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El once del equilibrio

Con esta es la tercera vez que escribimos que el Madrid hizo su mejor partido desde que lo entrena Ancelotti, y eso avala una evolución esperanzadora que sobre todo se certifica en los bares de turistas de interior donde bulle la decepción del antimadridismo provinciano. Yo lo vi en uno de la Cava Baja, en el corazón del viejo Madrid petado de andaluces precalentando el sábado noche capitalino. Con el prematuro larguero de Cristiano se empezaron a torcer las bocas. La primera la del propio Cristiano, a quien sorprendió la cámara con ese gesto oblicuo que ponía Eastwood al disparar al sombrero de Lee Van Cleef. No fallaba: presentaba sus credenciales y de paso calibraba la mira.

Cristiano Ronaldo.

Cristiano Ronaldo.

Ya no habría más gestos, solo goles, todos distintos. El semidiós luso enseguida perforó el lateral de la red donostiarra a pase lujurioso de Benzema, y el parroquiano de mi derecha musitó: “Qué cabrón”. No era solo rendirse a la pegada –reducir el bagaje ofensivo del Madrid a la pegada es como ver matar a LeBron James y murmurar: “Claro, así cualquiera”–, es que al cuarto de hora de partido el dominio blanco era abrumador, inclemente, antidemocrático. La alineación del Madrid parecía por fin compensada en todas sus líneas, con el principal hallazgo de un visionario Modric lanzado hacia la media punta con las espaldas herméticamente cubiertas por Xabi Alonso y Sami Khedira. En ese desempeño Luka parece que se desdobla y que es capaz de manejarse a sí mismo desde arriba, desde la preclara panorámica del jugador de Play Station. “Qué bueno es Modric”, hubo de reconocer el parroquiano de mi derecha.

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12 noviembre, 2013 · 14:46

Sin ambidiestros no hay paraíso

Nuestro Real Madrid de hoy es un cariño que agranda a los niños al modo inverso en que el insultante autodominio de Floyd Mayweather empequeñece al mejor de sus rivales sobre el ring. Yo creo que mi equipo de antiguos alumnos del cole le hace un gol al Madrid, aunque no digo que ganemos el partido. El autodominio (Varane) es lo contrario del cojonudismo (Ramos), y así está la defensa madridista, que parece un diálogo entre fe y razón donde proliferan herejías como el primer gol de Diawara, que más que un nombre es un nick. A este equipo lo que le falta es dogma y nos recuerda a la Iglesia primitiva, con sectas gnósticas debatiendo sobre el principio de posesión y facciones arrianas postulando el retorno al santo contragolpe. Y la desgracia es que lo entrene el único italiano que no quiere ser papa.

Mitología griega.

Mitología griega.

La indefinición táctica, la caraja medular, el desorden parvulario, la pesadez circulatoria enfadan al aficionado, que al menos asistió al milagro final del gol de Cristiano, sobre cuyo cuerpo glorioso recayó una tarjeta amarilla como rayo de Fra Angélico. Lo que ocurre es que antes el ritual milagrero lo demandaba el Manchester City y ahora lo exige el Levante.

No entendemos que Ancelotti deje fuera de la alineación inicial a Marcelo, que es uno de los mejores delanteros del Madrid del mismo modo que a Neymar le llaman nueve mentiroso, no únicamente por comediante. Que Marcelo sea el jugador más peligroso arriba y que tuviera que ser Varane quien metiera el pase de gol entre líneas a Morata lo dice todo sobre la tarea mitológica ante la que se alza abrumada la ceja de Carletto. Si lo consigue, su 4-3-3 se citará en los manuales de cultura clásica entre la caza del jabalí de Erimanto y la muerte del león de Nemea.

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7 octubre, 2013 · 12:51

Juanan, macho, dónde estás

Entré en el irlandés de Tribunal con Hughes, que se estaba quedando aquel finde en casa, recién llegado de Valencia. Veníamos de almorzar con Alfageme y Ruiz Quintano y de la redacción de La Gaceta, donde presenté a Hughes a Dávila y hasta escribimos juntos una sección del periódico. Para entonces ya estábamos borrachos, claro. El estado ideal para una quedada con la puta banda mourinhista que se había organizado esa tarde por Twitter para ver el Osasuna-Madrid. Recuerdo que salió Sinone a recibirnos, y que llamé a Gistau para ver si podía apuntarse, y que ingresamos en la penumbra grata del bar, donde un grupo de buenos muchachos se juntaba frente al televisor en torno a una mesa bendecida con un par de metros de cerveza en vertical, ya sabéis, esos cilindros con grifo que se vacían con anormal celeridad. Y allí estaba Juanan.

–¿Tú eres Van Palomaain?

–Sí, macho.

Juanan decía “macho” dos y tres veces en la misma frase. Es un vocativo ya algo anacrónico en la parla de Madrid y por eso le quedaba tan gracioso. A Hughes y a mí se nos pegó y ya estuvimos cerrando cada frase con “macho” todo el fin de semana. “Esa jerga suya, de negrata de aquí, era como un rapero en la grada. Eso es inolvidable para quien lo haya leído”, ha tuiteado en su memoria Hughes, con la habitual exactitud.

