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Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

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Carta abierta a Álvaro Arbeloa

Querido Álvaro:

Vaya noche la del miércoles, amigo. Vaya Lepanto a tu medida, contra los turcos y en la armada de Juan de Austria, sobrenombre del poderoso almirante Xabier Alonso Olano. Ya habrás visto por la tele la manera punk en que tu amigo Xabi enloqueció de júbilo en la banda cuando batiste a Iscan con un empalme suave, acompañado como un muletazo. Y el tendido en pie, claro, ese tendido indescifrable que te ha hecho sufrir y que contra el Galatasaray se entregó a tu desagravio pendiente y unánime.

Mientras vuelve CR los marca Arbeloa.

Mientras vuelve CR los marca Arbeloa.

Eres un hombre de temperamento marcial, leal y fiable como castellano viejo. Y como a los buenos soldados, el valor que se te presupone jamás es defraudado. No prodigas la fantasía del zigzag como Marcelo, pero tampoco regalas el espacio que hay detrás de tu espalda ni a tu padre. Tus errores, cuando los tienes, se amplifican con lupa, no la mía sino la de los viejos y ya casi entrañables enemigos de tu militancia mourinhista. Yo no recuerdo un jugador más perseguido, ridiculizado, ninguneado y vejado por la prensa deportiva de este país en mis 30 años de vida y madridismo. Cualquier otro se habría calado las Ray-Ban, agarrado el trolley en Barajas y sacado a pasear la peineta castellana: os va a aguantar la madre que os parió, bastardos. Pero Arbeloa se queda a luchar con la pata sobre la calavera que hay al pie del cañón, apretando los dientes, soportando el fuego. Y un día, que fue el miércoles pasado, sales de la trinchera, recorres todo el campo, llegas hasta el cuartel general del enemigo y te traes la bandera dando aullidos. Marcaste uno, casi marcas dos, provocaste un penalti no pitado y diste una asistencia. Hasta los locutores más fríos se derritieron.

Y esto no es fácil, Álvaro. El Madrid es una trituradora de espíritus apocados, y hay jugadores con más calidad que tú que han salido de aquí camino del psiquiátrico para los restos. Pero supongo que el apellido Arbeloa desciende de los marañones que subían con la armadura puesta al cráter del volcán a recoger azufre para hacer pólvora de arcabuz. Deberías anunciar chalecos de kevlar, y no cosméticos. Mi amigo Hughes ha escrito que eres el jugador antisilbidos, porque cuando más dispuesta está la parte torva de la afición a pitarte, más sereno entregas el balón al compañero.

Consumada la gesta dijiste ante el micrófono que “el público sabe mucho”. Tú sabes y yo sé que eso es muy generoso de tu parte, pero también que un jugador de fútbol pertenece a su afición, y debe afrontar el odio y el amor con la mandíbula prieta. Te lo recuerdo ahora que en tu cabeza hay nubes blancas porque la tormenta volverá en cualquier momento. Cuando eso pase, recuerda también la noche en que batiste a los turcos, y esta gratitud nuestra que algunos no cambiaremos por una cintura tropical o por un discurso más acomodaticio. Muchos te consideran capitán sin brazalete, y no lo llevas porque lo tienes impreso en la piel como los estigmas en los santos.

(La Lupa, Real Madrid TV, viernes 29 de noviembre de 2013)

La locución aquí, a partir del 20:10.

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Un clásico sin relato

Al clásico le faltó relato, que es lo que sucede cuando lo viejo (Xavi Hernández) no acaba de morir y lo nuevo (el Madrid de Ancelotti) no acaba de nacer. El resultado es un partido que no tiene otra vibración que su nombre, su propaganda fatigosa, su exceso retórico sin fundamentación en el juego. Del Barça dominador solo quedan el canto de cisne de Valdés, los coros y danzas de Neymar, el rondo contestatario en torno al árbitro y el cariño fiel de los narradores del Plus. Del Madrid que tomó el Camp Nou con la agresividad perdida del Innombrable no quedó hoy más que el contraataque que culminó Jesé y un cierto orden táctico desde la salida de Illarra.

