin embargo, cada cual aplaude a su manera.

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22 marzo, 2020 · 22:32

Déjate aplaudir

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Taumaturgos.

De un país paralizado te llega cada tarde, puntualmente, el suministro nacional de gratitud, la caricia interior bruta de todos tus compatriotas. Quizá se te saltan las lágrimas y resbalan peligrosamente hacia la mascarilla, con la falta de higiene que supone. Pero el surco se secará enseguida, cuando vuelvas a inclinarte sobre ese viejo que se ahoga, a quien no salvará tu emoción removida sino tu frialdad técnica. Así un día y otro día, esperando el famoso pico de la curva que anuncian los políticos y que no termina de llegar. Escudriñas por tu cuenta las informaciones que vienen de Italia, anticipas el escenario y calculas tus fuerzas para adaptarte a él, para asumir una meta realizable, a la manera de los alpinistas que no apartan los ojos de la cota fijada más arriba. Tantos infectados entrarán, tantos saldrán, tantos se quedarán sobre la blanca cama. Tantos compañeros se contagiarán, tanto se alargará el turno para suplir sus manos. Así un día y otro día, aislándote del afecto exterior que te robaría la concentración, rindiéndote a él en el maldito instante en que la debilidad traspasa la delgada tela de la bata. Entonces te sientes culpable, no solo de no poder hacer más, sino de haber cedido a unos minutos de autocompasión. Quien los ve sufrir y morir todos los días sabe que no tiene derecho a la piedad, aunque lo tenga.

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22 marzo, 2020 · 22:25

Almeida

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Un alcalde.

No es el más alto ni el más carismático, pero es un político decente. Uno con más principios que estrategias. Las estrategias sirven para salir favorecido en los medios, y esa batalla la tenía perdida José Luis Martínez-Almeida desde que se metió en el PP, un partido en inmunodeficiencia mediática en gran parte por su culpa. Los principios, en cambio, sirven para saber lo que hay que hacer cuando todo el mundo a tu alrededor pierde la cabeza, empezando por el presidente de tu país. Mientras los estrategas forcejeaban con sus propios argumentarios y el virus se propagaba feliz, Almeida oyó la voz interior que en su gremio suele yacer bajo toneladas de tacticismo y le puso un micrófono: los ciudadanos se merecen la verdad; no cabe descartar el cierre de Madrid; los jóvenes deben estar a la altura del legado de sus mayores; necesitamos medidas económicas ya: aquí van las nuestras. Almeida no esperó a consensuar estas declaraciones con nadie porque hay momentos especialmente contraindicados para las mesas de negociación, sobre todo si al otro lado se sienta tu conciencia. Tu deber.

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17 marzo, 2020 · 10:55

La última noche de Madrid

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Solo en Sol.

Madrid es una ciudad de más de 2.940 contagiados y 133 cadáveres, según las últimas estadísticas. Un enemigo silencioso y voraz se encargará pronto de caducarlas: para cuando usted lea esto, sus víctimas serán más. Y quizá muchas más. Madrid es el rompeolas de una pandemia y es también la capital de un país en estado de alarma. Como a otras urbes del mundo, pero con la saña adicional que nació de la imprudencia política, la ataca la cólera abstracta del Covid-19. Los madrileños no oyen bombardeos ni gritos de dolor, ni cuentan con un aparato que mida la radiación arrojada al aire tras un accidente nuclear. Por eso se resisten a confinarse del todo. Porque el madrileño es un pueblo vitalista y hedónico que necesita ver para creer, sentir para cambiar y sufrir para obedecer.

Es viernes por la tarde y el presidente del Gobierno acaba de anunciar un decreto de medidas extraordinarias que entrará en vigor mañana. Será interesante descubrir cómo interpreta Madrid esta víspera tensa, prórroga inverosímil, fruto de la improvisación si no de la irresponsabilidad.

Desde su pedestal en Colón la cabeza blanca de Julia se alza sobre una ciudad conmocionada. Ahora ya sabemos por qué Jaume Plensa la esculpió con los ojos cerrados: para no ver cómo una metrópoli concebida para el ruido enmudece lentamente. Demasiado lentamente a juicio de las autoridades. Los viandantes transportan bolsas de avituallamiento por el Paseo de Recoletos, los ciclistas pedalean contentos de no tener que compartir calzada con los coches y los runners consideran que corren más rápido que el coronavirus. Los políticos han apelado a la responsabilidad individual, un concepto que lleva cogiendo polvo en el desván del primer mundo desde que se inventó el consumo de masas y el paternalismo de Estado, más o menos.