Así que aquel mod menudo y melenudo era el vitriólico Van Palomaain, cuya natural generosidad le hizo tuitear una vez: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson, la santísima trinidad de internet”. Pues bien, a falta de Jarro, él completaba allí mismo la santa trinidad del putabandismo. Una de las cosas que más me gustan de Twitter es ese momento siempre sorpresivo en que confrontamos la preconcepción meramente textual de una persona con su apariencia física, aunque Jabois al día siguiente nos reprochara ese afán de poner cara a la puta banda, una “mariconada” que Mou seguramente condenaría. Yo mismo lo había hecho antes con el propio Manuel en Pontevedra y con Hughes en Valencia, ambas veladas memorables, la primera inserta incluso en el último libro de Jabo. A Juanan también le gustaban las quedadas tuiteras. En el irlandés estaban además El Socio, Meseta y alguno más que ahora no recuerdo. Meseta se puso a hablar de literatura conmigo sin presentarse, y el efecto era entre alucinatorio y genial, como hablar de barroco romano con Yul Brynner. La noche prometía mucho.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía. Tribunal.

Vimos marcar aquel golazo vanbasteniano a Benzema y al Madrid finiquitar la Liga de los Récords aquella noche. Juanan estaba eufórico y a la vez deslizaba críticas mordaces a cada jugador blanco si se le ocurría perder el balón. “El tuit es perfecto para disimular mi falta de talento. Soy un mediocentro africano y Tuiter es mi trivote”, había escrito una vez Van Palomaain, desmintiendo en la agudeza de ese fraseo suyo la propia declaración de modestia. La verdad es que estábamos todos excitados y crecientemente borrachos, los metros de birra caían sin piedad y en un momento dado no sé quién empezó a tararear el Ay se eu te pego entonces de moda con una nueva letra que consistía en repetir “Ay mi Meseta” constantemente. Nos pareció de lo más ocurrente, el colmo mismo de la risión, y lo coreamos durante un buen rato manoteando salvajemente sobre la mesa hasta que el camarero empezó a inquietarse y la clientela a abrir prudencial hueco a nuestro alrededor. No sé si Meseta llegó a subirse a la mesa a coreografiar el cántico por faralaes, acuso anchas lagunas de aquella noche inaugural. Lo que sí recuerdo es que Juanan propuso el Honky Tonk y hacia allá nos encaminamos Van Palomaain, Hughes, Meseta y yo, que estaba renqueante de una fractura de peroné y no podía seguir su ritmo, qué cabronazos, levitando todo ciegos sobre el bulevar de Alonso Martínez y yo mascullando 50 metros por detrás. Juanan iba pendiente del móvil, tratando de atraer mujerío al despropósito. Una vez dentro nos dispersamos. Meseta había perdido el móvil, aunque luego creo que lo recuperó, creo que dentro de su propio bolsillo, de hecho; Hughes vagaba enmudecido por el bar, como mirando todas las cosas por primera vez, con restos de líquido amniótico en las córneas; Juanan seguía con el teléfono y yo le entraba a una morena a quien aseguraba que no sabía con qué clase de periodista estaba hablando. Todo degeneró lo previsto en estos casos y terminé buscando a Juanan por todo el Honky, pues le había perdido; vagaba yo por el local murmurando: «Juanan, macho, ¿dónde estás?»

Y todavía me lo pregunto.

Al final metí a Hughes en un taxi y logramos llegar a casa. A la mañana siguiente se sucedió la divertida relación de tuits que aspiraba a reconstruir los hechos:

–También os digo, que la nueva derecha, @JorgeBustos1, @hughes_hu y @van_Palomaain, es guapa y violenta. Y que los perdí no sé dónde –escribió Meseta, vete a saber por qué.

Pero todos esperábamos a que Juanan se levantara, a ver qué tuiteaba de lo de ayer. Y cuando por fin lo hizo, volvió a romper la expectativa:

–INFORMO DE QUE SIGO SOLTERO –o algo por el estilo. El descojone.

El pasado 26 de julio, dos días después del accidente, Hughes recordó así en Twitter aquella altísima ocasión:

–Esa noche, con otros tantos especímenes, parecíamos escapados del pelotón en un descenso. Es decir, que Juanan no iba de boquilla.

El cuarto Gallagher.

El cuarto Gallagher.

La segunda vez que le vi fue en el Bernabéu. Guillermo Estévez tuvo el detalle –la puta banda es ante todo ciertos picos de calidad humana– de pagar por adelantado mi entrada para la vuelta de la Supercopa contra el Barça. Luego se lo devolví, eh. Nos íbamos a juntar una tropa de muchísimo cuidado. “Putabandismo is coming”, tuiteaba la víspera Van Palomaain. En la embajada americana supongo que habrían empezado con los cables cautelares al Pentágono desde julio, cuando se fraguó el concilio mourinhista entre prueba y prueba de las Olimpiadas de Londres. Recuerdo los jugosos tuits de Van Palomaain durante las ceremonias de inauguración y de clausura, sus intercambios con Favelas –orgulloso de Mireia I de Badalona– y su emoción estallada cuando salieron los avejentados restos de los Who a tocar Baba O’Riley.

El día de la Supercopa conocí en persona a Jarroson, Manuel Matamoros, Mercutio, Silvita, Inspector, Madrefaque, RockandBolesco… La previa la hicimos primero en la terraza del Círculo de Bellas Artes –vete a saber por qué– y luego en El Refugio, y allí se presentó Juanan, con un brillo etílico y jovial en los ojos, bajo su negra visera de pelo mod:

–Qué pasa, Bustos, macho.

