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Del Danubio al Llobregat

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

El autor, en la casa donde Beethoven hizo testamento. Heiligenstadt, Viena.

Me avisaron de que Viena era una ciudad demasiado perfecta. De que un español corre allí el riesgo de escandalizarse ante la buena educación de los vieneses, el silencio que reina en vagones y restaurantes atestados, la pulcritud de las aceras, la devoción con que se orienta al extranjero, el orgullo imperial que centellea en su arquitectura o el triunfo burgués que consagra la Ringstrasse. Entiendo que tanta perfección resulte indignante, pero confieso -no sin vergüenza- que yo no tuve ningún problema para asimilarla. Disculpen ustedes la maldad si digo que Viena conserva el tranvía, como Lisboa y a diferencia de mi Madrid, porque hay algo que ver en la superficie.

Ahora bien. Si perfecto es sinónimo de completo, para que la perfección sea cabal debe incluir lo imperfecto. Y ahí es donde Viena da su planetario do de pecho. Porque por debajo del barroco abigarrado de San Pedro y San Carlos, o de la monumentalidad convencional del distrito museístico, la Viena de la Belle Époque prohijó la vanguardia artística e intelectual más desatada, según rememora Zweig a lo largo de cinco páginas estelares de El mundo de ayer. Es entonces cuando el doctor Freud funda el psicoanálisis para revolucionar no ya la psicología, sino el mismo ejercicio de la crítica cultural. Y es entonces cuando Gustav Klimt abandona la fidelidad fotográfica de sus inicios para construir la imagen onírica de la mujer moderna; un desafío a las convenciones más histéricas que sus discípulos Egon Schiele y Oskar Kokoschka profundizaron hasta los extremos perturbadores que cuelgan de las paredes del Belvedere. Por no hablar de lo que Schönberg y Berg hicieron con los bailes de salón de los Strauss (maravillosos, por lo demás).

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Traemos al finado André Glucksmann al Parnasillo de COPE

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13 noviembre, 2015 · 18:21

La pirula

La noche nos confunde.

La noche nos confunde.

El taxi bajaba por la calle de la Colegiata de San Isidro y yo viajaba en él, y tenía prisa porque me estaban esperando. Así que al llegar a la altura de la Cava Baja le sugerí al taxista que me ahorrara un fastidioso rodeo girando a la izquierda. El taxista, con suave acento sudamericano, objetó que esa maniobra estaba prohibida, cosa que yo ya sabía. Los dos nos tomamos unos segundos para asegurar la escena del precrimen; al verla despejada de sirenas y uniformes, el taxista cedió a mi insistencia y giró a la izquierda.

Fue salir del giro y topar de frente con una pareja de agentes de movilidad que nos hacían señales para que nos echáramos a un lado de la calzada. Una insidiosa furgoneta de reparto los había ocultado a nuestro vistazo preventivo. El taxista maldijo en voz baja, con más pesar que ira. Se percató rápidamente de lo que venía a continuación, aunque no dudó en delatarme cuando el agente se acercó a la ventanilla.

-El cliente me dijo que hiciera la pirula…

-Pero usted decidió hacerla. Usted conducía, así que la denuncia es para usted. Si el cliente quiere pagársela, es cosa suya.

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23 octubre, 2015 · 11:48

Ignacio González y el último corrillo

Últimas mañanas con González.

Últimas mañanas con González.

La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.

Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.

En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.

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Política primate

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Magnífico ejemplar de jefe de partido.

Cada vez van quedando menos razones para sostener que los humanos no somos como los demás primates. En campaña, especialmente, el hallazgo de la diferencia requiere un examen detenido. La definición del barón FitzRoy Richard Somerset -«cultura es más o menos lo que hacemos nosotros y los monos no hacen»- naufraga estrepitosamente cuando a «cultura» se le añade el adjetivo «política». En la cultura política de Madrid, por ejemplo, es natural que un presidente autonómico se engorile contra el periódico que le recuerda no ya que ocupa un cargo para el que no fue elegido, sino que ocupa un ático que le eligió un testaferro de Beverly Hills. Y ya que los pisos de veraneo de nuestros representantes son elegidos en Los Ángeles, yo desearía al menos que el orden de sus escaños lo eligiéramos aquí.

