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Cristiana sepultura

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El tirano.

Desde hace años el Real Madrid acostumbra a formar con un orden ofensivo llamado BBC. Son tres jugadores bastante buenos que han dado unos cuantos títulos al Madrid. El resultado del mantenimiento de ese orden equivale al que obtenemos de su negación: el Madrid gana en Champions jugando con la BBC o sin ella. La BBC es la tesis de un Madrid dialéctico que, forzado a rotar por lesión o por capricho técnico, acaba ofreciendo una misma síntesis, es decir, la hegemonía europea. Si este año el Madrid conquista la Liga, o la Champions, o ambas, nadie podrá explicar cómo lo ha hecho a falta de Hegel, que está muerto. El Madrid, en cambio, en primavera y en Europa, suele estar vivo.

Era Isco el jugador propuesto por el pueblo para suplir a Bale, y Zidane, que no por votar a Macron deja de ser pueblo, atendió la demanda con tanta solicitud como perseverancia probó alineando a Benzema, a quien las tricoteuses esperan a pie de guillotina. Tampoco Cristiano se salva del furor iconoclasta: duele recordar que lo tasan mejor los antimadridistas con su miedo que el ‘pipero’ con su cicatería. No sólo cumplió en su avatar de ariete biónico sino que recuperó su memoria de extremo profundo: desborde y centro. Cristiano tiene con el gol la relación del tirano con el poder. En el segundo tuvo tiempo de vestirse de mameluco antes de fusilar a Oblak. Por fardar de banquillo Zidane sacaría después a Asensio y Lucas, pero bastó un solo hombre para dar Cristiana sepultura al Atleti.

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3 mayo, 2017 · 10:50

A las armas, ciudadanos

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Llamado a reformar.

Al barrio francés de Madrid lo llamamos de Justicia porque el Tribunal Supremo y la Audiencia Nacional enmarcan la hermosa plaza de la Villa de París, a la que se asoma la fachada del Instituto Francés, partida cada noche por un haz tricolor de luz roja, blanca y azul. Muy cerca, de la puerta del consulado, brotaba ayer una larga cola de votantes residentes en España. Estaban llamados a reventar el sistema o a reformarlo.

Sospecho que la mayoría de ellos, por haber experimentado la facilidad europea para instalarse en un país vecino, votó por lo segundo. Pero hace ya tiempo que sobrevaloramos la lógica cuando pronosticamos el sentido del voto en Occidente. Lo prueba el hecho de que los votantes de Mélenchon, en caso de que su extremista de izquierdas no pase a la segunda vuelta, declaran en las encuestas que se pasarán en masa a la extremista de derechas. La idea es que todo se vaya a tomar por culo, con uno o con otro, pero que se vaya. Romper la baraja y que vuelvan a repartir cartas como en 1789 (ignoran que entonces ya las dieron trucadas, pues nunca fue una revolución del pueblo sino de clase: la burguesía contra la aristocracia). Y a ver si hay más suerte con la nueva mano, que lo viejo nos ha decepcionado demasiadas veces.

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24 abril, 2017 · 10:38

La dignidad de Cataluña

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Polifonía rota por la causa.

Ayer se celebró una efeméride poco recordada, y eso que afectaba directamente al periodismo, que es el receptáculo natural de toda efeméride. Se cumplían seis años del editorial conjunto titulado ‘Por la dignidad de Cataluña’, publicado un 26 de noviembre de 2009 y suscrito por doce periódicos con sede en Cataluña

He releído la pieza con atención. «Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa», encabezaba el editorial uno de sus párrafos de prosa calculadísima, a un tiempo templada y pasional. Se trata de una cumbre del género florentino: esa sutil presión que carga la llamada a la conciliación con la advertencia de la represalia. No era un editorial de periódico sino de nación, y el hecho de que en Madrid causara escándalo y orgullo en Cataluña ya auguraba una divergencia irreductible: un periódico madrileño aspira a revelar algo que haga daño al Gobierno, aunque en el peor de los casos sea mentira, mientras que un periódico catalán propende al control de daños de su Generalitat, aunque en el mejor de los casos el daño lo inflija la verdad. Esto solo sucede cuando el oficio, cuya única causa ha de ser la información, abraza con desarmante naturalidad una causa alternativa que juzga superior, y que Jordi Pujol -el editorialista mayor de Cataluña- sintetizó en la expresión «hacer país». Ahora bien: cuando los colegas catalanes deciden hacer país no a través de la ocultación sino precisamente de la transparencia, como hizo ‘La Vanguardia’ cuando filtró la crispada reunión de los pretorianos de Mas, hay que reconocer que logran una repercusión inalcanzable Ebro abajo.