Comentamos la posibilidad de viajar con Sinone ese otoño a ver a Pedro Ampudia a Ibiza para morir los cuatro en el Amnesia, y recuerdo también que calibramos los conocimientos estrictamente futbolísticos de Florentino, tema que Jarro y Matamoros abordaron con entusiasmo descriptible. El partido lo vimos pegados Jarroson, Juanan y yo. Hay una foto. Yo insistí en hacérnosla, porque ni a Jarro ni a Juanan les gustaba la publicidad. Ahora me alegro de haber insistido. Es la foto que tenía en la cabeza en el mismo instante en que Jarroson –serendipia– me escribió la noche del jueves 25, un día después del accidente, estando yo en Cerdeña de vacaciones, metiéndome yo en el wifi del hotel, enterándome yo de la noticia, recibiendo yo una sacudida de incredulidad y dolor, derrumbándome yo delante de mi novia por un momento.

–Vimos un partido abrazados a él, Jorge –me puso Jarro en el Whatsapp, por donde le mandé la foto.

–No sé si subirla.

–Haz lo que te pida el cuerpo. Joder, la veo y lloro.

–Y yo.

La subí. Me lo pedía.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Estamos los tres en la foto, yo sacando cuerno putabandista y Juanan en medio, abrazado por ambos. Rugimos con el sombrero de tacón que Cristiano le hizo a Piqué antes de marcar, y nos ciscábamos en Xavi con fruición caníbal. “¡Pepe, en la puta vida te pueden hacer eso, en la puta vida!”, aullaba Juanan a mi derecha si el central luso era superado por Messi. Jarro estaba tan tenso que pasó el final del partido de pie. Pero el leitmotiv de ese partido lo encarnaría para los restos Modric, que había robado el corazón de Juanan. “¡Inventa, Lukita! ¡Mirad cómo inventa Lukita!”, gritaba cuando el croata tocaba el balón con alguna intención ofensiva, por modesta que fuera. Fue un triunfo agridulce:

–Hemos perdido la ocasión perfecta de humillar al puto Barça –nos lamentábamos los tres a la salida.

Juanan vivía en Colmenar, excusa que musitó para hacernos la trece catorce y no unirse al reducto de resistentes –la tarde había comportado mucho desgaste– que pedía una copa en algún garito de la Avenida de Brasil. Recuerdo que me despedí de Jarro en Gran Vía con esa sensación de familiaridad extraña pero certísima que dejan las amistades surgidas en una red virtual y sancionadas por la presencia real.

Al día siguiente debutaba yo en Real Madrid Televisión, y en homenaje a Juanan elogié a “Lukita” y mencioné que había visto el partido en compañía de “madridistas furibundos”, indiscutibles, insobornables.

–Me ha llamado furibundo –tuiteó al término de la tertulia Van Palomaain, que había tenido la paciencia de tragarse mi debut.

Aún hubo una tercera vez en que quedé con él. Fue la última vez que le vi. Quedamos con Meseta y Madrefaque en el Molly Malone’s para ver el Rayo-Madrid, que se suspendió por una sospechosa avería lumínica.

–Qué chachos son. Qué país, macho –sentenciaba nuestro Dick Turpin.

Meseta nos contó historias de la mili mientras Van Palomaain tuiteaba y ponderaba los encantos de diferentes tuiteras. Nos despedimos en los torniquetes del metro, sintiéndonos jodidamente alejados del mundo Txistu. Me ha contado Madrefaque que se planea una quedada en ese templo-bar para tajarnos a su memoria. Ya le he dicho que cuenten conmigo.

Desde que me enteré, no he podido parar de pensar en él. Era de esos tipos con personalidad tan marcada que sus aristas se te clavan en el recuerdo, y no se sueltan. David (en cuya alusión a la necesidad de escribir un libro mourinhista me di por aludido quizá apresuradamente, aunque lo cierto es que hemos hablado de ese proyecto), Manuel, Iñaki han escrito ya de Van Palomaain en sus periódicos. Ampudia le ha dedicado un hermoso obituario. Telemadrid, un breve reportaje personalizado. Fansdelmadrid, un recuerdo muy tribal, muy fansista, de quien fue padre fundador y activista carismático, ilustrado con nuestra foto. Y un trabajador del Real Madrid me pidió datos biográficos para el detalle que el Club deseaba tener con él. (Bien hecho, Florentino.) Pero yo no tengo más datos sobre Juan Antonio Palomino Alfaro, natural de Madrid, 31 años, administrativo, que estas vivencias que dejo aquí anotadas con el alma en un puño y sin vuelo en el verso, con llaneza, porque cuando el sentimiento aprieta, la lírica está de más. Al menos la lírica engolada, pretenciosa, sustitutoria de la experiencia vivida. Ahora, al llegar al final de mi tributo privado, me vienen a la mente como tañidos secos y calientes las estrofas finales de aquel poema de José Hierro titulado Réquiem:

Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Libérame Dómine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas) Réquiem aetérnam.
Y en D’Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Réquiem aetérnam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.

