Archivo de la etiqueta: tertulia que algo queda

Si duele es bueno, Albert

Rivera bajo el foco.

Rivera bajo el foco.

Era cuestión de tiempo que Albert Rivera metiera la gamba. Su grado de exposición mediática desde que comenzó el año ha sido tan disparatado que por pura coherencia tenía que acabar diciendo disparates. Si las cámaras fueran el sol y la faz de Rivera un panel que almacenara la potencia de foco absorbida en los últimos cuatro meses, podríamos iluminar con ella durante siete días cuatro aeropuertos como el de Castellón, e incluso hacer aterrizar en ellos el avión de Al Gore alimentándolo en exclusiva con energías renovables. Todo lo cual se vería desde el espacio, parpadeando junto a la Muralla China.

Perder la virginidad no es pactar con Susana, como dicen los tertulianos, sino anunciar tu primera gran sandez y que sea reconocida como tal por los medios que hasta el momento te miraban con simpatía. Incluso por los intelectuales que te fundaron. Eso acaba de ocurrirle al doncel que lidera Ciudadanos, cuyo himen de sensatez ha sangrado aparatosamente sobre el catre gitano que a veces reviste la forma de columna de opinión.

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La españolidad airada de Podemos

¿De veras no ven ustedes a don Íñigo pactando con el PP?

¿De veras no ven ustedes a don Íñigo pactando con el PP?

Durante la Gran Guerra los españoles se dividieron –el verbo que mejor conjuga un español– en germanófilos y aliadófilos, y dirimían sus diferencias en los cafés con el escaso sosiego propio de la raza hasta el punto de colmar la paciencia esteticista de Ramón, que terminó por prohibir en Pombo que se hablara de la guerra. Por entonces hizo fama el viñetista Bagaría, que alcanzó un grado sublime de españolidad satirizando al Káiser para un periódico aliadófilo y firmando con seudónimo para otra publicación sarcasmos contra franceses e ingleses; cuando le descubrieron, salió del paso con una genialidad: “Odio la guerra en todas sus manifestaciones, y qué mejor forma de demostrarlo que atacar a los dos bandos”. De este encaste de pícaros de la intelectualidad provienen también Pablemos y sus muchachos.

De continuar la deriva emprendida, Podemos va a acabar achicando el espacio al PP. Un aplauso más al papa, un guiño más al funcionario, otra mirada amorosa a la tropa de infantería y Cospedal tendrá que salir con su mantilla más tupida a insinuar que ya con el PSOE no: que ahora, por mor de la pura afinidad ideológica, con quien se plantea el pacto de gobierno el PP es con Podemos.

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El país del banano espera a su Pablemos

Keep calm, dice don Mariano.

Keep calm, dice don Mariano.

Jaimito hizo novillos de la misa dominical pero al llegar a casa le dijo a su papá que venía de la iglesia.

-¿Ah sí? –sospechó su padre–. ¿Y de qué ha ido el sermón?
–Pues… del pecado, papá.
–¿Y qué ha dicho el cura sobre el pecado, Jaimito?
–Pues que no es partidario.

Mariano Rajoy tampoco es partidario de la corrupción, y así se lo ha hecho saber a la Cámara en una mañana que el orden del día consagraba teóricamente al Consejo Europeo y después a la sesión de control. Pero ¿qué es un orden del día hoy en España? Nada: un papel prácticamente tan decorativo como el articulado de la Constitución. El pueblo harto clama venganza, la prensa jalea la necesaria catarsis, en los platós de las tertulias clavan picas a la espera de sus respectivas cabezas y el Parlamento, sede de la soberanía al fin y al cabo e imagen fidedigna de la gresca nacional, ardió hoy en santa intransigencia hacia el cohecho, el convoluto, la mordida y el tresporcentismo institucional. Si Rajoy hubiera venido de Bruselas con la despenalización de la marihuana bajo el brazo habría dado lo mismo: hoy solo cabía hablar de corrupción. Y es comprensible, claro. La charca española ha llegado al punto de ebullición.

