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La indiscutible españolidad de Andrés Iniesta

Debió marcar él el gol del Mundial porque no hay nada más parecido a España que Iniesta. Iniesta es una paradoja tremenda: un individualista de equipo, un centrocampista moderno con fisonomía antigua, una estrella sin telegenia, un gran jugador de estatura irrisoria, un pueblerino de renombre mundial, un madridista culé. Para explicar a Iniesta habría que sustituir en las tertulias deportivas a tanto aforista de mondadientes por Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías y otros historiadores que han coincidido en lo complejo, lo ambivalente de España. También a Iniesta se le ha cargado con una leyenda rosa de aculturado modélico en los valores masíos y con una leyenda negra como de hermano pequeño de Pascual Duarte labrándose en Barcelona una reputación de Pijoaparte.

Ambas son falsas, claro. Iniesta fue un prometedor esqueje albaceteño –un brote decididamente verde– trasplantado en La Masía a los doce años que floreció más allá de lo concebible en lo futbolístico, pero que jamás dará la talla dramática en el belén bufo del redentorismo catalán más que como zagalillo invitado. El bueno de Andrés lleva el pancismo manchego pintado en la cara, y hace el ridículo cuando trata de hablar en catalán o defiende el derecho a decidir del nordeste peninsular. Es como meter a Maritornes en la cocina de Ferrán Adrià. Pero Guardiola, con esa sensibilidad tan suya para eso que los cursis llaman relato, se apresuró a celebrar sus goles decisivos como la obra artesanal de un hombre sencillo, sin tatuajes ostensibles ni damas aparatosas esperando en el reservado. El lindo Pep intentaba forjarle la más sofisticada de las leyendas, que es la de la sencillez, pero yo creo que si Iniesta no se serigrafía los antebrazos ni va petando los jacuzzis de escorts es porque toda la fantasía se le agota en el regate corto y el pase electrizante.

En el ángulo opuesto, hay quien no le perdona que no se haya revelado contra el tiquitaca, y esto es injusto. A Iniesta le ha perjudicado mucho la admiración de Ángel Cappa, al modo en que el refrán árabe lamenta que los necios nos humillen con su elogio, pero lo cierto es que su juego encajaría igual de bien en el Barça que en el Madrid, en River Plate que en el Rapid de Viena, porque a ningún equipo le sobra la habilidad. Ahora el fútbol, como el periodismo, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin un despliegue prolijo de cartabones y pizarras, de la misma manera que un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Al fútbol entre otros de Iniesta lo tildó Guardiola de izquierdista, pero yo creo que el número 6 de la Selección se conduce por el campo con la independencia de criterio del cura Merino: cuando no está sorteando emboscadas, está tendiéndolas. En todos los partidos de todas las ligas se producen emboscadas puntuales y pocos como el mágico monaguillo de Fuentealbilla saben salir de espacios achicados con recursos más baratos y eficaces. Los rivales se hartan de que se escurra siempre y acaban zancadilleándole, como pasó el otro día en el debut de España en la Copa de Confederaciones contra la pendenciera Uruguay.

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24 junio, 2013 · 10:49

España. Mi verdad

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

 [Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, el artículo que publiqué en La Gaceta el 3 de julio de 2012 bajo el título «España. Mi verdad». La Selección acababa de ganar entonces su tercera Eurocopa aplastando a Italia en una comodísima final. Ayer, en otra comodísima final, la Selección sub 21 —nos negamos, claro, a transigir con el sonrojante apelativo de La Rojita, cuya mera pronunciación agita en su tumba al fantasma de sor María, hasta que termine incorporándose y dejándose caer por los alrededores de La Masía en busca de nuevos bebés que robar a las categorías inferiores del tiquitaca— ganó el Europeo celebrado en Tierra Santa, como santos son algunos porteros y ningún entrenador. Naturalmente nos alegramos de ambos triunfos, pero si en 2012 no creí inconveniente matizar con alguna reflexión esa parte grosera que alienta en toda euforia colectiva, ahora tampoco. Escucho los prontuarios de ética urgente que improvisan esta noche los locutores, releo el primero de los argumentos escritos hace un año y la verdad, no creo que el texto haya perdido toda su vigencia]

