Puedo escribir las columnas más tristes cada noche sobre la cancelación de cada día. Esta semana le tocó a Valcárcel por su exceso de fe en la biología, a Borrell por su odio neocolonial a la selva y a Summers por anunciar que va a vengarse de ese marica llenándole el cuello de polvos picapica. La semana que viene habrá carne nueva ardiendo en la hoguera de las vanidades éticas de las redes, donde toda mente literal tiene su asiento y toda ofensa exagerada hace su habitación. Y su discreto negocio: concernidos postulantes a cargo, puesto o subvención.
Era fácil abismarse en la fealdad del Senado, ese cajón de pino destinado al eterno descanso de los elefantes de todos los partidos. Pero desde que la riña parlamentaria se ha mudado de San Jerónimo a Bailén no hay ocasión ni para aburrirse contando los disparos de Tejero, que nunca se planteó malgastar balas contra el techo vulgar de la Cámara Alta.
El segundo combate Sánchez–Feijóo no decepcionó, aunque las estrategias cambiaron. Esta vez la agresividad partió casi toda de la esquina gallega mientras el presidente trataba de desoír su naturaleza para sonar presidencial. Su naturaleza y la de sus senadores, que le pedían sangre con aplausos sudorosos cada vez que atacaba al líder del PP. El final de la legislatura se va pareciendo mucho al de la trilogía de El Padrino: cuando Sánchez trata de salir del sanchismo, encargándose un traje de socialdemócrata europeo, lo vuelven a meter dentro. ¿Quiénes? Sus socios y la propia bancada socialista, reprogramada ya para profesar un sectarismo primario, incurable, epigenético. Pedro querría ser moderado, pero como a Jessica Rabbit lo han dibujado así.
Un hombre espera en un coche. El hombre es presidente del Gobierno y el coche es el audi blindado que lo traslada cuando no lo hace un avión o un helicóptero. En el interior de esa cápsula tintada que lo aísla de la gente se siente a salvo, quisiera prolongar este momento, que no acabara nunca. El hombre mira el reloj, presiente la hostilidad de la calle, anticipa los pitos, apura aquel silencio mullido un poco más. Esos de afuera no son el pueblo. Son fascistas, se consuela.
El líder de la oposición, Pedro Sánchez, aprovechó ayer la sesión en el Senado para arremeter contra la política energética del presidente Feijóo. Le acusó de seguir «un obsceno guion neoliberal» mientras las familias españolas no dejan de empobrecerse y afrontan un invierno de enorme incertidumbre. «Los precios están por las nubes», sentenció. Enfatizó el drama que viven tantos padres ante la vuelta al cole más cara de la historia y vaticinó que las previsiones macro del Gobierno -irresponsablemente infladas, afirmó- no se cumplirán este año ni tampoco el que viene. Con todo, el aspirante tendió la mano al PP para llegar a acuerdossiempre y cuando sus integrantes abandonen los «cenáculos madrileños», donde «apellidos ilustres» se acostumbran a que «sus caprichos sean leyes». A juicio del fogoso progresista madrileño, el PP cree que «España es suya» y se alinea con los intereses de las eléctricas y de la banca.
Todavía no está claro que la gente sea más imbécil que antes. Esta es la duda tremenda que resolverá el siglo XXI: si la tecnología nos está haciendo más manipulables o más informados. Si el siglo acabará con más democracias liberales o con más autocracias populistas. De momento es imposible avanzar un pronóstico, porque amanece un día en que demasiados ingleses muerden el anzuelo que les prometía recuperar el control (¿de qué?) y años después amanece otro día en que demasiados chilenos rechazan ser tratados como resentidos tribales. Hay signos para la esperanza y motivos para la depresión: podríamos dejarlo en empate. Por cada hito reaccionario que marcan cuantos añoran las guerras de nuestros abuelos se organiza una defensa ilustrada del consenso de nuestros padres. Putin ha sido muy útil para devolver a Fukuyama la razón que nunca perdió.
El final del sanchismo está resultando especialmente divertido. No para Sánchez, que solo se divierte con los principios -el mundo empieza cada día en el palacio de La Moncloa- sino para los sanchistas, que ya no saben qué hacer ni qué vergonzosos editoriales escribir para que el sanchismo dure aún un poquito más. Todavía hay un puñado de nóminas públicas que disfrutar, dos indultos pendientes y un par de instituciones vírgenes que van pidiendo a gritos que les introduzcan un carné del PSOE hasta los ijares. Al fin y al cabo la inflación solo está rozando el 11%, lo que en las esperanzas elásticas de una mente sanchista estándar significa ni más ni menos un 89% de margen de empeoramiento.
La izquierda española no está bien, y cuando la izquierda española no está bien pasan cosas terribles en España. Le pasan sobre todo a la izquierda y las ejecuta sobre todo la izquierda, y el entrañable espectáculo de su secular inclinación al fratricidio nos llena de asombro a todos aquellos a los que nunca se nos ocurrió la peregrina idea de pertenecer a un club tan errado e hipócrita como el de la izquierda española, pese a sus notorias ventajas a la hora de practicar el gañote cultural y recibir premios periodísticos. Uno contempla el vértigo del fuego amigo/enemigo que está diezmando a la izquierda española como Saint-Exupéry contempló la retaguardia barcelonesa de 1936: «Aquí se fusila como quien tala árboles». El problema, naturalmente, surge cuando se cansan de dispararse entre ellos y se conciertan para disparar a los demás.
La historia de Miguel Ángel Blanco no empieza en Ermua sino en Mondragón, a orillas del río Deba, en el podrido subsuelo de la nave industrial donde Ortega Lara fue enterrado en vida y rescatado tras 12.768 horas exactas de agonía. Hoy ese lugar es un almacén abandonado de propiedad municipal, comido por la maleza y regado de cristales rotos. En la puerta metálica hay una rojigualda tachada y una pintada que injuria al sindicato Jusapol. Junto a la nave han construido un área infantil con columpios, y si uno permanece allí el tiempo suficiente oirá cantar a un gallo y reír a algún niño, sonidos impertinentes allí donde un hombre fue torturado. Pero el ayuntamiento no se limitó a comprar este siniestro edificio: desactivó su potencia pedagógica rellenando el zulo con hormigón. Hoy no es posible ver el agujero donde fue recluido el funcionario de prisiones. De eso se trataba y de eso se sigue tratando en Euskadi: de recordar o de olvidar.