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Charlando sobre fútbol y letras con Hughes

El vídeo completo de nuestra charla, cortesía de la Fundación Manuel Alcántara y moderada por Rafa Porras, en el marco incomparable de Málaga:

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2 octubre, 2015 · 10:42

Benítez o la llegada del Mesías

De la ley a la ley.

De la ley a la ley.

Según el chiste judío, el oficio más seguro del mundo es el de vigilante de la llegada del Mesías. Pues bien: el oficio más inseguro del mundo es el de entrenador del Real Madrid, cuya duración es tan quimérica como la conquista de todas las ediciones de Champions que resten hasta el fin de los tiempos. Y aún ganándolas todas, seguramente el equipo lo haría con un míster diferente cada dos años, como máximo. ¿Por qué es así el Madrid?

En realidad no es una característica privativa del Madrid. Si nos pusiéramos filosóficos, actitud temeraria cuando se mete uno en un bar (que eso es hablar del Madrid), diríamos que la sociedad del espectáculo es una superestructura del consumismo que acelera el deterioro de la imagen pública, y hay pocas imágenes en Occidente más expuestas al fuego devorador de la opinión pública que la del entrenador de turno del Real Madrid Club de Fútbol. El circo mediático se alimenta de la novedad con bulimia destructiva y trata a profesionales como estrictos fusibles: solo sirven mientras dan luz. Lo intentó explicar Casillas: «Hay gente que sencillamente se cansa de tu cara». No es tan sencillo en tu caso, Iker, pero algo de eso hay, más allá de que a los 34 se pierden los reflejos y, definitivamente, la esperanza de aprender a salir por alto. Sobre el modo en que una leyenda devino un quiste, el santo un traidor, el Jekyll de la campechanía un Hyde de la delación podríamos escribir un libro, pero ese descenso a las sentinas del cainismo merengue y la venalidad periodística no está pagado.

Iker no es ni mucho menos el mayor culpable del año en blanco, y cada minuto que pase fuera del Madrid -si toma este verano la decisión correcta- contribuirá a restituirle la devoción que merece su mito erguido en Glasgow y Suráfrica. Que es uno de los grandes lo prueba el hecho de que se va a ir mal, lo mismo que Di Stéfano o Raúl. Dejando de lado su (no) concurso, el Madrid de Ancelotti funcionó tan solo a ráfagas, algunas épicas, pero el problema del huracán cuando amaina es que deja una calma insoportable. El bar sí la soporta, incluso la ama, y por eso se evacuan estos días en las barras de la capital comentarios como el que oí esta mañana: «Yo no lo habría echao, era formal y educado como el que más». A este respecto evoca Hughes el consejo sabio de su preparador: «Si por las mañanas, camino del despacho, el personal es simpático y te da los buenos días, es que lo estás haciendo mal». Y si te aplaude la prensa especializada, ya no digamos. Ahí está el caso de Luis Enrique, desahuciado por la prensa culé y hoy el español con más capacidad de ajustar cuentas pendientes desde Fernando VII.

Cómo no iba a caernos bien Carletto, por favor. Qué hombre tan admirable y qué entrenador tan guadianesco, capaz de la gesta de Múnich y de las capitulaciones ante Barça o Atleti. La pura verdad -y uno, sin ser periodista deportivo, alguna fuente tiene en ese club- es que Ancelotti perdió la confianza de la directiva cuando dejó ir la Liga de 2014 que redondeaba un triplete para la historia: el primero del Real Madrid. El cabezazo de Ramos (y sobre todo el siguiente de Bale, del que se habla menos) amarró al buen Carlo al banquillo, y el vistoso juego de la primera vuelta de esta Liga parecía que lo atornillaba. Pero un odioso axioma del fútbol determina que esto es como acaba, nunca como empieza. Y la temporada la acabaron los jugadores en el pasillo que va del diván del psicólogo a la enfermería del fisio. Nada nuevo en la esquizoide historia blanca, porque el mandato fijo de la excelencia no puede arrojar mentes equilibradas. Ancelotti la tiene, y esa ha sido su tumba en un club que vive del vértigo perpetuo; Mourinho no la tenía, y ha sido el más longevo en el puesto en lo que va de siglo.

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El austericidio de Mayweather

No es tirar, sino dar.

No es tirar, sino dar.

Yo no sé qué esperaba la gente. Seguramente un tabique roto, una ceja partida, qué menos que salpicar un poco el escote de Beyoncé. El tacticismo extremo de la pelea deja un rastro de decepción, cuando no un manifiesto enojo con los jueces, y sin embargo ocurrió lo que el aficionado medio sabía que ocurriría. Si algo ha demostrado el Mayweather-Pacquiao es que el boxeo no es la salvajada que, inconfesablemente, cierto espectador desea de dos hombres semidesnudos desafiándose sobre un ring. Confío en que esta victoria de la prudencia sobre la testosterona contribuya a mejorar la imagen del boxeo en los medios.