Como en el chiste de Jaimito, la matinal tomó un cariz religioso: la oposición en tromba demandaba a don Mariano –España no deja de ser católica, aun por negación– más examen de conciencia, más decir los pecados al confesor, más propósito de la enmienda y, sobre todo, más cumplir la penitencia. O sea: dimitir y hacer dimitir, en paráfrasis de Suárez, precisamente para cerrar el régimen de completa podredumbre que el difunto bautizador del aeropuerto habría inaugurado.

Ante los ojos cansados de los españoles, minados por un proceso de depauperación que va para los seis años, desfilan los nombres de los depredadores áulicos que decían representarlos. Es la cólera del excluido del banquete –más que una genuina formación democrática– la que alimenta la gran catarsis puesta en marcha por los jueces, siempre sensibles a la dirección del viento social. Ahora mismo vestir de marca está a punto de considerarse una provocación. El barrio de Salamanca y la Moraleja serán pronto amurallados con sacos terreros (de Loewe) y patrullados por pijos en armas para defender su estilo de vida inalcanzable de los zombis del nuevo proletariado, famélica legión con largas coletas. Las sedes de los partidos serán desguazadas. España, año cero. A empezar otra vez.

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Breaking tertuliano

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

En El Chiringuito, anoche. Ahí creo que estaba defendiendo a Benzema.

Siempre me gustaron la política y el fútbol, y fui -lo confieso- un devorador de tertulias mediáticas desde la adolescencia, en radio o en tele, que estas vinieron después, para quedarse. También veía las de cine de Garci y las de libros de Dragó en madrugadas absurdas de universitario ocioso, deliciosamente especulativas. Pero sobre todo seguía los programas de discusión política. Yo estudiaba las estrategias de los tertulianos, desenmascaraba sus quiebros demagógicos, me entrenaba en su falsa modestia o captatio benevolentiae, admiraba su rara brillantez o me espantaba más a menudo de su creciente simpleza, su coloquialismo puro. Luego me desencanté de esas lizas mediocres y vacié sobre la clase tertuliana algunos frascos de mi mejor acritud. Pero en el fondo yo era un tertuliano sin tertulia y algunos amigos me lo decían, y yo les decía que quizá mi entusiasmo opinativo se pasaba como el arroz de las treintañeras.

Haciendo mi once titular del Madrid en El Chiringuito, anoche.

Haciendo mi once titular del Real Madrid como un chiringuitero más.

De pronto me vi trabajando en un grupo con radio y tele. Creo que la primera tertulia televisiva en la que participé fue Dando Caña de Intereconomía hacia el 2010, más o menos, con Javier Algarra. Yo era redactor y columnista de La Gaceta, donde frecuentemente escribía ya contra los tertulianos, pero las sinergías allí digamos que, si no obligatorias, eran rigurosamente aconsejables. Por ese mismo mecanismo empecé en tertulias radiofónicas como El color de la tarde de María José Bosch o tiempo después La espuela con Dávila en Radio Inter. Después vendría la Real Madrid TV de Alcaide y Muñoz, de Alfonso Villar y David Álvarez y tantos amigos, y también algunas noches en El Contrapunto de Telemadrid con José Antonio Ovies. Una incursión en el primer Jugones de La Sexta, el de Esteva y Rincón, que se cayó enseguida. Luego me llamaron de Radio Nacional de España para la tertulia de 24 Horas, la de la noche, con Miguel Ángel Domínguez. Y ayer lunes 30 de junio de 2014 todos los astros del cielo dialéctico se alinearon para que yo madrugara en Las Mañanas de Radio Nacional con Alfredo Menéndez, siguiera por Rojo y Negro en Radio 4G -el espacio vespertino de Periodista Digital, presentado por Alfonso Rojo– y al final de la tarde me llamaran del equipo de Josep Pedrerol para debutar en El Chiringuito de La Sexta. Me acosté con un agudo dolor de cabeza ubicado en el lóbulo frontal, pero había sido un día divertido.

