Archivo de la etiqueta: La sombra de Caín

Guipúzcoa, capital Estocolmo

En el bar La Cepa de la calle 31 de Agosto, en San Sebastián, fue asesinado Gregorio Ordóñez.

En el bar La Cepa de la calle 31 de Agosto, en San Sebastián, fue asesinado Gregorio Ordóñez.

A la paradoja de que un callejero atestado de nombres monárquicos sea gobernado desde hace cuatro años por la izquierda abertzale no se acostumbra el visitante, pero quizá ya sí el donostiarra, según todas las encuestas. San Sebastián, gloria del urbanismo burgués, recreo estival borbónico y republicano antes que franquista, cayó en manos de Bildu en 2011 gracias a una escueta mayoría de ocho concejales con la que ha gobernado mediante pactos, con el PNV de socio preferente y su angosto marco identitario como programa. La marcial disciplina de su base y el efecto propagandístico de la reciente legalización hicieron posible el primer Gobierno abertzale en la historia de Donosti, por cuyas hermosas calles no puede uno caminar mucho trecho sin pisar la sangre borrada de 102 asesinados. La ciudad más castigada por ETA junto con Madrid, empezando por Begoña Urroz: el bebé de 22 meses al que una bomba reventó en 1960.

En cumplimiento de una moción municipal en la que su partido se abstuvo, Izagirre concedió el pasado 8 de abril la Medalla de Oro de la ciudad a la familia de la niña asesinada, aunque no permitió el acceso de los medios al homenaje. Así se dan aquí los pasos hacia la reconciliación: con lentitud y cálculo. La equidistancia entre el requisito de la ley (y la moral) y la ortodoxia de los fanáticos. No hay que premiar a ETA por dejar de matar, se enfatiza a menudo, incluso por boca del ministro del Interior. Pero el hecho es que dejar de matar tiene premio. Por ejemplo en los sondeos, que mantienen intactas las posibilidades de Izagirre de revalidar el cargo, más allá del ascenso de Eneko Goia (PNV) por la caída de PSE y PP, cuyo respaldo a Goia se antoja probable para lograr el desalojo de Bildu a cambio del mal menor jeltzale. Podemos no se presenta: Pablo Iglesias entendió que aquí el cupo antisistema lo cubre Bildu. Y con eficacia, porque ocupa las principales instituciones del sistema: la Alcaldía de la capital y la Diputación de Martín Garitano.

Más allá de que Bildu logre o no retener Donostia finalmente, el hecho es que no recibe voto de castigo pese a los fracasos de su gestión. Y éste no es el único premio con que el síndrome de Estocolmo parece distinguir el silencio de las pistolas.

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¡Tú eres vikingo!

Periodismo ciudadano.

Periodismo ciudadano.

Circula por ahí un tipo de lector entrañable, españolísimo, que en su quijotismo desaforado es capaz de conciliar la exigencia de compromiso con la denuncia de parcialidad. Es esa clase de inteligencia zorruna que nos tiende la emboscada perfecta, en la que uno pierde siempre: si rehúye su demanda por cobarde, y si la atiende por descarado. Es ese tuitero que nos pide que nos mojemos; que definamos nuestra posición en un asunto espinoso; que evitemos los socorridos refugios del perfil bajo, las generalidades vagas y la ironía sistemática. Pero que, cuando nos ha convencido para que hagamos todo eso, seguros de ganar si no su aplauso al menos su reconocimiento, corre eufórico a afearnos nuestra parcialidad: «¡Oiga, que se le ve el plumero!».

Nuestro hombre constituye una mezcla armoniosa de dos arquetipos tan opuestos como el chulo y el afrancesado: es un castizo que quiere que el torero eche la pierna por delante de la embestida previsible, y es el ecuánime racionalista que certifica con horror la barbarie de la cogida, castigo merecido por el temerario. El columnista se queda entonces sumido en la perplejidad, como Juan Belmonte cuando lo llevaban desangrándose a la enfermería por arrimarse incluso más de lo que acostumbraba:

«¿Le parece a usted que así de cerca está bien?», le espetó el maestro al aficionado que se había pasado toda la faena exigiéndole más cercanía al toro. Con la diferencia de que, en Twitter, los papeles de aficionado y de toro los interpreta el mismo: el tuitero taimado.