Se rumoreaba un ataque de entrenador de Carletto y se acabó constatando: Ramos de medio centro y la primera parte regalada al Barça más flojo del lustro, un gesto de cesión desidiosa como de aristócrata cansado de sus riquezas. Iker saludaba afectuoso a sus amigos azulgrana en el túnel de vestuarios, que es su forma pueril de aplicar el discurso del Príncipe en Oviedo. Se veía un 4-3-3 claro, pero no se veía a Cristiano, que es lo que yo quiero ver antes, durante y después de cualquier alarde de pizarra. Bale en punta puso voluntad, arrancadas herbívoras y disparos de zapatones. Di María no encontraba yesca sobre la que prender su chispa y solo Modric demostraba algo de criterio, de ganas de ganar, en medio del respeto beato que el Madrid en general parecía profesarle al Barcelona después de habérselo perdido gloriosamente en las últimas visitas a domicilio.

A un gripado Iniesta, triste por lo suyo, le bastó un primer y único acelerón para habilitar a Neymar, que marcó con fortuna por roce de Carvajal. Pero ni siquiera el graderío que más cerrilmente se calaba la boina de la estelada daba al Madrid por muerto tras el 1-0, no porque el Madrid llevara peligro, sino porque el equipo del Tata estaba lejos de exhibir una ambición ofensiva medianamente precisa y constante. Por momentos tiquitaqueaba el Real y contragolpeaba el Barça, pero ambos profesaban ese credo sin ninguna convicción, como cuando le aceptamos un folleto al testigo de Jehová que nos timbra la puerta.

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27 octubre, 2013 · 11:55

Sin ambidiestros no hay paraíso

Nuestro Real Madrid de hoy es un cariño que agranda a los niños al modo inverso en que el insultante autodominio de Floyd Mayweather empequeñece al mejor de sus rivales sobre el ring. Yo creo que mi equipo de antiguos alumnos del cole le hace un gol al Madrid, aunque no digo que ganemos el partido. El autodominio (Varane) es lo contrario del cojonudismo (Ramos), y así está la defensa madridista, que parece un diálogo entre fe y razón donde proliferan herejías como el primer gol de Diawara, que más que un nombre es un nick. A este equipo lo que le falta es dogma y nos recuerda a la Iglesia primitiva, con sectas gnósticas debatiendo sobre el principio de posesión y facciones arrianas postulando el retorno al santo contragolpe. Y la desgracia es que lo entrene el único italiano que no quiere ser papa.

Mitología griega.

Mitología griega.

La indefinición táctica, la caraja medular, el desorden parvulario, la pesadez circulatoria enfadan al aficionado, que al menos asistió al milagro final del gol de Cristiano, sobre cuyo cuerpo glorioso recayó una tarjeta amarilla como rayo de Fra Angélico. Lo que ocurre es que antes el ritual milagrero lo demandaba el Manchester City y ahora lo exige el Levante.

No entendemos que Ancelotti deje fuera de la alineación inicial a Marcelo, que es uno de los mejores delanteros del Madrid del mismo modo que a Neymar le llaman nueve mentiroso, no únicamente por comediante. Que Marcelo sea el jugador más peligroso arriba y que tuviera que ser Varane quien metiera el pase de gol entre líneas a Morata lo dice todo sobre la tarea mitológica ante la que se alza abrumada la ceja de Carletto. Si lo consigue, su 4-3-3 se citará en los manuales de cultura clásica entre la caza del jabalí de Erimanto y la muerte del león de Nemea.

