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España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

El jardín del PSOE

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¿Habemus modelo de Calvin Klein?

La entrañable refriega que parte al PSOE ya la profetizó Rilke, quien a las puertas de la muerte dejó escrito: «¡Oh rosa, pura contradicción, voluptuosidad de no ser el sueño de nadie bajo tantos párpados!». Y párpados hay muchos, tantos como barones, pero todos se abren cuando entra Susana y se cierran cuando habla Pedro. La rosa socialista se deshoja en el puño interino de su líder, que fantasea voluptuosamente con no ser el sueño de nadie. Tiene hasta febrero para seguir soñando con La Moncloa y con Ferraz, pues son uno y el mismo sueño: o presidente y por tanto jefe orgánico indiscutido, o modelo de Calvin Klein. ¡Oh rosa, pura contradicción! Ayer obrera y española, parlamentaria y central; hoy tu dueño duda si dejarte crecer en el parterre socialdemócrata o trasplantarte al monte donde se embosca el maquis. ¿Qué piadoso jardinero/a vendrá mañana a regarte la maceta? ¿Quedarán raíces por entonces?

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30 diciembre, 2015 · 15:39

Del turno al Twister

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Don Mariano hace amago de cubrirse: llega la nueva política.

Transcurría la tarde y el pueblo hablaba, pero a decir verdad no se le entendía. Unos decían una cosa y otros la contraria en proporciones inconciliables, y el fantasma del señor Victor D’Hondt se las vio y se las deseó para ordenar el guirigay. El gráfico de las israelitas presentaba una correlación de fuerzas imposible y todos empezamos a disponer el espíritu para el luto por el bipartidismo y para la paciencia ante unas eventuales elecciones con la primavera.

Que España es ingobernable ya lo sabía Amadeo de Saboya cuando nada más pisar su reino le mataron a Prim y le declararon una guerra carlista. Duró en el trono dos años, cifra que no le garantizamos al próximo presidente del Gobierno. Después de don Amadeo llegó el turnismo, o sea, el bipartidismo de Cánovas y Sagasta, época que se recuerda como la de mayor estabilidad política en España hasta 1978. Hoy riega el suelo la espuma del cava electoral, pero cuando cierre el bar del adanismo aquí muchos van a añorar la geometría clara y confiable de la alternancia PP-PSOE. La Bolsa la que más, y la prensa la que menos.

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Análisis de la noche electoral en COPE

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21 diciembre, 2015 · 14:16

No nos cabe un debate más

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Autoaplauso.

¿Por qué lo llamamos debate si queremos decir televisión? El marianismo impuso un régimen tan anoréxico de comparecencias que propició la ansiedad reactiva de la telecracia: cuantas menos explicaciones daba Rajoy, más audiencia cosechaban las cadenas especializadas en la espectacularización de la política. Hasta el punto de que España dejó de salir a emborracharse los sábados por la noche y se quedó viendo tertulias políticas, una forma de embriaguez más barata pero no menos patriótica. Aunque no debemos confundir al votante con el telespectador, del mismo modo que no confundimos al lector con el usuario de internet.

Yo no sé si algún indeciso salió de su trance hamletiano viendo anoche la tele. Sobre todo porque si algo le sobra a España es debate político en televisión. Una novedad era el plató, construido para la ocasión como templo rutilante que amedrentó al principio a los oradores, todos ellos más nerviosos que de costumbre. Oficiaban Pastor y Vallés según rito propio, aunque no lograron evitar la yuxtaposición de monólogos a cuatro a la que tendía inevitablemente la ceremonia. La segunda novedad era Soraya, y tampoco es que la tengamos poco oída. Acusó su bisoñez catódica: habló más despacio que en el Parlamento y no logró distanciarse de su tonillo de opositora aplicada. Al principio sonreía con cara de haberse comido al canario, pero se fajó y encajó bien los ataques de los aspirantes, que de todos modos no hicieron sangre para no victimizarla. Sánchez empezó con aplomo, casi apolíneo, pero su serenidad se quebraba en cuanto le recordaban a Zapatero, al parecer compañero suyo de partido. Cuando Iglesias le minaba la autoestima, a don Pedro se le escapaba una abrupta carcajada de odre hueco. Rivera mantuvo el tono propositivo, aferrado al suarismo como a un salvoconducto que franquea el paso por la izquierda y por la derecha. Vaciló más que otras veces, pero colocó su mensaje: hay que pinchar la burbuja política, desteñir el rojo y el azul con grandes pactos de Estado.

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8 diciembre, 2015 · 13:28

Bipartidismo: no apto para jóvenes

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La cola de la capilla ardiente de Suárez, marzo de 2014.

Rara vez el primer borrador de la historia que es el periodismo ofrece dos imágenes tan sucesivas y tan opuestas para resumir un cambio de ciclo. El sábado 22 de marzo de 2014, ocho columnas de manifestantes salidas de los cuatro puntos cardinales del país confluyeron en Madrid para formar la llamada Marcha de la Dignidad, que condensó la indignación social por los parados, los desahucios y los recortes. La manifestación del 22-M discurrió con normalidad hasta que hacia el final de la jornada desembocó en disturbios entre radicales y agentes de policía, con un balance de 24 detenidos y un centenar de heridos. Pero sobre todo sirvió para aglutinar la base social del partido que por entonces se preparaba para dar la campanada en las elecciones europeas de mayo: Podemos. «Fue un día muy emocionante, ver a tanta gente en las calles queriendo cambiar las cosas», rememora Cruz Díez, de 35 años, educadora y activista señera de la marea verde que ha canalizado las protestas contra los recortes en la enseñanza pública. «Ahora quienes han cambiado son los de Podemos», apostilla.