En 'Rojo y Negro' de Radio 4G, ayer por la tarde.

En ‘Rojo y Negro’ de Radio 4G, ayer por la tarde.

El español, que aún mide el éxito por minutos de televisión, debe de creer que me va fenomenal y que gano ingentes sumas de dinero. La realidad es mucho menos glamurosa, pero desde el hidalgo del Lazarillo sabemos que lo que importa es aparentar a la espera del contrato verdadero, que diría Anson.

La tertulia es un género contingente y necesario a la vez. Allí uno crece en humildad, pues mal que bien siempre acaban llegando insultos entrañables de la audiencia tuitera, y también gana en compañerismo corporativo, conociendo a viejos periodistas con mucha mili y a algunos otros con mucho morro. En términos epistemológicos, la tertulia es perfectamente contingente; en términos financieros, absolutamente necesaria para el bolsillo del periodista posindustrial y precarizado.

Yo, en mi disparatado quijotismo, espero seguir rompiendo a tertuliano en lo venidero, y juro tratar de esforzarme para serle grato al oyente o al telespectador, e incluso para exponerle algún argumento que pueda ser de su provecho o que cuestione alguno de sus prejuicios, e incluso de los míos. No hay que esperar mucho más de un tertuliano, pero tampoco nada menos.

Ahora tengo que irme: acaban de llamarme de Telemadrid.

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La teta del Estado

Pues ya sabemos lo que es la teta del Estado, señores. Hasta ahora pensábamos que se trataba de una metáfora para referirse al clientelismo, pero de metáfora nada, oigan: seis tetas rotundas como seis tiernos cántaros de reivindicación quincemista se revelaron y rebelaron ante la sede la soberanía nacional a eso de las diez y veinte minutos de una mañana que discurría por los cauces somnolientos, estrictamente retóricos de costumbre. Tenía la palabra Gallardón, a quien se empeñan en vestir de inquisidor de Zugarramurdi, cuando se produjo el destape en la tribuna de invitados al grito de vestal enfurecida “¡Aborto es sagrado!, ¡aborto es sagrado!”, con ligero acento extranjero.

Al principio los cronistas más jóvenes creímos que por fin cubriríamos el golpe de Estado que nos permitiera languidecer en las tertulias para los restos. Pero no era un golpe de Estado, sino un golpe de pecho, y no de penitencia, sino de turgencia. Los aldabonazos de conciencia se imparten ahora a tetazo limpio, se exhorta a pezón quitao al ministro para que apechugue con las ansias infinitas de aborto de estas nuevas beauvoir con dos únicos pero incontestables argumentos. Flaneaban los pechos pintarrajeados de consigna sobre la testa de los padres de la patria, que bizqueaban mirando hacia arriba en la esperanza de que se cayera alguna de las tres bacantes, dos francesas y una española, activistas de Fenem a cuyo director o directora de casting no podemos sino alabar el gusto. Había una rubia, una morena y una castaña, las tres armoniosamente dotadas, y un buen mamólogo sacaría enseguida la nacionalidad de las dos primeras por la celebrada fisonomía en forma de dulcísima pera por la que se caracteriza la teta gala.

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9 octubre, 2013 · 16:56

Cristina Cifuentes es un ser humano

Cuando un político sufre un accidente grave o le acontece cualquier género de desgracia personal, sus adversarios más cucos se apresuran a puntualizar su compasión en la misma frase en que deslizan, incontenibles, su censura ideológica. Así, si a Esperanza Aguirre se le declara un cáncer, la cuquería de sobremesa que practican las personas de progreso impone una proposición cortés –“A la persona le deseo que se mejore”– antes de deponer la adversativa fatal: “Pero como política no me da ninguna pena”. Como a ella no le dieron ninguna pena las familias oprimidas de los sindicalistas de metro etcétera. Y esto sucede en los mejores casos, cuando el dinero de los padres del progresista alcanzó a pagarle una cierta educación. Que en trayectorias fallidas como las de Pepiño, Llamazares o Tomás Gómez, ni eso.