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La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

El perdido orgullo de ser tertuliano en Madrid

[Un paseo literario por la capital de las tertulias, las greguerías y los bastonazos, publicado en papel en Jot Down]

Muchos hacen del café una sucursal de su casa, advertía el humanista Ángel Fernández de los Ríos a mediados del siglo XIX, cuando podemos datar el estallido de la edad de oro del café literario español. Y como español, madrileño, rompeolas de todas las etcétera. “En Madrid, en España, a Dios gracias, cuando buscamos a un hombre de negocios no solemos saber dónde tiene la oficina ni nos importa demasiado, pero sabemos a qué café va y, con eso, nos basta, porque allí lo veremos inmediatamente y nos recibirá con la cordialidad humana que se tiene en los sitios donde se bebe y se come y no tendremos que esperar en una salita donde no hay más que revistas de esas que nadie ha leído nunca”. He aquí la respuesta que en los años del crack del 29 daba Edgar Neville a esa indignación tan oída que hasta nosotros mismos incurrimos en ella:

-¡Y luego dicen que hay crisis! ¡Mira cómo están las terrazas de Madrid!

Eso es no entender que los españoles empiezan a  solucionar la crisis yéndose de cañas, porque a ningún español se le puede ocurrir un negocio viable metido en una oficina como hacen los americanos, que por eso sufren esa crisis atroz que les persuade de tirarse por las ventanas, se dice Neville. El café acoge por tanto el justo medio entre la intimidad de la casa y la arrogancia de la oficina del español, sea este viajante de comercio o letraherido con ambiciones. Porque luego, en el café, cada cual se comporta como lo que es y aquí nos interesa el comportamiento literario en esas tertulias madrileñas que según Valle-Inclán ejercieron más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias. Y a cualquiera que haya llegado a la vida con tiempo suficiente para vivir y discutir en la cafetería de la facultad –más que en el aula misma- antes de la venida de las redes sociales, no le parecerá esperpéntica la afirmación.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

En puridad, la afirmación de Valle se circunscribía al Café de Levante, que conoció en Madrid tres ubicaciones distintas: Alcalá, Puerta del Sol y Arenal. Durante cerca de un siglo puso en conocimiento a escritores consagrados con plumillas anhelantes, a militares achispados con feminerío del cuplé: “En el Café de Levante, entre palmas y alegrías, cantaba la zarzamora…” Y pegaba en este punto un volantazo Lola Flores. Sin embargo, el autor de Luces de Bohemia era asiduo más bien a la tertulia de El Gato Negro, fiel a los nuevos aires afectadetes de los modernistas, en donde la voz cantante la llevaba otro dramaturgo no menos atildadín: Jacinto Benavente. Era un antro de techo bajo y mal iluminado aunque ancho de divanes cuyo máximo atractivo residía en la pared postiza que comunicaba el café con la escena del Teatro de la Comedia a cuyo costado se adosaba el local, en mitad de la calle del Príncipe. Tertulia y espectáculo: dos por uno, más el coloquio posterior con Benavente. A Ramón, en cambio, aquello le parecía una ermita para amateurs del esteticismo: “Fue un café banal desde el principio con sus gatos de bazar. Era un remedo incongruente del célebre Gato Negro parisiense”. Hoy, oh Cronos inclemente, no queda más rastro de las rubenianas veladas gatunas que una tienda de ropa y complementos que se publicita como “exótica”.

En la misma calle, desembocando ya en la Plaza de Santa Ana, en el sótano anexo al Teatro Español que ocupaba el desaparecido café del Príncipe arraigó la tertulia decana de este parnaso, aunque sus modestos protagonistas prefirieron llamarla El Parnasillo. Pero estamos en pleno romanticismo y no son nombres modestos los que conformaban aquella esclarecida reunión. Desde 1829 allí se dieron cita periodistas, poetas, dramaturgos y artistas de la talla de José de Espronceda, Mariano José de Larra, Ramón Mesonero Romanos, Juan Eugenio Hartzenbusch, José Zorrilla, Enrique Gil y Carrasco, Madrazo, Rivera o Esquivel. Se reunían allí imantados por el Español, antiguo Corral del Príncipe, donde cada quien aspiraba a estrenar sus comedias; porque lo que es el local, Larra lo describía como “reducido, puerco y opaco”, y Mesonero daba en el clavo romántico de esa fascinación hipster que ejerce la bohemia al insertar el matiz causativo: “A pesar de todas estas condiciones negativas, y tal vez a causa de ellas mismas, este miserable tugurio, sombrío y desierto, llamó la atención y obtuvo la preferencia de los jóvenes poetas, literatos, artistas y aficionados”. Hoy es una vinacoteca discretita desde la que contemplar a la paloma de bronce equivocándose eternamente en las manos de bronce de la estatua de Lorca ubicada en el centro de la plaza.