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¡Haz reír, haz reír!

Portada del libro.

Portada del libro.

“Mi muerte es un asesinato colectivo”, dejó escrito Jardiel, comida ya su garganta por el cáncer, su bolsillo por las deudas y su ánimo por el entrañable cainismo español: a un lado el sectarismo de la izquierda, que ni hoy le ha perdonado su alineamiento claro con el franquismo, y al otro la mojigatería de la derecha, que receló siempre de la amoralidad de sus personajes y del ateísmo de su autor. Ya se sabe que en la España del XX los vencedores de la guerra perdieron los manuales de literatura; pero Jardiel Poncela resiste desde las tablas que reponen sin pausa sus demandadas comedias y desde el merecido medallón de piedra del Teatro Español -junto a Lorca, Benavente o Valle-, y sabe al fin que ha vencido.

Por la necesidad de reivindicar el talento del mayor comediógrafo español del siglo pasado entendemos la resuelta devoción con que el periodista Víctor Olmos afronta la peripecia vital de su biografiado, sin ocultar la elasticidad de su moral privada pero justificando siempre al hombre por sus obras. Como la mayoría de sus contemporáneos en la república de las letras, Jardiel fue misógino humorístico, antisemita retórico y franquista por mero “antiizquierdismo de las izquierdas españolas”: era un burgués liberal que como tantos se refugió en el Movimiento cuando los milicianos le requisaron el Ford V8 que tantas cuartillas de escritura de café le había costado; años después La Codorniz le volvería a embargar el mismo coche por faltar a sus compromisos editoriales.

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Las botas puestas de R10

Rosa, centímetros por encima del presidente del Congreso.

Rosa, centímetros por encima del presidente del Congreso.

Si es verdad que UPyD desaparece, y que al pie de los bronces leoninos quieren hacerle un Julio César a Rosa Díez, a ver ahora quién nos despierta en las sesiones de control. Aquellas voces cafeínicas que daba Rosa sacudían por igual a plumillas y diputados, por no hablar de don Posada, que ahora se nos dormirá del todo en el escaño presidencial y dejará hablando dos horas a Duran, al término de las cuales Huesca ya sería provincia confederada.

Todos los partidos abocados a la consunción son infelices, pero cada cual se extingue a su manera. La manera que tiene UPyD de consumirse es fiel a la que tuvo de fundarse: ruidosa y transversal. O sea, una balacera entre leales y rebeldes que cursa por carta o tribuna en el saloon de este periódico. Que cuenten la disolución de un partido los mismos protagonistas que la van causando en un ejemplo asombroso de enunciado performativo. Lo que le faltaba al periodismo, convidado de piedra en un imponente espectáculo de tiros al pie, amenazas sin velo y actas de defunción, en tanto que R10 baila el cancán de Offenbach con las faldas de magenta.

Los últimos leales lamentan que la deserción se deba nada más que a las arrugas, acusan a Ciudadanos de acoger a tránsfugas y a Rivera de ser el niño bonito del Ibex. Y se muestran dispuestos a morir con las botas de los principios puestas, en lugar de entregarse al «pragmatismo posibilista», valga el pleonasmo pleonástico. Ya es curioso que un partido que se define por la transversalidad ideológica invoque ahora el tarro de las esencias, como si Ciudadanos no pensara básicamente lo mismo que UPyD, solo que antes. Pero sobre todo es que acusar de pragmático a un partido político es como acusar de culinario a un cocinero, o de comprometido a un cantautor: eso es justo lo que se pide de ellos. Los dogmas quedan para Semana Santa y la final de Copa. Cuando muchos votantes centrados, en pro de los pactos de Estado siempre pendientes, aplauden la perspectiva de una gran coalición de los algo distintos, ¿qué hay de tan escandaloso en una pequeña coalición de los muy similares?