Todo el mundo entiende que al adversario ideológico damnificado se le desee pública y gentilmente una pronta recuperación apelando a su tautológica condición de “ser humano”. Será Esperanza Aguirre, pero también es un ser humano. O será Cristina Cifuentes, pero al fin y al cabo es una persona. Y enseguida unos murmullos de aprobación recorren de punta a cabo la mesa de contertulios. Esta actitud deferente que distingue con devoto esmero lo personal de lo institucional se antoja un rasgo de fair play, un gesto de magnanimidad que eleva la confrontación política por encima del barro espiritual en que chapotea el chequista o el inquisidor. No hablamos ahora de Twitter, donde ciertamente el anonimato espolea esa heroica bravura del brazo español, musculoso de tirar piedras y elástico de esconder manos. Nos referimos a una convención en el debate público tan vigente como la de no reportajear suicidios o no sacar a pasear a las amantes de los candidatos en campaña electoral.

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26 agosto, 2013 · 11:36

¿Quién es Hughes?

La identidad del joven columnista Hughes es uno de los misterios mejor guardados del articulismo español contemporáneo. Sólo unos pocos elegidos -y el periódico ABC, que es el que le paga- estamos en el secreto y en disposición de aseverar que se trata de un hombre de carne y hueso, capaz de ingerir chupitos como el más pintado. En prensa Hughes fue primero un sombrero, muy parecido a la boa que tragó un elefante en El principito. Era un sombrero que firmaba unas contracrónicas maravillosas en La Gaceta, adonde le trajimos Maite Alfageme y yo, que tuve que ir a Valencia a buscarlo con la excusa de un reportaje sobre Camps, y de la farra inaugural de nuestra amistad contraje una fiebre que duró seis días. Era enero de 2012. Aquel verano logramos que Hughes dejara el sombrero por una foto tamaño carné, y meses después nos lo robaba el ABC, con impecable criterio. Si llega a deponer el seudónimo hoy quizá estaría en el Post.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Hughes es un escritor de periódicos que ha inventado muchas cosas, entre ellas el mourinhismo, criatura terrible que nunca devoró a su creador, como les sucede a los gregarios. Hughes crea cosas sin parar porque tiene el don wildeano del individualismo irreductible, y todo lo que tiene éxito, aunque sea invención suya, enseguida le parece una horterada. Una fachenda, que diría Pla. No se siente cómodo en un pelotón de más de dos, lo cual le obliga a ir siempre de escapado. No es problema porque tiene pulmones de sobra para ello. Escapándose de continuo, pedaleando sobre ese fraseo copulativo de imágenes siempre novedosas, de adjetivaciones no dichas -porque Hughes padece una aversión genética, finísima, al puto lugar común, aunque sea un lugar común de la semana pasada-, sacando ventaja del sectarismo por su espíritu liberal ancho y perfecto, ha ganado la condición de columnista de culto, aunque él, melancólicamente, quisiera serlo popular. Como si la miel se hiciera para la boca del asno.

La revista digital Unfollow acaba de publicarle esta suave sátira sobre el boyante, omnímodo oficio de tertuliano. Es exactamente el cuento que sobre el particular escribiría hoy Miguel Mihura:

LA TOS DEL TERTULIANO

Ildefonso Alamares estaba en un momento dulce. Además de escribir sus columnas, colaboraba en varias tertulias políticas en radio y televisión. Incluso le llamaban para participar en Tertulias Plurales, que era donde más pagaban. Cierto es que estas tertulias tenían sus riesgos. Un día Pilar Gramola le mordió un pie. En otra ocasión, un antagonista le interrumpió tantas veces que tardó una hora en construir su primera frase.

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