Un hombre de 86 años que nunca supo envejecer fue enterrado este martes en el pequeño camposanto de Castilfrío de la Sierra, aldea soriana de 16 habitantes en invierno, mientras el sol oblicuo de la primavera doraba la faz del sepulturero y los sollozos de las mujeres que amaron al difunto rimaban con el pájaro que se quedó cantando en un nogal cernido sobre la tapia del cementerio. «Celebramos con gozo el paso de la muerte a la vida de Fernando«, había dicho el cura en la homilía del canónico funeral que el finado, famoso por su heterodoxia, dispuso para ese adiós en el que no creía.
Conduce su periodismo igual que su coche: sin cinturón de seguridad. Pero es tan menuda que está exenta de abrochárselo, como en cierta ocasión le explicó pacientemente a un agente de tráfico. Pilar Urbano (Valencia, 1940) merece la atribución de maestra del oficio porque no da lecciones de periodismo sino que lo sigue ejerciendo, libro tras libro. Ni la edad ni la fama logran retirarla de la pasión por la actualidad, de la documentación laboriosa, de la escritura ágil como su mente, de la narración trepidante, de la independencia probada. Se ha sumergido durante años en el procés, ha entrevistado a todos sus protagonistas y ha emergido con El alzamiento (editorial Planeta), porque pensó que no se había contado todo de la última sedición catalana. Y, sobre todo, no se había contado cómo cuenta las cosas la Urbano…
El título tiene una resonancia franquista que no parece casual: ambos alzamientos se justificaron por razones nacionales.
Yo tenía once folios con títulos, se me ocurren muchos. El editor me dijo: «Me gustaría uno que fuese como una piedra». Como un pedrada. Y se me ocurrió El alzamiento y le encantó. Pero no es mío sino de la sentencia, donde se alude a ese término 47 veces, mientras que «ensoñación» sólo se dice una vez. Y la gente se quedó con ensoñación.
Les habla el único periodista de este diario que lamenta el regreso de la tilde a solo. Durante años batallé por la adecuación de nuestro libro de estilo al criterio académico en las reuniones editoriales de EL MUNDO, pero salí derrotado. Los otros jefes despachaban mis argumentos con una mezcla de piedad y escepticismo, aferrados a su memoria escolar, y Joaquín Manso recurría siempre al mismo escabroso ejemplo para desautorizarme: «Esta noche tuve sexo solo dos veces». ¿Exceso onanista o coito doble? Trampa saducea de nuestro director para elevar la excepción a norma.
Hasta la fecha me he sentido excluido de la angustia general por el paso del tiempo. La juventud siempre me ha molestado un poco, empezando por la mía, así que en cuanto pude me dejé barba, fatigué los libros de escritores muertos hace siglos y me aferré al constitucionalismo liberal cuando el último grito de mi generación clamaba por la democracia directa en las plazas de España. Atesoro con emoción las reacciones a mis argumentos en La Sexta por aquellos años: «¡Tan joven y ya tan rancio!». Hoy es fácil reírse de Podemos, pero yo entonces me limitaba a seguir el dictado de mi naturaleza. Y no solo por intereses materiales -esa gerontofilia hispánica que sacraliza al pensionista y condena al universitario al desempleo o al exilio- sino espirituales: descubría más libertad en el pasado que en el presente. Lo confirmé el otro día en la entrega del premio Bravo con que ha tenido a bien distinguirme la Conferencia Episcopal; quien aún piensa que no hay nada más rompedor que la entrevista de un streamer es porque nunca ha comido off the record con un arzobispo. Por lo demás he estudiado sin gozo las vanguardias, pero nunca he comprendido los carísimos desvelos de la gente por perseguir el sueño de la eterna juventud en un bote de sérum, en un quirófano dermoestético o en un laboratorio financiado para detener el envejecimiento celular. Yo soñaba más bien con anticipar la vejez, y como tengo al invencible Cronos de mi parte lo voy consiguiendo. Incluso publiqué un manifiesto viejoven en este periódico.
Sin ánimo de declarar cruzada alguna, y sin necesidad de coincidir con Federico en que todos los periodistas sean yihadistas -como mucho la mitad-, confieso que me admira el desparpajo con que la brocha mediática ante el crimen machista es sustituida por el fino pincel ante el crimen islamista. Pero ya se sabe que la actualidad es un lienzo infinito sobre el que cada cual proyecta su sesgo ideológico. De ahí que quienes apresuren el diagnóstico identitario en el caso de una mujer asesinada «por el hecho de ser mujer» prefieran acudir a la sociología o a la salud mental del autor («es pobre», «está desequilibrado») antes que afirmar que un sacristán ha sido asesinado por el hecho de ser cristiano. Por si faltaran pistas, los ataques ocurrieron en dos parroquias, un cura y tres feligreses también han resultado heridos y el asesino era fan del Daesh en Facebook. Igual no hace falta llamar a Sherlock Holmes.
El madrileño ha necesitado 40 años para descubrir que Madrid es una forma de relacionarse con el tiempo antes que con el espacio. Estos días la ciudad da su mejor cara, fría y luminosa como el pilón de una fuente neoclásica. Una lluvia maniaca ha lavado las calles hasta dejarlas irreconocibles, de modo que los pocos madrileños que no se han fugado a la blanca montaña o que no se ocultan en su aldea primigenia -ya se sabe que el madrileño fetén no es de Madrid- recorren asombrados los rincones que creían familiares. Y se detienen confundidos, mezclados estratégicamente entre los turistas, porque no recordaban que su ciudad fuera tan hermosa.
El último maldito de la tele no ha encontrado todavía redención, pese a que muchos vivieron después de imitar sus atrevimientos. Cruzó cada noche el río de la irreverencia. Prohijó a Gistau y guerreó con Pedro J. Padeció a fondo la persecución del cuché. Lideró todas las listas negras como había liderado las audiencias. Bajo su barba de forajido de western conserva la voz profunda del comunicador hipnótico. Pepe Navarro (Palma del Río, 1951) rompe al fin su largo silencio para denunciar la paz del cementerio catódico español.
¿Cómo conociste a David Gistau?
Creo que fue en 1997. Habíamos terminado el Mississippi y empezábamos La sonrisa del pelícano. Él era uno de los candidatos a guionista que había presentado trabajos y le escogimos. Y desde el primer momento hubo una cierta compenetración. Él nunca había hecho televisión y el equipo era casi nuevo porque Telecinco se quedó todos mis guionistas menos un par, así que tuve que montar otro equipo.
Suena el teléfono en el despacho de cierto directivo de medios de orientación progresista.
-¡Buenos días, presidente! Qué sorpresa.Normalmente hablamos con Félix…
-No está el patio para secundarios. El país necesita mi liderazgo, no sé si captas el doble sentido. Verás, no me complace el modo en que el periodismo independiente está contando mis últimas decisiones. Me refiero a la reforma de la sedición y la malversación y a la limpieza en el Poder Judicial.