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15 marzo, 2020 · 23:44

El ángel Covid-19

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Un hombre desarbolado.

No me atrevo a pedirle al coronavirus que sea nuestro terremoto de Lisboa, porque entre nosotros no diviso a un Kant ni a un Voltaire, pero debería serlo. Cada generación padece un trauma colectivo que le permite redescubrir el mediterráneo de la fragilidad humana y le invita a actuar en consecuencia. La Ilustración no se habría desplegado como lo hizo sin el brutal seísmo de 1755, que obligó a la inteligencia a replantearse su optimismo y ofreció a la voluntad un nuevo límite que superar. Así es como la catástrofe estimula el progreso, el periodismo depura la injusticia y el mal, en suma, convoca al bien.

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14 marzo, 2020 · 11:36

Seguir odiando a Cs

Cs

Fascismo morado.

Por qué nos odian tanto, me preguntó una militante de Cs con la cara surcada de lágrimas y hedor a pis encostrado en el pelo tras el último Orgullo. Ensayé para calmarla unas nociones sobre cainismo histórico, el convergente rencor de dos Españas que se ensaña con quien se interpone en la orgía del antagonismo. Diserté sobre la territorialidad del animal de partido, que no tolera la competencia de un espécimen anfibio, capaz de nutrirse del liberalismo económico en el coto diestro y del progresismo social en la finca zurda. Conjeturé que el éxito del centro jacobino amenazaría el más turbio y pingüe negocio del 78: el cambalache de PP y PSOE con el nacionalismo centrífugo. Recurrí, en fin, a la disonancia cognitiva, que complica las confortables categorías de lo español con que nos manejamos sintéticamente por el mundo, en plan rojos y fachas. Acopiaba así razones para explicar esa agresividad pavloviana que a izquierda y derecha aún desata un Cs menguado, pero mis palabras no lograban modificar su gesto de dolorida incomprensión, de víctima que no puede entender por qué lo es.

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10 marzo, 2020 · 10:08

No bonita, no machote

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Sororicidio.

Supongo que habrá que esperar sentado a que Adriana Lastra o Irene Montero o incluso Lidia Falcón se graben un vídeo elogiando alguna cosa de Inés Arrimadas, Cayetana Álvarez de Toledo o Rocío Monasterio. La gran virtud del vídeo del PP es que aplica por primera vez la sororidad, la fraternidad femenina por encima de ideologías, al pestífero lamedal (Valle-Inclán) de dos orillas que es la política española. Pero la izquierda no hará ese vídeo jamás. No puede permitirse empatizar con el adversario porque en ese instante perdería su bien más preciado: el sentimiento de superioridad moral. Sin esa superstición propiciatoria correría el peligro de empezar a ser valorada exclusivamente por sus méritos, tales como la aptitud jurídica para redactar reformas del código penal.

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8 marzo, 2020 · 23:27

La voz inaudible

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Cantante.

No basta con que Plácido Domingo pierda su futuro: es preciso que pierda también su pasado. Domingo es un ídolo de otro tiempo, uno ya remoto en que la ejemplaridad del artista importaba mucho menos que su talento, y los ídolos antiguos han de ser derribados para que los escribas del nuevo tiempo puedan anunciar su evangelio. A ese antiquísimo procedimiento de sustitución por el que todo poder constituyente reescribe un ayer inicuo para legitimar un hoy brillante los romanos lo llamaban damnatio memoriae, y en el caso de Domingo ya está en marcha: el Palau de les Arts de Valencia, que tanto le debe, se ha entregado a la penitencia de las vestales moradas -no en vano es el color de la cuaresma- y no solo ha suspendido todas las funciones del tenor sino que ha retirado su nombre al centro de perfeccionamiento. Es improbable que de ese centro salga un cantante tan perfeccionado como Domingo, pero al menos los mediocres del futuro no habrán sido formados bajo una advocación herética.

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3 marzo, 2020 · 10:35