Pero claro que nos rompimos los hombros abrazándonos a cada gol de la Selección, señores, cómo no íbamos a hacerlo. Es España, después de todo, mis amigos y yo nacimos allí. Ahora bien. La hora de la victoria es muy traicionera, es resbaladiza y psicotrópica y calienta los hocicos y desata las lenguas con una eufórica facilidad de la que a menudo nos terminamos avergonzando. Por si esa vergüenza redentora no llegara, vamos a identificar modestamente los argumentos que deberían generarla sólo minutos después de concluido el atroz protagonismo de Reina.

—“Son un equipo de chicos normales. Buenísima gente. Sencillos y humildes”. Esto es una perversión lógica muy propia de un pueblo de moralistas. La excelencia profesional no sirve, debe revestirse de honorabilidad. No vale con jugar muy bien al fútbol, se tiene además que dar ejemplo a los niños. Yo no creo que los chicos de La Roja sean sencillos, sino simples, que es lo que son los futbolistas en general. Pinchan el bendito perreo de Pitbull en el bus, no las dodecafonías de Schönberg, y leen el Marca, no la Ética de Spinoza. Son humildes si entendemos por humildad la de Clooney cuando al acercarse a la valla en Cannes le roza la mano a una groupie sin calzarse antes unos guantes de látex. Son gente simple pero excepcionalmente habilidosa, y eso debería bastarnos. Que no nos baste prueba el arraigo de lo religioso en el sapiens sapiens y los siniestros taquillazos que cosecha la Marvel.

—“Pan y circo. Con la que está cayendo. Nos distraen con una pelota pero mañana el paro seguirá igual”. Esto no es demagogia, es oligofrenia. Hemisferios cerebrales dotados con cicatería de tendero de posguerra. Lo carnavalesco, lo que Bajtín definió como subversión folclórica del orden establecido es el fundamento mismo de la civilización. Un pueblo que celebra la eficiencia acaba poniendo Europa perdida de checas y campos de concentración. Un hombre que se arroja al botellón cuando baja la prima de riesgo está a punto de romper en Breivik. Los concejales de festejos en este país lo saben bien: se puede vivir sin Estado de Bienestar, pero no sin Sanfermines.

— “Cuando la final de la Eurocopa terminó, los incendios de Valencia todavía estaban allí”. Es una variante de lo anterior que debemos a Ignacio Escolar, el Gramsci de Torresandino. Intolerable ver a Rajoy en Kiev en vez de en Andilla o Cortes de Pallás. Soplando.

—“Los políticos deberían aprender de La Roja. En especial de la sensatez de Del Bosque”. No nos volvamos locos. Los políticos deberían aprender de los buenos políticos, no de sanos muchachos que le dan gloriosamente a la pelota y que, salvo Xabi Alonso, responden con un conmovedor “no entiendo de esas cosas” cuando les preguntan por el rescate. Del Bosque es un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, el que recibe no uno ni cinco talentos sino dos –y al menos saca otros dos–, pero no multiplica panes ni peces, que es lo que se le exige al refundador del euro.

—“Los jugadores, que ya son indecentemente ricos, deberían devolver la prima, con la que está cayendo”. Y los propietarios no deberían escriturar sus casas por encima de su valor, ni los tertulianos prodigarse en cenas de gañote. Y así.

— “La Selección simboliza el triunfo de la unidad en la diversidad”. La Selección simboliza el triunfo, a secas. El picapleitos de Los Simpsons, Lionel Hutz, imagina un mundo sin abogados –un corro multirracial entrelazándose bajo el arco iris– y de inmediato le sacude el espinazo un escalofrío como nos lo sacude a nosotros. En ese vestuario no son todos amigos ni falta que hace. Algunos ni se tienen por españoles, aunque se silencie para que el venero periodístico del Whatsapp no se seque. Unidad, la justa para pasar y recibir pases. Y bien está.

