Archivo de la etiqueta: Rajoy at work

Nosotros, tan gesteros

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Zamora desde el castillo, en la pureza sin gesto.

España tiene problemas de transparencia. De exceso de transparencia, quiero decir. De impudicia. Que Rajoy y Rivera coincidieran ayer con Sánchez en la necesidad de flexibilizar los objetivos de déficit es un hecho relevante, con consecuencias reales en la vida futura de millones de españoles, y una meta sensata capaz de sumar incluso la voluntad del Iglesias menos bananero; pero reconozco que el asunto no tiene ni media tertulia. Sólo de imaginar a los cuatro líderes de acuerdo, al telécrata de turno le recorre un escalofrío. La concordia televisada es un coñazo, y las cosas de comer resultan un pésimo negocio audiovisual.

-Pero ahora la gente está más informada y se interesa de verdad por la política…

Falso. A los espectadores, hoy como ayer, les interesa el espectáculo, no el aburrido pormenor contable de la maquinaria democrática, tan alejada de la épica como Soto del Real de la Bastilla. Pero la telecracia ha nacido para colmar el deseo de ser piel roja del urbanita alienado, y no emplea a analistas gramscianos sino a jefes de casting que saben el secreto del reality: un villano que garantice bronca. Cómo iba a funcionar Rajoy. Cómo no iba a hacerlo Iglesias.

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A mi chiscón literario de Herrera en COPE invito a don Pío Baroja, de quien acabo de leer El árbol de la ciencia

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12 febrero, 2016 · 10:41

Guiñol de rogelias

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Candidato español y Lagarde en plena rueda de prensa.

AL FINAL del libro de Ignatieff que me regaló don Mariano, el fracasado político canadiense que tanto había criticado el partidismo desde el burladero académico confiesa haber aprendido, tras desangrarse en la arena, que el partidismo es necesario. Lo que el votante ilustrado considera sectarismo, juramento de fratría, lealtad siciliana, teatro cainita más o menos sobreactuado resulta que es fundamental para articular la democracia representativa, pues la alternativa es el partido único: el totalitarismo.

Ninguno de los tres primeros partidos ha pensado en otra cosa durante los últimos 50 días que en la supervivencia de su sigla o la mejora de su expectativa electoral, y si excluyo a C’s de ese trío de la bencina y su política de tierra quemada es solo porque la originalidad naranja consiste precisamente en que su interés particular -exhibir músculo negociador- coincide con el general en una coyuntura de bloqueo. Rivera es el único líder que gana cuando cede (acordar es ceder) porque está libre de hipotecas periféricas, de baronías vigilantes y de mochilas corruptas. Pero vengo a decir que el egoísmo partidista es tan natural en política como el instinto monopolístico en la empresa o el hambre de exclusiva en el periodismo. Un periodista cabal no regala una primicia a la competencia aunque sepa que la va a contar mejor, igual que ningún Rajoy se abstiene en favor de un Sánchez aunque sepa que concita más apoyos. Los periódicos ambicionamos monopolizar la noticia como los partidos el BOE: se trata de que el bien común conecte de vez en cuando una medida inteligente con un respaldo amplio y una cobertura responsable.

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El Parnasillo de esta semana versó, al hilo de los Goya, sobre la complicada relación entre cine y literatura

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5 febrero, 2016 · 18:34

El aprendizaje de la decepción

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Mesianismo Alcampo.

POR MOMENTOS uno desea que gobierne Podemos para acelerar el «aprendizaje de la decepción» en que consiste la misma democracia, según Innerarity. Hay burbujas, como la inmobiliaria o la populista, que no se desinflan gradualmente: se pinchan cuando el principio adulto de realidad perfora el principio adolescente de placer. Atraganta a España una ilusión de cambio tan hinchada que los pedazos de promesa barata acabarán saltando hasta Bruselas como en una de Tarantino. O una de Tsipras.