De la voracidad de la piqueta acaso el ejemplo más duro –por lo violento del contraste entre su ayer y su hoy- sea el del Café de Fornos, gloria de la hostelería, leyenda del noctambulismo desde 1870 hasta 1908 en cuyo lugar –cruce entre Alcalá y Virgen de los Peligros- se erige ahora un filisteo y desangelado Starbucks con un rombito municipal en sepia que recuerda los días de vino y rosas. Lo fundó un fámulo del marqués de Salamanca y escribió la crónica periodística de su inauguración el mismo Gustavo Adolfo Bécquer, a quien se conoce que no le rentaban mucho las rimas ni las leyendas. Tenía dos cosas asombrosas para la época: tubos de ventilación y murales pintados al fresco por los mejores pinceles del momento, incluido Zuloaga. Ah, y otro aliciente fundamental: putas elegantes, que tanto lustre daban al París de la bohemia. ¡Que no falte de nada! Fornos fue el equivalente madrileño de Maxim en París o el Rector en Nueva York. Algunos cronistas de la época cuentan que en los bajos del Fornos, dotados de cuartos de alquiler a precio de burdel de lujo, se celebraban fiestas de ocho días seguidos a las que se dice, se comenta, asistía con verdadero compromiso Manuel Machado; para que luego vengan a inventarse las raves los voluntariosos muchachos del FIB. Así lo rememoraba Zamacois, nombre santo de la novela sicalíptica y de la bohemia en general, para quien el Fornos era una mezcla –españolísima- de teatro y de iglesia:

El viejo Fornos, con sus bronces artísticos, sus zócalos de caoba y sus techos pintados por Sala y por Mélida, ofrecía no sabemos qué de suntuario y de frívolo, de distinguido y de escandaloso, de aristocrático y de bohemio, que, según el momento del día, invitaba a sus clientes a la contemplación silenciosa o acicateaba su regocijo”.

La Generación del 98 hizo su asiento en el Fornos, se dolió de España en el Fornos a todo doler. Allí le fue presentado Baroja a Unamuno, y con ellos tertulianeaba Azorín, por entonces aún abrazado a la causa del anarquismo. Allí almorzaba el enciclopédico Menéndez Pelayo si se encontraba en Madrid. Allí se inventó el pepito de ternera. Por allí pasó Mata Hari. Allí sitúa Hemingway una escena de Muerte en la tarde. Y allí se tomó su último real chupito Amadeo de Saboya antes de abandonar este país para no volver jamás. Pero suele pasar que a los padres pioneros les suceden hijos conflictivos y Manuel Fornos eligió la manera más vanidosa de dilapidar una herencia: se metió en el reservado número 13 del café fundado por su padre y se pegó un tiro en la cabeza. La performance logró un efecto propagandístico innegable y el local entró en una decadencia sin paliativos. Lo compró un banco, le cambió el nombre, lo transformó en cabaret, lo acabo chapando y hoy es un Starbucks preocupado por el certificado eco-responsable LEED de eficiencia energética e hídrica, y cito textualmente del folleto.

Habíamos dejado a Valle de contertulio modernista en El Gato Negro, pero pronto el gallego adquirió estatura artística personal como para fundar tertulia propia en el Café de la Montaña, situado en los bajos de ese edificio de la Puerta del Sol que lleva publicitando Tío Pepe desde que tío Pepe estaba vivo, si no antes. Sus habituales lo rebautizaron como “café pulmonía” porque sus puertas se abrían a las terribles corrientes paralelas que patrullan Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Un día llegó Valle con ganas de incendiar Twitter. Estaba concertado un duelo de dibujantes y Valle tomó apasionado partido por uno. El periodista Manuel Bueno –al que los milicianos pasearían en Montjuich en 1936- le replicó tranquilamente que su favorito no podría competir por ser menor de edad. Valle se enfureció. Bueno le contestó. Valle asió una botella de cristal. Bueno blandió el bastón. Valle recibió un bastonazo en el antebrazo izquierdo y el gemelo se clavó en la piel ante la atenta y entretenida mirada de Gómez de la Serna, que no perdía ripio. Aquella estúpida herida se infectó y a los dos días tuvieron que amputarle el brazo al genio del esperpento, mancado a mayor gloria del género de su invención. Carmen de Burgos homenajeó aquel templo en el que Alejandro Sawa relataba a quien le quisiera oír cómo Víctor Hugo, en París, le había besado en la frente. Sin contraer el tifus, le faltaba añadir. Hoy las excavadoras trabajan el interior de aquel café donde los tertulianos más geniales llegaban a las manos como carreteros, justo al contrario que en las tertulias de hoy, donde teorizan como carreteros pero se rehúyen como intelectuales. Del puro escombro se alzan solo las esbeltas columnas como huesos mondos de un pasado grueso en anécdotas.

En 1920 se planta en Madrid un inquiero argentino llamado Jorge Luis. Quería ser poeta de vanguardia y le encaminaron al Café Colonial, donde reinaba Rafael Cansinos Assens. “Fue mi maestro. Era inteligente y de pocas palabras, sabía diecisiete idiomas clásicos y modernos, leía la Biblia en el texto original y se convirtió al judaísmo por convencimiento, sin tener ningún antecedente genealógico judío”. Donde Borges dice “se convirtió”, hay que leer: “se rebanó el prepucio”. Así era Cansinos: un circunciso vocacional. Vanguardia punk. La novela de un literato es el monumento que su memoria levanta a la bohemia condensada como un chubasco de talento indefinido y miseria concreta en aquel santuario de Alcalá número 5:

«El café Colonial ha sucedido a Fornos como centro de la vida nocturna del Madrid bohemio y artista. A la salida de los teatros, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguen como una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salen atestados de gente, El Colonial empieza a llenarse de un público heterogéneo, pintoresco y ruidoso. Llegan las artistas de varietés, pomposas y risueñas, todavía con el maquillaje de la escena, con sus grandes sombreros, sus trajes llamativos y sus dedos cuajados de sortijas, escoltadas como duquesitas dieciochescas por su corte de admiradores, señoritos juerguistas, viejos calaveras que todo el mundo conoce por su dinero, periodistas, agentes de varietés, vendedores de joyas, autores de cuplés, pequeños compositores, y mujeres viejas, con aire de falsas madres que a veces lo son de verdad… y descubren el fondo de miseria, de donde ellas han salido».