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7 octubre, 2013 · 12:51

Ministros que juegan al contragolpe

En mañanas parlamentarias como la de hoy se echa de menos la gotera. Se precipitó Posada al taparla si de lo que se trata es de fomentar algún interés por lo que sucede en el hemiciclo. Hubo una interpelación a Fátima Báñez sobre las pensiones resuelta con tal prolijidad que gustosamente uno habría sacrificado la suya con tal de que aquel turno de palabra terminara abruptamente. Báñez parece una bellísima persona pero Dios no la llamó para la vocación de Demóstenes, aparte de que hacer entretenida una disertación sobre el cálculo de las pensiones exigiría a Les Luthiers como ponentes.

Cómo sería la cosa que Rajoy prefirió quedarse en Nueva York y Rubalcaba tampoco apareció, en simétrica consecuencia. En estos tiempos cainitas yo de Rubalcaba no abandonaría el escaño ni para ducharme porque luego pasa lo que pasa: que su sillón lo ha terminado ocupando un señor calvo con pajarita, el cual encima ha tenido la osadía de dirigirle una pregunta a Cristóbal Montoro. Preguntar a Montoro es jugarse un aumento de impuestos allí mismo en represalia. El señor con pajarita se llama Antonio Hurtado, milita en el PSOE y le indigna que a los emigrantes retornados les haya multado la Agencia Tributaria por no declarar las prestaciones disfrutadas:

–Se les trata con puño de acero mientras que con la amnistía fiscal hay guante blanco, o guante de seda, para los defraudadores. ¡Es una injusticia!

A continuación Montoro se levanta, abre el micro y durante un segundo silencioso mira a Hurtado como los príncipes transilvanos a las vírgenes, antes de murmurar, negando con la cabeza:

–Vaya discurso que se ha marcado, señoría…

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25 septiembre, 2013 · 19:41

Juanan, macho, dónde estás

Entré en el irlandés de Tribunal con Hughes, que se estaba quedando aquel finde en casa, recién llegado de Valencia. Veníamos de almorzar con Alfageme y Ruiz Quintano y de la redacción de La Gaceta, donde presenté a Hughes a Dávila y hasta escribimos juntos una sección del periódico. Para entonces ya estábamos borrachos, claro. El estado ideal para una quedada con la puta banda mourinhista que se había organizado esa tarde por Twitter para ver el Osasuna-Madrid. Recuerdo que salió Sinone a recibirnos, y que llamé a Gistau para ver si podía apuntarse, y que ingresamos en la penumbra grata del bar, donde un grupo de buenos muchachos se juntaba frente al televisor en torno a una mesa bendecida con un par de metros de cerveza en vertical, ya sabéis, esos cilindros con grifo que se vacían con anormal celeridad. Y allí estaba Juanan.

–¿Tú eres Van Palomaain?

–Sí, macho.

Juanan decía “macho” dos y tres veces en la misma frase. Es un vocativo ya algo anacrónico en la parla de Madrid y por eso le quedaba tan gracioso. A Hughes y a mí se nos pegó y ya estuvimos cerrando cada frase con “macho” todo el fin de semana. “Esa jerga suya, de negrata de aquí, era como un rapero en la grada. Eso es inolvidable para quien lo haya leído”, ha tuiteado en su memoria Hughes, con la habitual exactitud.

Así que aquel mod menudo y melenudo era el vitriólico Van Palomaain, cuya natural generosidad le hizo tuitear una vez: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson, la santísima trinidad de internet”. Pues bien, a falta de Jarro, él completaba allí mismo la santa trinidad del putabandismo. Una de las cosas que más me gustan de Twitter es ese momento siempre sorpresivo en que confrontamos la preconcepción meramente textual de una persona con su apariencia física, aunque Jabois al día siguiente nos reprochara ese afán de poner cara a la puta banda, una “mariconada” que Mou seguramente condenaría. Yo mismo lo había hecho antes con el propio Manuel en Pontevedra y con Hughes en Valencia, ambas veladas memorables, la primera inserta incluso en el último libro de Jabo. A Juanan también le gustaban las quedadas tuiteras. En el irlandés estaban además El Socio, Meseta y alguno más que ahora no recuerdo. Meseta se puso a hablar de literatura conmigo sin presentarse, y el efecto era entre alucinatorio y genial, como hablar de barroco romano con Yul Brynner. La noche prometía mucho.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía. Tribunal.

