No sé por qué íbamos a esperar que los olmos dieran peras y Pedro Sánchez diera empatía, autocrítica, honestidad. Ya ni siquiera da vergüenza, porque la vergüenza no deja de ser un atributo tan humano como los demás. Y el presidente de las primeras veces es también el primer androide que gobierna España.
La plaza de los Reyes, en el corazón urbano de Ceuta, está presidida por un arco labrado en piedra jaspeada que presenta dos hornacinas: una para la estatua de san Fernando y otra para la de san Hermenegildo. Son reyes, son santos y son patronos castrenses. El monumento no reúne por casualidad a las tres instituciones -Corona, Iglesia y Ejército- que forjaron la identidad histórica de la nación (en realidad, de casi cualquier nación europea), sino que materializa toda una declaración de intenciones desde un enclave africano asomado a dos mares. «Esto es España», grita la piedra.
A las nueve menos diez de la mañana un hombre de 73 años irrumpe con paso tranquilo en el salón de actos del centro de mayores de Ceuta, desde donde se emite el programa que inaugura la temporada radiofónica. La fisonomía del recién llegado no arrancaría murmullos de incredulidad en un gimnasio, ni silenciaría a priori un bullicioso parlamento, ni estremecería las alfombras del Foro de Davos. Nuestro hombre es bajito, usa gafas previas a la moda del carey, se mueve con la circunspección del paisano sin asesores y cultiva un bigote canoso que dejó de verse en la vida pública allá por los albores de la posguerra mundial.
Como yo siempre digo, no te preguntes qué puedes hacer por tu país sino qué será de tu país cuando alguien como yo no lo gobierne. No dejo de darle vueltas ahora que acaba agosto y el mar se pone melancólico. Algunas personas, sobre todo fascistas, piensan que tengo apego al cargo; sus seudomedios no paran de repetir que soy capaz de cualquier cosa con tal de mantenerme en Moncloa. Están muy equivocados. Soy un hombre de principios, no de finales. Hay muchas cosas que no estoy dispuesto a hacer, pero todas ellas se resumen en una: no estoy dispuesto a dimitir y convocar elecciones.
El presidente ha empezado a aburrirse de unas vacaciones tan largas. Pensó que tantas semanas seguidas de descanso en el palacete canario del rey Hussein eran exactamente lo que su matrimonio y su persona -no necesariamente por este orden- precisaban para mitigar los sinsabores del curso político y reponer fuerzas con vistas al padre de todos los otoños calientes. Pero agosto arrastra despacio sus horas sin relieve, cortas de emoción, escasas de desafíos a la altura de su carisma.
Esta vez el presidente se ha propuesto disfrutar de La Mareta como nunca. Ha sido un curso político muy duro. Han condenado a su fiscal, a su hermano y a algún otro gran desconocido para él. Han procesado a su esposa e imputado a su faro moral, que no es precisamente su esposa sino Zapatero. El fascismo avanza por todas partes, reflexiona el último líder del progresismo europeo y buena parte del americano; razón de más para apurar cinco semanas de ocio reparador en el coqueto palacio que Hussein de Jordania regaló a Juan Carlos I. «En septiembre volveré como nuevo para plantar cara al golpismo judicial, mediático y político. Queda mucho partido», piensa Pedro Sánchez.
Plantear un pacto de Estado contra la Emergencia Climática nos parece muy precipitado, tal y como están las cosas en este país. Es verdad que España arde por sus cuatro costados con una virulencia nunca vista, si bien diremos lo mismo el año que viene, cuando España vuelva a arder puntualmente como no habíamos visto antes, y lo mismo ocurrirá el año siguiente. Porque España lleva décadas bravamente afianzada en la política y cobardemente prófuga de las políticas.
Todos los problemas mentales se parecen, pero cada familia se los trata a su manera. Las familias pobres solían tener párroco y las burguesas hace tiempo que van al psicólogo, pero solo los millonarios pueden permitirse una bruja gallega o un curandero indio. Del Ibex al consejo de ministros, no pocos privilegiados han cedido a la tentación esotérica en busca de alivio a su incertidumbre, como si los oráculos aún vinieran de Delfos y no de Silicon Valley. Se sorprenderían ustedes del escaso crédito que concita el racionalismo entre la clase dirigente. Se gastan fortunas para sacudirse un mal de ojo sobre una camilla de masaje mientras los salmodian en arameo, o para atraer la rentabilidad de una inversión de riesgo en el cubil de un futurólogo con más labia que videncia. Es como si las mañas perfectamente terrenales que les permitieron acumular dinero o poder ya no sirvieran para conservar la posición una vez conquistada. A partir de cierta altura el vértigo se intensifica tanto que a algunos ya solo los sujeta la superstición.