Los libros de historia y las páginas salmón se inventaron para no tener que escarmentar siempre en carne propia, pero al censo electoral afluyen cada día nuevos ignorantes ayunos de imaginación (vaya si se puede estar peor) y sobrados de utopía. Si fueron precisos 40 años de franquismo para vacunarnos contra el extremismo de derechas, calculo que cuatro de populismo de izquierdas serán suficientes para aprender que las situaciones complejas no se arreglan con soluciones simples. Que «blindar» en la Constitución el derecho a un curro fijo y a una manta de cuadros en invierno no es lo mismo que crear empleo y regular el mercado eléctrico. Que los desahucios no siempre se pueden prohibir sin desproteger al propietario. Que la suciedad no se muda por cambiar el nombre a las calles. Que el paternalismo de Estado es el opio del pueblo en el siglo XXI, y que una economía esclavizada por el reparto de paguitas sustituye el Estado de Bienestar socioliberal por el «ogro filantrópico» que Octavio Paz descubría en los regímenes latinoamericanos.

¿Necesitaremos pasar por eso para renegar de mesías comprados en Alcampo? ¿Logrará la democracia domesticar al populismo o embrutecerá este a las instituciones? Serán incógnitas divertidas de despejar si don Sánchez, elegido por las bases y por ello el más básico de los líderes socialistas, persevera en su pacto de regreso.

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Esta semana en el Parnasillo de COPE hablamos de Cela, pero del escritor inmortal, no del personaje totémico.

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29 enero, 2016 · 10:27

Esto no es serio

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Memecracia.

Ahora descubre don Mariano que esto no es serio y así le va a ir. El marianismo ha sido un movimiento político -y que los físicos me disculpen lo de movimiento, porque moverse es lo que peor se le daba- caracterizado por la obsesión de la seriedad en un país de cachondos que difunde el chiste negro antes de que el último muerto comience a entibiarse. Los españoles votaron marianismo sólo cuando la broma de Zapatero se tornó verdaderamente pesada, pero su jacarandoso corazón meridional nunca quiso al burócrata celta: anhelaba que el trance serio pasase pronto para poder votar una alegre policromía de zasca y plató. Y si Moscovici no lo quiere entender, allá él: que se joda Moscovici que no como rancho.

La broma del falso Puigdemont parte de un humorista catalán, que no siempre es un oxímoron aunque en este caso lo parece, hasta el punto de que el bromista, asustado (como cualquier español) de la facilidad con que había llegado hasta la oreja misma del presidente del Gobierno, renuncia a culminar la gamberrada y termina presentando sus respetos y haciendo una llamada al entendimiento. El episodio completo resulta estupefaciente. No hace gracia porque el imitador no la tiene, pero tampoco causa indignación porque el burlado encaja con la campechanía habitual. Total, que los tertulianos debaten ahora sobre la ejemplar o la reprobable disposición de Rajoy al diálogo con un golpista juramentado.

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Comentario en COPE sobre la diferencia, Sánchez, entre investir y gobernar

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22 enero, 2016 · 16:38

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

Del turno al Twister

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Don Mariano hace amago de cubrirse: llega la nueva política.

Transcurría la tarde y el pueblo hablaba, pero a decir verdad no se le entendía. Unos decían una cosa y otros la contraria en proporciones inconciliables, y el fantasma del señor Victor D’Hondt se las vio y se las deseó para ordenar el guirigay. El gráfico de las israelitas presentaba una correlación de fuerzas imposible y todos empezamos a disponer el espíritu para el luto por el bipartidismo y para la paciencia ante unas eventuales elecciones con la primavera.

Que España es ingobernable ya lo sabía Amadeo de Saboya cuando nada más pisar su reino le mataron a Prim y le declararon una guerra carlista. Duró en el trono dos años, cifra que no le garantizamos al próximo presidente del Gobierno. Después de don Amadeo llegó el turnismo, o sea, el bipartidismo de Cánovas y Sagasta, época que se recuerda como la de mayor estabilidad política en España hasta 1978. Hoy riega el suelo la espuma del cava electoral, pero cuando cierre el bar del adanismo aquí muchos van a añorar la geometría clara y confiable de la alternancia PP-PSOE. La Bolsa la que más, y la prensa la que menos.