Fue, sí, un combate cicatero en que ninguno de los dos púgiles se entregó a fondo ni frisó siquiera la altura de su nombre. También lo sabíamos, pues ambos superaron hace años la edad romántica del suicidio. Más abnegación vimos en el Pizjuán, con esos cabezazos tercos de Cristiano que sujetan la esperanza de la Liga. Sabíamos que en Floyd Mayweather cabe toda modalidad de lo hortera pero ninguna expectativa de brutalidad. El campeón es un boxeador maquiavélico, glacial, austericida incluso: no derrocha muchos más golpes de los que ingresa. Y por eso venció. Las tarjetas no mienten: Pacquiao conectó 81 de 429 golpes, mientras que Money el Invencible acertó 148 de 435 intentos. Superioridad negra en números redondos.

¿Por qué entonces invadió Twitter un clamor de tongo al conocerse el veredicto? Hay un pipero del boxeo que valora ante todo la modestia y la actitud, como aplaudía las carreritas en la presión de un Raúl decadente, y no se puede negar que la iniciativa la llevó Pacman, cuyo combo enloquecido del cuarto asalto actualizó aquel título de demonio tagalo. Floyd lo encajó en las cuerdas, recurrió al paso lateral y siguió a lo suyo, consciente de que cuenta el impacto y no la vistosidad. Incluso arriesgó demasiado a fuerza de no arriesgar, escatimando contras para fastidio del YouTube, y tuvo que aplicarse a partir del séptimo asalto para restablecer la jerarquía. Su estilo arroja así una lección ética de autodominio, una estética de sencillez y hasta una económica de control del déficit. «El plan de todos es venir hacia mí y tirar muchos golpes. No ha funcionado en 19 años», había declarado la víspera. Ahora puede repetirlo con el cinturón de esmeraldas ciñendo su intacta cintura. Una vez más.

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Aquel peregrino blanco, en el 92.48

Escena de cama de nuestras vidas.

Escena de cama de nuestras vidas.

En la primavera de 2014 se registró una falla tectónica con epicentro en la ciudad de Madrid. El continente entero se achicó y los escasos 500 metros de asfalto que separan Neptuno de Cibeles crecieron hasta atravesar el planeta fútbol como un nuevo meridiano. A las tradicionales playas de Valencia, Andalucía y Cantabria, el incorregible centralismo madrileño sumaba un cuarto punto cardinal para satisfacer sus ansias de expansión: Lisboa.

La UEFA había elegido el Estadio da Luz como sede para la final de la Champions League 2013-2014, y el viejo poblachón manchego decidió -con esa displicente chulería con que ha conquistado imperios o subsecretarías- que no dejaría pasar la oportunidad. Mayo le dio a Madrid lo que en septiembre le había robado Tokio. Y aunque Ana Botella habría preferido los Juegos, seguramente su marido hoy aplaude que las cosas se dieran como al fin se dieron, a juzgar por el abrazo en el que se fundió con Florentino Pérez cuando Gareth Bale aún descendía del escabel galáctico al que se había encaramado para colocar el 2-1 en el marcador. Algunos quisieron ver en la celebración entre Aznar y Florentino la apoteosis icónica de la casta; los madridistas, en cambio, no vimos otra cosa que la chepa sudorosa del amigo o del anónimo con la que andábamos ocupados en ese momento, como intentando traspasarla. En el sexo y en el fútbol se dan los entusiasmos más violentos, pero ninguno tanto como el que desató Sergio Ramos en el minuto 92, segundo 48 -otros, los impacientes, dicen que 45-, latitud fondo sur. Uno estuvo allí y toda su vida exhibirá con orgullo las secuelas emocionales de aquellos moratones.

Debemos a Camus la idea de que Europa, escarmentado de dos guerras mundiales, inventó el fútbol para poder agredirse sin destruirse. España también en esto se mostró diferente, pues su especialidad, de Napoleón en adelante, es más bien la guerra civil. Fiel a esta entrañable tradición fratricida, la capital de España eligió librar contra sí misma la guerra europea anual por el botín de la orejona, enfrentando al Real Madrid, que miraba febril hacia la Décima, con el Atlético de Madrid, que soñaba marcialmente su Primera. Y siguiendo el curso del Tajo se puso en camino del frente, petando la carretera de Extremadura de banderas rojas y blancas como un atrezzo tan castizo como universal. La zarzuela definitiva que ofrecer al mundo.

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Breve entrevista en Bernabéu Digital sobre el derbi.

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Chat del clásico con Sostres

Sostres / Bustos.