Ocurre que los madrileños no sabemos todavía si en mayo habremos de optar por Ignacio González, por Enrique Cerezo o directamente por Rudy Valner, el rumboso testaferro -que es nombre de cartelón electoral no puede negarse, Dolores-, porque Rajoy contempla el aporreamiento de pecho de González desde la copa del árbol monclovita, con la displicencia propia de un viejo espalda plateada. Los partidos, como las manadas, forman grupos fuertemente jerarquizados donde las decisiones las toma el macho alfa. De vez en cuando despistan al primatólogo invocando primarias, pero cuando en la jungla resuena el tam-tam electoral y otros grupos pugnan por el mismo territorio, se termina la ficción humanitaria y el más débil -pongamos que un Gómez– es expulsado en el santo nombre de Darwin, que no era más que un seudónimo de D’Hondt, como saben ustedes.

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Id por todo el mundo y predicad la Décima

Sergio Ramos. The Legend.

Sergio Ramos. The Legend.

El balón sale del córner y dibuja una parábola suave. En el silencio crispado del fondo sur hemos oído el chasquido de la bota al golpearlo. Es una parábola larga como el horizonte que parece que no va a cesar. Entonces lo veo. Veo a Ramos elevarse como una marioneta. Unos hilos invisibles tiran de él desde el cielo. Veo los hilos y veo a Ramos ascendiendo. Lo veo. Y veo que la puede tocar. Veo que la toca. Hay contacto, yo lo he visto. Lo siguiente que recuerdo es el balón cayendo dócilmente al lateral interno de la red. Nunca he abrazado a nadie como al señor canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a cuyo lado había sufrido durante 93 minutos exactos. Querré a ese aficionado toda mi vida, toda mi vida lo querré. Y cuando me encuentre en el lecho de muerte, ojalá que dentro de muchos años, la última persona que recordaré al irme de este bendito mundo será el aficionado canoso de la camiseta de Hugo Sánchez a mi izquierda. Y también el director de la película Real, que resultó ser el padecedor de mi derecha.

No hubiera sido justo perder así. La segunda parte fue una sucesión de oleadas de fe blanca muriendo en la orilla de Courtois. Y había sido también la vergonzonería canchera de los jugadores de Simeone abusando de la croqueta como si les fuera el premio Max en ello. Solo la contumacia gafe de Bale y la convalecencia clamorosa de Cristiano y la desconexión existencial de Karim habían evitado el empate hasta entonces. Pero la suntuosa BBC no ganó este partido, aunque en la prórroga el galés y el luso sacaron el orgullo y clavaron su gol inmisericorde sobre la nuca doblada del Atlético. Este partido –¡la Décima ya es Real!– lo ha ganado un regateador famélico llamado Ángel Di María, que supera contrarios como si verdaderamente le fuera el pan en ello, y una raza quintaesenciada en sevillano de quien ya Sófocles escribió: “¡Qué cosa terrible y maravillosa es Sergio Ramos!”

A la prórroga el fondo sur se fue rugiendo y ya no calló. Nos abrazábamos en los baños con la cremallera a medias, qué se le va hacer. El madridismo es así: tarda en calentarse, nunca podrá presentar frente a la aguerrida tribu india la batalla de los decibelios. Cuando cae el tifo sobre la grada blanca experimentamos un cierto agobio de invernadero, más que orgullo de haka amenazante. Hasta que se desencadena algo al borde de la tragedia que da paso a la épica y que desprecinta el furor y lo derrama por todo el estadio. Lo hizo Ramos y así debe reconocérsele en los anales. Ya tiene su Copa de Europa, y a fe que su nombre podría grabarlo en la plata el buril. Fue el primero en saltar al campo tras los porteros y lo primero que hizo fue pegar un pelotazo al aire, rabioso. Estuvo atento a las ayudas, inteligente en el corte y los errores en el desplazamiento largo del balón fueron veniales. Se dirigía a la grada para levantar al público. Y en el pitido final hizo el paseíllo ondeando su camiseta como blasón de conquistador.

Raras veces las finales son vibrantes, pero el tiempo reglamentario de esta había oscilado entre el tedio y la agonía. Los del Cholo no buscaban otra cosa porque no cambian lo que les va bien. Ancelotti amuralló el medio del campo, eligiendo a Khedira por Illarra para la reyerta previsible del círculo central. Modric podía así adelantarse para crear juego con alguna despreocupación. Pero la baja de Xabi Alonso se notaba a raudales. Faltaba criterio y cemento, dos virtudes que ninguno otro como el vasco reúnen en un solo pie. Di María al principio no quería alegrarse por banda porque sabía que tendría que doblar turno en las coberturas. Lo acabaría haciendo porque es tan delgado que se conoce que no se cansa y porque tiene unas pelotas que por mí puede recolocarse las veces que quiera.

