Esperábamos una salida en tromba de Sánchez contra el PP, un maltrato verbal a doña Cuca propio de un rapero al que le acaban de retirar el patrocinio de sus zapatillas. Nada de eso. El presidente estuvo manso frente a la oposición y medroso bajo el látigo de sus socios: algo está pasando que de momento solo saben en Moncloa. ¿Se habrá torcido el rodaje de la serie? ¿Será la investigación de la BBC sobre la matanza migratoria en la frontera con Marruecos? ¿La recesión viene peor de lo esperado? ¿Las encuestas platean las sienes de los barones? ¿Puigdemont prepara podcast?
El estornino (Sturnus vulgaris) es un ave gregaria de gran éxito adaptativo cuya capacidad para reproducir los sonidos que percibe en su entorno ha fascinado durante siglos a poetas y politólogos. En invierno forma enormes bandadas que se contraen o se expanden al unísono como movidos por un argumentario instantáneo. Si la gaviota es el símbolo del PP, de estómago inescrupuloso y costumbres más bien anárquicas, el estornino se antoja socialista por necesidad y específicamente sanchista por vocación, pues sus cambios de dirección en pleno vuelo resultan tan drásticos como incoherentes. Ahora bien, el verdadero talento del estornino consiste en la mímesis fonética, en la devolución aumentada del ruido que recoge mientras zigzaguea sin rumbo con el objetivo de desorientar tanto a sus presas (los votantes) como a sus depredadores (la oposición). Todo esfuerzo de pensamiento crítico queda anulado bajo el chillido unánime de los estorninos, y ese es precisamente su propósito.
Se busca candidato socialista a morir en la arena municipal de Madrid. Cabezas gachas en Moncloa bajo la ráfaga de los ojos de Sánchez. El césar necesita gladiador o gladiadora para pelear el tercer puesto en el palacio de Cibeles, ese coliseo modernista levantado sobre una pila de cadáveres del PSM. Ministros aterrados filtran a la prensa nombres calculados para matar dos pájaros de un tiro: salvarse ellos y liquidar a un enemigo, es decir, un compañero de partido. En los despachos ministeriales los móviles vibran al ritmo de un marcapasos: cada timbrazo puede ser Pedro invitándote cordialmente a protagonizar los idus del mayo madrileño. Así no hay quien trabaje por la clase-media-trabajadora-de-este-país.
Un hombre espera en un coche. El hombre es presidente del Gobierno y el coche es el audi blindado que lo traslada cuando no lo hace un avión o un helicóptero. En el interior de esa cápsula tintada que lo aísla de la gente se siente a salvo, quisiera prolongar este momento, que no acabara nunca. El hombre mira el reloj, presiente la hostilidad de la calle, anticipa los pitos, apura aquel silencio mullido un poco más. Esos de afuera no son el pueblo. Son fascistas, se consuela.
En todos los vagones de metro se oyó un suspiro de alivio cuando Bolaños, canónigo del sanchismo, anunció que Gobierno y oposición habían alcanzado por fin, tras cuatro años de bloqueo y tres horas de reunión, el acuerdo por el que tratarán de acordar cordialmente la renovación del Cegepejota. Pero tras el alivio inicial, sobre las cabezas de los viajeros que seguían en sus móviles las comparecencias de los negociadores se dibujó un signo de interrogación. ¿No nos estarán tomando por imbéciles?, parecía inquirir la hilera de rostros estupefactos, usuarios de metro que sienten verdadera devoción por el Cegepejota, que no hablan de otra cosa mientras se deslizan por el oscuro subsuelo de Madrid, atestado de clase media trabajadora y de ministras de progreso, como todos ustedes saben.
La noticia estaba en Australia, residencia fiscal de don Escrivá, ministro socialista cuyas opiniones se sitúan en las antípodas del socialismo plurinacional, oxímoron al que sirve cuando no habla a título de individuo, que es casi siempre. La noticia estaba también en Moscú, donde Putin reconocía que lo suyo es una guerra, palabra imprescindible para justificar una movilización que hasta ahora evitaba para que no se le movilice la calle. Pero más miedo le da que le movilicen la silla los estalinistas que le acusan de hombre blandengue. Ya se ve que todos los varones, hasta Vlad, somos el blandengue de alguien. Y la noticia, por último, estaba en la ONU, donde Sánchez se ha enfundado el traje de Geopedro para aportar soluciones al mundo, pues España se le queda pequeña. De momento ha comparado la invasión de Ucrania con la violencia de género, y ya solo cabe esperar que Putin se acojone y retroceda.
Nadie se explica que un presidente alto y guapo, según el dictamen científico del presidente del CIS, ande peleado con las audiencias televisivas. Pero así es si el audímetro no engaña y si el serial de Pedro Sánchez basado en la vida de Pedro Sánchez -con Pedro Sánchez en el papel de Pedro Sánchez- no encuentra cadena que lo quiera emitir. Hasta que se invierta suficiente dinero público en paliar este descriptible entusiasmo comercial, Las cuatro estaciones seguirán dando nombre a una composición para violín y orquesta de Antonio Vivaldi y no a un «ejercicio de transparencia acorde con la democracia del siglo XXI», según la sinopsis aparecida en el BOE, convertido ya en el Tinder de Sánchez, la plataforma que nos vende su personaje como si no lo hubiéramos pagado ya. Pero así suele financiarse cierto cine español, singularmente aquel que no promete taquillas muy nutridas por exceso de propaganda.
Verso suelto del sanchismo, heredero de la hegemonía de José Bono, el presidente de Castilla-La Mancha, Emiliano García-Page, aspira a revalidar su mayoría absoluta en las elecciones del próximo mes de mayo, pero mantiene un ojo en los sondeos, por si suman PPy Vox, y otro en la política nacional, por los efectos sobre su electorado.
Usted ha afirmado que el 95% del desgaste del Gobierno tiene que ver con sus socios. ¿Le gustaría que Sánchez rompiera con ellos para apoyarse en el PP?
Hay una agenda de Estado, la que sobrepasa una legislatura e incluso una generación, que se tiene que pactar siempre entre los dos grandes partidos que apuestan por la estabilidad constitucional. El problema de los socios que apoyan -o rebañan, o arañan, o le pasan peaje- al Gobierno es que, además de que son muchos, bastantes de ellos llevan en su código político la voluntad de desestabilizar el Estado. De atacarlo e incluso de romperlo. Son malas compañías. La dificultad que tiene el Gobierno, y por tanto el PSOE, no es tanto acabar la legislatura con estos apoyos, que es lo que creo que va a pasar, porque el ambiente está muy enrarecido como para intentar saltar a la otra orilla sin garantías. El problema es ofrecer a los españoles la única alternativa de seguir contando con esos mismos socios en el futuro. Si no trabajamos en un modelo mayoritario, en el que pidamos autonomía y mayoría sólida para el PSOE, si seguimos con las mismas compañías, es evidente que va a haber un castigo. Cuando se fue, Pablo Iglesias reconoció que concentraba mucho rechazo social. Esa nube de rechazo no se ha diluido, se está desplazando.