— “Celebremos la victoria”. No sería estrictamente preceptivo celebrar las victorias de ese modo obvio, organizado y mostrenco que postula autobús, fuente y un micro en manos de Reina. La alegría si no es espontánea suele ser desviación de fondos reservados. Por otro lado, celebrar victorias incurre en el pleonasmo. En lo vulgar. Lo distinguido sería celebrar las derrotas y encerrarse voluptuosamente en casa cuando lo ganamos todo aparatosamente.

Ninguno de estos ratoneros mantras en circulación resulta inesperado. España es la nación más vieja de Europa, se dice, y será verdad. Por eso mismo es tan predecible y por eso mismo es una nación tan cansada, piel de toro amenazada de cuarteamiento donde marca Abel y critica Caín, y esto es lo que más nos gusta de ella, porque disfrutamos dos veces.

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El señor de los banquillos

[Reproduzco, por si fuere oportuno, la crónica de mi única rueda de prensa con Mou cubierta para La Gaceta. Se publicó el 14 de octubre de 2011. Fue la vez que más cerca he estado de Mourinho. No descarto, por supuesto, estarlo más un día. Si la crónica tiene interés es porque refleja un estado de la relación del periodismo hacia Mou aún previo al napalm, la calumnia que algo queda, la venalidad inflamada del gañoterismo lerdo y la caza del salmón con bomba de racimo multimedia. Ya se intuía que todo acabaría mal, pero aún se guardaban las formas y la presencia de Mou generaba más expectación que saliva pavloviana. Aún se hacían preguntas deportivas y aún no salía Karanka. Se percibía de hecho una natural complicidad en el gran tinglado: por entonces todos cumplían más o menos con su papel. Por eso pertenece al umbrío ámbito de la psicopatología hispana la causa por la que José Mourinho acabó excitando sólo lo peor de la prensa deportiva mayoritaria, cuando debió haber motivado piezas antológicas de periodismo Mailer. Adiós, querido Mou. Gracias y hasta pronto, señor de los banquillos.]

En esta sala, el puto amo.

En esta sala, el puto amo.

Para alguien como uno, que ya celebraba los goles del Madrid chapoteando en el líquido amniótico, que simpatiza irremediablemente con los caracteres soberbios y punzantes –si van apuntalados por el talento– y que de hecho considera el mayor error de Felipe II no haber ubicado la capital del Imperio en Lisboa, asistir por primera vez a una rueda de Mou viene a ser como poder elegir ministerio para Gallardón. Medité pasarme la noche de la víspera releyendo a Clausewitz y abrillantando mi Beretta, y el compañero Tenorio me advirtió oportunamente: “Tienes el kit en mi cajón: machete, lata de anchoas, brújula, linterna y botiquín”.

Enfilo el Polo hacia Valdebebas, que sólo se distingue del Muro de Berlín porque no hay alambre de espino, no descartemos que Mou lo haga instalar esta temporada. Qué barbaridad, oigan, aquello parece el Pentágono. Se lo comento a un par de colegas con los que peregrino hacia la sala de Prensa, una vez que el patrullero de guardia ha confirmado nuestras identidades periodísticas y nos sube la barrera, ya cerciorado de que ninguno de los tres somos Pito Vilanova.

—¿El Pentágono? Qué va, hombre, ojalá. El Pentágono por lo menos desclasifica papeles cada 10 años. Aquí como mucho pega una rajada por Twitter Iván Campo mucho después de haber abandonado el club.
Guti sí que era un tío que se vestía por los pies —tercia el segundo—. Si algo no le gustaba, lo decía. Aunque llegara tarde al entreno y de resaca…
—Transparente no es el adjetivo que uno asociaría al Madrid, no… Ah, y otra cosa que es culpa de Mourinho: ¿cuándo va a dejar de hacer este pu… calor?