Varane cumplió el desafío constante de las jugadas a balón parado del Atleti, y Carvajal se acalambró en la prórroga a fuerza de sellar las internadas rivales con celo y seriedad. ¿Será hora ya de que se señale la pobreza ofensiva del Atleti? Costa no parecía lesionado pero tampoco galopaba como esperaríamos de su terapia: fue sustituido al minuto nueve. Sin su pegada, un gol rojiblanco siempre y solo es el fruto de un tumulto aéreo. Y vaya por delante que la gesta de Simeone este año sigue intacta. Sencillamente no podían ganarle una Champions al Madrid. No lo permite el código de Hammurabi.

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25 mayo, 2014 · 1:49

Fábula del mimo perfecto

Mimo redentor.

Mimo redentor.

En el país del paro el mimo es el rey. Si hay un arte netamente español es el de quedarse parado, pararse como se paran los mimos de la Puerta del Sol y de la plaza Mayor, de la calle Postas y de la plaza de Oriente. Una industria florece silenciosa y quedamente en el noble centro de Madrid, kilómetro cero –inmóvil– de una España que laboralmente no sabe echar a andar por mucho que suban las exportaciones y vuelvan los inversores, porque los inversores vuelven pero no contratan, o contratan tan precariamente que vale más quedarse parado.

Y esto lo han entendido mejor que nadie los buscavidas urbanos de calderilla, los comediantes de un arte menor, efímero, antiacadémico y callejero, libadores de la impresionabilidad turística, verdaderos emprendedores en un negocio sin otra norma que detenerse de la forma más original posible. Con horma en vez de norma.

El paradójico negocio de pararse ha de reinventarse cada día a fin de seguir impresionando al turista que ayer cruzó la plaza y echó el euro al cesto para desafiar una quietud perfecta. El turista hace sonreír a Adam Smith premiando con una moneda la bonita paradoja del mimo: el espectáculo que, para continuar, debe aquietarse. El turista elegirá siempre al mimo más arriesgado, a la estatua humana menos respirante, al equilibrista inasequible a los calambres. Pero otros mimos en la misma plaza compiten con él por pararse en una posición aún más complicada, soportando un maquillaje más espeso. Y así se construye una estampa urbana de liberalismo purísimo donde nadie regala nada y solo se premia la creatividad, reinando la meritocracia absoluta del ingenio y el mecenazgo ciudadano del arte sin subvención.

El cronista, afortunado por avecindarse en este Silicon Valley de la mímica que se extiende por las inmediaciones de Vodafone Sol, los ve cada día cambiarse bajo su manta verde, abultándola como gato en un saco mientras dura la metamorfosis, capullo del que emergerán convertidos en otra cosa más bella y más inútil: un minero de arcilla, con su boca de pozo y todo; dos chinos meditando uno encima del otro, unidos por un bastón; una lucha terrorífica de Alien contra Predator en la que vence quien mejor logra congelar su fiereza. Hace no mucho, en la era analógica del mimo, los artistas del quietismo buscaban el aplauso amparándose en la elementalidad de Charlot o la obviedad del Discóbolo. Pero la disciplina se va sofisticando, atraviesa su renacimiento y alcanza ya su manierismo, y hasta algunos artistas caen en un barroquismo gratuito, o son arrastrados a reyertas suburbiales como Caravaggio, o se entregan a la autodestrucción del brick de Solán de Cabras.

Hay muchas familias en el sector del saltimbanquismo civil. Está el monigote de Walt Disney que persigue el favor del niño y la limosna del padre. Hay el muñeco de la factoría Simpson que se orienta al turista yanqui de foto fácil. El superhéroe de Marvel refuta sus poderes con la exhibición inocultable de una panza humana, demasiado humana. De un lado a otro deambula inquieto el almirante sin cabeza, y ahora que es Navidad bueno será que no se lleve el inexorable Papá Noel la propina que merecen disfraces más creativos pero menos pertinentes.