Al día siguiente, con la Castellana todavía sin barrer, saltó la noticia de la muerte de Adolfo Suárez, el piloto de la Transición que ese nuevo partido tildaba de apaño y venía a impugnar. Cerca de 30.000 españoles devotos de su figura desfilaron por la larga cola que daba la vuelta al madrileño barrio de Cortes hasta adentrarse en el Congreso de los Diputados, donde se había ubicado la capilla ardiente del primer presidente de la democracia. «En la cola había personas de todas las edades, pero la mayoría superaba los 40. Parecían de la generación anterior a la del difunto: estarían en la adolescencia o la primera juventud cuando Suárez llegó al poder, y vivirían aquellos acontecimientos con la excitación de los grandes cambios políticos», explica Marta, que hizo tres horas de cola para despedirse del féretro del hombre que renombró Barajas. Ella no quería perderse lo que consideraba un momento histórico aunque reconoce que su edad -no ha cumplido los 30- era la menos representada en el cortejo fúnebre que rodeaba la Carrera de San Jerónimo.

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23 noviembre, 2015 · 11:20

Tú eres Pedro (Sánchez)

Sobre las canas de Pedro edificaremos el pasado del PSOE.

Sobre las canas de Pedro edificaremos el pasado del PSOE.

Llamarse Pedro parece un buen comienzo para liderar un proyecto ambicioso, sea la Iglesia Católica o el Partido Socialista Obrero Español. En cambio apellidarse Sánchez tiende a estropear cualquier augurio. De Pedro Sánchez muchos -cada vez más- critican que acierte principalmente cuando rectifica, la última vez esta semana, que inauguró adjudicando en televisión al PSOE la ley del divorcio y reconociendo al día siguiente en radio que fue cosa de la UCD y que él entonces tenía nueve años. Normal que no se acordara.

En todo caso si los errores de don Pedro se atuvieran al pasado del país no sería grave, porque para eso están los historiadores. El problema es que atañen a su futuro, que es para lo que deberían estar los políticos. Así, el aspirante socialista a La Moncloa promete derogar en parte la reforma laboral y luego derogarla entera; anuncia que extirpará la religión de todos los colegios y más tarde solo de los públicos; forma lealmente junto al Gobierno para plantar cara al separatismo catalán y a continuación censura a Rajoy por ceñirse a vías judiciales y desechar las políticas. El sanchismo es una fábrica de arrepentimiento más productiva que el más sórdido adulterio. El sanchismo se nos antoja el único movimiento político al que cabe pedir no más autocrítica, sino menos. No mayor humildad, sino alguna autoestima.

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9 noviembre, 2015 · 11:08

Érase una herencia recibida

Aplauso automático y mutis por el foro.

Aplauso automático y mutis por el foro.

Carece del encanto suburbial de la tasca Tío Cuco, pero a cambio ofrece escaños en cuero rojo y azul, bancos de madera pulimentada, frescos agujereados por balas de golpista y un coro de 350 gargantas abucheándose con perfecta disciplina. Es el Congreso de los Diputados, McFly, donde ayer se celebró la última sesión de control de la legislatura. Sus señorías formaban corrillos como en el junio tardío de un instituto:

– ¿Y tú adónde te vas de vacaciones?

– Yo, con suerte, al Grupo Mixto…

Los fotógrafos se arremolinan frente a un don Mariano casi en funciones, Soraya estrena tinte moreno -¿pinturas de campaña?- y en el lugar de Irene Lozano descubro a un hipster de portada de dominical. Nueva política, supongo. Abre fuego Aitor Esteban con pregunta sumarísima:

– ¿Qué balance hace de la legislatura?

Así las quiere don Mariano: «Positivo, señoría». El peneuvista introdujo algunos matices: Gürtel y Púnica, recesión y recentralización, ley mordaza y cadena perpetua, más canibalismo que gastronomía. «Y la Y vasca», abrochó Rajoy. De quien Rosa Díez se despidió sin bajar el atizador, llamándole mentiroso de tantas maneras que espoleó al séptimo de caballería popular: ensordecedora pataleta. El presidente no tuvo la piedad deseable frente a un árbol caído:

– Usted está donde está. Para su vida futura le recomiendo un poco de humildad.

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Chandler.

Chandler.

Hoy discutimos con Herrera en COPE, en nuestra sección del Parnasillo, sobre la burbuja de la novela negra. ¿Hay demasiado detective suelto? ¿Deberíamos pinchar esa burbuja de modo que parezca un accidente?

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22 octubre, 2015 · 13:37

El atasco nacional

El motor del regeneracionismo.

El motor del regeneracionismo.

Atrapado en una caravana a la entrada de París concibió Julio Cortázar ‘La autopista del sur’, uno de los mejores cuentos que uno haya leído. Retenido en un atasco madrileño, por su parte, Pedro J escribió un tuit que hace zozobrar el régimen de doña Manuela, para empezar y, por extensión, el de don Mariano, pues cuando Madrid se atasca España entera se estriñe:

-Camino de completar en 1 hora y 20 el trayecto de la radio al periódico que normalmente hago en 15 minutos. Así se hunde un país.

Si la nueva política consiste en un paraninfo de barrenderos y una pancarta filosiria, ya nadie descarta que la regeneración orteguiana pase hoy por una brigada de agentes de movilidad de los que ni siquiera Aguirre logre escapar, más que nada por falta de espacio. Y sin embargo la conclusión de Pedro J es tan natural que ya la registraba Chaves Nogales en ‘La agonía de Francia’ (1941): «El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el Estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente, es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando».

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Comentario en COPE sobre la entrevista (frustrante) a Pedro Sánchez

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6 octubre, 2015 · 10:40