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Miguel de Cervantes cuenta su hallazgo

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

Este periódico ha obtenido en exclusiva la opinión del manco de Lepanto sobre su propio hallazgo, la cual reproducimos a continuación:

«Sin juramento me podrás creer, desocupado lector, que este que tiene ante vuesa merced es el primer sorprendido de su propio descubrimiento. Bien sabe el cielo que me gustaría comparecer en más airosa manera que bajo la apariencia de «reducción de esquirlas óseas» con que han tenido a bien presentarme mis temerarios indagadores, pero cada cual es hijo del tiempo y a tal desmejoramiento me veo reducido.

Ni el riguroso trance en que se halla España -que algunos llaman crisis y otros recuperación-, ni el escaso contento que a mi modestia concede tan desaforada atención me privarán de tomar una vez más la pluma para dar mi opinión sobre el asunto, que con no ser tan premioso como las malhadadas economías digo yo que algún interés reviste, siendo el muerto quien opina y siendo España quien a menudo no atiende.

Me encuentro convertido en motivo de disputa entre quienes acusan de necrófilo el intento de ubicarme, quienes sospechan engaños y afeites para lustre de poderosos y quienes advierten tan solo una porfía mercantil emboscada de cultura. No veo en cambio a mis sedicentes lectores alegrándose del hallazgo, que para tal cortedad de júbilo habría preferido que nadie me moviera de mi sitio. No se me oculta que es patrimonio de nuestra triste raza -acaso ya decadente cuando entre hermanas trinitarias dispuse mi enterramiento- el discutirlo todo y debatirlo todo y no hallar paz en escrutinio ninguno, donoso las menos veces, así en banalidades deportivas como en urgencias que debieran serlo de Estado. Pero paisanos, por Dios y su Madre Santa, ¿es que nadie va a celebrar la sede de mi destino? ¿Es que nunca se ha de coincidir para el legítimo festejo en este pobre país donde toda suspicacia tiene su asiento y todo negro augurio hace su habitación?

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Sinceraos, ‘Lomanas’

Jardiel, obrero de la pluma.

Jardiel, obrero de la pluma.

Para retratar de una vez el fariseísmo de la opinión pública suele recordar Ruiz Quintano una confesión de Dumas: «Yo tengo dos opiniones de la Virgen: una para los periódicos y otra para los amigos». En España siempre fue tendencia presumir de cristiano viejo y vivir como pagano, o bien blasonar de rojo sensible y vivir como señorito facha; el truco es que nunca coincida la opinión privada con la mediática, y cuando el juego se descubre sentimos un bochorno como el del malabarista cuando se le caen los platillos en mitad de la función. Bajo la vigilancia insomne de la corrección política la cosa no ha hecho más que empeorar, y ya en campaña la hipocresía nacional se extrema hasta el delirio.

Así tenemos a Esperanza Aguirre -que sabemos que concita el voto más tradicional del PP- descargando su imagen conservadora sobre la chepa de Cristina Cifuentes, quien sí milita en el PP más por azar que por doctrina. Aguirre blasona de liberal pero un liberal es aquel que no necesita repetir a cada paso que lo es, porque sus obras cantan. Pablo Iglesias viaja a la socialdemocracia desde su puerto ideológico (y financiero) en el marxismo tropical, pero no puede decirlo muy alto para que no se le cabree el patrón bolivariano ni pierda por un calculado centro los votos de la izquierda radical en que militó siempre. Y luego está Albert Rivera, a quien acusan de indefinición ideológica porque su programa no es enteramente socialdemócrata ni tampoco liberal, sino un poco de los dos. Pero Rivera no es un hipócrita, porque lleva a gala desde el principio la disolución de las dos Españas en un eclecticismo enriquecedor, más por razones generacionales que teóricas. Pretender destruirle por no ser rojo ni azul es como descartar a un mediocentro por saber atacar y defender a la vez. «Jamás he sido hombre de derechas o de izquierdas. Me gustaron siempre ideas inherentes a los dos bandos: el sentido reverencial de la tradición de las derechas y el sentido porvernirista del progreso y la libertad genuino de las izquierdas», escribió Jardiel Poncela en 1947. Cuando en el Madrid del 36 un escritor comunista amigo suyo le advirtió de la conveniencia de alinearse así fuera retóricamente con el comunismo, Jardiel contestó: «Si no creo en Dios, ¿cómo voy a creer en Lenin?».