Vimos marcar aquel golazo vanbasteniano a Benzema y al Madrid finiquitar la Liga de los Récords aquella noche. Juanan estaba eufórico y a la vez deslizaba críticas mordaces a cada jugador blanco si se le ocurría perder el balón. “El tuit es perfecto para disimular mi falta de talento. Soy un mediocentro africano y Tuiter es mi trivote”, había escrito una vez Van Palomaain, desmintiendo en la agudeza de ese fraseo suyo la propia declaración de modestia. La verdad es que estábamos todos excitados y crecientemente borrachos, los metros de birra caían sin piedad y en un momento dado no sé quién empezó a tararear el Ay se eu te pego entonces de moda con una nueva letra que consistía en repetir “Ay mi Meseta” constantemente. Nos pareció de lo más ocurrente, el colmo mismo de la risión, y lo coreamos durante un buen rato manoteando salvajemente sobre la mesa hasta que el camarero empezó a inquietarse y la clientela a abrir prudencial hueco a nuestro alrededor. No sé si Meseta llegó a subirse a la mesa a coreografiar el cántico por faralaes, acuso anchas lagunas de aquella noche inaugural. Lo que sí recuerdo es que Juanan propuso el Honky Tonk y hacia allá nos encaminamos Van Palomaain, Hughes, Meseta y yo, que estaba renqueante de una fractura de peroné y no podía seguir su ritmo, qué cabronazos, levitando todo ciegos sobre el bulevar de Alonso Martínez y yo mascullando 50 metros por detrás. Juanan iba pendiente del móvil, tratando de atraer mujerío al despropósito. Una vez dentro nos dispersamos. Meseta había perdido el móvil, aunque luego creo que lo recuperó, creo que dentro de su propio bolsillo, de hecho; Hughes vagaba enmudecido por el bar, como mirando todas las cosas por primera vez, con restos de líquido amniótico en las córneas; Juanan seguía con el teléfono y yo le entraba a una morena a quien aseguraba que no sabía con qué clase de periodista estaba hablando. Todo degeneró lo previsto en estos casos y terminé buscando a Juanan por todo el Honky, pues le había perdido; vagaba yo por el local murmurando: «Juanan, macho, ¿dónde estás?»

Y todavía me lo pregunto.

Al final metí a Hughes en un taxi y logramos llegar a casa. A la mañana siguiente se sucedió la divertida relación de tuits que aspiraba a reconstruir los hechos:

–También os digo, que la nueva derecha, @JorgeBustos1, @hughes_hu y @van_Palomaain, es guapa y violenta. Y que los perdí no sé dónde –escribió Meseta, vete a saber por qué.

Pero todos esperábamos a que Juanan se levantara, a ver qué tuiteaba de lo de ayer. Y cuando por fin lo hizo, volvió a romper la expectativa:

–INFORMO DE QUE SIGO SOLTERO –o algo por el estilo. El descojone.

El pasado 26 de julio, dos días después del accidente, Hughes recordó así en Twitter aquella altísima ocasión:

–Esa noche, con otros tantos especímenes, parecíamos escapados del pelotón en un descenso. Es decir, que Juanan no iba de boquilla.

El cuarto Gallagher.

El cuarto Gallagher.