El gremio del periodismo deportivo engaña mucho, porque la simpleza aparente de tanto titular obvio –democracia obliga– contrasta en el trato corto con un sarcasmo ágil, una camaradería afilada que te gana enseguida. En la sala los reporteros ponen en común las preguntas que van a hacerle a Mou para no repetirse, rememoran aquel partido en El Molinón que retransmitieron de resaca, se preocupan por el ERE anunciado en la empresa de un colega o comentan un artículo de Gistau.

—¿Hará mucho frío en Bosnia? —inquiere un inteligente reportero de los que viajan siempre con el equipo.
—La verdad es que es fácil meterse con Valdano, pero… ¡qué difícil decírselo a la cara, con lo elegante que va siempre! —manifiesta un locutor radiofónico.
—A riesgo de parecer impopular, he de decir que he hojeado la novela de Pepe Mel y no parece del todo mala… —informa un tercero.

Una azafata uniformada que ríete de Carbonero me pregunta si quiero preguntar. Le contesto que aún no estoy preparado, gracias. Una suerte de regidor dispone luces y sillas con mucho ringorrango y se asegura de que todos los periodistas están en sus puestos. La verdad es que aquello se antojaría una liturgia algo ridícula si olvidáramos la sentencia de Shankly: “Para algunas personas, el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Pero es mucho más importante que eso”.

Aparece Mourinho. Camiseta de jugar y chándal. Sorprendentemente, no invade la sala el característico olor a azufre del que van previniéndonos los hare krishna del Gandhi de Sampedor. Me he sentado bien centradito y me clava los ojos: no le suena mi cara, claro. A la primera pregunta –si sacará “el equipo de siempre”– ya empieza por parar y templar: “No sé cuál es el equipo de siempre”. Y prosigue administrando su metódica, teatral sentenciosidad indomeñable. Apenas gesticula, le basta la voz. Responde ensimismado, la mirada perdida salvo cuando un nuevo reportero toma el micro, momento en que le clava los ojos al modo de inyecciones preventivas de epidural. Al que trata de provocarlo, lo deja sin respuesta; al que le plantea una cuestión inteligente, le concede una adicional. Disimula la satisfacción que le produce el amor que acaba de declararle otro rockero, Noel Gallagher. “Hay gente que te aprecia y gente que te detesta”. Pues eso.

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Por un puñado de pipas

La noticia ha corrido como la pólvora. Iker Casillas ha subido a su cuenta de Instagram la foto de un puñado de pipas. “Me gustan las #pipasconsal”, ha añadido a modo de glosa o comentario exegético.

El no iniciado en madridismo underground no ve aquí la noticia por parte alguna. Casillas es un tipo campechano, como Don Juan Carlos -en quien el portero tiene a un influyente partidario según Carlos Herrera-, y manifestar el gusto personal por las pipas saladas es signo coherente de campechanía, como manifestarlo por las cervezas con los amigos de toda la vida y por los campamentos estivales en favor de la infancia.

En cambio el iniciado, o sea el mourinhista, percibe enseguida una diáfana provocación por parte del capitán del Real Madrid, cuyo verdadero carácter distaría muy lejos de la inocencia magnética que le suponen apresuradamente los fabricantes de coches Hyundai. Como yo no conozco a Casillas y tampoco me fío de la publicidad, no estoy en disposición de ofrecer toda la verdad sobre la cuestionada personalidad del totémico portero de Móstoles, quien acaba de participarnos telemáticamente una predilección decidida por las pipas con sal.

¿Mascando la venganza?

¿Mascando la venganza?