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27 noviembre, 2015 · 10:18

Del Danubio al Llobregat

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

Me avisaron de que Viena era una ciudad demasiado perfecta. De que un español corre allí el riesgo de escandalizarse ante la buena educación de los vieneses, el silencio que reina en vagones y restaurantes atestados, la pulcritud de las aceras, la devoción con que se orienta al extranjero, el orgullo imperial que centellea en su arquitectura o el triunfo burgués que consagra la Ringstrasse. Entiendo que tanta perfección resulte indignante, pero confieso -no sin vergüenza- que yo no tuve ningún problema para asimilarla. Disculpen ustedes la maldad si digo que Viena conserva el tranvía, como Lisboa y a diferencia de mi Madrid, porque hay algo que ver en la superficie.

Ahora bien. Si perfecto es sinónimo de completo, para que la perfección sea cabal debe incluir lo imperfecto. Y ahí es donde Viena da su planetario do de pecho. Porque por debajo del barroco abigarrado de San Pedro y San Carlos, o de la monumentalidad convencional del distrito museístico, la Viena de la Belle Époque prohijó la vanguardia artística e intelectual más desatada, según rememora Zweig a lo largo de cinco páginas estelares de El mundo de ayer. Es entonces cuando el doctor Freud funda el psicoanálisis para revolucionar no ya la psicología, sino el mismo ejercicio de la crítica cultural. Y es entonces cuando Gustav Klimt abandona la fidelidad fotográfica de sus inicios para construir la imagen onírica de la mujer moderna; un desafío a las convenciones más histéricas que sus discípulos Egon Schiele y Oskar Kokoschka profundizaron hasta los extremos perturbadores que cuelgan de las paredes del Belvedere. Por no hablar de lo que Schönberg y Berg hicieron con los bailes de salón de los Strauss (maravillosos, por lo demás).

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Traemos al finado André Glucksmann al Parnasillo de COPE

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13 noviembre, 2015 · 18:21

La pirula

La noche nos confunde.

La noche nos confunde.

El taxi bajaba por la calle de la Colegiata de San Isidro y yo viajaba en él, y tenía prisa porque me estaban esperando. Así que al llegar a la altura de la Cava Baja le sugerí al taxista que me ahorrara un fastidioso rodeo girando a la izquierda. El taxista, con suave acento sudamericano, objetó que esa maniobra estaba prohibida, cosa que yo ya sabía. Los dos nos tomamos unos segundos para asegurar la escena del precrimen; al verla despejada de sirenas y uniformes, el taxista cedió a mi insistencia y giró a la izquierda.

Fue salir del giro y topar de frente con una pareja de agentes de movilidad que nos hacían señales para que nos echáramos a un lado de la calzada. Una insidiosa furgoneta de reparto los había ocultado a nuestro vistazo preventivo. El taxista maldijo en voz baja, con más pesar que ira. Se percató rápidamente de lo que venía a continuación, aunque no dudó en delatarme cuando el agente se acercó a la ventanilla.

-El cliente me dijo que hiciera la pirula…

-Pero usted decidió hacerla. Usted conducía, así que la denuncia es para usted. Si el cliente quiere pagársela, es cosa suya.

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23 octubre, 2015 · 11:48

Ignacio González y el último corrillo

Últimas mañanas con González.

Últimas mañanas con González.

La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.

Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.

En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.

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Política primate

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Cada vez van quedando menos razones para sostener que los humanos no somos como los demás primates. En campaña, especialmente, el hallazgo de la diferencia requiere un examen detenido. La definición del barón FitzRoy Richard Somerset -«cultura es más o menos lo que hacemos nosotros y los monos no hacen»- naufraga estrepitosamente cuando a «cultura» se le añade el adjetivo «política». En la cultura política de Madrid, por ejemplo, es natural que un presidente autonómico se engorile contra el periódico que le recuerda no ya que ocupa un cargo para el que no fue elegido, sino que ocupa un ático que le eligió un testaferro de Beverly Hills. Y ya que los pisos de veraneo de nuestros representantes son elegidos en Los Ángeles, yo desearía al menos que el orden de sus escaños lo eligiéramos aquí.

Ocurre que los madrileños no sabemos todavía si en mayo habremos de optar por Ignacio González, por Enrique Cerezo o directamente por Rudy Valner, el rumboso testaferro -que es nombre de cartelón electoral no puede negarse, Dolores-, porque Rajoy contempla el aporreamiento de pecho de González desde la copa del árbol monclovita, con la displicencia propia de un viejo espalda plateada. Los partidos, como las manadas, forman grupos fuertemente jerarquizados donde las decisiones las toma el macho alfa. De vez en cuando despistan al primatólogo invocando primarias, pero cuando en la jungla resuena el tam-tam electoral y otros grupos pugnan por el mismo territorio, se termina la ficción humanitaria y el más débil -pongamos que un Gómez– es expulsado en el santo nombre de Darwin, que no era más que un seudónimo de D’Hondt, como saben ustedes.

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Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

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25 mayo, 2014 · 1:49