La segunda vez que le vi fue en el Bernabéu. Guillermo Estévez tuvo el detalle –la puta banda es ante todo ciertos picos de calidad humana– de pagar por adelantado mi entrada para la vuelta de la Supercopa contra el Barça. Luego se lo devolví, eh. Nos íbamos a juntar una tropa de muchísimo cuidado. “Putabandismo is coming”, tuiteaba la víspera Van Palomaain. En la embajada americana supongo que habrían empezado con los cables cautelares al Pentágono desde julio, cuando se fraguó el concilio mourinhista entre prueba y prueba de las Olimpiadas de Londres. Recuerdo los jugosos tuits de Van Palomaain durante las ceremonias de inauguración y de clausura, sus intercambios con Favelas –orgulloso de Mireia I de Badalona– y su emoción estallada cuando salieron los avejentados restos de los Who a tocar Baba O’Riley.

El día de la Supercopa conocí en persona a Jarroson, Manuel Matamoros, Mercutio, Silvita, Inspector, Madrefaque, RockandBolesco… La previa la hicimos primero en la terraza del Círculo de Bellas Artes –vete a saber por qué– y luego en El Refugio, y allí se presentó Juanan, con un brillo etílico y jovial en los ojos, bajo su negra visera de pelo mod:

–Qué pasa, Bustos, macho.

Comentamos la posibilidad de viajar con Sinone ese otoño a ver a Pedro Ampudia a Ibiza para morir los cuatro en el Amnesia, y recuerdo también que calibramos los conocimientos estrictamente futbolísticos de Florentino, tema que Jarro y Matamoros abordaron con entusiasmo descriptible. El partido lo vimos pegados Jarroson, Juanan y yo. Hay una foto. Yo insistí en hacérnosla, porque ni a Jarro ni a Juanan les gustaba la publicidad. Ahora me alegro de haber insistido. Es la foto que tenía en la cabeza en el mismo instante en que Jarroson –serendipia– me escribió la noche del jueves 25, un día después del accidente, estando yo en Cerdeña de vacaciones, metiéndome yo en el wifi del hotel, enterándome yo de la noticia, recibiendo yo una sacudida de incredulidad y dolor, derrumbándome yo delante de mi novia por un momento.

–Vimos un partido abrazados a él, Jorge –me puso Jarro en el Whatsapp, por donde le mandé la foto.

–No sé si subirla.

–Haz lo que te pida el cuerpo. Joder, la veo y lloro.

–Y yo.

La subí. Me lo pedía.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Estamos los tres en la foto, yo sacando cuerno putabandista y Juanan en medio, abrazado por ambos. Rugimos con el sombrero de tacón que Cristiano le hizo a Piqué antes de marcar, y nos ciscábamos en Xavi con fruición caníbal. “¡Pepe, en la puta vida te pueden hacer eso, en la puta vida!”, aullaba Juanan a mi derecha si el central luso era superado por Messi. Jarro estaba tan tenso que pasó el final del partido de pie. Pero el leitmotiv de ese partido lo encarnaría para los restos Modric, que había robado el corazón de Juanan. “¡Inventa, Lukita! ¡Mirad cómo inventa Lukita!”, gritaba cuando el croata tocaba el balón con alguna intención ofensiva, por modesta que fuera. Fue un triunfo agridulce:

–Hemos perdido la ocasión perfecta de humillar al puto Barça –nos lamentábamos los tres a la salida.

Juanan vivía en Colmenar, excusa que musitó para hacernos la trece catorce y no unirse al reducto de resistentes –la tarde había comportado mucho desgaste– que pedía una copa en algún garito de la Avenida de Brasil. Recuerdo que me despedí de Jarro en Gran Vía con esa sensación de familiaridad extraña pero certísima que dejan las amistades surgidas en una red virtual y sancionadas por la presencia real.

Al día siguiente debutaba yo en Real Madrid Televisión, y en homenaje a Juanan elogié a “Lukita” y mencioné que había visto el partido en compañía de “madridistas furibundos”, indiscutibles, insobornables.

–Me ha llamado furibundo –tuiteó al término de la tertulia Van Palomaain, que había tenido la paciencia de tragarse mi debut.