¿Puede alguien como Casillas, con la cara de Casillas y la trayectoria de Casillas -¡incluso con una novia como la de Casillas!- ocultar un fondo de maquiavelismo vengativo y mordaz, experto en el uso de la sutileza semiótica y perito en sociología de masas? ¿A Casillas le gustan sin más las pipas –Casillas es un hombre tan querido que incluso podríamos aseverar, en un giro kennedyano, que a las pipas les gusta Casillas- o Casillas intenta mandar un mensaje a alguien a quien definitivamente no le gustan las pipas?

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24 mayo, 2013 · 11:30

Fado militar de José Mourinho

Acaba de morir el hombre que dijo que el poder desgasta al que no lo tiene: Giulio Andreotti. Y acaba de confirmar su salida del Real Madrid el entrenador que según decían tenía todo el poder, pero que se desgastó porque en realidad nunca lo tuvo: José Mourinho. Se va precisamente por eso, por falta de poder. De haber tenido el poder que Ferguson ostentó en el Manchester, su estancia en el Madrid habría sido más duradera y su salida tan plácida y unánime en el elogio como la del noble escocés. Pero esto es España, no Gran Bretaña: nosotros inventamos la guerra de guerrillas y ellos la flema británica.

de: de:José Mourinho - Inter Mailand en: en:Jo...

Un hombre y su destino.

Es evidente que José Mourinho militarizó el Real Madrid. Anteriormente había militarizado el Oporto, el Chelsea y el Inter, desplegando campañas victoriosas con cada uno de ellos. El Real Madrid venía de ser eliminado por el Alcorcón en la Copa del Rey y por el Olympique de Lyon en octavos de final de la Champions League por sexto año consecutivo.

Y lo que era peor y más sangrante, literalmente irrespirable de hecho: su decadencia competitiva coincidía con el esplendor imperial del eterno antagonista capitaneado por Pep Guardiola, quien a su vez se había beneficiado de la laureada herencia de Frank Rijkaard. Urgía militarizar al club blanco o hundirse en una década ominosa de abulia institucional y rencor de equipo pobre, y Florentino Pérez tomó la decisión correcta: contratar al único hombre que ofrecía garantías creíbles de interrumpir primero y revertir después la hegemonía futbolística del Barça.

Por semejante garantía, como por todo servicio mercenario de élite, había que pagar un precio. Algunos lúcidos augures ya vaticinaron entonces que ese precio acabaría resultando demasiado alto para la racanería espiritual de una afición pacata y rumiante, devota de su espejo y de la pipa, bien nutrida de colesterol mediático y poco habituada a la marcialidad. Esa confortable posición de privilegio no es sino el daño colateral que inflige la conciencia de poseer el mejor palmarés del mundo en una Meseta con pocos motivos adicionales de orgullo desde la desocupación de El Escorial: debemos entender que el ‘piperismo’ ocupa un rango de prosperidad tan deseable como la carnosidad femenina entre los coetáneos de Rubens. Pero para ganar títulos se necesita estar delgado.

Para ganar habría que despojar a la plantilla del cómodo chándal del fatalismo y también de la película protectora que le tejía esa prensa beneficiada por sus filtraciones y restituir valores ásperos como la disciplina, la autoridad, el control, la independencia, la jerarquía, la meritocracia, el silencio y la amnesia, que es lo contrario del estatus. Más o menos las cosas que enseñaban a los chicos en Esparta. Esparta sabía que Atenas tenía más talento, pero la venció cuando se convenció de que la épica lacedemonia podía despertar tanto terror y tanta piedad como el afamado teatro de los atenienses.

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21 mayo, 2013 · 14:35

Los últimos mourinhistas de Filipinas

«Cuando la porquería se desparrama algunos corren y otros se quedan. Aquí está Charlie, afrontando el fuego, y ahí está George escondiéndose en el bolsillo de papaíto. ¿Y qué hacen ustedes? Van a recompensar a George y a destruir a Charlie». Así aullaba el teniente ciego Frank Slade por medio de Al Pacino en el memorable discurso que cierra Esencia de mujer, evangelio personal que revisito en mis momentos bajos. Quien pasa por un momento definitivamente bajo es el mourinhismo, cautivo y desarmado José Mourinho por el periodismo deportivo, el vedetismo de vestuario y el piperío sociológico.