Sostres / Bustos.

¿Qué les parece que el partido se juegue un domingo a las nueve de la noche?
-JB: Si de mí dependiera no habría avisado al Barça de la hora del partido, como diría Shankly.
-Salvador: Me parece estupendo porque cuando el Barça juega el sábado, el domingo es aburridísimo.

Buenos días, Salvador y Jorge, ¿estáis de acuerdo, como se está comentando por ahí, que el Barca con el mejor Messi desde hace mucho tiempo, le va a dar un repaso a un Madrid en horas bajas? Jorge, ¿será el domingo uno de esos días que te gustaría que Cataluña fuera un país independiente y, consecuentemente, este partido no tendría lugar? Muchas gracias a los dos.
-JB: A mí no me gustaría que Cataluña fuera independiente ni aunque encadenáramos manitas una década. Bueno, entonces puede. Pero quizá no hemos reparado en que la rivalidad del clásico nos une en un odio redentor muy español. Mientras juguemos clásicos, el Estado está a salvo. Y el folclore.
-Salvador: El Barça es Messi, sin duda. Sin Messi, el Barça es un equipo caótico y desfigurado. Hasta irrelevante. Pero hacer pronósticos sobre los clásicos es aventurado. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Dar al Madrid por muerto es de cateto provinciano. Y te lo digo yo, que estoy rodeado.

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‘Modridismo’

Luka o la visión.

Luka o la visión.

Cuando a Bernabéu le preguntaron por qué no había fichado a Cruyff, el gran visionario zanjó cualquier suspicacia: «No me gustaba su jeta». Se ha criticado a Florentino por empeñarse en fichar caras bonitas que principalmente vendiesen y camisetas y que luego, a poder ser, tocaran con algún criterio la pelota. Pero hay un poderoso argumento que refuta esta acusación: se llama Luka Modric, es hoy el mejor jugador libra por libra del Real Madrid -Real Modrid– y uno no juraría que los One Direction le admitieran en el grupo ni que su rostro forre carpetas adolescentes, si eso aún se hace. Y sin embargo Modric se parece a Cruyff no solo curiosamente en su jeta sino también en su capacidad de despliegue de un fútbol total, que defiende atacando y penetra combinando y controla arriesgando.

La cinética tiene pendiente explicar el modo en que un centrocampista tan pequeño logra ocupar tanto espacio; la lingüística, cómo un croata puede entenderse tan bien con acentos de Francia, Portugal, Gales o Málaga; y la historia, por qué un balcánico teje alianzas de civilizaciones hasta hace poco tan separadas como la delantera y la defensa del Madrid. Con su retorno ha confirmado lo que todos sospechábamos: que el bajón de juego del equipo no se debía al 4-3-3, ni a la diadema de Bale, ni siquiera al Instagram de Irina; sino sencillamente a la lesión de Modric. Suya es la claridad del último pase a Benzema que culmina en la chilena fallida de Cristiano y el primer gol de Bale; suya es la presteza con que saca la falta para Carvajal y concluye en el segundo de Bale a tiro de CR; suyo es el péndulo del mediocampo con el que hipnotiza a sus marcadores cambiando de ritmo o encuentra agua para llevarla al molino de la BBC, zahorí profundo en la zona de tres cuartos.

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Entrevista en Madrid Sports

Hagamos un poco de publicidad al programa. De domingo a jueves a las doce en 13TV.

Hagamos un poco de publicidad al programa. De domingo a jueves a las doce en 13TV.

En La Lupa de Jorge Bustos habita más literatura que en muchos libros que son súper ventas. Nuestro protagonista se adorna con la pluma, como Isco en el regate. Cita a los clásicos de memoria como cualquier madridista de bien enumera las diez fechas de las diez Copas de Europa. Sus artículos, sus tuits y sus apariciones en diferentes tertulias se han convertido en referencia del madridismo ilustrado. Con la ironía siempre en la punta de la lengua, Jorge Bustos atiende a Madrid Sports.

Nos alejamos un poco de la realidad y jugamos a ser Kafka: Tenemos a Cristiano Ronaldo imputado por fraude fiscal, al Real Madrid gastando en un fichaje una millonada de dudosa procedencia, al presidente dimitiendo por este asunto y a Sergio Ramos peleando con la Guardia Civil. ¿Estaríamos ante un exilio obligado del Real Madrid si las circunstancias hubieran sido al revés? ¿Hay cierto ensañamiento cuando las cosas pasan en el Real Madrid?

En esa hipótesis el Madrid sería la cucaracha de la Metamorfosis pero no llegaría a la segunda página, y mira que es corto el libro. El ensañamiento antimadridista es tan natural como las ganas que tiene cualquiera de zurrarle a Floyd Mayweather: es rico, es famoso, es invencible y además lo proclama. Pero en el ring el que pega es él.