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Análisis de la noche electoral en COPE

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21 diciembre, 2015 · 14:16

A la búsqueda del centro político después de Suárez

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Buscando el centro.

Cuando Aristóteles situó la virtud en el medio no se declaraba centrista. Cuando ubicó el valor a medio camino entre la temeridad y la cobardía, afirmaba una virtud sin ambigüedades, que es la propia de los hombres valerosos. Pero sentó un precedente espacial para pensar lo abstracto. Dibujó el primer mapa de la ética. Y por tanto también de la política.

Casi tres de cada cuatro españoles se ubican entre el centro-izquierda y el centro-derecha según el último CIS. Así ha sido desde la Transición. Pero en la actual campaña electoral los líderes de una izquierda y una derecha más definidas tachan a los centristas de calculada equidistancia a fin de captar el máximo número de votos. ¿Por qué atacar al centrismo si siempre se ha dicho que las elecciones se ganan por el centro? «Es que estas elecciones pueden ser las primeras que no se ganen por el centro», explica Pablo Simón, analista de Politikon. «El centro es una medida oscilante entre el 3 y el 6, en una escala en que el 1 es la extrema izquierda y el 10 la extrema derecha. España se ubica en el 4,5-4,7, un poquito más a la izquierda, según las encuestas. Sin embargo parece que el 20-D muchos votantes elegirán al PP para distinguirse del centro puro, o a Podemos para alejarse del centro-izquierda». Por eso la estrategia de Rajoy pasa por asegurar la parte conservadora de su electorado, dando por perdido el centro que le arrebata Ciudadanos. Y por eso también parece que pervivirá un partido de nicho tan puro como IU, pues tiene un vínculo muy fuerte con su votante, al que avisa de que Podemos no es de fiar: no es rupturista de verdad.

El centro puede ser muchas cosas. Desde aquel que se declara apolítico al centrista informado, consciente. «Un centrista ateo votará a C’s, y uno creyente más bien al PP. Muchos jóvenes se declaran de centro para evitar posicionarse, para rehuir la polaridad. Valoran sobre todo la transversalidad. El eje que manda ya no es izquierda/derecha sino viejo/nuevo», dice Simón, pese a que los viejos etiquetan incansablemente a los nuevos para fijarlos en el eje ideológico. En política uno no es tanto cómo se presenta sino cómo te presentan.

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20 diciembre, 2015 · 11:14

El típico chaval conflictivo

MERKEL  CAMERON Y OTROS LIDERES DE LA UE SE INTERESAN POR LA AGRESION A RAJOY

Navidad.

Otra ventaja del periódico es que puede tomarse su tiempo para titular con exactitud que fue un joven de extrema izquierda el que agredió al presidente del Gobierno, mientras las redes sociales y las televisiones engordaban su historia particular de la infamia. Primero madrugaron la palabra bofetada, de tierna connotación reeducativa, y no crochet de izquierdas a traición, que es el nombre técnico. Después deslizaron esquizofrenia, con su atenuante matiz compasivo. Por último, los patrulleros de progreso se aplicaron a señalar al imprudente que vinculase la indecencia verbal de Sánchez con el puñetazo físico en Pontevedra.

Esa causalidad resulta tan infundada y torticera como la cuca equidistancia de Oriol Junqueras -tiene mérito equidistar siendo bizco- cuando, interpretando el sentir de una indigerible cantidad de izquierda política, mediática y tuitera, afirmó que condena toditas las violencias, incluyendo los desahucios y los despidos. Hay un abismo metafísico y moral entre despedir a un trabajador y hostiar a un presidente, y que Junqueras y miles de españoles más aún no lo entiendan certifica el fracaso de generaciones enteras de maestros. La agusanada psique del podemita Urban -declaró cuando Bataclan que hay moritos suburbiales que no ven más salida que inmolarse- volvió a asomar el miércoles, al menos hasta que se supo que el fascista antifascista provenía de familia de cuna meneada.

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Al hilo del tabarrón galáctico de Star Wars, traemos a los grandes autores de ciencia-ficción al Parnasillo

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18 diciembre, 2015 · 11:48