Donde antaño calentaba esta indecible bujía de humanidad hoy comparece la aséptica fachada de una sede del Ministerio de Hacienda. Solo el ornato churrigueresco del dintel principal parece guardar la memoria de lo que sucedió en su planta baja.

Otro edificio institucional, esta vez de la Comunidad de Madrid, vela en el 4 de la calle Carretas la soberbia leyenda de Pombo y su cripta sagrada, cuyo sumo sacerdocio ofició Gómez de la Serna con carisma de orador sedente, según notaba Pla: “Es tan sensible la diferencia que existe entre el Ramón sentado y el Ramón de pie, que es probable que si no hubiese en este mundo sillas y mesas no habría llegado a ninguna parte, no sería absolutamente nada, no se habría hecho el nombre que tiene, un nombre que está destinado a producir un impacto en el extranjero y a impresionar al intelectual provinciano.” La vida cultural de Madrid equivalía por entonces a una gran tertulia dividida entre aliadófilos y germanófilos a propósito de la Gran Guerra, pero a Ramón la política le aburría insoportablemente; hablar de política, cuando uno se podía pasar la noche del sábado enhebrando greguerías desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana, le parecía de un mal gusto lamentable. Así que prohibió hablar de política en Pombo, y sorprendentemente encontró a otros españoles que aplaudieran la idea, y luego todos juntos fueron magníficamente retratados por Solana. La tertulia se desarrollaba bajo normas estrictas: se sentaban todos alrededor de una mesa larga, tocados con sombreros de copa, bajo la atenta mirada de la Virgen del Carmen que presidía la sala. El local estaba alumbrado por luz de gas y constaba de un buzón donde depositar las cartas dirigidas a Ramón. Algunos divanes rojos y anchos espejos de caoba para calibrar el efecto de tu agudeza en el compañero adyacente. Y así se crea un movimiento literario.

Para aguda, la tertulia asturiana que lideraba Clarín, bien flanqueado por Palacio Valdés, en lo que hoy son las dependencias del Teatro Reina Victoria –en el 24 de la Carrera de San Jerónimo- y que el padre de Ortega y Gasset bautizó como el “Bilis club”. Los chistes malos eran castigados con severidad. La invectiva contra los mandarines culturales del momento, una obligación jubilosa. La crítica feroz de las novedades editoriales, un vicio sádico. La sátira, un medio de ganarse la vida a través de las diversas revistas que en aquel café diabólico se fraguaron para desesperación de los malos escritores.

En el abigarrado laberinto de callejas acorraladas entre Atocha y la Puerta del Sol sucede casi toda la historia literaria de España. Hubo unos años en que la calle del León, donde uno se arregla las camisas o compra la fruta, hacía coincidir los paseos cotidianos de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora. El día que eso pasaba los vecinos se metían corriendo en casa, lógicamente. En el 18 de la calle Huertas vivía el manco de Lepanto; la paralela calle Lope de Vega vio expirar del todo al fénix de los ingenios, cuya legendaria feracidad asombraba a Truman Capote; las calles de Cervantes y de Lope están unidas por una travesía, hoy llamada de Quevedo, donde vivió alquilado Góngora diez años: el cabronazo padre del conceptismo lírico, en uno de los escasos momentos en que no andaba preso por orden de algún valido susceptible, logró reunir el dinero suficiente para comprar aquella casa y echar a su odiado inquilino culterano a la puta calle en pleno invierno, desahucio fáctico con escrache endecasílabo. Faltaba mucho todavía para la invención del corporativismo, señores, así como para la del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Pues bien, internándonos por la cercana calle de la Victoria descubriremos que a su costado se abre el coqueto Pasaje Matheu, un reducto afrancesado en el corazón castizo de Madrid, como Little Italy lo era de lo suyo en Manhattan. En una de sus esquinas se estableció en 1867 el Café de Francia –hoy tugurio bachatero-, que acogía a los conservadores, y en la esquina de enfrente abrió en buena lid el Café de París, guarida de los jacobinos donde actualmente se levanta un moderno y señorial Café de Levante que no tiene que ver con el pedigrí homónimo. A estos dos cafés extranjerizantes correspondió el honor de haber inventado la terraza madrileña. Tratándose de una importación transpirenaica, la idea no fue recibida de grado por la cejijuntez nacional, que murmuraba al pasar por allí: “Si será pequeño el local que tienen que sacar las mesas a la calle…” Pero ya sabemos lo rápido que el español recorre el trecho antónimo entre recelo y papanatismo, y ambos locales triunfaron pronto precisamente por su diferencia. El ilustrado dueño del Café de Francia fomentaba en su interior -equipado con exóticas mesas de billar- un escandaloso silencio que se rompía jubilosamente cada 14 de julio, cuando toda la colonia francesa del Pasaje Matheu se reunía para conmemorar la toma de la Bastilla: faroles, bailes e interpretaciones a pulmón de la Marsellesa animaban aquella nuez urbana de afrancesamiento bajo la mirada reprobatoria, suponemos, de los vecinos con abuelos caídos en el lío del Dos de Mayo.