Pero el oficio de estos titiriteros no iguala en exigencia física y psíquica el arte superior del mimo urbano. Estarse quieto y callado es una cosa muy difícil, por si no lo sabían. En España el silencio y el estatismo se consideran signos precursores del rigor mortis, de ahí que los españoles sean especialistas en no hacer nada a toda leche, y en consecuencia lideran las tasas del otro paro: el paro no estético sino estadístico. Pocas cosas tan españolas como la premura improductiva, la revolución de café, el toreo de salón. Por eso pasma el mimo que se sube a su cajón a las nueve de una mañana de diciembre y no se mueve hasta la hora del bocadillo, que se comprará con las monedas que le hayan arrojado los paseantes admirativos.

¿Qué pensará el mimo mientras no hace nada? ¿Maldecirá al joven que pasa a toda prisa frente a él con el móvil pegado a la oreja? ¿Se entretendrá ideando una escenografía más impactante, es decir, destinando recursos mentales a la I+D de su negocio? Y sobre todo: ¿cómo hace para no tiritar?

Kafka imaginó a un artista del hambre que languidecía en su jaula ante un público expectante. Durante un tiempo es considerado el más grande ayunador de todos los tiempos, y su empresario se forra exhibiéndolo como tal. Hasta que los espectadores, rehenes impenitentes de la última novedad, pierden interés por el hambriento perpetuo. En la fábula kafkiana el artista muere víctima de su propia perfección artística, cuyo secreto no era otro que la falta de apetito. Su jaula la acaba ocupando una pantera que vuelve a arremolinar tras los barrotes al pueblo curioso.

En alguno de mis paseos puertasolinos (Ramón) descubriré un día al mimo perfecto, al inapetente total de movimiento, al Miguel Ángel de la estatuaria apenas palpitante. Lo reconoceré porque un día se subirá a su cajón y ya no se bajará. Su cuerpo paralizado será donado al Museo Antropológico y allí quedará como el más extremo símbolo de una determinada coyuntura económica en España, del mismo modo que la mujer de Lot simboliza la nostalgia de Sodoma y Gomorra: el último exvoto de la iniquidad. Será entonces cuando empecemos salir de la crisis.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de diciembre de 2013)

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El Madrid, campeón de Brasil 2014

Mundialistas.

Mundialistas.

En el vestuario del Madrid está ahora mismo el próximo campeón del mundo, solo que no lo sabe. Ningún otro equipo puede garantizar con tanta certidumbre este pronóstico, porque ningún otro equipo encarna el ideal de la universalidad, del cosmopolitismo, de la modernidad, como el Real Madrid. Es cierto que el nacionalismo siempre ha casado bien con el fútbol, pues el deporte rey es precisamente una continuación simbólica de la guerra por medios lúdicos, y es inevitable que las aficiones profesen por los colores de su equipo un sentimiento muy cercano al patriotismo de antaño. Los hay incluso que van tan lejos en la identificación entre fútbol y política que se ven a sí mismos como ejército desarmado, o prestan sus instalaciones para aquelarres sectarios, o se sirven de puestos directivos para proyectar sus delirios de sigla y escaño.

El Real Madrid, sin embargo, es una excepción insólita a esta norma emocional en todos los rincones del planeta fútbol. El club blanco es demasiado grande para servir a una idea política o pastorear mentalidades uniformes. Cierto: es el equipo de la mayoría de los madrileños. Pero su historia gloriosa, su presente pujante, su futuro esperanzador han logrado trascender el vínculo con el terruño: el Madrid se define antes por el tiempo –su leyenda en marcha– que por el espacio: la capital de España. Tan madridista es el filipino que ahorra durante meses para pagarse el vuelo al Bernabéu en una noche de Champions como el viejo peñista de Chamartín. Incluso puede que más. Y esto, señores, es un valor incalculable, y de hecho profético en la era de la globalización.

Que otros presuman de custodiar las esencias de la aldea. El Madrid presume de tener a los mejores allí donde hayan nacido, de cobijar a los emblemas de las selecciones mundialistas que el domingo analizaron juntos el sorteo del Mundial de Brasil, en una foto que otro equipo enmarcaría para los restos y aquí no es más que la rutina feliz de la excelencia. Algunos madridistas están tan acostumbrados a esta capitalidad deportiva universal que no comprenden que la grandeza del Madrid no está asegurada a terceros como una póliza, sino que se sostiene contra el viento del resentimiento de burócratas o plumillas y la marea de los nuevos ricos, rusos o árabes, que tratan de hacer en cinco años lo que costó cien. Ciertos aficionados del Liverpool o del Benfica también pensaron que su hegemonía duraría para siempre. Pero Stradivarius solo hubo uno, y el secreto perenne de sus violines exige un cuidado constante.