Aún hubo una tercera vez en que quedé con él. Fue la última vez que le vi. Quedamos con Meseta y Madrefaque en el Molly Malone’s para ver el Rayo-Madrid, que se suspendió por una sospechosa avería lumínica.

–Qué chachos son. Qué país, macho –sentenciaba nuestro Dick Turpin.

Meseta nos contó historias de la mili mientras Van Palomaain tuiteaba y ponderaba los encantos de diferentes tuiteras. Nos despedimos en los torniquetes del metro, sintiéndonos jodidamente alejados del mundo Txistu. Me ha contado Madrefaque que se planea una quedada en ese templo-bar para tajarnos a su memoria. Ya le he dicho que cuenten conmigo.

Desde que me enteré, no he podido parar de pensar en él. Era de esos tipos con personalidad tan marcada que sus aristas se te clavan en el recuerdo, y no se sueltan. David (en cuya alusión a la necesidad de escribir un libro mourinhista me di por aludido quizá apresuradamente, aunque lo cierto es que hemos hablado de ese proyecto), Manuel, Iñaki han escrito ya de Van Palomaain en sus periódicos. Ampudia le ha dedicado un hermoso obituario. Telemadrid, un breve reportaje personalizado. Fansdelmadrid, un recuerdo muy tribal, muy fansista, de quien fue padre fundador y activista carismático, ilustrado con nuestra foto. Y un trabajador del Real Madrid me pidió datos biográficos para el detalle que el Club deseaba tener con él. (Bien hecho, Florentino.) Pero yo no tengo más datos sobre Juan Antonio Palomino Alfaro, natural de Madrid, 31 años, administrativo, que estas vivencias que dejo aquí anotadas con el alma en un puño y sin vuelo en el verso, con llaneza, porque cuando el sentimiento aprieta, la lírica está de más. Al menos la lírica engolada, pretenciosa, sustitutoria de la experiencia vivida. Ahora, al llegar al final de mi tributo privado, me vienen a la mente como tañidos secos y calientes las estrofas finales de aquel poema de José Hierro titulado Réquiem:

Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Libérame Dómine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas) Réquiem aetérnam.
Y en D’Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Réquiem aetérnam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.

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Entrevista a Jorge Bustos en El Minuto 7

Bustos haciendo el narciso en un plató.

Bustos haciendo el narciso en un plató.

 1)      En tu biografía de Twitter se lee: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar” ¿Te ha perjudicado en tu vida ir a contra corriente?

R- Veamos, no he sido perseguido por la ndrangueta, y ni siquiera por Bildu. Como mucho habré perdido unos puñados de followers y quizá un empleo de los que exigen obediencia debida. Estoy en paro, y si esto sigue así quizá cambie la bio del avatar, a ver si pillo moqueta. Sucede que las multitudes me repelen.

2)      En el estereotipo imaginativo de la multitud, el periodista escribe su artículo con un cigarrillo esquinado en los labios, un vaso de whisky y con la radio de fondo. ¿Cómo y cuáles son las condiciones ideales para Jorge Bustos?

R- Como ideales, una casa solariega con amplios ventanales sobre un acantilado cantábrico, en Donosti o en las Rías Baixas, donde pegara fuerte el mar. De momento he de conformarme con mi estudio madrileño del Barrio de las Letras, gélido en invierno y fundente ahora, donde tecleo en gayumbos bajo el fuego cruzado de dos ventiladores. Antes fumaba y bebía, ahora soy Pascal en una habitación (excepto cuando salgo). Los estereotipos ya no son lo que eran.

 3)   ¿Si un joven estudiante apasionado de periodismo te pide consejo, le motivarias a estudiar esa profesión o le dirigirías a algo diferente y quizá con más futuro? Y tú, si debieras volver a empezar, ¿harías los mismos estudios o dirigirías tu carrera por otros caminos?