Un hombre acostumbrado a la crítica, tanto a la positiva como a la negativa, podrá hacernos una sobre la situación de Iker Casillas…

El asunto de Iker no deberíamos comentarlo hasta que Polanski ruede el biopic. Hasta entonces a Casillas hay que desearle que entrene bien y pare balones.

Dijo Ancelotti en una entrevista en la cadena COPE que se transformaría en Arbeloa. ¿Harías lo mismo que el míster?

Arbeloa lo ha ganado todo en el fútbol, pero paradójicamente es valorado –y atacado– por lo que hace o dice fuera del campo. Esto significa que es un futbolista con personalidad, lo cual ya le hace especial en estos tiempos. Pero para valorarle de verdad, yo me fijaría en el modo ejemplar en que asume la titularidad de Carvajal. Ahí se ve la madera de la que está hecho uno.

Sabemos que eres hombre leído y vivido. ¿Es el Atlético el nuevo best-seller de moda que tiene su año fuerte pero se queda entre más libros sin pena ni gloria?

El Atleti no es un best-seller en absoluto: es un equipo con amplia y laureada historia que naufragó y que Simeone ha reflotado, siquiera por un tiempo. Que la chavalería se haga ahora rojiblanca es comprensible, y hasta enternecedor. Siempre es educativo curtirse en la desdicha.

Decías en un artículo que Mick Jagger cantaba que los viejos hábitos tardan en desaparecer. ¿Desaparecerá algún día el piperío del Santiago Bernabéu?

Lo del piperío es un concepto de mi amigo Hughes que ha hecho fortuna pero que alude a un estamento sociológico amplio y antiquísimo que probablemente ya está descrito por Thackeray y Maupassant. Antes se les llamaba pequeñoburgueses. No hay que desear su extinción, porque son la prueba de vida de una clase media más o menos próspera y el pilar de la democracia representativa. En la grada son mansos, cierto; pero si no fuera así significaría que tendríamos menos Copas de Europa, y que daríamos más curro a la policía y mucho menos a los haters.

Fuiste un reconocido mourinhista cuando el portugués era entrenador del Real Madrid. ¿Sigues abrazando la causa?

Vamos a ver. El mourinhismo nació como una divertida y anárquica oposición a la hegemonía de la retórica buenista culé. A eso se le sumaba la personalidad genial de Mourinho. Con ambas posiciones sigo comulgando, porque las ruedas de Mou en Londres siguen siendo brillantemente incorrectas y porque siempre hay meacolonias a los que escandalizar. Además, en aquellos años hice amigos interesantes que conservo. Lo que me aburre y repele es el momento a partir del cual el mourinhismo pasa a ser eso que dices, una causa nostálgica y cerril, una secta sagrada: con su dogma, sus sacerdotes, sus cismas, sus aprovechados y hasta su mártir. Lo divertido de aquello era la agitación, pero se jodió, se solemnizó. Yo ya dije que pasaría, porque la mente humana es religiosa por definición. Sigo admirando a Mou, le agradezco lo que hizo aquí, que fue necesario para invertir el ciclo ganador del Barça; pero él sabía que en el Real Madrid no podía durar. Un mariscal de campo no suele adaptarse al despacho oval.

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Bonus para tuiteros: la Celebración de la Décima, mi primer pinganillo.

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Juanan: año uno

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y la canción de Oasis favorita de Dick.

Arbeloa con la Décima y una camiseta con el icono ya del vanpalomaainismo: la Union Jack y su canción favorita de Oasis.

Estando en Galicia de vacaciones me pidió Juan G. Leániz, de la web Meritocracia Blanca, que participara junto a Hughes en el podcast de la noche del 25, día de Santiago, aniversario de la desgracia de Angrois que segó la vida de Juanan, Van Palomaain o Dick para el madridismo tuitero. Aunque tenía un compromiso esa noche -en concreto cenar en Pontevedra con Jabois, Tallón y Cabeleira, en otra gratísima velada gallega- no quise dejar de participar de algún modo, así que grabé y envié unas palabras de tributo y memoria que este podcast reproduce a partir del minuto 4:18, y que complementan quizá el recuerdo que aquí ya dejé escrito de él, con la pena aún caliente. Recomiendo, si se tiene tiempo, oír la tertulia entera, porque Hughes, Antonino y Juan glosan con libertad y buen sentido el fenómeno de las amistades digitales en el mourinhismo, el carismático influjo que sobre él ejerció Van Palomaain (del puro underground a las abiertas celebraciones de Arbeloa) y, sobre todo lo anterior, la figura polifacética, irreductible y entrañable de Juan Antonio Palomino: madridista genial, tuitero inolvidable.

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