También en Alcalá -arteria de la cultura libresca madrileña del mismo modo que la Gran Vía representaría la cultura espectáculo-, en el edificio contiguo a la famosa Pecera del Círculo de Bellas Artes (de algún prestigio aún entre la intelligentsia) que hoy, degenerando, ocupa el Ministerio de Educación, abría sus puertas La Granja del Henar donde convocaba a sus selectos regeneracionistas don José Ortega y Gasset para rajar de la monarquía, pasatiempo que luego continuaba en el Ateneo. Pero no todo iba a ser filosofar y cocinar la república: allí también celebraban su tertulia los humoristas, con Jardiel y Mihura a la cabeza. Este último hizo a menudo la estupenda elegía de aquella buena vida:

Era un mundo gracioso, en el que entrábamos de tertulia a las seis de la tarde, a las diez nos íbamos a tomar un brebaje que no me acuerdo cómo se llamaba, un aperitivo, vamos. Luego, cenábamos y otra vez de tertulia, hasta la madrugada en que nos íbamos a casa a trabajar. Por eso ahora, cuando le dicen a uno lo de la contaminación, imagínese el cachondeo que me entra, cuando me he pasado los mejores años de mi vida metido en La Granja del Henar”.

Ustedes esperarán que aquí hable del Gijón y del Comercial, claro. Más que nada por ser los únicos cafés literarios que se conservan en Madrid desde los años heroicos en que la cultura se cortaba y se pegaba, sí, pero cara a cara; sin un duro, como siempre, pero de traje reglamentario; dividida por encendidos sectarismos, sí, pero se podía fumar. Es que del Gijón ya se ha hablado mucho: de la concentración de Ruano, del premio fundado por Fernán Gómez, de la noche en que llegó Umbral y del caro menú de verano en la terraza. El Comercial era la colmena que inspiró a Cela y en sus veladores, siendo uno universitario, dejaba voluntarioso los números de su revista literaria. Ambos locales desafían aún a esa clase de traumática alteración –franquicia, entidad bancaria, sede institucional, boutique o pub- que llevamos registrada.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el proceso de la decadencia tertuliana.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el triste proceso de la decadencia tertuliana.

Hablemos por último del Café Lion, verdadero place to be durante la edad de plata de nuestra literatura. Mientras en la planta superior hacían tertulia los del 27, en el sótano llamado de La Ballena Alegre componían el Cara al Sol los escritores falangistas comandados por José Antonio. Se cruzaban unos y otros camino del baño en plena II República, pero durante un tiempo aún prevaleció la fraternidad de la pura inteligencia: no hay que olvidar que Lorca cenaba los viernes con Primo de Rivera, amigos inequívocos. Tras la guerra, el Lion aún fue destino de los Sastre, Ferlosio y Aldecoa. Ahora aquello es el James Joyce, y el simpático irlandés que lo regenta nos cuenta la historia de cómo la iglesia irlandesa subastó los muebles de sus templos para resarcir a las víctimas de la pederastia. Nos señala orgulloso la madera de sus veladores, iluminados por vidrieras con efigies de escritores españoles e irlandeses.

-¿Y por qué Saramago?

-Me equivoqué. Pensaba que era español…

En el viejo Madrid eso nunca le habría pasado. Los conocería a todos.

(Jot Down, número 4, junio de 2013)

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21 junio, 2013 · 15:52

Fado militar de José Mourinho

Acaba de morir el hombre que dijo que el poder desgasta al que no lo tiene: Giulio Andreotti. Y acaba de confirmar su salida del Real Madrid el entrenador que según decían tenía todo el poder, pero que se desgastó porque en realidad nunca lo tuvo: José Mourinho. Se va precisamente por eso, por falta de poder. De haber tenido el poder que Ferguson ostentó en el Manchester, su estancia en el Madrid habría sido más duradera y su salida tan plácida y unánime en el elogio como la del noble escocés. Pero esto es España, no Gran Bretaña: nosotros inventamos la guerra de guerrillas y ellos la flema británica.

de: de:José Mourinho - Inter Mailand en: en:Jo...

Un hombre y su destino.

Es evidente que José Mourinho militarizó el Real Madrid. Anteriormente había militarizado el Oporto, el Chelsea y el Inter, desplegando campañas victoriosas con cada uno de ellos. El Real Madrid venía de ser eliminado por el Alcorcón en la Copa del Rey y por el Olympique de Lyon en octavos de final de la Champions League por sexto año consecutivo.

Y lo que era peor y más sangrante, literalmente irrespirable de hecho: su decadencia competitiva coincidía con el esplendor imperial del eterno antagonista capitaneado por Pep Guardiola, quien a su vez se había beneficiado de la laureada herencia de Frank Rijkaard. Urgía militarizar al club blanco o hundirse en una década ominosa de abulia institucional y rencor de equipo pobre, y Florentino Pérez tomó la decisión correcta: contratar al único hombre que ofrecía garantías creíbles de interrumpir primero y revertir después la hegemonía futbolística del Barça.

Por semejante garantía, como por todo servicio mercenario de élite, había que pagar un precio. Algunos lúcidos augures ya vaticinaron entonces que ese precio acabaría resultando demasiado alto para la racanería espiritual de una afición pacata y rumiante, devota de su espejo y de la pipa, bien nutrida de colesterol mediático y poco habituada a la marcialidad. Esa confortable posición de privilegio no es sino el daño colateral que inflige la conciencia de poseer el mejor palmarés del mundo en una Meseta con pocos motivos adicionales de orgullo desde la desocupación de El Escorial: debemos entender que el ‘piperismo’ ocupa un rango de prosperidad tan deseable como la carnosidad femenina entre los coetáneos de Rubens. Pero para ganar títulos se necesita estar delgado.