Cuando la mierda rebosa algunos se quedan. Si hay un precio, habrá de pagarse. Porque Mourinho nos ha desgastado a todos -a Mourinho el primero- en la épica tarea de la afloración de quistes malignos bajo la piel endurecida y avejentada del madridismo. Cansados pero lúcidos comparecen hoy en la prensa, señalándose la espalda para que no haya dudas en la hora más ingrata, Ignacio Ruiz Quintano, Manuel Jabois y Federico Jiménez Losantos y algunos otros resistentes entre los que, permítanme la autocita, me incluyo. Más Hughes, que sintetizó en ABC el sábado la causa de la expulsión de Mourinho de España: «No ha comprendido tres castas que ni en la India: el canterano, el periodista y el árbitro».

No es mala compañía para ir a la hoguera.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

Al Pacino y José Mourinho. Tal para cual.

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Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: «No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido», apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

La homérica decisión de ser Mourinho

La leyenda en marcha.

La leyenda en marcha.

Una tarde de 1926 o 1927 el joven Ruano recibió del escritor Vargas Vila –“un D’Annunzio para negros”– la lección inaugural de la vida del artista. El escritor veterano le preguntó al aspirante si ya tenía una leyenda:

«Yo casi me tanteé los bolsillos. Lo preguntaba como si eso de tener una leyenda fuera como tener cerillas o llevar pañuelo.

–Pues, yo… no… Creo que no. Es decir, se han dicho cosas malas de mí, claro está, pero tanto como tener una leyenda….

–Pues cuide mucho de tener una leyenda. Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!»

José Mário dos Santos Mourinho Félix escuchó en algún momento el mismo consejo, o bien arribó por sí mismo a su mefistofélica verdad. Un hombre sin enemigos es un hombre sin carácter, sentenció también Paul Newman, que probablemente se lo habría oído balbucear borracho a Marlon Brando. Y desde entonces Mourinho no tuvo tiempo, cámara, micrófono ni rueda de prensa que perder hasta convertirse en uno de los contadísimos hombres con leyenda a la altura de la gran iconografía pop del siglo XX, de Jim Morrison a Steve McQueen, de Céline a Andy Warhol. Cuando Mou se vaya del Madrid, una oleada terminal de nuevos EREs acabará de cebarse con las redacciones de los periódicos deportivos. A ver cómo venden luego, vaticina Ruiz Quintano, este titular: “Toril: No hay enemigo pequeño”.

Las leyendas se hacen, pero primero nacen. La leyenda de Napoleón se sostiene no sobre los famosos caprichos de su temperamento sino sobre una treintena de batallas ganadas en todos los campos de Europa con la aplastante superioridad que le allegaba una visión superdotada para la estrategia. A Mourinho no le aplaudiríamos algunos mourinhistas ciertos excesos sanguíneos de su talante si fueran los pretextos más o menos enfáticos de un perdedor recurrente o un preparador mediocre. Pero le admiramos porque gana; porque lo gana todo y se sirve de todo para ganar, y las escasísimas veces que pierde siempre logra presentar con verosimilitud la derrota como la injusticia arbitrada por un enemigo terrible. Mourinho depara así al XXI la actualización de los arquetipos narrativos descritos por Vladimir Propp a propósito del cuento de hadas, con sus héroes y sus villanos, sus ayudantes y sus oponentes, sus objetivos y sus trampas. Solo que Mou, moderno al fin, es capaz de encarnar varias funciones sucesivas en el relato de una misma Liga o copa de Europa –¡incluso de un mismo partido!–, mutando de una a otra a conveniencia de su fin, y si hay un solo ámbito en el que el fin justifica los medios, ese es el fútbol. Para escandalizarse con gravedad farisea ya tenemos a Renault en el bar de Rick’s: “¡Qué escándalo, aquí se juega!” Pues sí: Mourinho juega. Y gana.