Volvamos a la foto. “Va a ser un placer jugar contra Lukita”, declaró allí Marcelo. “Tienen el derecho a decir lo que quieran, pero yo nunca subestimaría a Croacia”, advirtió el propio Modric, que a mi juicio será la primera gran estrella que debute en Brasil. Casillas pidió prudencia, Cristiano repitió que daría lo mejor –como si supiera hacer otra cosa–, Benzema aún se felicitaba por la clasificación y Di María oculta a duras penas la conciencia nacional de favorita, condición que Argentina, por otro lado, se arroga por defecto.

Podemos decir que la mejor selección del mundo ya lleva tiempo jugando junta. Veremos este verano cómo lo hace por separado.

(La Lupa, Real Madrid TV, miércoles 11 de diciembre de 2011)

La emisión, algo defectuosa pero inteligible, aquí.

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Carta abierta a Sami Khedira

[Reproduzco a continuación, por petición popular que agradezco sentidamente, la carta abierta a Sami Khedira que se ha leído hoy, miércoles 20 de noviembre, en la tertulia de Real Madrid TV. Puedo avanzar a los espectadores de Real Madrid TV que andamos trabajando en una nueva sección que han tenido la irresponsabilidad de encargarme a mí, y de la cual esta carta a Khedira ha sido la primera muestra. Habrá más, y si contra todo pronóstico la idea os gusta y la sección cuaja, me tendréis escribiéndola con regularidad bajo el nombre de «La Lupa». Serán piezas sobre la actualidad del Real Madrid desde un ángulo más literario que informativo, en la convicción de que literatura y madridismo maridan tan bien como las uvas y el queso. Iré subiendo aquí los textos de momento. Gracias a todos de veras por vuestro interés lector y espectador]

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado.

Admirado Sami:

Cuando viniste a Madrid quizá te dieron algunas nociones básicas sobre la cultura y la geografía locales. Te dirían por ejemplo que Madrid se levanta sobre una meseta, y sin embargo yo creo que se parece más bien a una sabana. A una sabana africana donde si no eres león, corres el peligro de ser cebra, y que te devoren los leones, y luego te rematen las hienas, y por último te apuren los buitres.

En el ecosistema extremo que forma el tristemente famoso entorno del Real Madrid tú nunca has contado con muchos apoyos. Y eso que te apuntaste enseguida a clases de español para aprender pronto el idioma, porque si algo te sobra es aplicación, y diligencia, y esfuerzo de buena cuna alemana. Esa aplicación que los carroñeros del ecosistema no valoran, pero que te vuelve imprescindible en la mejor selección alemana de los últimos tiempos y en el mejor Real Madrid del último lustro. Ancelotti ya había encontrado el equilibrio anhelado sobre la base de tu generoso derroche y la compañía inteligente y creadora de Xabi y Modric. Pero esa presencia tuya tan imponente, a los ojos del entorno carroñero, se convierte paradójicamente en ausencia. Y así vemos cómo todos se entusiasman ahora buscándote sustituto en el medio campo, conjeturando cambios tácticos, reivindicando a sus cromos favoritos que no juegan todo lo que les gustaría quizá porque no hay otro que se sacrifique como tú.

Has venido a romperte los ligamentos en uno de esos bolos estúpidos que patrocina la FIFA del gran bufón, pero en los medios apenas se te ha concedido un duelo rácano. No diré que se alegraran de la noticia, pero yo los he visto volar ya en círculo sobre tu cuerpo doblado. Tú también los viste hace tiempo, y por eso te desahogaste en aquella entrevista que clamaba por un respeto imposible en esta selva.

Alemania te espera para el Mundial: allí no tienen dudas. Aquí tampoco las tiene el míster, que te había otorgado la importancia que mereces. Pero ahora pasarás seis meses fuera de la pradera, donde luchas y te reivindicas silenciosamente, y es posible que te asalte de nuevo la amargura. Por si te pasa eso, recuerda que también vive en la sabana un madridismo bien nacido que te querría escribir una carta de apoyo sin plazos ni preguntas, sin alternativas ni olvidos. Eres el guerrero masái de nuestro centro del campo. Y esperamos el retorno del guerrero.

Y ahora descansa, lee mejor un libro que la prensa y déjate cuidar por tu señora. Pronto te pondrás en pie y volverás a espantar a los buitres.

(La Lupa, Real Madrid TV, miércoles 20 de noviembre de 2013)

La locución aquí a partir del 23:15.

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