Para ganar habría que despojar a la plantilla del cómodo chándal del fatalismo y también de la película protectora que le tejía esa prensa beneficiada por sus filtraciones y restituir valores ásperos como la disciplina, la autoridad, el control, la independencia, la jerarquía, la meritocracia, el silencio y la amnesia, que es lo contrario del estatus. Más o menos las cosas que enseñaban a los chicos en Esparta. Esparta sabía que Atenas tenía más talento, pero la venció cuando se convenció de que la épica lacedemonia podía despertar tanto terror y tanta piedad como el afamado teatro de los atenienses.

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21 mayo, 2013 · 14:35

¿Quién es Hughes?

La identidad del joven columnista Hughes es uno de los misterios mejor guardados del articulismo español contemporáneo. Sólo unos pocos elegidos -y el periódico ABC, que es el que le paga- estamos en el secreto y en disposición de aseverar que se trata de un hombre de carne y hueso, capaz de ingerir chupitos como el más pintado. En prensa Hughes fue primero un sombrero, muy parecido a la boa que tragó un elefante en El principito. Era un sombrero que firmaba unas contracrónicas maravillosas en La Gaceta, adonde le trajimos Maite Alfageme y yo, que tuve que ir a Valencia a buscarlo con la excusa de un reportaje sobre Camps, y de la farra inaugural de nuestra amistad contraje una fiebre que duró seis días. Era enero de 2012. Aquel verano logramos que Hughes dejara el sombrero por una foto tamaño carné, y meses después nos lo robaba el ABC, con impecable criterio. Si llega a deponer el seudónimo hoy quizá estaría en el Post.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Bustos y Hughes en la Plaza de Tribunal, primavera de 2012.

Hughes es un escritor de periódicos que ha inventado muchas cosas, entre ellas el mourinhismo, criatura terrible que nunca devoró a su creador, como les sucede a los gregarios. Hughes crea cosas sin parar porque tiene el don wildeano del individualismo irreductible, y todo lo que tiene éxito, aunque sea invención suya, enseguida le parece una horterada. Una fachenda, que diría Pla. No se siente cómodo en un pelotón de más de dos, lo cual le obliga a ir siempre de escapado. No es problema porque tiene pulmones de sobra para ello. Escapándose de continuo, pedaleando sobre ese fraseo copulativo de imágenes siempre novedosas, de adjetivaciones no dichas -porque Hughes padece una aversión genética, finísima, al puto lugar común, aunque sea un lugar común de la semana pasada-, sacando ventaja del sectarismo por su espíritu liberal ancho y perfecto, ha ganado la condición de columnista de culto, aunque él, melancólicamente, quisiera serlo popular. Como si la miel se hiciera para la boca del asno.

La revista digital Unfollow acaba de publicarle esta suave sátira sobre el boyante, omnímodo oficio de tertuliano. Es exactamente el cuento que sobre el particular escribiría hoy Miguel Mihura:

LA TOS DEL TERTULIANO

Ildefonso Alamares estaba en un momento dulce. Además de escribir sus columnas, colaboraba en varias tertulias políticas en radio y televisión. Incluso le llamaban para participar en Tertulias Plurales, que era donde más pagaban. Cierto es que estas tertulias tenían sus riesgos. Un día Pilar Gramola le mordió un pie. En otra ocasión, un antagonista le interrumpió tantas veces que tardó una hora en construir su primera frase.

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La ilusión de vender periódicos

Manuel Jabois, aquí de cuerpo entero, pasó fugazmente por Madrid para arreglarse la barba. Precisamente ese día lo había consagrado yo a talarme la melena, con lo que la cita para intercambiar experiencias capilares pareció obligada. Cenamos al tibio crepúsculo de Madrid, que será su Madrid muy pronto, prontísimo. Su primer cometido consistirá en desmentir la condición mitológica que le aureolea, pues por aquí ya cuchicheaban sobre él como los escoceses sobre el ictiosaurio de Ness, solo que en este caso la criatura existe, e incluso se arregla la barba. Ya les dije a Manuel y a Ana que pueden contar con mis pugilísticos brazos para la mudanza. Espero que Ana no se tome la declaración -puramente retórica, nacida de la expansión sentimental- al pie de la letra. Buenas son las mujeres.

Bienvenidos. Se os aguarda para rendir la capital. Tomaremos los rehenes que sean necesarios.

***

Recuerdo vívidamente la impresión lingüística -yo he sido un niño de impresionabilidad lingüística, y lo sigo siendo- que me causó la lectura de la primera crítica taurina. La firmaba Vicente Zabala Portolés en ABC, y me ganó para siempre esa parla ultratécnica pero llena de color, a caballo exacto entre lo científico y lo popular, decantación del miedo y la pericia acumulados por los toreros y por la afición durante siglos. Aquí, una magnífica muestra de mi amigo Márquez. Si la actual crónica política -con su abuso de la prosa teletipesca- profesase la misma riqueza expresiva y parecida atinencia a la precisión, los periódicos se seguirían vendiendo.

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