–No me llamen arrogante, pero soy campeón de Europa y pienso que soy un tipo especial –declaró al fichar por el Chelsea tras ganar un inusitada Champions con el inusitado Oporto, granjeándose ante la prensa inglesa un título para los restos: The Special One.

No es Mourinho el primer entrenador que dice lo que de verdad siente en una rueda de prensa, ni el primero en usar la ironía con dosis ciertas de creatividad: ahí está Bill Shankly, el mítico técnico del Liverpool, capaz de sentenciar: «El Everton juega tan mal que si jugasen en el jardín de mi casa correría las cortinas para no verles». Habría plumillas que al oír aquello se entregarían al escándalo beato y a reivindicaciones febriles de señorío, pero hoy Shankly es memoria venerada del fútbol mundial y no se precisa la imaginación de Julio Verne para proyectar con exactitud el tamaño gigante que la sombra de Mourinho arrojará sobre la historia de los entrenadores de fútbol. Que arroja ya.

Lo original del desafío que José Mourinho tiene lanzado a la hipocresía, la cual constituye la primera norma de la civilización, es la exigencia homérica que conlleva su sostenimiento sobre el único crédito de la victoria permanente en los terrenos de juego. Es un hombre sometido a la presión no compartida que reclama sobre sí su propia leyenda, acechada por una hegemonía de servidores del revanchismo (también entre los organismos que regulan el fútbol) que esperan su fracaso en lo profesional para descalificarle en lo personal. Sobradas muestras de bilis –incluyendo la intromisión en la vida de su madre o de su hijo pequeño– ha dado la prensa deportiva española, singularmente aquella que se tenía por madridista y que dejó de serlo en coherente reacción al poder perdido a manos de un entrenador que solo se concibe plenipotenciario. Pero siempre con garantías: en números redondos, José Mourinho ha batido todos los récords de los equipos por los que ha pasado, incluyendo el Real Madrid, que no es un club de pocas ni rasas marcas.

A su erosivo, consciente propósito de ser leyenda y cimentarla día a día, país a país, siendo el mejor en su oficio, se añade en Mourinho otro pábulo de rendida fascinación. Y es la distancia desorbitada que media entre los caudalosos amazonas de tinta generados por su figura –cruzados de afluentes, arroyuelos y regatos contradictorios, en donde resulta descabellado el intento de cribar la pepita de la certeza contrastada– y los escuálidos hilillos de genuino conocimiento que afluyen a los medios acerca de su personalidad real. Lo que sabemos de José fuera de Mourinho lo han ido contando mayormente sus futbolistas, y la versión no puede diferir más de la promesa de azufre que formula su mera presencia, según nos tienen avisados. Él mismo se ha cuidado de que así sea, porque no intima jamás con periodistas –tampoco con los partidarios–, sabiendo el precio que se sigue de ello. Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo se va de sus equipos. Mourinho es el único que controla tanto su verdad como su leyenda, y por eso entendemos tan bien el odio sincero que le profesa el periodismo, condenado a especular sobre un personaje irrepetible, mediático como ninguno en el mundo, que paradójicamente se le escapa entre las manos.

Aquel consejo que Vargas Vila le dio a Ruano se completaba así:

–Hágase usted fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. Es el modo de triunfar. ¿A que nadie le recomienda a usted esto? Porque el deseo de todo el mundo es debilitar a quien pueda hacer algo. Así le dirán que sea bondadoso, para vivir a costa de su bondad; que sea modesto, para que no les haga sombra; que cultive sus virtudes, por miedo a que pueda cultivar sus vicios. Sea usted orgullosos, y, sobre todo, oiga bien lo que le dice un viejo: siembre odios. El odio da vida al que es odiado.

(Publicado en Suma Cultural, 26 de abril de 2013)

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