Archivo de la etiqueta: verso a verso golpe a golpe

Elegías antimadridistas

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Muso en estado de espera.

El lunes más triste del año vino a alegrármelo una declaración de Chus Visor a Pedro Simón: “El Real Madrid es la cosa que menos soporto de la vida”. De un famoso editor de poesía uno espera emociones hondas e inefables, pozos de melancolía como los que riegan el dolor de un Leopardi o un Celan. Pero resulta que la angustia existencial de Visor se la causa un equipo de fútbol: el Real Madrid. Es ver una camiseta blanca y ponerse a musitar las nanas de la cebolla, que por otra parte es el vegetal atlético por antonomasia. Adorno no creía que fuera posible la poesía después de Auschwitz y Chus Visor se preguntará si después de doce copas de Europa tiene sentido seguir editando poemarios.

Que el Real Madrid sea la cosa que menos soporta de la vida un editor del Atleti constituye uno de los escasos consuelos que le van quedando al aficionado merengue. Todo lo demás es pena negra y nostalgia del vino y de las rosas. El madridista lleva en su militancia un don y una condena: el don de poder celebrar más títulos que nadie y la condena de no poder celebrar que los pierdan sus rivales. Ojalá fuera tan fácil como limitarse a decir: “Bueno, al menos el Atleti tampoco ganará la Champions este año”. Pero el madridista que diga eso para sus adentros no experimentará ningún alivio. Al madridista sólo le conmueve lo que deja de ganar el Madrid, mientras que lo que deje de ganar el Atleti le deja perfectamente frío. Quizá por la costumbre.

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16 enero, 2018 · 10:34

‘Despacito’: una aproximación

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Fonsi, nuestro Garcilaso.

Cada época tiene sus himnos y la nuestra se merece ‘Despacito’. No imagino a don Julio Caro Baroja despreciando una expresión etnográfica tan elocuente como el tema de Luis Fonsi, así que lo analizaremos con la seriedad que el género demanda desde que Pitbull, ya tú sabe, confesó la influencia de Cortázar y Neruda. Veamos.

Tras un proemio onomatopéyico -“ay, oh, diridiri”- cuya función es puramente fática, la primera estrofa introduce una fórmula ritual de cortejo: “Sí, sabes que ya llevo un rato mirándote. Tengo que bailar contigo hoy. Vi que tu mirada ya estaba llamándome. Muéstrame el camino que yo voy”. El macho experimenta una atracción inequívoca por la hembra, pero no la reconoce en sus términos sexuales. Opera aquí un desplazamiento metafórico que ennoblece las pulsiones meramente biológicas del trovador, pues la canción ya funcionaba como refinamiento del instinto reproductivo en la lírica provenzal. El reparto de roles figurados para ella (imán) y él (metal) acaso incurra en un patrón heteropatriarcal que reserva al macho el papel activo, siendo así que existen numerosas damas de hierro y varones no poco magnéticos. Pero el poeta no tiene tiempo para academicismos y proyecta sus versos en la misma dirección que su deseo: “Me voy acercando y voy armando el plan. Solo con pensarlo se acelera el pulso”. En fútbol llamamos a esto verticalidad. Los sentidos se excitan, pero Fonsi acusa su pertenencia a la tradición judeocristiana y lucha contra la culpa invocando la venia generosa de Venus: “Esto hay que tomarlo sin ningún apuro”.

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Último tiroteo de la temporada en La Linterna de COPE. El bueno (Rajoy), el feo (Rajoy) y el malo (Rajoy)

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28 julio, 2017 · 19:30

Otro mal año para la lírica

La musa descendiendo sobre el poeta.

La musa descendiendo sobre el poeta.

A nadie puede extrañar que Podemos elija preferentemente el Círculo de Bellas Artes para dar sus mítines, porque Podemos es un partido de poetas. No es sólo que sustituyan la consigna por el verso y el politiqués funcionarial por el énfasis declamatorio: en todo populismo la poesía deja de ser un vehículo formal, puro márketing electorero, para usurpar la función misma de programa. Poesía viene del verbo griego «poiein», que no significa decir, sino hacer. El poeta genuino es un creador en el sentido demiúrgico de la palabra: confiere una nueva existencia mental a las cosas al nombrarlas. Su balbuciente misión consiste en tratar de mentar las cosas por primera vez, como las vio el último mono en el alba del mundo o como las ve el niño en el amanecer de la vida. Por eso el primer poeta fue Adán, al que Yahvé encomendó la misión de poner nombre a la Creación, y por eso pedía Juan Ramón Jiménez a la inteligencia que le diera el nombre exacto de las cosas. Y así, la buena literatura es aquella que trata problemas eternos como nadie los trató antes.

El poético adanismo de Podemos se constata en su deliciosa ingenuidad cuando aborda la prosa de lo real, la grisura de la estadística y la aridez de la economía. Tsipras, otro poeta griego, ya está de vuelta a su Ítaca particular, llamada deuda. Sin llegar al patetismo lírico de Monedero, ese gondolero del Orinoco chavista -no por casualidad su campo semántico predilecto es… la liquidez-, Pablo Iglesias revela su vocación de poeta del pueblo más que de político en su obsesión por renombrar conceptos viejísimos que él se empeña en descubrir. Así, redefine con alguna originalidad nociones como patria («patria es la gente de mi país»), rico («rico es el que, a través de ingeniería financiera, no paga impuestos») y hasta oposición («yo»). Y podríamos atribuirle una nueva acepción de democracia: «televisión». En el Círculo de Bellas Artes también afirmó que «amar a tu país es tributar en tu país», exactitud que solo puedo aplaudir; claro que no es suya.

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