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El ruido sordo de la endogamia

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

Abrió la sesión un atronador minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del 11-M: fue la parte más elocuente de la matinal parlamentaria, zambullida ya en el barro electoral. Por unos instantes todos nos pusimos de pie para pasar íntimamente el dedo por aquella cicatriz nacional aún tibia, acariciándola enmudecidos, y sólo se oyó el tableteo de los fotógrafos disparando. Hasta la pantalla del iPad de doña Celia exhibía la sombra del luto. El responso laico concluyó con un aplauso como futbolero y a partir de ahí todo fue a peor.

El señor Bosch tomó la palabra y preguntó por la pobreza infantil. Más tarde, Pere Macias, tras «solidarizarse con el pueblo de Madrid», inquirió por el fomento de la innovación industrial. Se hace escandaloso, si no imperdonable, que ERC y CiU olviden así sea por un día la identidad oprimida de su tierra. Si el tabarrón catalán continúa amortiguándose, nos tememos que cualquier miércoles se alce Tardà clamando que le duele España.

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Los ciudadanos reclaman

Y el dedo y sus consecuencias.

El dedo y sus consecuencias.

Los ciudadanos demandan mayor democracia interna en los partidos, se asegura. Pero no está uno tan seguro. Más democracia interna en los partidos reclaman colectivos humanos muy específicos tales como los militantes de esos partidos, los periodistas al cabo de la calle y los tertulianos en sentido lato, los abogados referentes de la sociedad civil, los presidentes de patronatos artísticos que firman artículos de fondo y los confeccionadores de escaletas televisivas de sábado noche. ¿Es que los militantes, los patronos y los confeccionadores de escaletas no son ciudadanos? Es muy posible que lo sean, pero ahora nos referimos a esos grandes olvidados de la sociedad que son los emisores mudos de voto: personas que no sacan -porque no pueden- tajada retórica ni laboral de la urgente y transparente implantación del sistema de primarias. Ciudadanos que no tienen tiempo para testar la salud democrática de Génova o Ferraz más que un par de veces al día. Ciudadanos abnegados que acuden a las urnas con deseos modestos: que la fiscalidad no degenere en vasallaje, que sus representantes roben lo menos posible y que la burocracia que articula el Estado de Bienestar se conduzca con parecida agilidad cuando se trata de citarte con el dermatólogo y cuando se trata de sustraerte los 200 machacantes en que la espesa rapacidad municipal cifra el castigo por un aparcamiento heterodoxo.

El interés ciudadano, en cuyo inocente nombre se cometen todo tipo de atrocidades, da por descontadas operaciones tan deliciosamente sicilianas comola prejubilación de Tomás Gómez o Ignacio González; y más que preguntarse si se han producido con arreglo a los estatutos internos del partido y a los exigibles estándares de participación orgánica, se preguntan qué habrán hecho para merecerlo, por qué clase de gilipollas los toman voceros como Hernando o Luena y qué pinta tiene la orina de los nuevos. Al ciudadano del común, mientras gestione con alguna eficacia lo de todos, le importa un carajo si un partido se conduce internamente como una empresa jerárquica, como una teocracia salafista o como una asamblea con perro, flauta y diábolo: le importa que sus políticos -señalados a dedo o votados con arrobo hare krishna– velen por la democracia que nace en el umbral donde muere su sede.

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