R- Si ese estudiante es un verdadero apasionado del periodismo, de poco servirá que yo le advierta de la ciénaga ruinosa donde se mete, en la cual de todos modos a veces crece una amapola. Yo le diría que leyese a los clásicos de todo tiempo y lugar, que yo descubrí en Filología, pues no estudié Periodismo gracias a Dios. Hoy elegiría Barcenología directamente, como carrera orientada férreamente al beneficio.

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18 julio, 2013 · 15:22

Pep y la Escuela de Frankfurt

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta que publiqué el 18 de enero de 2013 a cuenta de la elección bávara de Pep Guardiola, quien fue presentado ayer como técnico del Bayern de Múnich. Los organizadores de la referida presentación se inspiraron en las bellas sesiones polifónicas del Senado español, donde toda oprimida identidad periférica encuentran satisfacción a su anhelo libertario por la vía del pinganillo de Babel. Sin embargo, durante la comparecencia de Pep no se planteó la verdadera pregunta, que no es si Alemania le va bien al estilo de Pep, sino si Pep le va bien al estilo de Alemania. Dada su pertinencia, por tanto, replanteo la cuestión candente]

Y Pep vino pa' Alemania.

Y Pep vino pa’ Alemania.

 Un español de nuestro tiempo normalmente emigra a Alemania tras un año en paro, pero Pep Guardiola lo hace tras un año sabático, y este privilegio ciertamente le resta españolidad más eficazmente que su publicitada voluntad de circunscripción al pequeño país del nordeste. Si Pep no es español, es porque tiene dinero bastante para tirarse un año en Nueva York pisando las huellas de otros iconos populares como Sinatra o Warhol; pero sobre todo, porque además tiene ofertas de trabajo.

Se desatan en esta hora sesudos debates futbolísticos –valga el oxímoron– sobre el acierto de la decisión guardiolana. Se dirime si este Bayern de Múnich ofrece arcilla de suficiente calidad al demiúrgico molde táctico de Guardiola. Se discute la idoneidad de Alemania para Pep, y a nadie se le ocurre sospechar de la idoneidad de Pep para Alemania. Por muy buen entrenador que aseguran que es Pep Guardiola, a uno le parece desproporcionado tomar del ronzal a un país hecho y derecho como Alemania –presidido por una mujer de firmeza masculina– y pasearlo ante Pep –que es un hombre de delicadeza femenina– del mismo modo que se pasea a un caballo dudoso en el paddock ante los apostadores, subordinando todo un Estado federal al capricho de un solo individuo, si bien hemos de convenir en la histórica propensión de los teutones al mesianismo. A uno todo esto le evoca las reservas que en Chesterton suscitaban los abusos del capitalismo yanqui:

—El hombre no se pregunta como correspondería: “¿Deberían tolerar los hombres casados ser asistentes de un comercio moderno?”, sino que se pregunta: “¿Deberían casarse los asistentes de comercio?” La inmensa ilusión del materialismo se ha visto coronada por el triunfo. El esclavo no se pregunta: “¿Me merezco estas cadenas? Sino que, muy ufano, se pregunta científicamente: “¿Soy lo suficientemente bueno para estas cadenas?”

Esa del materialismo es acusación proverbial que pesa sobre el carácter catalán, mientras que el idealismo trascendental tuvo cuna alemana. En consecuencia, y desvelando mi propia opinión sobre el sensacional caso de la migración alemana de Guardiola, observo un matrimonio perfecto de identidades opuestas en donde la severidad espiritual del país de Merkel casa con el pragmatismo mujeril del esbelto Pep como casan el hambre y un cocido, la lujuria y el burdel, el paro y la nómina. Además, el de Sampedor tendrá allí a mano a mi tocayo Jürgen Habermas –no confundir con Jürgen Klinsmann–, el último epígono de la Escuela de Frankfurt que postula la recuperación del proyecto ilustrado. Ya estoy viendo a Pep y a Jürgen, hundidos en sillones de oreja, señalando las fallas del programa kantiano en un vibrante diálogo patrocinado por Deutsche Bank.

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